Los datos derivados de la investigación científica sobre el “hombre primordial” y el mono no prestan fundamento a las teorías que hacen proceder al primero del segundo. “¿En dónde, pues, hemos de buscar al hombre primordial?” - pregunta de nuevo Mr. Huxle, después de haberlo buscado en vano en las profundidades de las capas Cuaternarias.
¿Fue el Homo sapiens Plioceno o Mioceno, o aun más antiguo? ¿Aguardan los huesos fósiles de un mono más antropoide, o de un hombre más pitecoide que los conocidos hasta ahora, las investigaciones, en capas aún más antiguas, de algún paleontólogo aún no nacido? El tiempo lo dirá (1).
Lo dirá (indudablemente), y así vindicará la Antropología de los Ocultistas. Mientras tanto, en su ansiedad de vindicar el Descent of Man, de Mr. Darwin, Mr. Boyd Dawkins cree que sólo le falta encontrar el “eslabón perdido” - en teoría. A los teólogos se debió, más que a los geólogos, el que el hombre fuese considerado hasta cerca de 1860 como una reliquia no más antigua que los 6.000 años adámicos ortodoxos. Pero según Karma lo tenía dispuesto, sin embargo, un abate francés, Bourgeois, fue el destinado a dar a esta teoría corriente un golpe aún peor que el que le habían dado los descubrimientos de Boucher de Perthes. Todo el mundo sabe que el abate descubrió, y puso de manifiesto, buena prueba de que el hombre existió en el período Mioceno; pues en los estratos miocenos fueron excavados pedernales de innegable factura humana. Según se expresa el autor de Modern Science and Modern Thought:
Debieron haber sido partidos por el hombre, o, como Mr. Boyd Dawkins supone, por el driopiteco o algún otro mono antropoide que tuviese una dosis de inteligencia tan superior a la del gorila o chimpancé, que fuese capaz de fabricar instrumentos. Pero en este caso se resolvería el problema y se descubriría el eslabón perdido, pues semejante mono pudiera haber sido muy bien el antecesor del hombre paleolítico (2).
O, el descendiente del hombre Eoceno, lo cual es una variante ofrecida a la teoría. Mientras tanto, el driopiteco, con tan superiores dotes mentales, está todavía por descubrir. Por otra parte, el hombre Neolítico y aun el Paleolítico habiéndose convertido en una certeza absoluta, y como el mismo autor justamente observa:
Si han transcurrido 100.000.000 de años desde que la Tierra fue lo bastante sólida para sostener la vida vegetal y animal, el período Terciario puede haber durado 5.000.000 ó 10.000.000 de años, si el orden de cosas sostenedor de la vida ha durado, según supone Lyell, cuando menos 200.000.000 de años (3).
¿por qué no ensayar otra teoría? Transportemos, hipotéticamente, al hombre al final de los tiempos Mesozoicos - admitiendo argumenti causa que los monos de tipo superior (mucho más recientes) existieran entonces. Esto concedería amplio tiempo para que el hombre y los monos modernos hubiesen divergido del “mono más antropoide” mítico, y aun para que este último degenerara en los que se han encontrado remedando al hombre, usando “ramas de árboles como cachiporras y rompiendo nueces de coco con martillo y piedras” (4). Algunas tribus de salvajes montañeses en la India construyen sus viviendas en los árboles, lo mismo que los gorilas construyen sus guaridas. La cuestión de cuál de los dos, la bestia o el hombre, es el imitador del otro, apenas es discutible, aun admitiendo la teoría de Mr. Boyd Dawkins. Por regla general, sin embargo, el carácter imaginario de tal hipótesis es cosa admitida. Se arguye que mientras en los períodos Plioceno y Mioceno había verdaderos monos y cinocéfalos, siendo el hombre, de modo innegable, contemporáneo de los primeros tiempos mencionados - aunque, como vemos, la Antropología ortodoxa aún vacila ante los mismos hechos, de colocarlo en la Era del driopiteco, el cual
ha sido considerado, por varios anatómicos, como superior en algunos aspectos, al chimpancé o al gorila (5),
sin embargo, en el período Eoceno no ha habido otros fósiles de primates desenterrados, y no se han encontrado más pitecoides que unas pocas formas lemurinas extinguidas. Y también hemos visto alusiones de que el driopiteco puede haber sido el “eslabón perdido”, aun cuando el cerebro de este animal no garantiza más la teoría que el cerebro del gorila de nuestros días (Véanse también las especulaciones de Gaudry).
