LOS ANTECESORES OFRECIDOS POR LA CIENCIA A LA HUMANIDAD
1 T. Huxley, Man’s Place in Nature, pág. 77.
2 Ob. cit., The Proofs of Evolution, pág. 273.
3 Autor de Modern Science and Modern Thought.
4 Ob. cit., págs. 102, 103.
5 Ob. cit., II, 12.
6 Ob. cit., pág. 104. En esto, como se ha indicado en el Vol. III, Parte I, Estancia VIII, la Ciencia Moderna ha sido anticipada mucho más allá de sus propias especulaciones, por la Ciencia Arcaica.
7 Ibid., págs. 104-106.
8 Anthrop., tercera edición, p. 11.
9 Los teósofos recordarán que, según la enseñanza Oculta, los llamados Pralayas cíclicos no son sino “Obscuraciones”, durante cuyos períodos, la Naturaleza, esto es, todas las cosas visibles e invisibles de un Planeta en reposo, permanecen in statu quo. La Naturaleza reposa y duerme; suspéndese en el Globo toda obra de destrucción, así como todo trabajo activo. Todas las formas, así como sus tipos astrales, permanecen como eran en el último momento de su actividad. La “Noche” de un Planeta apenas tiene crepúsculo que la preceda. Es cogido como un enorme mamut por una avalancha, y permanece durmiendo y helado hasta la siguiente aurora de su nuevo Día - muy corto, en verdad, comparado con el “Día de Brahmâ”.
10 Esto será tratado con desdén, porque no será comprendido por nuestros hombres de ciencia modernos; pero todo Ocultista y Teósofo comprenderá fácilmente el proceso. No puede haber forma objetiva alguna en la Tierra, ni tampoco en el Universo, sin que su prototipo astral se forme primeramente en el Espacio. Desde Fidias hasta el obrero más humilde del arte cerámico, tiene un escultor que crear antes que nada un modelo en su mente, luego dibujarlo en líneas dimensionales, y sólo entonces puede reproducirlo en una figura de tres dimensiones u objetiva. Y si la mente humana es una demostración viviente de tales etapas sucesivas del proceso de la Evolución, ¿cómo puede ser de otro modo cuando se trata de la Mente y poderes creadores de la Naturaleza?
11 Véase A Modern Zoroastrian, pág. 103.
12 “Darwinian Theory” en Pedigree of Man, pág. 22.
13 The Age and Origen of Man.
14 Man before Metals, pág. 320, “International Scientific Series”.
15 Mr. Darwin’s Philosophy of Language, 1873.
16 Véase su Doctrine of Descent and darwinism, pág. 304.
17 A Modern Zoroastrian, pág. 136.
18 Parece, por tanto, que en su gran deseo de probar nuestra noble descendencia del “cinocéfalo” catarrino, la escuela de Haeckel ha hecho retroceder millones de años los tiempos del hombre prehistórico (véase Pedigree of Man, pág. 273). Los Ocultistas dan las gracias a la Ciencia por tal corroboración de nuestros asertos.
19 Esto parece un pobre cumplimiento que se hace a la Geología, la cual no es una ciencia especulativa, sino tan exacta como la Astronomía - exceptuando, quizá, sus demasiado arriesgadas especulaciones cronológicas. Es, principalmente, una ciencia “descriptiva” opuesta a lo “abstracto”.
20 Palabras de nuevo cuño tales como “perigenesis de los plástidos”, “almas plastídulas” (!) y otras menos donosas, inventadas por Haeckel, pueden ser muy eruditas y correctas en cuanto expresen muy gráficamente las ideas de su propia vívida fantasía. Como hechos, sin embargo, permanecen para sus colegas menos imaginativos, tristemente coenogenéticos, usando su propia terminología; esto es, para la verdadera Ciencia son especulaciones espurias, por cuanto se derivan de “fuentes empíricas”. Por tanto, cuando trata de probar que “el origen del hombre de otros mamíferos, y más directamente de los monos catarrinos, es una ley deductiva, que se desprende necesariamente de la ley inductiva de la teoría de la descendencia” (Anthropogeny, pág. 392, citado en Pedigree of Man, pág. 295), sus no menos sabios enemigos (uno de ellos du Bois-Reymond) tienen derecho a no ver en esta frase más que un mero falso juego de palabras; un “testimonium paupertatis de la Ciencia Natural” - como se queja él mismo, hablando, a su vez, de la “sorprendente ignorancia” de du Bois-Reymond. (Véase Pedigree of Man, notas en las págs. 295, 296).
21 Pedigree of Man, pág. 273.
22 An thropogeny, pág. 372. Citado en Pedigree of Man, pág. 295.
23 La barrera mental entre el hombre y el mono, caracterizada por Huxley como un “enorme abismo, una distancia prácticamente inconmensurable” (!!) es, en verdad, concluyente por sí. Ciertamente ella constituye un enigma constante para el materialista, que se apoya en la frágil caña de la “selección natural”. Las diferencias fisiológicas entre el hombre y los monos son, en realidad (a pesar de una comunidad curiosa de ciertos rasgos), igualmente sorprendentes. El doctor Schweinfurth, uno de los naturalistas más prudentes y experimentados, dice:
“En los tiempos modernos no hay en la creación animales que hayan llamado más la atención del estudiante científico de la naturaleza, que estos grandes cuadrúmanos (los antropoides), los cuales tienen estampado tan singular parecido con la forma humana, que han llegado a justificar el epíteto de antropomórficos... Pero todas las investigaciones de hoy sólo conducen a la inteligencia humana a la confesión de su insuficiencia; y en ninguna parte es más recomendable la prudencia, ni nunca es tan de lamentar un juicio prematuro, como al tratarse de lanzar un puente sobre el misterioso abismo que separa al hombre de la bestia”. (Heart of Africa, I, 520, Ed. 1873).
