martes, 10 de junio de 2014

SECCIÓN  III
LAS RELIQUIAS FÓSILES DEL HOMBRE Y DEL MONO ANTROPOIDE

    1  Man’s Place in Nature, p. 208.
    2  Ob. cit., pág. 157.
    3  Ibid., pág. 161.
    4 ¿(Es) éste el modo como debió actuar el hombre primitivo? No sabemos que existan hombres, ni aun salvajes, en nuestros tiempos, que se sepa hayan imitado a los monos, a cuyo lado viven en los bosques de América y en las islas. Pero sí sabemos de grandes monos que, domesticados y viviendo en las casas, remedan a los hombres hasta el extremo de ponerse sombreros y vestidos. La escritora tuvo una vez un chimpancé, el que, sin que nadie se lo enseñara, abría un periódico y pretendía leerlo. Las generaciones descendientes, los hijos, son los que remedan a los padres, y no al revés.
    5  Ibid., pág . 151.
    6  Se pregunta si haría cambiar lo más mínimo a la verdad científica y al hecho contenidos en la anterior sentencia, si se leyese: “el mono es sencillamente un ejemplo del tipo bípedo, especializado para marchar generalmente a cuatro patas, y con un cerebro más pequeño”. Esotéricamente hablando, ésta es la verdad, y no lo contrario.
    7  Modern Science and Modern Thought, págs. 151-152.
    8  No podemos seguir aquí a Mr. Laing. Cuando darwinistas notorios como Mr. Huxley señalan “el gran abismo que separa al hombre inferior del mono superior en poderes intelectuales”, el “abismo enorme... entre ellos”, la “inconmensurable y prácticamente infinita divergencia entre la estirpe humana y la simia” (Man’s Place in Nature, páginas 142-143 y nota); cuando hasta la base física de la mente - el cerebro - excede de modo tan extraordinario en tamaño a la de los monos superiores existentes; cuando hombres como Wallace se ven obligados a invocar la agencia de inteligencias ultraterrestres a fin de explicar la elevación de una criatura tal como el pithecantropus alalus, o salvaje mudo de Haeckel, al nivel del hombre de cerebro grande y moral de hoy; - cuando hay todo esto, es inútil descartar tan ligeramente los enigmas de la evolución. Si la prueba estructural es tan poco convincente y, considerada en conjunto, es tan hostil al darwinismo, las dificultades respecto del “cómo” de la evolución de la mente humana por selección natural, son diez veces mayores.
    9  Raza que De Quatrefages y Hamy consideran como una rama del mismo tronco de que salieron los Guanches de las Islas Canarias - retoños de los Atlantes, en una palabra.
    10  Ibdi., págs. 180-182
    11 Pedigree of Man, pág. 73.
    12  El profesor Owen cree que estos músculos -los attollens, retrahens y afrahens aurem- funcionaban activamente en el hombre de la edad de piedra. Esto puede ser o no. El asunto cae bajo la explicación ordinaria “oculta”, y no envuelve postulado alguno de un “progenitor animal” para resolverlo.
    13  Man’s Place in Nature, pág. 104. Para otra gran autoridad: “Vemos uno de los monos más semejantes al hombre (el gibón) en la época Terciaria, y esta especie continúa en el mismo grado inferior, y junto a él; al final del período glacial, se ve al hombre en el mismo grado superior que hoy, sin que el mono se haya aproximado más al hombre, y sin que el hombre moderno se haya distanciado más del mono que el primer hombre (fósil)... estos hechos contradicen la teoría del desarrollo progresivo constante”. (Pfaff). Cuando se ve, según Vogt, que el término medio del cerebro australiano es 99’35 pulgadas cúbicas, el del gorila 30’51 y el del chimpancé sólo 25’45, se hace bien aparente el enorme vacío que tienen que salvar los defensores de la Selección “Natural”.
    14  Geo. T. Curtis: Creation or Evolution?, pág. 76.
    15  “En este período -escribe Darwin- las arterias transcurren en ramales en  forma de arco, como para llevar la sangre a las branquias que no se encuentran en los vertebrados superiores, aunque las hendiduras en el lado del cuello permanecen siempre, marcando su posición primera” (?).
         Es digno de notar que, aun cuando las agallas son absolutamente inútiles a todo lo que no sea anfibios y peces, etc., su aparición se observa con regularidad en el desarrollo del feto en los vertebrados. Hasta los niños nacen algunas veces con una abertura en el cuello, correspondiente a una de las hendiduras.
    16  Los que, como Haeckel, consideran las agallas y sus fenómenos como ejemplo de una función activa de nuestros antecesores anfibios y de piscina (véanse sus estados doce y trece) debieran explicar por qué los “vegetales con hojillas”(profesor André Lefèvre), representados en el crecimiento fetal, no aparecen en sus veintidós estados a través de los cuales ha pasado la Monera en su ascensión hacia el Hombre. Haeckel no presupone un antecesor vegetal. El argumento embriológico es así una espada de dos filos, y en este punto corta a su poseedor.
    17   Lefèvre, Philosophhy Historical and Critical, parte II, pág . 480, “Library of Contemporary Science”.
    18  Confesamos que no podemos ver ninguna buena razón para la afirmación positiva de Mr. E. Clodd en Knowledge. Hablando de los hombres del tiempo Neolítico, “acerca de los cuales ha dado Mr. Grant Allen... un vívido y exacto bosquejo”, y que son “los antecesores directos de pueblos, de los cuales existen restos en extraviados rincones de Europa, en donde se han metido o han encallado”; añade: “pero los hombres de los tiempos Paleolíticos no pueden ser identificados con ninguna raza existente; eran salvajes de un tipo más degradado que todos los de hoy; altos, y, sin embargo, apenas erguidos, con piernas cortas y rodillas torcidas, con prognatismo, esto es, con mandíbulas salientes como los monos, y con cerebros pequeños. De dónde vinieron no podemos decirlo, y su tumba “no la conoce ningún hombre hasta hoy.
          Además de la posibilidad de que pueda haber hombres que sepan de dónde vinieron y cómo perecieron, no es verdad el decir que los hombres paleolíticos o sus fósiles que se encuentran son todos de “cerebros pequeños”. El  cráneo más antiguo de todos los encontrados hasta ahora, el “cráneo de Neanderthal”, es de una capacidad término medio, y Mr. Huxley se vio obligado a confesar que no era una real aproximación al del “eslabón perdido”. Hay en  la India tribus aborígenes cuyos cerebros son mucho más pequeños y más próximos a los de los monos que ninguno de los encontrados hasta ahora entre los cráneos del hombre paleolítico.
    19  Antiquity of Man, pág. 246.
    20  El tiempo efectivo que se requiere para tal teórica transformación es necesariamente enorme. “Sí -dice el profesor Pfaff-; en los cientos de miles de años que vosotros (los Evolucionistas) aceptáis entre el hombre paleolítico y nuestros días, no se ve demostrada una distancia mayor entre el hombre y el bruto (el hombre más antiguo estaba exactamente tan distanciado del bruto, como el hombre viviente actual); ¿qué fundamentos razonables pueden aducirse para creer que el hombre proviene del bruto, y que se ha alejado más de él por gradaciones infinitesimales?...Mientras más grande sea el intervalo de tiempo que se coloque entre nuestra época y la de los llamados hombres paleolíticos, tanto más ominoso y destructor será el resultado referido para la teoría del desarrollo gradual del hombre desde el reino animal”. Huxley escribe (Man’s Place in Nature, pág. 208) que los cálculos más liberales de la antigüedad del hombre tienen que extenderse aún más.

