martes, 10 de junio de 2014

SECCIÓN IV DURACIÓN DE LOS PERÍODOS GEOLÓGICOS, CICLOS DE RAZA Y LA ANTIGÜEDAD DEL HOMBRE

     Millones de años se han hundido en el Leteo sin dejar otro recuerdo en la memoria del profano que los pocos milenios de la cronología ortodoxa occidental acerca del origen del Hombre y de la historia de las razas primitivas.
    Todo depende de las pruebas que se han encontrado de la antigüedad de la Raza Humana. Si el aun debatido hombre del período Plioceno, o siquiera del Mioceno, fuese el Homo primigenius, entones la Ciencia tendría razón (argumenti causa) en fundar su Antropología presente (en cuando a la época y clase de origen del Homo sapiens) en la teoría darwinista (1). Pero si se encontrasen algún día esqueletos de hombres en las capas Eocenas, al paso que no se descubre ningún mono fósil, probándose de este modo que la existencia del hombre es anterior a la del antropoide, entonces los darwinistas tendrían que ejercitar su ingenio en otra dirección. Por otra parte, en regiones bien informadas se dice que en las primeras decenas del siglo XX se presentarán estas pruebas innegables de la prioridad del hombre.
    Ahora mismo se están presentando muchas pruebas que demuestran que las épocas asignadas hasta ahora a las fundaciones de ciudades, civilizaciones y otros varios sucesos históricos han sido reducidas de un modo absurdo. Esto se hizo como una oferta de paz a la cronología bíblica. El muy conocido paleontólogo Ed. Lartet, escribe:

    No se encuentra en el Génesis ninguna fecha que determine tiempo al nacimiento de la humanidad primitiva.

    Pero los cronólogos, durante quince siglos, han tratado de obligar a los hechos de la Biblia a estar de acuerdo con sus sistemas. De este modo se han formado no menos de ciento cuarenta opiniones diferentes acerca de la sola fecha de la “Creación”.

    Y entre las variaciones extremas hay una discrepancia de 3.194 años en el cálculo del período entre el principio del mundo y el nacimiento de Cristo. En los últimos años, los arqueólogos han tenido que hacer retroceder los comienzos de la civilización babilónica, en cerca de 3.000 años. En el cilindro de fundación depositado por Nabonidus, rey de Babilonia, vencido por Ciro, se encuentran los anales del primero, en que habla de su descubrimiento de la piedra fundamental que perteneció al templo primitivo construido por Navam-Sin, hijo de Sargon de Accadia, conquistador de Babilonia, el cual, dice Nabonidus, vivió 3.200 años antes de su tiempo (2).

    Hemos indicado en Isis sin Velo que los que basaban la historia en la cronología de los judíos -raza que no tenía cronología ninguna propia, y que rechazaba la occidental hasta el siglo XII- se extraviarían, porque la relación judía sólo puede seguirse por la computación kabalística, y esto sólo poseyendo la clave. Hemos calificado la cronología del difunto George Smith sobre los asirios y caldeos, la cual había hecho de modo que se ajustase a la de Moisés, como completamente fantástica. Y ahora, por lo menos en este punto, otros asiriólogos posteriores han corroborado nuestra negación. Pues mientras George Smith hace reinar a Sargon I (el prototipo de Moisés) en la ciudad de Accadia, cosa de 1.600 años antes de Cristo -probablemente a causa de su respeto latente por Moisés, a quien la Biblia hace florecer en 1571 antes de Cristo-, hemos sabido ahora por la primera de las seis conferencias de Hibbert, dadas por el profesor A. H. Sayce, de Oxford, en 1887, que:

        Las antiguas opiniones acerca de los primeros anales de Babilonia y de sus religiones han sido muy modificadas por descubrimientos recientes. El primer Imperio semítico es cosa decidida ahora, que fue el de Sargon de Accadia, el cual estableció una gran biblioteca, protegió la literatura y extendió sus conquistas a través del mar, en Chipre. Se sabe ahora que reinó en una época tan remota como 3.750 años antes de Cristo... Los monumentos Accadios encontrados por los franceses en Tel-Ioh deben de ser aún más antiguos, llegando quizá a 4.000 años antes de Cristo.

    En otras palabras: en el cuarto año de la creación del mundo, según la cronología bíblica, y cuando Adán estaba en pañales. Quizás dentro de pocos años se aumenten más los 4.000. El bien conocido conferenciante de Oxford observaba en sus disquisiciones sobre “El Origen y desarrollo de la Religión, según lo que demuestra la de los Antiguos Babilonios”, que:

    Las dificultades para buscar sistemáticamente el origen e historia de la religión babilónica eran considerables. Las fuentes de nuestro conocimiento en el asunto eran todas monumentales, siendo muy poca la ayuda que nos proporcionaban los escritores clásicos u orientales. Verdaderamente, era un hecho innegable que el clero babilónico envolvió intencionalmente el estudio de los textos religiosos de un modo tan laberíntico, que presentaba dificultades casi insuperables.

    Que ellos confundieron las fechas y especialmente el orden de los sucesos “intencionalmente”, es indudable, y por una razón muy buena: sus escritos y anales eran todos esotéricos. Los sacerdotes babilónicos hicieron lo mismo que los sacerdotes de otras naciones. Sus anales eran sólo para los Iniciados y sus discípulos, y únicamente a estos últimos se les daba la clave del verdadero significado. Pero las observaciones del profesor Sayce encierran promesas. Pues él explica la dificultad diciendo que:

    La biblioteca de Nínive contenía, sobre todo, copias de textos babilónicos más antiguos, y los copistas tomaron de tales tablillas sólo lo que era de interés especial para los conquistadores asirios, perteneciente a una época comparativamente reciente, lo cual ha aumentado mucho la mayor de nuestras dificultades, a saber: el estar tan frecuentemente a oscuras respecto del tiempo de nuestras pruebas documentales, y el valor preciso de nuestros materiales históricos.

    De modo que tenemos el derecho de deducir que nuevos descubrimientos pueden obligar a que retrocedan los tiempos babilónicos tan lejos de los 4.000 años antes de Cristo, que lleguen a parecer precósmicos con arreglo a la opinión de todos los adoradores de la Biblia.
    ¡Cuánto más hubiera aprendido la Paleontología si no hubiesen sido destruidas millones de obras! Hablamos de la Biblioteca de Alejandría, que ha sido destruida tres veces, a saber: por Julio César, el 48 antes de Cristo; en 390 después de Cristo, y últimamente en el año 640 después de Cristo, por el general del Califa Omar. ¿Qué es esto en comparación con las obras y anales destruidos en las primitivas bibliotecas Atlantes, en donde se dice que los anales estaban trazados sobre pieles curtidas de monstruos gigantescos antediluvianos? ¿O bien en comparación de la destrucción de los innumerables libros chinos por orden del fundador de la dinastía imperial Tsin, Tsin Shi Hwang-ti en 213 antes de Cristo? Seguramente las tablillas de barro de la Biblioteca Imperial Babilónica y los inapreciables tesoros de las colecciones chinas no han podido contener jamás datos semejantes a los que hubiera proporcionado al mundo una de las mencionadas pieles “Atlantes”.
    Pero aun con la extremada pobreza de datos de que se dispone, la Ciencia ha podido ver la necesidad de hacer retroceder casi todas las épocas Babilónicas, y lo ha hecho muy generosamente. Sabemos por el profesor Sayce que hasta a las estatuas arcaicas de Tel-Ioh, en la baja Babilonia, les ha sido repentinamente atribuida una fecha contemporánea de la cuarta dinastía de Egipto (3). Desgraciadamente, las dinastías y pirámides comparten el destino de los períodos geológicos; sus fechas son arbitrarias y dependen de la fantasía de los respectivos hombres de ciencia. Los arqueólogos saben ahora, según se dice, que las mencionadas estatuas están construidas con diorita verde, que sólo puede encontrarse en la Península del Sinaí; y
    Concuerdan en el estilo del arte, y en el sistema de medidas empleado, con las estatuas de diorita de los constructores de pirámides de la tercera y cuarta dinastías de Egipto... Por otra parte, la única época posible de una ocupación babilónica de las canteras Sinaíticas tiene que establecerse poco después de la terminación de la época en que fueron construidas las pirámides; y sólo de este modo podemos comprender cómo el nombre de Sinaí pudo haberse derivado del de Sin, el dios-lunar babilónico primitivo.

    Esto es muy lógico; pero, ¿cuál es la fecha asignada a estas dinastías? Las tablas sincrónicas de Sanchoniathon y de Manethon- o lo que quiera que quede de ellas, después que el santo Eusebio pudo manejarlas- han sido rechazadas; y todavía tenemos que darnos por satisfechos con los cuatro o cinco mil años antes de Cristo, tan liberalmente concedidos a Egipto. En todo caso, se gana un punto. Hay al menos una ciudad sobre la faz de la Tierra a la que se conceden, por lo menos, 6.000 años, y es Eridu. La geología la ha descubierto. Igualmente, según el profesor Sayce:

    Ahora se tiene tiempo para la obstrucción del extremo del Golfo Pérsico, que exige un transcurso de 5.000 ó 6.000 años desde el período en que Eridu, que ahora está a veinticinco millas al interior, era el puerto de la desembocadura del Éufrates y el asiento del comercio babilónico con la Arabia del Sur y de la India. Más que todo, la nueva cronología da tiempo para la larga serie de eclipses registrada en la gran obra astronómica llamada “Las Observaciones del Bel”; y podemos también comprender el cambio en la posición del equinoccio vernal, de otro modo inexplicable, que ha ocurrido desde que nuestros presentes signos zodiacales fueron mencionados por los primeros astrónomos babilónicos. Cuando el calendario accadio fue arreglado y nombrados los meses accadios, el sol, en el equinoccio vernal, no estaba, como ahora, en Piscis, ni aun en Aries, sino en Tauro. Siendo conocida la marcha de la precesión de los equinoccios, se nos dice que en el equinoccio vernal el sol estaba en Tauro hace cosa de 4.700 años antes de Cristo, y de este modo obtenemos límites astronómicos de fechas que no pueden impugnarse (4).