Ahora bien; nosotros preguntamos quién de entre los hombres de ciencia está pronto a probar que no existía el hombre en los primeros tiempos de la época Terciaria. ¿Qué es lo que impedía su presencia? Hace apenas treinta años que se negaba con indignación que hubiese existido mucho más allá de seis o siete mil años atrás. Ahora se le rehusa la admisión en el período Eoceno. En el siglo próximo puede ser cuestión de si el hombre no fue contemporáneo del “dragón volador”, el pterodáctilo, el plesiosauro e iguanodonte, etc. Prestemos atención, entretanto, al eco de la Ciencia.
Ahora bien; dondequiera que hayan vivido los monos antropoides, claro está que, ya sea como cuestión de estructura anatómica, o de clima y medio ambiente, el hombre, o la criatura que fuese su antecesor, pudo también haber vivido. Anatómicamente hablando, los monos y simios son variaciones tan especiales del tipo mamífero como el hombre, a quien se parecen hueso por hueso y músculo por músculo; y el hombre animal físico es sencillamente un ejemplo del tipo cuadrúmano, particularizado por la postura erguida y un cerebro más grande... (6). Si pudo sobrevivir como sabemos que sobrevivió a las condiciones adversas y vicisitudes extremas del período Glacial, no hay razón para que no haya podido vivir en el clima semitropical del período Mioceno, cuando un clima propicio se extendía hasta la Groenlandia y Spitzbergen. (7).
Cuando la mayor parte de los hombres científicos que tienen opiniones libres en el tema de la descendencia del hombre de “un mamífero antropoide extinguido” no aceptan la misma simple posibilidad de otra teoría que de un antecesor común al hombre y al driopiteco, consuela ver en una obra de verdadero valor científico tal margen de concordancia. en verdad, es ello tan amplio como posible, dadas las circunstancias, esto es, sin peligro inmediato de perder pie en la marea creciente de la adulación científica. Creyendo que la dificultad de explicar que -
el desarrollo de la inteligencia y moralidad por medio de la evolución no es tan grande como la que presenta la diferencia en la estructura física (8) entre el hombre y el animal más elevado-
el mismo autor dice:
Pero no es fácil ver cómo surgió esta diferencia de estructura física, y cómo vino a la existencia un ser que tuviera semejante cerebro y manos, y tales facultades latentes para un progreso casi ilimitado. La dificultad es la siguiente: la diferencia de estructura entre la raza más inferior de hombres y el mono más superior existente es demasiado grande para admitir la posibilidad de ser el uno descendiente directo del otro. El negro, bajo algunos aspectos, se aproxima ligeramente al tipo simio. Su cráneo es más estrecho, su cerebro de menor capacidad, su boca más prominente, y su brazo más largo que el término medio en el europeo. Sin embargo, es esencialmente un hombre, y estará separado por ancho abismo del chimpancé o el gorila. Hasta el idiota o imbécil, cuyo cerebro no es mayor, ni la inteligencia más desarrollada que la del chimpancé, es un hombre definido, no un mono.
Por tanto, si la teoría darwinista se mantiene firme en el caso del hombre y del mono, tenemos que retroceder a algún antecesor común de quien ambos se hayan originado... Pero para establecer esto como un hecho y no como una teoría, necesitamos encontrar esa forma antecesora, o por lo menos, algunas formas intermedias tendiendo a ella... en otras palabras... el “eslabón perdido”. Hasta ahora, no sólo no se han descubierto tales eslabones que faltan, sino que los más antiguos cráneos y esqueletos humanos que datan del período Glacial, y que probablemente tienen cuando menos 100.000 años, no indican aproximación muy marcada hacia semejante tipo prehumano. Al contrario, uno de los tipos más antiguos, el de los hombres de la cueva sepulcral de Cro-Magnon (9), es el de una raza hermosa, de elevada estatura, cerebro grande, y en conjunto superior a muchas de las razas existentes de la humanidad. Por supuesto, la contestación es de que el tiempo no es bastante, y que si el hombre y el mono tuvieron un antecesor común, como quiera que es seguro que el mono, y probablemente el hombre, existieron en el período Mioceno, semejante antecesor hay que buscarlo en un período más remoto, en una antigüedad comparada con la cual toda la época Cuaternaria es insignificante... Todo esto es verdad, y puede muy bien hacernos vacilar antes de admitir que el hombre... es la sola excepción de la ley general del universo, y es hijo de una creación especial. Esto es tanto más difícil de creer, por cuanto la familia del mono, a la cual se parece tanto el hombre (?) en la estructura física, contiene numerosas ramas que se diferencian de un modo gradual, pero cuyos extremos difieren más entre sí que lo que el hombre difiere de la serie más elevada de monos. Si se requiere una creación especial para el hombre, ¿no podrá haber habido creaciones especiales para el chimpancé, el gorila, el orangután y para lo menos cien diferentes especies de monos y simios que están construidos bajo las mismas líneas? (10).