24 The Descent of Man, pág. 160, ed. 1888. Un ejemplo ridículo de las contradicciones evolucionistas nos lo proporciona el Prof. Oscar Schmidt (Doctrine of Descent and Darwinism, pág. 292), que dice: “La parentela del hombre y del mono no... está impugnada por la fuerza bestial de los dientes del orangután o gorila macho”. Mr. Darwin por el contrario, dota a su ser fabuloso con dientes que usaba como armas.
25 Con arreglo a un pensador de esta clase, el profesor Schmidt, Darwin ha desarrollado “un retrato nada lisonjero ciertamente, y quizás en muchos puntos nada correcto, de nuestros presuntos antecesores, en la fase de una humanidad que alboreaba”. (Doctrine of Descent and Darwinism, pág. 284).
26 The Human Species, págs. 106-108.
27 Ob. cit., pág. 77.
28 Págs. 109-110.
29 Ob. cit., pág. 110.
30 Por supuesto, el sistema esotérico de la Evolución de la Cuarta Ronda es mucho más complejo que lo que el párrafo y las citas mencionadas aseguran categóricamente. Es prácticamente lo contrario -tanto en la deducción embriológica como en la sucesión en el tiempo de las especies- del concepto corriente occidental.
31 Según Haeckel, hay también “almas-células” y “células-átomos”; un alma “inorgánica molecular” sin memoria, y un “alma plastidular” que la tiene. ¿Qué son, comparadas con esto, nuestras enseñanzas esotéricas? ¡El alma divina y humana de los siete principios del hombre tiene, por supuesto, que palidecer y ceder el campo ante tan estupenda revelación!
32 The Pedigree of Man, pág. 296.
33 Ésta es una confesión valiosa. Sólo que trata de buscar el origen de la descendencia de la conciencia del hombre, así como de su cuerpo físico, en el Bathybius Haeckelii, aun más grotesco y empírico en el sentido de la segunda definición de Webster.
34 Ibid.
35 Los que opinan de modo contrario, y consideran la existencia del Alma humana “como un fenómeno sobrenatural, espiritual, condicionado por fuerzas completamente diferentes de las fuerzas físicas ordinarias”, se mofan, cree él, “en consecuencia, de toda explicación que sea simplemente científica”. No tienen derecho, según parece, a asegurar que “la psicología es, en parte o en todo, una ciencia espiritual, y no una física”. El nuevo descubrimiento de Haeckel -que, sin embargo, se ha enseñado durante miles de años en todas las religiones orientales- de que los animales tienen alma, voluntad y sensación, y por tanto, poseen las funciones del alma, le lleva a hacer de la Psicología la ciencia de los zoólogos. La enseñanza arcaica de que el alma (el alma animal y las almas humanas o Kâma y Manas), “tiene su historia de desenvolvimiento”, la reclama Haeckel como un descubrimiento e innovación suyos en una “senda no hollada” (?). Él, Haeckel, expondrá la evolución comparativa del alma, del hombre y la de otros animales. La relativa morfología de los órganos del alma, y la comparativa fisiología de las funciones del alma, ambas fundadas en la evolución, se convierten de este modo en el problema fisiológico (realmente materialista) del hombre científico. “(Almas-células y Células-almas, págs. 135, 136, 137, Pedigree of Man).
36 The Pedigree of Man, nota 20, pág. 296.
37 Pág. 119.
38 Véase “Transmigration of Life-Atoms”, en Five Years of Theosophy, páginas 533-539. La agregación colectiva de estos átomos forma así el Anima Mundi de nuestro Sistema Solar, el Alma de nuestro pequeño Universo; cada átomo del cual es, por supuesto, un Alma, una Mónada, un pequeño universo dotado de conciencia, y por tanto, de memoria. (Vol. II, Secc. XIV: “Dioses, Mónadas y Átomos”).
39 Ob. cit., pág. 119.
40 En “The Transmigration of Life-Átoms (Five Years of Theosophy, pág. 358), decimos del Jiva, o Principio de la Vida, a fin de explicar mejor una posición con demasiada frecuencia mal comprendida: “Es omnipresente... aunque (muchas veces en este plano de manifestación)... esté en un estado durmiente (como en la piedra)... La definición que expresa que cuando esta fuerza indestructible se “separa de un grupo de átomos (debió haberse dicho moléculas) es inmediatamente atraída por otros”, no implica que abandone por completo el primer grupo (pues entonces los átomos mismos desaparecerían), sino sólo que transfiere su vis viva, o poder viviente (la energía del movimiento) a otro grupo. Pero, porque se manifieste en el siguiente grupo, como lo que se llama fuerza cinemática, no se sigue por esto que el primer grupo quede privado de ella por completo; pues sigue en él, como energía potencial o vida latente”. Ahora bien: ¿qué puede Haeckel significar con su frase “no los mismos átomos, sino su movimiento y modo de agregación peculiares”, si no es la misma energía cinemática que hemos explicado? Antes de desenvolver tales teorías, debe haber leído a Paracelso y estudiado Five Years of Theosophy sin digerir debidamente sus enseñanzas.
41 Ob. cit., nota 21, pág. 296.
42 Ibid., nota 19.
43 Ibid., nota 23.
44 Ob. cit., pág. 2.