    Puede hacer nuestra posición más clara el declarar, desde luego, que usamos la nomenclatura de Sir C. Lyell para las edades y períodos y que cuando hablamos de las edades Secundaria y Terciaria, de los períodos Eoceno, Mioceno y Plioceno, es simplemente para hacer nuestros hechos más comprensibles. Desde el momento en que no se han concedido a estas edades y períodos duraciones fijas y determinadas, habiéndosele asignado en diferentes ocasiones a una misma edad (a la edad Terciaria) dos millones y medio, y quince millones de años; y desde el momento en que no hay dos geólogos o naturalistas que estén de acuerdo en este punto, las Enseñanzas Esotéricas pueden permanecer completamente indiferentes a la aparición del hombre en la edad Secundaria o en la Terciaria. Si a esta última se le pueden conceder siquiera sean quince millones de años de duración, tanto mejor; pues la Doctrina Oculta, al paso que reserva celosamente sus cifras verdaderas y exactas en lo que concierne a la Primera, Segunda y dos terceras partes de la Tercera Raza-Raíz, presenta datos claros únicamente sobre un punto: el tiempo de la humanidad del Manu Vaivasvata (5).
    Otra afirmación definida es que durante el llamado período Eoceno, el Continente al que pertenecía la Cuarta Raza, y en el cual vivió y pereció, mostró los primeros síntomas de hundimiento, y que en la edad Miocena fue finalmente destruido, a excepción de la pequeña isla mencionada por Platón. Estos puntos tienen ahora que ser comprobados por los datos científicos.

A
ESPECULACIONES CIENTÍFICAS MODERNAS ACERCA DE LA EDAD DEL GLOBO, DE LA EVOLUCIÓN ANIMAL Y DEL HOMBRE

    ¿Nos será permitido lanzar una ojeada a las obras de los especialistas? La obra World-Life: Comparative Geology, por el profesor A. Winchell, nos proporciona informes curiosos. Aquí encontramos un adversario de la teoría nebular golpeando con toda la fuerza del martillo de su odium theologicum en las hipótesis un tanto contradictorias de las grandes eminencias científicas, sobre los fenómenos siderales y cósmicos, basadas en sus respectivas relaciones con las duraciones terrestres. Los “físicos y naturalistas demasiado imaginativos” no quedan muy bien parados bajo este chaparrón de cálculos especulativos colocados frente a frente, y hacen más bien una triste figura. He aquí lo que expresa:

    Sir William Thompson, basándose en los principios de enfriamiento observados, deduce que no pueden haber transcurrido más de 10 millones de años (en otra parte dice 100.000.000) desde que la temperatura de la tierra se redujo lo suficiente para sostener la vida vegetal (6). Helmholz calcula que 20 millones de años serían suficientes para la condensación de la nebulosa primitiva en las presentes dimensiones del sol. El profesor S. Newcomb exige sólo 10 millones para alcanzar una temperatura de 212º Fahr. (7). Croll calcula 70 millones de años para la difusión del calor... (8). Bischof estima que la tierra necesitaría 350 millones de años para enfriarse desde una temperatura de 2.000º centígrados. Reade, basando sus cálculos en la marcha de la denudación, exige 500 millones de años desde que la sedimentación principió en Europa (9). Lyell conjetura unos 240 millones de años; Darwin creyó que eran necesarios 300 millones de años para las transformaciones orgánicas que su teoría expone, y Huxley está dispuesto a pedir 1.000 millones... (!!). Algunos biólogos... parecen cerrar fuertemente los ojos, y dan un salto en el abismo de los millones de años, de los cuales no parece que tengan una idea más adecuada que la que tienen del infinito (10).

    Luego procede a presentar lo que cree ser las cifras geológicas más exactas: unas pocas bastarán.
    Según Sir William Thompson, “el total de la edad de la incrustación del mundo, es de 80.000.000 de años”; y con arreglo a los cálculos del profesor Houghton, de un límite mínimo para el tiempo transcurrido desde el surgimiento de Europa y Asia, se dan tres edades hipotéticas para tres modos posibles y diferentes de surgimiento: primeramente, la modesta cantidad de 640.730 años; luego la de 4.170.000 años, y por último, la tremenda cifra de 27.491.000 años.
    Esto es bastante, como puede verse, para cubrir nuestras declaraciones respecto de los cuatro Continentes y aun para las cifras de los brahmanes.
    Otros cálculos, cuyos detalles puede ver el lector en la obra del profesor Winchell (11), llevan a Houghton al cálculo aproximado de la edad sedimentaria del globo de 11.700.000 años. Estas cifras las encuentra el autor demasiado pequeñas, y las extiende a 37.000.000 de años.
    Además, según el Dr. Croll (12), 2.500.000 años “representan el tiempo desde el principio de la edad Terciaria” en una de sus obras; y según otra modificación de su opinión, han transcurrido 15.000.000 de años desde el principio del período Eoceno (13), y esto, siendo el Eoceno el primero de los tres períodos Terciarios, deja al lector suspendido entre los dos y medio y quince millones. Pero si uno ha de atenerse a las primeras moderadas cifras, entonces el total de la edad de incrustación de la Tierra sería de 131.600.000 años (14).
    Como el último período Glacial se extendió desde hace 240.000 años hasta hace 80.000 (opinión del Dr. Croll), el hombre, por tanto, debería haber aparecido en la Tierra hace 100.000 ó 120.000 años. Pero, según dice el profesor Winchell, refiriéndose a la antigüedad de la raza mediterránea:
        Se cree generalmente que ella hizo su aparición durante la última desviación de los  glaciares continentales. No tiene esto que ver, sin embargo, con la antigüedad de las razas morenas y negras, puesto que hay numerosas pruebas de su existencia en regiones más al Sur, en tiempos remotos preglaciales (15).

    Como un ejemplo de la certeza y acuerdo geológicos, podemos añadir también las siguientes cifras. Tres autoridades, los señores T. Belt, F. G. S., Roberto Hunt, F. R. S., y J. Croll, F. R. S., al calcular el tiempo transcurrido desde la época Glacial, dan cifras que varían de un modo casi increíble:

            Belt .................................. 20.000 años
            Hunt ................................. 80.000   “
            Croll ................................240.000   “    (16)

    No es, pues, de maravillarse que Mr. Pengelly confiese que:

    En la actualidad es imposible, y quizá lo sea siempre, reducir el tiempo geológico, siquiera sea aproximadamente, a años ni aun a milenios.

    Un consejo prudente que los Ocultistas dan a los señores geólogos es que deben imitar la conducta precavida de los masones. Como la cronología, dicen ellos, no puede medir la era de la creación, por eso su “Antiguo y Primitivo Rito” usa 000.000.000 como la mayor aproximación a la realidad.
    La misma inseguridad, contradicciones y desacuerdos reinan en todos los demás asuntos.
    Las opiniones de las llamadas autoridades científicas, sobre el Origen del Hombre, son también, para todo objeto práctico, una ilusión y una trampa. Hay muchos antidarwinistas en la Asociación Británica, y la Selección Natural principia a perder terreno. Aunque fue en un tiempo la salvación que parecía librar a los sabios teóricos de una caída intelectual final en el abismo de las hipótesis estériles, principia a ser mirada con desconfianza. Hasta el mismo Mr. Huxley está dando muestras de infidelidad, y cree que “la selección natural no es el único factor”:

    Sospechamos mucho que ella (la Naturaleza) da saltos considerables en el sentido de variar de vez en cuando, y que estos saltos dan lugar a algunos de los vacíos que parecen existir en la serie de  formas conocidas (17).

    También C. R. Bree, M. D., arguye de este modo, considerando los fatales vacíos en la teoría de Mr. Darwin.

    Hay que tener presente, además, que las formas intermedias deben haber sido en vasto número... Mr. St. George Mivart cree que el cambio en la evolución puede ocurrir con más rapidez que lo que generalmente se piensa; pero Mr. Darwin se sostiene firmemente en su creencia, y nos vuelve a decir que “natura non facit saltum” (18).