Hubo una “creación especial” para el hombre y una “creación especial” para el mono, su progenie, sólo que siguiendo otras líneas que las que la ciencia jamás ha presentado. Albert Gaudry y otros dan algunas razones de peso de por qué el hombre no puede considerarse como el coronamiento de una especie de monos. Cuando una ve que no sólo era el “salvaje primitivo” (?) una realidad en los tiempos Miocenos, sino que, como muestra de Mortillet, las reliquias de pedernales que ha dejado tras sí indican que fueron labradas por medio del fuego en aquella época remota; cuando se nos dice que el driopiteco es el único de los antropoides que aparece en aquellas capas, ¿cuál es la deducción natural? Que los darwinistas no están en lo firme. El mismo gibón, de apariencia humana, sigue en el mismo estado de desarrollo en que estaba cuando coexistía con el hombre al final del período Glacial. No presenta diferencias apreciables desde los tiempos Pliocenos. Ahora bien; hay poco que escoger entre el driopiteco y los antropoides existentes: gibón, gorila, etc. Si, pues, la teoría darwinista es por completo suficiente, ¿cómo se “explica” la evolución de este mono en hombre durante la primera mitad del período Mioceno? El tiempo es con mucho demasiado poco para tal transformación teórica. La extremada lentitud con que se verifican las variaciones de las especies hace la cosa inconcebible, y más especialmente en la hipótesis de la “selección natural”. El enorme abismo mental y estructural entre un salvaje que conoce el fuego y el modo de encenderlo, y el antropoide brutal, es demasiado grande para que, ni aun imaginativamente, se le puede echar un puente, en un período tan restringido. Pueden los evolucionistas hacer retroceder el proceso al período Eoceno precedente, si así lo prefieren; pueden hasta hacer al hombre y al driopiteco descender de un antecesor común; así y todo, hay que afrontar la desagradable consideración de que en las capas Eocenas, los fósiles antropoides son tan notables por su ausencia, como el fabuloso pithecantropus de Haeckel. ¿Puede encontrarse una salida de este cul de sac apelando a lo “desconocido” y a una referencia, a lo Darwin, sobre la “imperfección de los anales geológicos”? Sea así; pero el mismo derecho de apelación tiene entonces que ser igualmente concedido a los ocultistas, en lugar de permanecer siendo monopolio del perplejo materialismo. El hombre físico, decimos, existía antes de que se depositara el primer lecho de rocas cretáceas. en la primera parte de la edad Terciaria florecía la civilización más brillante que el mundo ha conocido; en un período en que el hombre-mono Haeckeliano se cree que vagaba por los bosques primitivos, y en el que el antecesor putativo de Mr. Grant Allen saltaba de rama en rama con sus peludas compañeras, las Liliths degeneradas del Adán de la Tercera Raza. Aún no había monos antropoides en los mejores días de la civilización de la Cuarta Raza; pero Karma es una ley misteriosa que no respeta personas. Los monstruos criados en el pecado y la vergüenza por los gigantes Atlantes, “copias borrosas” de sus bestiales padres, y por tanto, del hombre moderno, según Huxley, extravían y abruman con errores al antropólogo especulativo de la ciencia europea.
¿En dónde vivieron los primeros hombres? Algunos darwinistas dicen que en el África occidental, otros que en el Sur de Asia, otros creen también en un origen independiente de troncos humanos, en Asia y en América, de antecesores simios (Vogt). Haeckel, sin embargo, se adelanta gallardamente a la carga. Partiendo de su prosimiano, “el antecesor común a todos los demás catarrinos, incluso el hombre” -¡”eslabón” desechado por recientes descubrimientos anatómicos!-, trata de encontrar una morada para el pithecantropus alalus primitivo.
Según toda probabilidad - (la transformación del animal en hombre) ocurrió en el Sur de Asia, en cuya región se presentan muchas pruebas de que fue la morada original de diferentes especies de hombres. Probablemente el Asia Meridional misma no fue la primera cuna de la especie humana, sino la Lemuria, un continente que se hallaba al Sur de Asia y que se hundió más adelante bajo la superficie del Océano Índico. El período en que tuvo lugar la evolución de los monos antropoides en hombres semejantes a monos fue probablemente la última parte de la época Terciaria, el período Plioceno, y quizá en el Mioceno, su precursor (11).