    21  Fortnightly Review, 1882. La falta de fundamento de esta aserción, así como la de otras muchas exageraciones del imaginativo Mr. Grant Allen, fue hábilmente expuesta por el eminente anatómico profesor R. Owen, en Longman’s Magazine, núm. I. ¿Será necesario repetir, sin embargo, que el tipo paleolítico Cro-Magnon es superior a un grandísimo número de razas existentes?
    22  Es, pues, evidente que la ciencia no soñaría nunca con un hombre Preterciario, y que el hombre Secundario de De Quatrefages hace desmayarse de horror a todos los académicos y F. R. S., porque, para conservar la teoría del mono, la Ciencia tiene que hacer al hombre Postsecundario. Esto es lo que ha echado en cara De Quatrefages a los darwinistas, añadiendo que en conjunto había más razones científicas para hacer proceder el mono del hombre, que a éste del antropoide. Exceptuando esto, la Ciencia no tiene un solo argumento válido que oponer a la antigüedad del hombre. Pero en este caso la Evolución moderna exige mucho más de los quince millones de años de Croll para la era Terciaria, por dos sencillas aunque buenas razones: a) ningún mono antropoide ha sido encontrado antes del período Mioceno; b) las reliquias de pedernales del hombre se atribuyen al período Plioceno, y se sospecha su presencia, ya que no todos la aceptan, en las capas Miocenas. ¿Dónde está también en este caso el “eslabón perdido”? Y ¿cómo podía, aun un salvaje paleolítico, un “hombre de Canstadt”, convertirse de animal driopiteco del período Mioceno, en un hombre pensante, en tan corto tiempo? Se ve ahora la razón por qué Darwin rechazaba la teoría de que sólo hubieran transcurrido 60.000.000 de años desde el período Cambriano. “Juzga él por el poco cambio orgánico que ha tenido lugar desde el principio del período glacial, y añade que los 140 millones de años anteriores apenas pueden considerarse suficientes para el desarrollo de las diversas formas de vida que seguramente existían hacia el final del período Cambriano”. (Ch. Gould, Mythical Monsters, pág. 84).
    23  Recordemos a este propósito la Enseñanza Esotérica, que dice que el Hombre en la Tercera Ronda tenía en la región etérea una forma gigantesca y simia. Sucede análoga cosa al final de la Tercera Raza de esta Ronda. Esto explica las facciones humanas de los monos, especialmente de los antropoides posteriores - aparte del hecho de que estos últimos conservan por herencia un parecido con sus antepasados Atlanto-Lemures.