    En lo cual están los Ocultistas de completo acuerdo con Mr. Darwin.
    La Enseñanza Esotérica corrobora plenamente la idea del progreso lento y majestuoso en la Naturaleza. “Los impulsos Planetarios” son todos periódicos. Sin embargo, esta teoría darwinista, exacta como es en detalles menores, no está de acuerdo con el Ocultismo, como no lo está tampoco con Mr. Wallace, quien en su Contributions to the Theory of Natural Selection demuestra concluyentemente que se necesita algo más que la Selección Natural para producir el hombre físico.
    Examinemos, mientras tanto, las objeciones científicas a esta teoría científica, y veamos lo que son.
     Mr. St. George Mivart arguye que:
    Es un cómputo moderado conceder 25.000.000 de años para el depósito de las capas hasta las Silurianas superiores, e incluyendo éstas. Si, pues, el trabajo evolucionario hecho durante esta deposición representa solamente una centésima parte de la suma total, serían necesarios 2.500.000.000 (dos mil quinientos millones) de años para el desarrollo completo de todo el reino animal hasta su estado presente. Basta la cuarta parte, sin embargo, para exceder con mucho el tiempo que la física y la astronomía parece que pueden conceder para el desarrollo completo del proceso.
    Finalmente, existe una dificultad respecto de la razón de la falta de ricos depósitos de fósiles en las capas más antiguas, si la vida era entonces tan abundante y variada como indica la teoría darwinista. Mr. Darwin mismo admite que “el caso tiene en el presente que permanecer inexplicable; y esto puede presentarse como un verdadero y válido argumento en contra de las opiniones” sustentadas en su libro.
    Así, pues, vemos una carencia notable (con arreglo a los principios darwinistas por completo incomprensible) de formas de transición graduadas minuciosamente. Todos los grupos más marcados - murciélagos, terodáctilos, quelonianos, ictiosauros, amaura, etc. - aparecen desde luego en escena. Aun el caballo, animal cuya genealogía ha sido probablemente la que se ha conservado mejor, no proporciona pruebas concluyentes de origen específico, por medio de variaciones fortuitas significativas; mientras que otras formas, como los laberintodontes y los trilobitas, que parecían presentar cambio gradual, se ha demostrado por investigaciones posteriores que no hay tal cosa... Todas estas dificultades se evitan si admitimos que de tiempo en tiempo aparecen con relativa precipitación formas nuevas de vida animal en todos los grados de complejidad, las cuales evolucionan con arreglo a leyes que dependen en parte de las condiciones que las rodean, y que en parte son internas - semejante al modo como los cristales (y quizá, según las últimas investigaciones, las formas inferiores de la vida) se construyen con arreglo a las leyes internas de su substancia constitutiva, y en armonía y correspondencia con todas las influencias y condiciones del medio ambiente (19).

    “Las leyes internas de su substancia constitutiva”. Éstas son palabras sabias y la admisión de la posibilidad es prudente. Pero ¿cómo podrán jamás ser conocidas esas leyes internas, si se descarta la enseñanza Oculta? Según escribe un amigo, al llamar nuestra atención sobre estas especulaciones:

    En otras palabras, la doctrina de los Impulsos de Vida Planetarios tiene que admitirse. De otro modo, ¿por qué están hoy estereotipadas las especies, y por qué hasta las crías domésticas de palomas y muchos animales vuelven a sus tipos antecesores cuando se las abandona a sí mismas?

    Pero la enseñanza sobre los impulsos de Vida Planetarios hay que definirla claramente, a fin de que se comprenda bien, si queremos evitar que aumente la confusión actual. Todas estas dificultades se desvanecerían, como las sombras de la noche desaparecen ante la luz del sol naciente, si se admitiesen los siguientes Axiomas Esotéricos:
    a) La existencia y la antigüedad enorme de nuestra Cadena Planetaria;
    b) La realidad de las Siete Rondas;
    c) La separación de las Razas humanas (aparte de la división puramente antropológica) en siete Razas-Raíces distintas, de las cuales es la Quinta nuestra presente humanidad europea;
    d) La antigüedad del hombre en esta (Cuarta) Ronda; y finalmente
    e)  Que así como estas razas evolucionan de lo etéreo a la materialidad, y desde ésta vuelven de nuevo a una relativa tenuidad física de contextura, así también todas las especies vivas de animales (llamadas) orgánicas, inclusive la vegetación, cambian con cada nueva Raza-Raíz.
    Si esto se admitiese, siquiera fuera como otras suposiciones, que bien consideradas no son menos absurdas -si las teorías Ocultas tienen que ser consideradas “absurdas” en el presente-, entonces toda dificultad desaparecería. Seguramente la Ciencia debiera ensayar y ser más lógica que lo es ahora, toda vez que no puede sostener la teoría de la descendencia del hombre de un antecesor antropoide, y negar al mismo tiempo una antigüedad razonable a este mismo hombre. Una vez que Mr. Huxley habla del “gran abismo intelectual entre el hombre y el mono”, y del “presente enorme vacío entre ellos” (20), y admite la necesidad de extender las concesiones científicas a la edad del hombre en la Tierra, ante semejante lento y progresivo desarrollo, todos aquellos hombres de ciencia que piensan del mismo modo, debieran, en todo caso, convenir en algunas cifras aproximadas por lo menos, y ponerse de acuerdo en la duración probable de esos períodos Plioceno, Mioceno y Eoceno, de los  cuales se habla tanto, sin que se sepa nada definido; si no se aventuran a pasar más allá. Pero no hay dos hombres de ciencia que estén de acuerdo. Cada período parece ser un misterio en su duración, y una espina en el costado de los geólogos; y, como acabamos de exponer, no pueden armonizar sus conclusiones ni siquiera respecto a las formaciones geológicas relativamente recientes. Así, pues, ninguna confianza pueden inspirar sus cifras, cuando exponen alguna; pues, para ellos, o bien son todos millones o simplemente miles de años.
    Lo que se ha dicho puede reforzarse con las confesiones que ellos mismos han hecho, y la sinopsis de éstas se encuentra en ese “Círculo de Ciencias”, la Enciclopedia Britannica, que indica el medio aceptado en los enigmas geológicos y antropológicos. En esa obra hállase recogida y presentada la flor y nata de las opiniones más autorizadas; sin embargo, vemos que en ellas se niegan a asignar una fecha cronológica definida aun para aquellas épocas relativamente recientes, como la era Neolítica, aunque, por milagro, vese establecida una edad para los comienzos de ciertos períodos geológicos; a lo menos para unos pocos, cuya duración no podría reducirse más sin un conflicto inmediato con los hechos.
     Así, en la gran Enciclopedia se conjetura que:

    Cien millones de años han pasado... desde la solidificación de nuestra tierra, cuando la primera forma de la vida apareció en ella (21).

    Pero parece tan imposible tratar de convertir a los geólogos y etnólogos modernos, como hacer que los naturalistas partidarios de Darwin comprendan sus errores. Acerca de la Raza-Raíz Aria y sus orígenes, sabe la Ciencia tan poco como de los hombres de otros Planetas. Excepto Flammarion y unos cuantos astrónomos místicos, la mayor parte niega hasta la habitabilidad de los otros Planetas. Sin embargo, tan grandes Astrónomos-Adeptos eran los hombres científicos de las primeras razas del tronco Ario, que al parecer sabían mucho más, de las razas de Marte y de Venus, que los antropólogos modernos de las razas de los primeros estados de la Tierra.
    Dejemos por un momento a la Ciencia Moderna y volvamos al conocimiento Antiguo. Como los hombres científicos arcaicos nos aseguran que todos los cataclismos geológicos -desde el levantamiento de los océanos, los diluvios, y las alteraciones de continentes, hasta los actuales ciclones de todos los años, huracanes, terremotos, erupciones volcánicas, las olas de las mareas, y hasta el tiempo extraordinario y aparente cambio de estaciones, que tienen perplejos a todos los meteorólogos europeos y americanos- son debidos y dependen de la Luna y los Planetas; más aún: que hasta desdeñadas constelaciones modestas tienen la mayor influencia en los cambios meteorológicos y cósmicos -sobre y dentro de nuestra Tierra-, prestemos un momento de atención a nuestros déspotas siderales, los regentes de nuestro globo y sus hombres. La Ciencia moderna niega semejante influencia; la Ciencia Arcaica la afirma. Veamos lo que ambas dicen respecto de esta cuestión.