De las anteriores especulaciones, la única de algún valor es la que se refiere a la Lemuria, que fue la cuna de la humanidad - de la criatura física sexual, que se materializó a través de largos evos desde el estado de hermafroditas etéreos. Sólo que si se prueba que la Isla de Pascua es un resto verdadero de la Lemuria, debemos creer, según Haeckel, que los “hombres mudos semejantes a monos” que acababan de descender de un monstruo mamífero brutal, construyeron las estatuas-retratos gigantescas, dos de las cuales están ahora en el Museo Británico. Los críticos se equivocan al llamar a las doctrinas Haeckelianas “abominables, revolucionarias e inmorales” -aunque el materialismo es producto legítimo del mito del mono antecesor-; ellas son simplemente demasiado absurdas para que necesiten impugnación.
B
EVOLUCIONISMO OCCIDENTAL: LA ANATOMÍA COMPARADA DEL HOMBRE Y DEL ANTROPOIDE NO ES EN MODO ALGUNO LA CONFIRMACIÓN DEL DARWINISMO
Se nos dice que al paso que todas las demás herejías contra la Ciencia Moderna pueden pasarse por alto, nuestra negación de la teoría darwinista referente al hombre será considerada como un pecado “imperdonable”. Los Evolucionistas se mantienen firmes como rocas, en la evidencia de la semejanza de estructura entre el mono y el hombre. Las pruebas anatómicas, se arguye, son en este caso completamente abrumadoras; hueso por hueso, músculo por músculo, y hasta la conformación del cerebro, se parecen muchísimo.
Bien, ¿y qué? Todo esto se sabía antes del rey Herodes; y los escritores del Râmâyana, los poetas que cantaron las proezas y el valor de Hanumán, el Dios-Mono, “cuyos hechos fueron grandes y cuya sabiduría no tuvo rival”, deben haber sabido tanto de su anatomía y cerebro como cualquier Haeckel o Huxley en nuestros días. Volúmenes sobre volúmenes se han escrito en la antigüedad respecto de esta semejanza, como se han escrito en los tiempos modernos. Por tanto, nada hay de nuevo para el mundo, ni para la filosofía, en libros tales como Man and Apes de Mivart, o en la defensa del darwinismo de los señores Fiske y Huxley. Pero ¿cuáles son esas pruebas decisivas de la descendencia del hombre de un antecesor pitecoide? Si la teoría darwinista no es la verdadera, se nos dice; si el hombre y el mono no descienden de un antecesor común, entonces tenemos que explicar la razón de:
I. La semejanza de estructura entre los dos; el hecho de que el mundo animal superior -el hombre y la bestia- sea físicamente de un tipo o modelo.
II. La presencia de órganos rudimentarios en el hombre, esto es, rastros de órganos anteriores, ahora atrofiados por falta de uso. Algunos de estos órganos, se asegura, no hubieran tenido ningún objeto, excepto en un monstruo semianimal, semiarbóreo. ¿Por qué, además, encontramos en el hombre esos órganos “rudimentarios” -tan inútiles como inútil es el ala rudimentaria al aptérix de Australia-, el apéndice vermiforme del caecum, los músculos de los oídos (12), la “cola rudimentaria”, con la cual nacen todavía algunos niños, etc.?
Tal es el grito de guerra; ¡y el murmullo del enjambre menor de los darwinistas es más ruidoso, a ser posible, que el de los mismos Evolucionistas científicos!
Además, estos últimos (con su gran jefe Mr. Huxley, y zoólogos eminentes como Mr. Romanes y otros), al paso que defienden la teoría darwinista, son los primeros en confesar las casi insuperables dificultades que se presentan para su demostración final. Y hay hombres de ciencia, tan eminentes como los antes nombrados, que niegan, del modo más enfático, la malhadada afirmación, y denuncian bien alto las exageraciones sin fundamento sobre la cuestión de esta supuesta igualdad. Basta mirar las obras de Broca, Gratiolet, Owen, Pruner-Bey y finalmente la gran obra de De Quatrefages, Introduction à l’Étude des Races Humaines, Questions Générales, para descubrir la falacia de los Evolucionistas. Podemos decir más: las exageraciones referentes a esta supuesta semejanza de estructura entre el hombre y el mono antropomorfo han sido tan marcadas y absurdas en los últimos tiempos que hasta el mismo Mr. Huxley se ha visto obligado a protestar contra las presunciones demasiado confiadas. Ese gran anatómico fue quien personalmente llamó al orden al “enjambre menor”, declarando en uno de sus artículos que las diferencias entre la estructura del cuerpo humano y la del pitecoide antropomorfo superior, no sólo estaban muy lejos de ser insignificantes y sin importancia, sino que, por el contrario, eran muy grandes y sugestivas:
Cada hueso del gorila tiene señales por las cuales pueden distinguirse de los huesos correspondientes del hombre (13).