B
SOBRE LAS CADENAS DE PLANETAS Y SU PLURALIDAD

    ¿Conocían los antiguos otros mundos además del nuestro? ¿Cuáles son los datos de los Ocultistas para afirmar que cada Globo es una Cadena Septenaria de Mundos -de los cuales sólo uno es  visible- y que estos son, han sido o serán “portadores de hombres”, lo mismo que todas las Estrellas y Planetas visibles? ¿Qué quieren significar cuando se refieren a una “influencia moral y física” ejercida sobre nuestro Globo por los Mundos Siderales?
    Tales son las preguntas que se nos dirigen y que debemos considerar en todos sus aspectos. A la primera de las dos preguntas, la contestación es: Lo creemos porque la primera ley en la naturaleza es la uniformidad en la diversidad; y la segunda es la analogía. “Como es arriba, así es abajo”. Los tiempos en que nuestros piadosos antepasados creían que la Tierra estaba en el centro del Universo y en que la Iglesia y sus arrogantes servidores podían insistir en que la suposición de que otros Planetas estuvieran habitados debía considerarse como una blasfemia, han pasado para siempre. Adán y Eva, la Serpiente y el Pecado Original, seguidos de la Redención por medio de la Sangre, se han interpuesto por demasiado tiempo en el camino del progreso; y la verdad universal ha sido sacrificada al insano amor propio de nosotros, hombres diminutos.
    Ahora bien; ¿cuáles son las pruebas de ello? Fuera de las pruebas de evidencia y del razonamiento lógico, no hay ninguna para el profano. Para los ocultistas, que creen en el conocimiento adquirido por innumerables generaciones de Videntes e Iniciados, los datos que se exponen en los Libros Secretos son suficientes. El público en general, sin embargo, necesita otras pruebas. Hay algunos kabalistas y hasta ocultistas occidentales que, no pudiendo encontrar pruebas uniformes sobre este punto en todas las obras místicas de las naciones, vacilan en aceptar la enseñanza. Hasta esas “pruebas uniformes” serán presentadas ahora. En todo caso podemos tratar el asunto en su aspecto general, y ver si esta creencia es tan sumamente absurda como dicen algunos hombres de ciencia, juntamente con otros Nicodemos. Inconscientemente, quizá, al pensar en la pluralidad de “Mundos” habitados, nos imaginamos que son como nuestro Globo y que están poblados por seres más o menos semejantes a nosotros. Y al hacerlo así, sólo seguimos un instinto natural. A la verdad, mientras que la investigación se limita a la historia de la vida de este Globo, podremos especular sobre el asunto con algún provecho, y preguntarnos, con alguna esperanza por lo menos de que hacemos una pregunta inteligible, cuáles eran los “Mundos” de que hablan todas las antiguas escrituras de la Humanidad. ¿Pero qué sabemos (a) de la clase de seres que habitan los Globos en general; y (b) si los que gobiernan Planetas superiores al nuestro no ejercen la misma influencia en nuestra Tierra conscientemente, que la que nosotros podemos ejercer a la larga inconscientemente, pongamos, por ejemplo, en los pequeños planetas (planetoides o asteroides), cuando desgarramos nuestra Tierra, abriendo canales y cambiando con ello por completo nuestros climas? Por supuesto, como la mujer de César, los planetoides no pueden ser afectados por nuestras sospechas. Están demasiado lejos, etc. Creyendo en la Astronomía Esotérica, sin embargo, no estamos seguros de ello.
    Pero cuando, al extender nuestras especulaciones más allá de nuestra Cadena Planetaria, tratamos de cruzar los límites del Sistema Solar, entonces, verdaderamente, obramos como necios presuntuosos. Pues -a la vez que aceptamos el axioma hermético, “como es arriba es abajo?”- así como podemos creer muy bien que la Naturaleza en la Tierra despliega la economía más cuidadosa, utilizando todas las cosas viles e inútiles en sus transformaciones maravillosas, y sin repetirse jamás por ello, así podemos deducir justamente que no hay otro Globo en todos sus infinitos sistemas que se parezca tanto a la Tierra, que la capacidad ordinaria del pensamiento del hombre pueda imaginárselo y reproducir su semejanza y contenido (22).
    Y en efecto, vemos en las novelas, así como en todas esas llamadas ficciones científicas y “revelaciones” espiritistas sobre la Luna, las Estrellas y Planetas, tan sólo nuevas combinaciones o modificaciones de los hombres y de las cosas, las pasiones y formas de la vida que nos son familiares, aunque hasta en los demás planetas de nuestro Sistema, la naturaleza y la vida son completamente diferentes de las que prevalecen en el nuestro. Swedenborg fue uno de los que principalmente inculcaron semejante creencia errónea.
    Pero hay más. El hombre ordinario no tiene experiencia de ningún otro estado de conciencia distinto de aquel al que le atan los sentidos físicos. Los hombres sueñan; duermen en profundo letargo, que lo es demasiado, para que sus sueños se impriman en el cerebro físico; y en estos estados debe haber conciencia aún. ¿Cómo, pues, mientras permanezcan estos misterios sin explorar, podemos nosotros pretender especular con provecho sobre la naturaleza de Globos que, en la economía de la Naturaleza, deben pertenecer a otros estados de conciencia muy distintos de todos los que el hombre experimenta aquí?
    Y esto es verdad a la letra. Pues hasta los grandes Adeptos (por supuesto, los que están iniciados), por buenos videntes que sean, sólo pueden pretender el conocimiento completo de la naturaleza y apariencia de los Planetas y habitantes que pertenecen a nuestro Sistema Solar. Saben ellos que casi todos los Mundos Planetarios están habitados, pero -aun en espíritu- sólo pueden penetrar en los de nuestro sistema; y saben también cuán difícil es, aun para ellos, el ponerse en completa relación hasta con los planos de conciencia dentro de nuestro Sistema, difiriendo como difieren de los estados de conciencia posibles en este Globo; tales, por ejemplo, como los que existen en la Cadena de Esferas de los tres planos más allá del de nuestra Tierra. Semejantes conocimientos y relación les es posible porque han aprendido el modo de penetrar en planos de conciencia cerrados a la percepción ordinaria de los hombres; pero si ellos comunicasen sus conocimientos, el mundo no sería por ello más sabio, porque a los hombres les falta la experiencia de otras  formas de percepción, que es lo único que podría permitirles comprender lo que se les dijese.
    Sin embargo, queda el hecho de que la mayor parte de los Planetas, lo mismo que las  Estrellas más allá de nuestro Sistema, están habitados, hecho que ha sido admitido por los mismos hombres de ciencia. Laplace y Herschel lo creían, aunque sabiamente se abstenían de especulaciones imprudentes; y la misma conclusión ha sido expuesta, apoyándola en infinidad de consideraciones científicas, por C. Flammarion, el bien conocido astrónomo francés. Los argumentos que presenta son estrictamente científicos, y de tal naturaleza que impresionan a la misma mente materialista, que permanecería impasible ante pensamientos como los de Sir David Brewster, el famoso físico, que escribe:

    Esos “espíritus estériles” o “almas bajas”, como les llama el poeta, que pudieran llegar a creer que la tierra es el único cuerpo habitado en el universo, no tendrían dificultad en concebir que la tierra ha estado también destituida de habitantes. Más aún, si tales mentes conociesen las deducciones de la geología, admitirían que ha estado sin habitar durante miríadas de años, y aquí llegamos a la imposible conclusión de que durante esas miríadas de años no hubo una sola criatura inteligente en los vastos dominios del Rey Universal, y que antes de las formaciones protozoicas, no existían ni plantas ni animales en toda la infinidad del espacio (23).

    Flammarion muestra, aparte de eso, que todas las condiciones de la vida -aun tal como las conocemos- están presentes por lo menos en algunos de los Planetas; y señala el hecho de que estas condiciones deben ser mucho más favorables en ellos que lo son en nuestra Tierra.
    De este modo el razonamiento científico, así como los hechos observados, concuerdan con las declaraciones del Vidente, y la voz innata en el propio corazón del hombre declarando que la vida -la vida consciente, inteligente- debe existir en otros mundos más que en el nuestro.
    Pero éste es el límite más allá del cual las facultades del hombre ordinario no pueden llegar. Muchas son las novelas y cuentos, algunos puramente fantásticos, otros llenos de conocimiento científico, que han intentado imaginar y describir la vida en otros Globos. Pero todos ellos no exponen más que alguna copia desfigurada del drama de la vida a nuestro alrededor. Una vez es Voltaire con hombres de nuestra propia raza vistos al microscopio, o de Bergerac con un gracioso juego de imaginación y sátira; pero siempre vemos que, en el fondo, el nuevo mundo es el mismo en que vivimos. Tan fuerte es esta tendencia, que aun grandes Videntes naturales no iniciados son víctimas de ella cuando no están ejercitados; testigo Swedenborg, que llega hasta el punto de vestir a los habitantes de Mercurio que encuentra en el mundo de los espíritus, con trajes como los que usan en Europa.
    Comentando esta tendencia, dice Flammarion:

    Parece como si a los ojos de aquellos autores que han escrito sobre el asunto, la Tierra fuera el patrón del Universo, y el hombre de la Tierra, el modelo de los habitantes de los Cielos. Por el contrario, es mucho más probable que, puesto que la naturaleza de los otros planetas es esencialmente variada, y las circunstancias y condiciones de la vida esencialmente diferentes, al paso que las fuerzas que presiden sobre la creación de los seres, y las substancias que entran en su constitución mutua esencialmente distintas, nuestro modo de existencia no pueda ser considerado en modo alguno aplicable a otros globos. Los que han escrito acerca de este asunto se han dejado dominar por ideas terrestres, y han caído, por lo tanto, en el error (24).

    Pero el mismo Flammarion cae en el error que aquí condena, pues tácitamente toma las condiciones de vida sobre la Tierra como regla para determinar el grado de habitabilidad de otros planetas por “otras humanidades”.
    Dejemos, sin embargo, estas especulaciones inútiles y sin provecho, que pareciendo llenar nuestros corazones con una llamarada de entusiasmo, y ampliar nuestra comprensión mental y espiritual, en realidad no hacen más que causar un estímulo ficticio y cegarnos más y más en nuestra ignorancia, no sólo del mundo que habitamos, sino también de lo infinito contenido en nosotros.
    Por tanto, cuando vemos que las Biblias de la Humanidad mencionan “otros mundos”, podemos deducir sin temor que no sólo se refieren a otros estados de nuestra Cadena Planetaria y Tierra, sino también a otros Globos habitados: Estrellas y Planetas, aunque no se hayan hecho nunca especulaciones sobre ellos. Toda la antigüedad creía en la Universalidad de la Vida. Pero ningún Vidente verdaderamente iniciado de ninguna nación civilizada ha enseñado jamás que la vida en otras Estrellas pudiera juzgarse por las reglas  de la vida terrestre. Lo que generalmente se significa por “Tierras” y “Mundos”, se relaciona (a) con los “renacimientos” de nuestro Globo después de cada Manvántara y un largo peíodo de oscuración; y (b) con los cambios periódicos y completos de la superficie de la Tierra, cuando los continentes desaparecen para dar lugar a los mares, y los océanos son desplazados violentamente e impulsados hacia los polos, para ceder su sitio a nuevos continentes.
    Podemos principiar con la Biblia (la más joven de las Escrituras del Mundo). En el Eclesiastés leemos estas palabras del Rey Iniciado:

    Una generación pasa y otra generación viene, pero la tierra perdura siempre... Lo que ha sido es lo que será, y lo que se hace es lo que se hará, y nada hay nuevo bajo el sol (25).

    Bajo estas palabras no es fácil ver la referencia a los cataclismos sucesivos que barren las Razas de la humanidad, ni tampoco remontándonos más atrás a las varias transiciones del Globo durante el proceso de su formación. Pero si se nos dice  que esto sólo se refiere a nuestro mundo tal como ahora le vemos, entonces enviaremos al lector al Nuevo Testamento, donde San Pablo habla del Hijo (el Poder manifestado) a quien Dios ha nombrado heredero de todas las cosas, “por medio de quien hizo también los mundos” (plural) (26). Este “Poder” es Chokmah, la Sabiduría y el Verbo. Probablemente se nos dirá que por el término “mundos” se significaba las estrellas, los cuerpos celestes, etc. Pero aparte el hecho de que las “estrellas” no eran conocidas como “mundos” por los ignorantes editores de las Epístolas, aun cuando fuesen conocidas como tales por Pablo, que era un Iniciado, un “Maestro-Constructor”, podemos citar en este punto a un eminente teólogo, el Cardenal Wiseman. En su obra (I, 309), tratando del período indefinido de los seis días -o diremos “demasiado definido” período de los seis días- de la creación y de los 6.000 años, confiesa que nos hallamos en la más completa obscuridad respecto del significado de esta manifestación de San Pablo, a menos que se nos permita suponer que en ella se hace alusión al período que transcurrió entre los versículos primero y segundo del cap. I del Génesis, y por tanto, a aquellas primitivas revoluciones, esto es, las destrucciones y reproducciones del mundo, indicadas en el cap. I del Eclesiastés; o aceptar como tantos otros, y en su sentido literal, el pasaje del cap. I de los Hebreos, que habla de la creación de mundos - en plural. Es muy singular, añade, que todas las cosmogonías estén de acuerdo en sugerir la misma idea y en preservar la tradición de una primera serie de revoluciones, debido a las cuales el mundo fue destruido y vuelto a renovar.
     Si el Cardenal hubiese estudiado el Zohar, sus dudas se hubiesen convertido en certidumbres. El “Idra Suta” dice:

    Hubo mundos antiguos que perecieron tan pronto vinieron a la existencia; mundos con o sin forma llamados Centellas -pues eran como las chispas bajo el martillo del herrero, volando en todas direcciones. Algunos eran los mundos primordiales que no podían continuar por largo tiempo porque el “Anciano” - santificado sea su nombre- no había asumido todavía su forma (27), el obrero no era todavía el “Hombre Celeste” (28).

    También en el Midrash, escrito mucho antes de la Kabalah de Simeón Ben Yochaî, el Rabino Abahu explica:

    El Santo Uno, bendito sea su nombre, ha formado y destruido sucesivamente muchos mundos antes de éste... (29). Ahora bien; esto se refiere tanto a las primeras razas (los “Reyes de Edom”) como a los mundos destruidos (30).

    “Destruidos” significa aquí lo que nosotros llamamos en “oscuración”. Esto se ve claro cuando leemos la explicación que se da más adelante:

    Sin embargo, cuando se dice que perecieron (los mundos), sólo se quiere significar con ello que (a sus humanidades) les faltaba la verdadera  forma, hasta que la forma humana (la nuestra) vino a la existencia, en la cual todas las cosas están comprendidas y que contiene todas las formas... (31); ello no significa la muerte, sino que sólo denota una decadencia de su estado (el de mundos en actividad) (32).

    Por tanto, cuando leemos de la “destrucción” de los Mundos, la palabra tiene muchos sentidos que son muy claros en varios de los Comentarios sobre el Zohar y en los tratados kabalísticos. Como ya se ha dicho, no sólo significa la destrucción de muchos mundos que han terminado su carrera en la vida, sino también la de los diversos Continentes que han desaparecido, así como su decadencia y cambio de lugar geográfico.
    Los misteriosos “Reyes de Edom” son a veces aludidos en el sentido de los “Mundos” que han sido destruidos; pero esto es un “velo”. Los Reyes que reinaron en Edom antes de que hubiese un Rey en Israel, o los “Reyes Edomitas”, no podían simbolizar nunca los “mundos precedentes”, sino sólo las “tentativas de hombres” en este Globo, las Razas Pre-Adámicas de que habla el Zohar, y que indicamos como Primera Raza-Raíz. Porque, así como al hablar de las seis Tierras (los seis “Miembros” del Microposopus), se dice que la séptima (nuestra Tierra) no entró en el cómputo cuando fueron creadas las seis (las seis Esferas sobre nuestro Globo en la Cadena Terrestre), así también los primeros siete Reyes de Edom son dejados fuera del cálculo en el Génesis. Por ley de analogía y permutación, tanto en el Libro de los Números caldeo como en los Libros del Conocimiento y de la Sabiduría, los “siete mundos primordiales” significan también las “siete razas primordiales” (subrazas de la Primera Raza-Raíz de las Sombras); y además los Reyes de Edom son los hijos de “Esaú, el padre de los Edomitas” (33); esto es, Esaú representa en la Biblia la raza que se halla entre la Cuarta y la Quinta, la Atlante y la Aria. “Dos naciones están en tu seno” -dice el Señor a Rebeca; y Esaú era rojo y velludo. Desde el versículo 24 al 34, el cap. XXV del Génesis contiene la historia alegórica del nacimiento de la Quinta Raza.
    Dice el Siphra Dtzenioutha:

     Y los Reyes de tiempos antiguos murieron, y sus superiores (las coronas) no parecieron más.

    Y el Zohar declara:

    La Cabeza de una nación que no ha sido formada en el principio a semejanza de la Cabeza Blanca; su gente no es de esta Forma... Antes que ella (la Cabeza Blanca, la Quinta Raza o Anciano de los Ancianos) se arreglase en su (propia, o presente) Forma... todos los Mundos habían sido destruidos; por tanto, está escrito: y Bela, el Hijo de Beor, reinó en Edom (Gen. XXXVI. Aquí los “Mundos” representan Razas). Y él (este Rey u otro de Edom) murió, y otro reinó en su lugar.