Entre las criaturas existentes no hay una sola forma intermedia que pueda llenar el vacío que existe entre el hombre y el mono. Ignorar este vacío, añadía, “sería tan injusto como absurdo”.
Finalmente, lo absurdo de semejante descendencia antinatural del hombre es tan palpable, en vista de todas las pruebas y testimonios que resultan de la comparación del cráneo del pitecoide con el del hombre, que De Quatrefages acudió inconscientemente a nuestra teoría esotérica, diciendo que más bien son los monos los que pueden pretender su descendencia del hombre, que no lo contrario. Según Gratiolet ha probado, respecto de las cavidades del cerebro de los antropoides -en cuyas especies se desarrolla este órgano en razón inversa a lo que sucedería si los órganos correspondientes en el hombre fueran realmente producto del desarrollo de tales órganos en el mono-, el tamaño del cráneo humano y de su cerebro, así como las cavidades, aumentan con el desarrollo individual del hombre. Su inteligencia se desarrolla y aumenta con la edad, al paso que sus huesos faciales y quijadas disminuyen y se fortalecen, haciéndose así más y más espiritual, mientras que con el mono sucede lo contrario. En su juventud, el antropoide es mucho más inteligente y bueno, al paso que con la edad se hace más obtuso; y, a medida que su cráneo retrocede y parece disminuir, según va creciendo, sus huesos faciales y quijadas se desarrollan, y el cráneo se aplasta finalmente y se echa por completo atrás, marcándose cada día más el tipo animal. El órgano del pensamiento, el cerebro, retrocede y disminuye, completamente dominado y reemplazado por el de la fiera, el aparato de las quijadas.
De este modo, como se observa ingeniosamente en la obra francesa, un gorila podría con justicia dirigirse a un Evolucionista, reclamando su derecho de descendencia de él. Le diría: Nosotros, monos antropoides, constituimos un punto de partida retrógrado del tipo humano, y por tanto, nuestro desenvolvimiento y evolución se expresan por una transición desde una estructura orgánica semejante a la humana, a una semejante a la animal; pero ¿de qué modo podéis vosotros, los hombres, descender de nosotros; cómo podéis constituir una continuación de nuestro género? Porque, para que esto fuera posible, vuestra organización tendría que diferir aún más que la nuestra de la estructura humana; tendría que estar aún más próxima a la de la bestia que la nuestra; y en tal caso, la justicia exige que nos cedáis vuestro lugar en la naturaleza. Sois inferiores a nosotros, desde el momento en que insistís en derivar vuestra genealogía de nuestra especie; pues la estructura de nuestro organismo y su desarrollo son tales, que no podemos generar formas de una organización superior a la nuestra.
En esto están las Ciencias Ocultas de completo acuerdo con De Quatrefages. Debido al tipo mismo de su desarrollo, el hombre no puede descender ni del mono ni de un antecesor común al mono y al hombre, sino que indica que su origen es de un tipo muy superior a él mismo. Y este tipo es el “Hombre Celeste”; los Dyân Chohans, o los llamados Pitris, según se ha manifestado en la Parte I del volumen III. Por otra parte, el pitecoide, el orangután, el gorila y el chimpancé, pueden, como la Ciencia Oculta lo enseña, descender de la Cuarta Raza-Raíz humana animalizada, siendo un producto del hombre y de especies de mamíferos ya extinguidas -cuyos remotos antecesores eran, a su vez, producto de la bestialidad lemura- y que vivían en el período Mioceno. La ascendencia de este monstruo semi-humano se explica en las Estancias como teniendo origen en el pecado de las razas “sin mente”, en el período medio de la Tercera Raza.
Cuando se tiene presente que todas las formas que hoy pueblan la Tierra son otras tantas variaciones de tipos fundamentales, producidos originalmente por el Hombre de la Tercera y Cuarta Rondas, semejante argumento evolucionista, como el de insistir sobre la “unidad del plan estructural que caracteriza a todos los vertebrados, pierde su fuerza. Los mencionados tipos fundamentales eran muy pocos en número, comparados con la multitud de organismos que últimamente ellos originaron; pero, sin embargo, se ha conservado una unidad general de tipo a través de las edades. La economía de la Naturaleza no sanciona la coexistencia de varios “planes fundamentales” completamente opuestos de evolución orgánica, en un planeta. Sin embargo, una vez formuladas las líneas generales de la explicación Oculta, la deducción de los detalles puede muy bien dejarse a la intuición del lector.