    Ningún kabalista que hasta hoy se haya ocupado del simbolismo y alegoría ocultos bajo estos “Reyes de Edom” parece haberse percatado más que de uno de sus aspectos. No son ellos ni los “mundos que fueron destruidos”, ni los “Reyes que murieron” solamente; sino ambas cosas, y mucho más, de que no podemos tratar por  falta de espacio. Por tanto, dejando las parábolas místicas del Zohar, volveremos a los hechos rígidos de la ciencia materialista; citando primeramente, sin embargo, unos pocos de la extensa lista de grandes pensadores que han creído en la pluralidad de mundos habitados en general, y en mundos que han precedido al nuestro. Tales son los grandes matemáticos Leibniz y Bernouilli; el mismo Sir Isaac Newton, según puede leerse en su Optics; Buffon, el naturalista; Condillac, el escéptico; Bailly, Lavate, Bernardin de Saint Pierre; y, como contraste de los dos últimos nombrados (al menos sospechosos de misticismo), Diderot y la mayor parte de los escritores de la Enciclopedia. Siguiendo a estos vienen Kant, el fundador de la filosofía moderna; los filósofos poetas, Goethe, Krause, Schelling; y muchos astrónomos, desde Bode, Fergusson y Hérschel, hasta Lalande y Laplace, con sus muchos discípulos en años más recientes.
    Una lista brillante de nombres respetados, en verdad; pero los hechos de la astronomía física hablan aún más fuertemente que estos nombres en favor de la vida y hasta de la vida organizada, en otros planetas. Así, en el análisis de cuatro meteoritos que cayeron respectivamente en Alais (Francia), en el Cabo de Buena Esperanza, en Hungría, y de nuevo en Francia, se encontró grafito, forma del carbono que se sabe está invariablemente asociada con la vida orgánica en nuestra Tierra. Y que la presencia de este carbón no es debida a ninguna acción dentro de nuestra atmósfera lo muestra el hecho de que ese carbón se ha encontrado en el centro mismo del meteorito; mientras que en uno que cayó en Argueil, en el Sur de Francia, en 1857, se encontró agua y turba, formándose siempre esta última por la descomposición de substancias vegetales.
    Por otra parte, examinando las condiciones astronómicas de los demás planetas, es fácil notar que algunos son mucho más adecuados para el desarrollo de la vida y de la inteligencia -aun bajo las condiciones conocidas por los hombres- que nuestra Tierra. Por ejemplo, en el planeta Júpiter, las estaciones, en lugar de variar dentro de límites amplios, como sucede con las nuestras, cambian por grados casi imperceptibles, y duran doce veces más que las nuestras. debido a la inclinación de su eje, las estaciones en Júpiter son debidas casi por completo a la excentricidad de su órbita, y de aquí que cambien lenta y regularmente. Se nos dirá que en Júpiter no es posible la vida, por estar en estado incandescente. Pero no todos los astrónomos están de acuerdo con esto. Por ejemplo, lo que decimos lo ha declarado M. Flammarion; y él debe saberlo.
    Por otra parte, Venus sería menos a propósito para la vida humana, tal como existe en la Tierra, puesto que sus estaciones son más extremadas y los cambios de temperatura más repentinos; aunque es curioso que la duración del día sea casi la misma en los cuatro planetas interiores, Mercurio, Venus, la Tierra y Marte.
    En Mercurio, el calor y la luz del Sol son siete veces más intensos que en la Tierra, y la Astronomía enseña que está envuelto en una atmósfera muy densa. Y como quiera que vemos que la vida se presenta más activa en la Tierra en proporción al calor y la luz del Sol, parece más que probable que su intensidad sea mucho, muchísimo mayor, en Mercurio que aquí.
    Venus, como Mercurio y Marte, tiene una atmósfera muy densa; y las nieves que cubren sus polos, las nubes que ocultan su superficie, la configuración geográfica de sus mares y continentes, las variaciones de estaciones y climas, son muy análogas; al menos a los ojos del astrónomo físico. Pero tales hechos, y las consideraciones que de ellos se deducen, sólo se relacionan con la posibilidad de la existencia en estos planetas de vida humana, tal como se conoce en la Tierra. Que algunas formas de vida como las que conocemos son posibles en esos planetas, ha sido hace tiempo bien demostrado, y parece completamente inútil entrar en cuestiones detalladas de fisiología, etc., de estos hipotéticos habitantes; porque, después de todo, el lector sólo puede llegar a una ampliación imaginaria del medio ambiente que le es familiar. Mejor es darse por satisfecho con las tres conclusiones que M. Flammarion, a quien hemos citado tan extensamente, formula como deducciones rigurosas y exactas de los hechos conocidos y de las leyes de la ciencia.
    I. Las diversas fuerzas, que eran activas en el principio de la evolución, produjeron una gran variedad de seres en los diversos mundos; tanto en el reino orgánico como en el inorgánico.
    II. Los seres animados fueron constituidos desde el principio con arreglo a formas y organismos en relación con el estado fisiológico de cada globo habitado.
    III. Las humanidades de otros mundos  difieren de nosotros tanto en su organización interna como en su tipo externo físico.
    Finalmente, el lector que esté dispuesto a poner en duda la validez de estas conclusiones por ser opuestas a la Biblia, puede dirigirse a un Apéndice de la obra de M. Flammarion que trata detalladamente el asunto; pues en una obra como la presente parece innecesario señalar el absurdo lógico de esos eclesiásticos que niegan la pluralidad de los mundos fundándose en la autoridad de la Biblia.
    En relación con esto, no estará de más recordar aquellos días en que el celo ardiente de la Iglesia Primitiva se oponía a la doctrina de la redondez de la Tierra fundándose en que las naciones de los antípodas estarían fuera de la esfera de salvación; así como también podemos recordar cuánto tiempo necesitó la ciencia naciente para destruir la idea de un firmamento sólido, en cuyas estrías se movían las estrellas para la edificación especial de la humanidad terrestre.
    La teoría de la rotación de la Tierra tuvo igual oposición (hasta el punto del martirio de los descubridores); porque, además de privar a nuestro orbe de su majestuosa posición central en el espacio, la teoría producía una tremenda confusión de ideas acerca de la Ascensión, probándose que los términos “arriba” y “abajo” eran puramente relativos, complicando así no poco la cuestión de la situación precisa del Cielo (34).
    Según los cálculos modernos más exactos, no hay menos de 500.000.000 de estrellas de varias magnitudes dentro del alcance de los mejores telescopios. En cuanto a las distancias entre ellas, son incalculables. ¿Es, pues, nuestra microscópica Tierra -”grano de arena en las orillas de un mar infinito”- el único centro de vida inteligente? Nuestro propio Sol, 1.300.000 veces más grande que nuestro Planeta, resulta insignificante al lado del Sol gigantesco, Sirio; y este último queda a su vez empequeñecido por otros luminares del Espacio infinito. El concepto mezquino de Jehovah, como guardián especial de una tribu oscura y seminómada, es tolerable comparado con el que limita la existencia senciente a nuestro Globo microscópico. Las razones primitivas eran sin duda: (a) la ignorancia astronómica de los primeros cristianos, unida a una apreciación exagerada de la importancia del hombre -una forma grosera de egoísmo, y (b) el temor de que, si se aceptaba la hipótesis de millones de otros Globos habitados, se seguiría la réplica aplastante: “¿Hubo pues una Revelación para cada Mundo?”, envolviendo la idea del Hijo de Dios viajando eternamente, por decirlo así. Por fortuna, ya no es necesario gastar tiempo y energía en probar la posibilidad de la existencia de tales Mundos. Toda persona inteligente los admite. Lo que ahora hay que demostrar es que si se prueba que, además de la Tierra, hay Mundos habitados por humanidades tan completamente diferentes unas de otras como de la nuestra -según sostienen las Ciencias Ocultas-, entonces la evolución de las Razas precedentes queda medio probada. Pues ¿dónde está el físico o el geólogo pronto a sostener que la Tierra no ha cambiado docenas de veces en los millones de años que han transcurrido en el curso de su existencia; y que en ese cambio de su “piel”, como se la llama en Ocultismo, no haya tenido la Tierra cada vez su humanidad especial, adaptada a las condiciones atmosféricas y de clima propias de tales cambios? Y siendo así, ¿por qué no hubieran podido existir y prosperar nuestras cuatro precedentes y enteramente distintas humanidades, antes de nuestra Quinta Raza-Raíz Adámica?
    Antes de cerrar nuestro debate, sin embargo, tenemos que examinar de más cerca la llamada evolución orgánica. Busquemos bien y veamos si es completamente imposible hacer que nuestros datos y cronología ocultos concuerden (hasta cierto punto) con los de la Ciencia.


C


 OBSERVACIONES SUPLEMENTARIAS SOBRE LA CRONOLOGÍA GEOLÓGICA ESOTÉRICA


    En todo caso parece posible calcular la aproximada duración de los períodos geológicos, con los datos combinados de la Ciencia y del Ocultismo, que ahora tenemos. La Geología, por supuesto, puede determinar casi con certeza una cosa: el espesor de los  diversos depósitos. Ahora bien; es también de razón que el tiempo requerido para la deposición de un estrato en un fondo marino tiene que estar en estricta proporción con el espesor de la masa así  formada. Sin duda alguna  que la cuantía de la erosión de la tierra y de la aglomeración de la materia en los lechos oceánicos ha variado de una edad a otra, y que los cambios debidos a cataclismos de diferentes clases han roto la “uniformidad” de los procesos geológicos ordinarios. Así, pues, con tal que tengamos algunas bases numéricas definidas sobre que fundarnos, nuestra tarea se hace menos dificultosa de lo que a primera vista aparece. Concediendo lo debido a las variaciones en la cuantía de los depósitos, el profesor Lefèvre nos presenta las cifras relativas que resumen el tiempo geológico. No intenta él calcular los años transcurridos desde que se depositó el primer lecho de rocas laurentianas, pero representando a ese tiempo como x, nos presenta las proporciones relativas en que se hallan los diversos períodos respecto de él. Sentemos las premisas de nuestro cálculo diciendo que, grosso modo, las rocas Primordiales tienen 70.000 pies de espesor; las Primarias, 42.000; las Secundarias, 15.000; las terciarias, 5.000, y las Cuaternarias, 500:

    Dividiendo en cien partes el tiempo, cualquiera que sea su verdadera duración, que ha pasado desde la aurora de la vida en esta tierra (capas inferiores laurentianas), tendremos que atribuir a la edad Primordial más de la mitad de la duración total, o sea 53’5; a la Primaria, 32’2; a la Secundaria, 1’5; a la Terciaria, 2’3, y a la Cuaternaria, 0’5, o sea un medio por ciento (35).

    Ahora bien; como, según los datos Ocultos, es cierto que el tiempo transcurrido desde los primeros depósitos sedimentarios es de 320.000.000  de años, podemos construir la siguiente tabla:


CÁLCULO APROXIMADO DE LA DURACIÓN DE LOS PERÍODOS
GEOLÓGICOS EN AÑOS

                    Laurentiano
        Primordial             {    Cambriano                 {    171.200.000
                     Siluriano

                    Devoniano
        Primario                    {  Carbonífero                         {  103.040.000
                    Permiano

                    Triásico
        Secundario                {  Jurásico                                  {   36.800.000
                    Cretáceo

                    Eoceno
        Terciario                    {  Mioceno                                  {     7.360.000  (36)
                    Plioceno

        Cuaternario                            1.600.000


    Estas cifras armonizan con los asertos de la Etnología Esotérica en casi todos los particulares. La parte del ciclo Terciario Atlante, desde el “apogeo de la gloria” de aquella Raza en el primer tiempo Eoceno, hasta el gran cataclismo en la mitad del medio Mioceno, resultaría haber durado de tres y medio a cuatro millones de años. Si la duración del período Cuaternario no se ha calculado con exceso, como parece, entonces la sumersión de Ruta y Daitya sería posterciaria. Es probable que los resultados que aquí hemos presentado concedan un período demasiado largo, tanto a la edad Terciaria como a la Cuaternaria, dado que la Tercera Raza retrocede mucho dentro de la edad Secundaria. Sin embargo, las cifras son de lo más sugestivo.
    Pero como el argumento de las pruebas geológicas está a favor de sólo 100.000.000 de años, comparemos nuestros asertos y enseñanzas con los de la Ciencia exacta.
    Mr. Edward Clodd (37), refiriéndose a la obra de M. de Mortillet, Matériaux pour l’Histoire de l’Homme, que coloca al hombre en la mitad del período Mioceno (38), observa que:

    Sería contrario a todo lo que enseña la doctrina de la evolución, sin que además se adquiriera el apoyo de los creyentes en una creación especial y en la invariabilidad de las especies, el buscar un mamífero tan altamente especializado como el hombre, en un período primitivo de la historia de la vida del globo.

    A esto se podría contestar: (a) la doctrina de la evolución, según la inauguró Darwin y la desarrollaron otros evolucionistas posteriores, no solamente es lo contrario de lo infalible, sino que es desechada por varios grandes hombres de ciencia como De Quatrefages en Francia, el Dr. Weismann, un ex evolucionista, en Alemania, y muchos otros, que van engrosando cada vez más las filas de los antidarwinistas (39); y (b) la verdad, para ser digna de su nombre y seguir siendo verdad y hecho, no necesita mendigar el apoyo de ninguna clase o secta. Porque si adquiriese el apoyo de los creyentes en una creación especial, nunca obtendría el favor de los evolucionistas y viceversa. La verdad debe apoyarse sobre sus propios y firmes fundamentos de los hechos,  y esperar la oportunidad de ser reconocida, una vez destruidos todos los prejuicios que se le oponen. Aun cuando la cuestión ha sido ya tratada de lleno en su aspecto principal, no está, sin embargo, de más el combatir todas las llamadas objeciones “científicas”, a medida que proseguimos exponiendo afirmaciones consideradas como heréticas y anticientíficas.
    Echemos una breve ojeada sobre las divergencias entre la Ciencia ortodoxa y la esotérica, en la cuestión de la edad del Globo y del hombre. Con las dos tablas sincrónicas respectivas ante sí, el lector podrá ver de una ojeada la importancia de estas divergencias; y percibir, al mismo tiempo, que no es imposible; más aún, que es muy probable que posteriores descubrimientos de la Geología y el hallazgo de restos fósiles del hombre obliguen a la Ciencia a confesar que, después de todo, la  Filosofía Esotérica es la que tiene la razón, o que, por lo menos, es la que más se acerca a la verdad.


PARALELISMO DE LA VIDA


                      HIPÓTESIS CIENTÍFICAS                                             TEORÍA ESOTÉRICA

  La Ciencia divide el período de la historia del               Dejando la clasificación de los períodos
Globo, desde el principio de la vida en la Tierra           geológicos a la Ciencia Occidental, la Filoso-
(o edad Azoica), en cinco divisiones o períodos           fía Esotérica divide solamene los períodos de
principales, según Haeckel (40).                                  vida del Gobo. En el Manvántara presente, el
                                                                                   período actual está dividido en siete Kalpas y
                                                                                   siete grandes Razas humanas.
                                                                                      Su primer Kalpa, que corresponde a la Época
                                                                                   Primordial , es la edad de los:

                  ÉPOCA PRIMORDIAL                                                          “PRIMITIVOS” (41)

  Laurentiano, Cambriano, Siluriano. La época              Devas u Hombres Divinos, los “Creadores” y
Primordial, nos dice la Ciencia, no careció en             Progenitores (42).
modo alguno de vida vegetal y animal. En los               La Filosofía Esotérica está de acuerdo con la
depósitos laurentianos se encuentran ejempla-           declaración de la Ciencia (véase la columna
res del Eozoon canadiense - concha dividida              que sirve de parangón), excepto en un solo pun-
en celdillas. En los silurianos se descubren                to. Los 300.000.000 de años de vida vegetal
hierbas de mar (algas), moluscos, crustáceos            (véase “Cronología Brahmánica”) precedieron a
y organismos marinos inferiores, así como el             los “Hombres Divinos” o Progenitores. Además,
primer vestigio de los peces. La época Pri-                 ninguna enseñanza niega que hubiese vestigios
mordial muestra algas, moluscos, crustáceos,           de vida dentro de la Tierra además del Eozoon
pólipos y organismos marinos, etc. La Ciencia           canadiense  en la época Primordial. Pero al pa-
enseña, por tanto, que la vida marina se ha-              so que la mencionada vegetación pertenecía a
llaba presente desde los principios mismos                esta Ronda, las reliquias zoológicas que se han
del tiempo, dejando, sin embargo, que espe-             encontrado ahora en los sistemas llamados
culemos por nosotros mismos respecto de                Laurentiano, Cambriano y Siluriano son las re-
cómo apareció la vida en la Tierra. Rechaza              liquias de la Tercera Ronda. Al principio, etéreos
ella la “creación” bíblica (como lo hacemos               como las demás, se consolidaron y materializa-
nosotros); ¿por qué no nos presenta otra                  ron pari passu con la nueva vegetación.
hipótesis aproximadamente plausible?


                     PRIMARIA                                                                               “PRIMARIA”

  Devoniano (43), Carbonífero, Permiano.                      Los progenitores  Divinos (Grupos Secunda-
  “Bosques de helechos, sigillarias, coníferas               rios), y las dos Razas y media. La Doctrina
peces, primeros vestigios de reptiles “. Eso                 Esotérica repite lo que se dijo antes. Todas és-
dice la Ciencia moderna.                                             tas son reliquias de la Ronda Precedente (44).
                                                                                      Sin embargo, una vez que los prototipos son
                                                                                   proyectados de la envoltura Astral de la Tierra,
                                                                                   se sigue un número indefinido de modificacio-
                                                                                   nes.

                    SECUNDARIA                                                                          “SECUNDARIA”

  Triásico, Jurásico, Cretáceo.                                       Según todos los cálculos, la Tercera Raza ha-
  Ésta es la edad de los reptiles, de los me-                 bía hecho ya su aparición, pues durante el pe-
galosauros, ictiosauros, plesiosauros, etc.,                  ríodo Triásico había ya algunos mamíferos, y
gigantescos. La Ciencia niega la presencia                  debió haberse separado antes de la aparición
del hombre en este período. Pero le queda                  de estos.
por explicar cómo llegaron los hombres a                       Ésta es, pues, la edad de la Tercera Raza, en
conocer estos monstruos y a describirlos an-              la cual pudieran quizá descubrirse los orígenes
tes de la época de Cuvier. Los antiguos ana-              de la primitiva Cuarta Raza. En este punto, sin
les de China, India, Egipto, y hasta Judea,                  embargo, sólo podemos hacer conjeturas, pues
están llenos de ellos, como se ha demostra-               los Iniciados no han dado aún ningún dato con-
do en otro lugar. En este período también                   creto.
aparecen los primeros mamíferos marsu-                      La analogía es insignificante; sin embargo,
piales (45), insectívoros, carnívoros y fitófa-               puede argüirse que, así como a los primeros
gos; y según cree el profesor Owen, un ma-               mamíferos y premamíferos se les muestra en
mífero herbívoro y con cascos.                                   su evolución saliendo de una especie y pasando
   La Ciencia no admite la aparición del                      a otra anatómicamente superior, lo mismo suce-
hombre antes del final del período Tercia-                  de con las razas humanas en su proceso pro-
rio (46). ¿Por qué? Porque al hombre hay                 creativo. Pudiera seguramente encontrarse un
que mostrarlo más joven que los mamífe-                 paralelo entre los mamíferos monotremas, didel-
ros superiores. Pero la Filosofía Esotérica                 fos (o marsupiales) y los placentales, divididos a
nos enseña lo contrario. Y como a la Cien-               su vez en tres órdenes (47), lo mismo que la Pri-
cia no le es posible llegar a algo que se                    mera, Segunda y Tercera Razas-Raíces de hom-
parezca a una conclusión aproximada de la              bres (48). Pero esto requeriría más espacio que
edad del hombre, ni aun de los períodos                   el que ahora puede dedicarse al asunto.
geológicos, la enseñanza Oculta es, por
tanto, más lógica y razonable, aun cuando
no se considere sino como una hipótesis.


                     TERCIARIA (49)                                                                      “TERCIARIA”

  Eoceno, Mioceno, Plioceno.                                      La Tercera Raza casi ha desaparecido por com-              
  No se admite aún que el hombre haya                    completo , barrida por los espantosos cataclis-
vivido en este período.                                              mos geológicos de la edad Secundaria, dejando
  Mr. E. Clodd dice en Knowledge: “Aunque              sólo tras sí algunas razas híbridas.
los mamíferos placentales y el orden de los                La Cuarta, nacida millones de años antes (50)
primates, con los cuales el hombre está re-              de que tuvieran lugar los mencionados cataclis-
lacionado, aparecieron en los tiempos Ter-               mos pereció durante el período Mioceno (51),
ciarios, y el clima, tropical en el período                   cuando la Quinta (nuestra Raza aria) tenía ya
Eoceno, caluroso en el Mioceno y templado             1.000.000 de años de existencia independiente
en el Plioceno, era favorable a su presencia,            (52) Cuánta más edad tiene desde su origen, 
las pruebas de su existencia en Europa, an-             ¿quién lo sabe? Como el período “histórico” prin-
tes del final de la época Terciaria... no son               cipió para los indos Arios con los Vedas para sus
generalmente aceptadas aquí”.                                 multitudes (53), y mucho antes en los Anales
                                                                                Esotéricos, es inútil establecer aquí paralelos.
    La Geología ha dividido ahora los períodos y ha colocado al hombre en el

                             CUATERNARIO                                                             “CUATERNARIO”

  Hombre Paleolítico, Hombre Neolítico,                     Si al período Cuaternario se le conceden
Período Histórico.                                                    1.500.000 años, entonces sólo pertenece al mis-
                                                                                mo nuestra Quinta Raza.


    Sin embargo -mirabile dictu-, al paso que se ha demostrado que el hombre paleolítico, no caníbal, que ha debido ciertamente anteceder al hombre caníbal neolítico  cientos de años (54), fue un artista notable, el hombre neolítico resulta casi un salvaje abyecto, a pesar de sus moradas lacustres (55). Pues véase lo que un sabio geólogo, Mr. Charles Gould, dice a sus lectores en su Mythical Monsters:

    Los hombres paleolíticos no conocían la alfarería ni el arte de tejer, y aparentemente carecían de animales domésticos y de sistemas de cultivo; pero los moradores neolíticos de los lagos de Suiza tenían telares, alfarería, cereales, ganados, caballos, etcétera. Ambas razas usaban utensilios de cuerno, de hueso y de madera; pero los de la más antigua se distinguen con frecuencia por estar esculpidos con gran habilidad o adornados con grabados animados representando varios animales existentes entonces; mientras que por parte del hombre neolítico (56) aparece una ausencia marcada de semejantes habilidades artísticas (57).