Lo mismo acontece con la importante cuestión de los órganos “rudimentarios” descubiertos por los anatómicos en el organismo humano. Indudablemente, esta clase de argumentación, manejada por Darwin y Haeckel contra sus adversarios europeos, resultó de gran peso. Los antropólogos, que se atrevieron a disputar la derivación del hombre de antecesores animales, se encontraron totalmente embarazados para explicar la presencia de agallas, el problema de la “cola”, etc. En este punto también viene el Ocultismo en nuestro apoyo, con los informes necesarios.
El hecho es que, según se ha dicho ya, el tipo humano es el repertorio de todas las formas orgánicas potenciales y el punto central de donde éstas irradian. En este postulado encontramos una verdadera “evolución” o “desenvolvimiento”, en un sentido que no puede decirse que pertenezca a la teoría mecánica de la Selección Natural. Criticando las deducciones de Darwin de los “rudimentos”, un hábil escritor observa:
¿Por qué no ha de tener la misma probabilidad de ser una hipótesis verdadera el suponer que el hombre fue primeramente creado con esas señales rudimentarias en su organización, las cuales se convirtieron en apéndices útiles en los animales inferiores en que el hombre degeneró, como suponer que estas partes existían en completo desarrollo, actividad y uso práctico en los animales inferiores de los cuales fue generado el hombre? (14).
Léase en lugar de “en los cuales el hombre degeneró”, “los prototipos que el hombre esparció, en el curso de sus desenvolvimientos astrales”, y tendremos ante nosotros un aspecto de la verdadera solución esotérica. Pero ahora vamos a formular una generalización más amplia.
En lo que concierne a nuestro presente período terrestre de la Cuarta Ronda, sólo la fauna mamífera puede considerarse originada de los prototipos desprendidos del Hombre. Los anfibios, los pájaros, reptiles, peces, etcétera, son los resultados de la Tercera Ronda, formas astrales fósiles, almacenadas en la cubierta áurica de la Tierra, y proyectadas en objetividad física, subsiguientemente a la deposición de las primeras rocas laurenianas. La “Evolución” tiene efecto en las modificaciones progresivas que la Paleontología muestra que han afectado a los reinos inferiores, animal y vegetal, en el curso del tiempo geológico. No toca, ni puede tocar, por la misma naturaleza de las cosas, al asunto de los tipos prefísicos que sirvieron de base a la futura diferenciación. Puede, seguramente, determinar las leyes generales que dirigen el desarrollo de los organismos físicos; y, hasta cierto punto, ha desempeñado hábilmente la tarea.
Volviendo al objeto que se discute. Los mamíferos cuyos primeros rastros se descubren en los marsupiales de las rocas triásicas de la época Secundaria, fueron evolucionados de progenitores puramente astrales, contemporáneos de la Segunda Raza. Son, pues, posthumanos, y, por consiguiente, es fácil explicarse la semejanza general entre sus estados embrionarios y los del Hombre, quien necesariamente encierra en sí y compendia en su desarrollo los rasgos del grupo que originó. Esta explicación desecha una parte del epítome darwinista.
Pero ¿cómo explicar la presencia de las agallas en el feto humano, las cuales representan el estado por el cual pasan en su desarrollo las branquias del pez (15); el vaso palpitante que corresponde al corazón de los peces inferiores y el cual constituye el corazón del feto; la completa analogía que presenta la segmentación del óvulo humano, la formación del blastodermo y la aparición del estado “gástrula” con estados correspondientes de la vida vertebrada inferior y aun entre las esponjas; los diversos tipos de la vida animal inferior que la forma del futuro niño delinea en el ciclo de su crecimiento?... ¿Cómo es que sucede que ciertos estados de la vida de los peces, cuyos antecesores nadaron (evos antes de la época de la Primera Raza) en los mares del período Siluriano, así como también estados de la fauna anfibia y reptil posterior, se reflejen en la “historia compendiada” del desarrollo del feto humano?
Esta objeción plausible es contestada con la explicación de que las formas animales terrestres de la Tercera Ronda se referían tanto a los tipos plasmados por el Hombre de la Tercera Ronda, como esa nueva importación en el área de nuestro planeta -el tronco mamífero- se refiere a la Humanidad de la Segunda Raza-Raíz de la Cuarta Ronda. El proceso del desarrollo del feto humano compendia, no sólo las características generales de la vida terrestre de la Cuarta Ronda, sino también las de la Tercera. El diapasón del tipo es recorrido en compendio. Los Ocultistas, pues, no se ven apurados para “explicarse” el nacimiento de niños con un verdadero apéndice caudal, o el hecho de que la cola en el feto humano sea, en cierto período, de doble tamaño que las nacientes piernas. La potencialidad de todos los órganos útiles a la vida animal está encerrada en el Hombre -el Microcosmo del Macrocosmo- y con alguna frecuencia condiciones anormales pueden dar por resultado los extraños fenómenos que los darwinistas consideran como una “reversión a rasgos de antecesores” (16). Reversión, verdaderamente; pero no en el sentido que suponen nuestros empíricos de hoy.
C
EL DARWINISMO Y LA ANTIGÜEDAD DEL HOMBRE: LOS ANTROPOIDES Y SUS ANTECESORES
Se ha notificado al público por más de un eminente geólogo y hombre de ciencia modernos, que:
Todo cálculo de las duraciones geológicas no tan sólo es imperfecto, sino necesariamente imposible; pues ignoramos las causas que han debido existir y que apresuraban o retardaban el progreso de los depósitos sedimentarios (17).
Y como otro hombre de ciencia igualmente conocido (el Dr. Croll) calcula que la edad Terciaria pudo principiar hace quince millones de años, o hace dos y medio -siendo lo primero un cálculo más exacto con arreglo a la Doctrina Esotérica-, parece, en este caso por lo menos, que hay gran discrepancia. La Ciencia exacta, al rehusar ver en el hombre una “creación especial” (hasta cierto punto la Ciencia Secreta hace lo mismo), queda en libertad de ignorar las tres, o mejor dicho, las dos y media primeras Razas -la espiritual, la semiastral y la semihumana- de nuestras enseñanzas. Pero difícilmente puede hacer lo mismo en el caso del período final de la Tercera Raza, de la Cuarta y de la Quinta, puesto que ya distingue en la humanidad el hombre Paleolítico y el Neolítico (18). Los geólogos franceses colocan al hombre en el período medio Mioceno (Gabriel de Mortillet), y algunos hasta en el período Secundario, como indica De Quatrefages; al paso que los savants ingleses no aceptan generalmente tal antigüedad para sus razas. Pero quizás lleguen a saberlo mejor algún día; pues, como dice Sir Charles Lyell:
Si tenemos en cuenta la carencia o rareza extrema de huesos humanos y obras de arte en todos los estratos, ya sean marinos o de agua dulce, aun en aquellos formados en las inmediaciones de tierra habitada por millones de seres humanos, no debe sorprendernos la escasez general de memoriales humanos, ya sean recientes, pleistocenos o de fecha más antigua, en las formaciones glaciares. Si hubo algunos vagabundos en las tierras cubiertas de hielos, o en mares llenos de témpanos; y si algunos de ellos dejaron sus huesos o armas en las morenas o en los témpanos marinos, las probabilidades de que un geólogo encuentre uno de ellos, después de transcurrir miles de años, deben ser excesivamente escasas (19).
Los hombres de ciencia evitan sujetarse a ninguna afirmación definida referente a la edad del hombre, toda vez que verdaderamente apenas pueden calcularla, y dejan así una latitud enorme a las especulaciones más atrevidas. A pesar de ello, al paso que la mayor parte de los antropólogos remontan la edad del hombre sólo al período del acarreo postglacial, o lo que se llama la era Cuaternaria, los que de entre ellos, como evolucionistas, atribuyen al hombre un origen común con el mono, no muestran ser muy consecuentes en sus especulaciones. La hipótesis darwinista exige, realmente, una antigüedad aún mucho mayor para el hombre, que la que entrevén vagamente los pensadores superficiales. Esto se halla probado por las más grandes autoridades en la cuestión; Mr. Huxley, por ejemplo. Aquellos, por tanto, que aceptan la evolución darwinista sostienen ipsofacto tenazmente una antigüedad el hombre tan grande, en verdad, que no se distancia mucho del cálculo Ocultista (20). Los modestos miles de años de la Encyclopedia Britannica, y los 100.000 años a que, por regla general, limita la Antropología la edad del género humano, parecen casi microscópicos cuando se comparan con las cifras que implican las especulaciones atrevidas de Mr. Huxley. Los primeros, a la verdad, hacen de la raza original, hombres semejantes a los monos moradores en cavernas. El gran biólogo inglés, en su deseo de probar el origen pitecoide del hombre, insiste en que la transformación del mono primordial en ser humano, debe haber ocurrido hace millones de años. Pues el criticar la excelente capacidad del cráneo Neanderthal, a pesar de su aserto de que está recargado de “paredes osudas pitecoides”, que corre parejo con las afirmaciones de Mr. Grant Allen de que este cráneo
Tiene grandes protuberancias en la frente, que de modo muy chocante (?) recuerdan las que dan al gorila su apariencia de fiereza peculiar (21).
sin embargo, Mr. Huxley se ve obligado a admitir que, con el referido cráneo, su teoría es nuevamente destruída por las
Proporciones completamente humanas de los demás huesos de los miembros, juntamente con el hermoso desarrollo del cráneo Engis.
A consecuencia de todo esto se nos notifica que estos cráneos
Indican claramente que los primeros indicios del tronco primordial de que procede el hombre no deben seguirse buscando en los Terciarios más recientes por los que creen de algún modo en la doctrina del desarrollo progresivo, sino que deben buscarse en una época más distante de la edad de elephas primigenius, que lo que ésta se halla de nosotros (22).
Así, pues, una antigüedad desconocida para el hombre, es el sine qua non científico en el asunto de la Evolución darwinista, puesto que el hombre paleolítico más antiguo no presenta aún diferencia apreciable de su descendiente moderno. Sólo últimamente es cuando la Ciencia Moderna, a cada año que pasa, ensancha el abismo que ahora la separa de la Ciencia antigua tal como la de Plinio e Hipócrates; ninguno de los escritores antiguos hubiera menospreciado las Enseñanzas Arcaicas, respecto de la evolución de las razas humanas y especies animales, como los hombres científicos del día -los geólogos y antropólogos- es seguro que hagan.
Sosteniendo, como sostenemos, que el tipo mamífero fue un producto post-humano de la Cuarta Ronda, el diagrama siguiente, según la escritora comprende la enseñanza, puede dar una idea clara del proceso:
GENEALOGÍA DE LOS MONOS
La unión antinatural era invariablemente fértil, porque los tipos mamíferos de entonces no estaban lo bastante distanciados de su tipo-raíz (23) -el Hombre Etéreo primordial- para levantar la barrera necesaria. La ciencia médica registra casos, aun en nuestros días, de monstruos producidos de padres humanos y de animales. La posibilidad, por tanto, es sólo de grado, no de hecho. De este modo, pues, resuelve el Ocultismo uno de los problemas más extraños que se han presentado a la consideración de los antropólogos.
El péndulo del pensamiento oscila entre dos extremos. Habiéndose emancipado finalmente de los grillos de la teología, la Ciencia ha abrazado la falsedad opuesta; y en su intento de interpretar la Naturaleza en la senda puramente materialista, ha construido la teoría más extravagante de los tiempos: la procedencia del hombre de un mono feroz y brutal. Tan arraigada se ha hecho ahora esta doctrina, en una forma o en otra, que serán necesarios los esfuerzos más hercúleos para conseguir que finalmente sea rechazada. La antropología darwinista es el íncubo del etnólogo, hija robusta del materialismo moderno, que se ha desarrollado adquiriendo cada vez más vigor a medida que la ineptitud de la leyenda teológica de la “creación” del Hombre se hacía más y más aparente. Ha prosperado a causa de la extraña ilusión de que, según dice un reputado hombre científico:
Todas las hipótesis y teorías acerca del origen del hombre pueden reducirse a dos (la explicación evolucionista y la exotérica bíblica)... No hay otras hipótesis concebibles (!!).
La antropología de los Libros Secretos es, sin embargo, la contestación mejor posible a tan despreciable contienda.
La semejanza anatómica entre el hombre y el mono superior, que los darwinistas citan con tanta frecuencia como indicando un antecesor común a ambos, presenta un problema interesante, cuya debida solución hay que buscar en la explicación esotérica de la génesis de los troncos pitecoides. Nosotros la hemos expuesto en aquello que era útil, declarando que la bestialidad de las razas primitivas sin mente trajo la producción de monstruos enormes de parecido humano, frutos de padres humanos y de animales. A medida que transcurrió el tiempo y las aún formas semietéreas se consolidaron en físicas, los descendientes de estos seres fueron modificados por las condiciones externas, hasta que la especie, disminuyendo en tamaño, culminó en los monos inferiores del período Mioceno. Con estos, los últimos Atlantes renovaron el pecado de los “Sin Mente”, pero esta vez con plena responsabilidad. Los resultados de su crimen fueron los monos conocidos ahora por antropoides.
Puede ser útil comparar esta sencillísima teoría -que estamos prontos a presentar como una mera hipótesis a los incrédulos- con el esquema darwinista, tan lleno de obstáculos insuperables que tan pronto se vence alguno con una hipótesis más o menos ingeniosa, preséntanse diez dificultades peores, tras de aquella que se venció.