    Expliquemos las razones de esto:
    1º El hombre fósil más antiguo, los primitivos hombres de las cavernas del remoto período Paleolítico, y del período Preglacial (sea la que quiera su duración y antigüedad), es siempre hombre y no hay restos fósiles que prueben respecto de él

    lo que el Hipparion y Anchitherium han probado respecto del caballo; esto es, la especialización gradual progresiva desde un simple tipo antecesor a las formas más complejas existentes (58).

    2º Así como las llamadas hachas paleolíticas:

     Si se las coloca al lado de las formas más toscas de las hachas de piedra, usadas en la actualidad por los australianos y otros salvajes, es muy difícil encontrar diferencia alguna (59).

    Esto prueba que ha habido salvajes en todos los tiempos; y la deducción debiera ser que ha podido haber también gente civilizada en aquellos tiempos; naciones cultas contemporáneas de aquellos salvajes toscos. Una cosa semejante vemos en Egipto hace 7.000 años.
    3º Un obstáculo, consecuencia directa de lo anterior, es que: si el hombre no es más antiguo que el período paleolítico, entonces no sería posible que haya tenido el tiempo necesario para su transformación, desde el “eslabón perdido”, en lo que se sabe haber sido durante aquel remoto período geológico, esto es, una especie de hombre superior a muchas de las razas que hoy existen.
    Lo que antecede se presta, naturalmente, al siguiente silogismo: 1) El hombre primitivo (conocido por la Ciencia) era, en algunos respectos, superior en su género a lo que es ahora. 2) El mono más antiguo conocido, el lemurino, era menos antropoide que las especies pitecoides modernas. 3) Conclusión: aun cuando se encontrase un eslabón perdido, la balanza de las pruebas se inclinaría más en favor de ser el mono un hombre degenerado, que enmudeció por alguna coincidencia fortuita (60), que en favor de la descendencia del hombre de un antecesor pitecoide. La teoría presenta dos filos.
    Por otra parte, si se acepta la existencia de la Atlántida, y se cree en la declaración de que en la edad Eocena
    Aun en su primer período, el gran ciclo de los hombres de la Cuarta Raza, los Atlantes, había alcanzado ya su punto culminante.

entonces podrían hacerse desaparecer fácilmente algunas de las presentes dificultades de la Ciencia. La tosca hechura de los utensilios paleolíticos no prueba nada en contra de la idea de que, al lado de los que los fabricaron, existieron naciones altamente civilizadas. Se nos dice que:

    Sólo se ha explorado una parte muy pequeña de la superficie de la tierra, y de ésta, una parte muy reducida consiste en superficies de tierras antiguas o formaciones de aguas recientes, en donde únicamente puede esperarse encontrar las huellas de las formas superiores de la vida animal. Y aun éstas han sido exploradas tan imperfectamente, que donde ahora encontramos miles y decenas de miles de indudables restos humanos casi bajo nuestros pies, hace sólo treinta años que su existencia empezó a sospecharse (62).
  
    Es también muy sugestivo que, juntamente con las toscas hachas de los salvajes más degradados, los exploradores encuentran ejemplares de trabajos de mérito tan artístico,  que a duras penas podrían encontrarse o suponerse entre los modernos campesinos de un país europeo, más que en casos excepcionales. El “retrato” del “Rangífero Pastando” de la gruta de Thayugin en Suiza, y los del hombre corriendo, con dos cabezas de caballo dibujadas junto a él -obra del período Rangífero, o sea de hace lo menos 50.000 años-, son declarados por Mr. Laing, no sólo muy bien hechos, sino que al primero, el “Rangífero Pastando”, se le describe como que “podría hacer honor a cualquier moderno pintor de animales”, lo cual no es ninguna alabanza exagerada, como puede verse por el dibujo que damos más adelante, tomado de la obra de Mr. Gould. Ahora bien; dado que tenemos a nuestros más grandes pintores europeos coexistiendo con los esquimales modernos, que también tienen la tendencia, lo mismo que sus antecesores paleolíticos del período Rangífero, especies humanas rudas y salvajes, a estar haciendo constantemente con la punta de sus cuchillos bosquejos de animales, escenas de la caza, etc., ¿por qué no pudo pasar lo mismo en aquellos tiempos? Comparados con los ejemplares de dibujos y bosquejos egipcios de hace 7.000 años, los “retratos más primitivos” de hombres, cabezas de caballos y rangíferos, hechos hace 50.000 años, son ciertamente superiores. Sin embargo, se sabe que los egipcios de aquella época fueron una nación altamente civilizada, mientras que los hombres paleolíticos son llamados salvajes de tipo inferior. Esto, al parecer, no tiene importancia; sin embargo, es sumamente sugestivo, porque muestra de qué modo se trata de amoldar cada nuevo descubrimiento geológico a las teorías corrientes, en lugar de hacer que las teorías se adapten a los descubrimientos. Sí; Mr Huxley tiene razón al decir: “El tiempo dirá”. Lo dirá, y vindicará al Ocultismo.
    En todo caso, los materialistas de criterio más libre se ven arrastrados por la necesidad a reconocer conceptos de los más ocultistas. Es extraño; pero los más materialistas (los de la escuela alemana) son los que, en cuanto se refiere al desarrollo físico, se acercan más a las teorías de los ocultistas. Así, el profesor Baumgärtner cree que:

    Los gérmenes de los animales superiores podían únicamente ser los huevos de los animales inferiores...; además del adelanto en el desarrollo del mundo vegetal y animal, ocurrió en aquel período la formación de nuevos gérmenes originales (los cuales formaron la base de nuevas metamorfosis, etc.)... los primeros hombres que procedieron de los gérmenes de animales inferiores a ellos, vivieron primeramente en estado de larva.

    Así es precisamente; en un estado de larva, decimos nosotros también, sólo que no procedía de un germen “animal”; y esa “larva” era la forma etérea sin alma de las Razas prefísicas. Y nosotros creemos, como cree el profesor alemán, juntamente con otros hombres científicos de Europa, que las razas humanas

    no han descendido de una pareja, sino que aparecieron inmediatamente en razas numerosas (63).
   
    Por tanto, cuando leemos Fuerza y Materia, y vemos al Emperador de los materialistas, Büchner, repitiendo con Manu y Hermes, que:

    Imperceptiblemente se insinúa la planta en el animal; el animal en el hombre (64).

sólo tenemos que añadir “y el hombre en un espíritu”, para completar el axioma kabalístico. tanto más cuanto que leemos la admisión siguiente:

    Evolucionado por generación espontánea... ese mundo orgánico, rico y multiforme... se ha desarrollado progresivamente, en el curso de la períodos de tiempo interminables, con el auxilio de fenómenos naturales (65).

    Toda la diferencia consiste en lo siguiente: La Ciencia Moderna coloca su teoría materialista de los gérmenes primordiales en la Tierra, y el último germen de la vida en este Globo, del hombre y de todo; lo demás, entre dos vacíos. ¿De dónde vino el primer germen, si tanto la generación espontánea como la intervención de fuerzas externas se rechazan en absoluto ahora? Sir William Thompson nos dice que los gérmenes de la vida orgánica vinieron a nuestra Tierra en algún meteoro. Esto no resuelve nada, sino que sólo transfiere la dificultad de la Tierra al meteoro supuesto.
    Tales son nuestros acuerdos y desacuerdos con la Ciencia. Respecto de los “períodos interminables” estamos, por supuesto, conformes con la misma especulación materialista; porque nosotros creemos en la Evolución, aunque en líneas distintas. El profesor Huxley dice muy sabiamente:

    Si la doctrina del desarrollo progresivo es correcta en alguna de sus formas, tenemos que extender por largas épocas los cálculos más avanzados que hasta ahora se han hecho de la antigüedad del hombre (66).

    Pero cuando se nos dice que este hombre es un producto de las fuerzas naturales inherentes en la  Materia -siendo la Fuerza, según la opinión moderna, sólo una cualidad de la Materia, un “modo de movimiento”, etcétera- y cuando vemos a Sir William Thompson repitiendo en 1885 lo que Büchner y su escuela aseguraban hace treinta años, sentimos que todo nuestro respeto por la Ciencia real se desvanece. No puede uno por menos de pensar que el materialismo es, en algunos casos, una enfermedad. Pues cuando los hombres de ciencia, a la faz del fenómeno magnético y de la atracción de las partículas de hierro a través de substancias aisladoras como el cristal, sostienen que esta atracción es debida al “movimiento molecular” o a la “rotación de las moléculas del imán”, entonces, ya proceda tal doctrina de un teósofo “crédulo”, inocente de toda noción de física, o de un eminente hombre de ciencia, es ella igualmente ridícula. El individuo que afirma semejante teoría frente a los hechos, es sólo una prueba más de que: “Cuando los hombres no tienen una casilla en sus mentes en donde acomodar los hechos, tanto peor para los hechos”.
    Al presente la disputa entre los partidarios de la generación espontánea y sus adversarios está en suspenso, habiendo terminado con la victoria provisional de los últimos. Pero aun estos se ven forzados a admitir, como admitió Büchner y admiten aún los señores Tyndall y Huxley, que la generación espontánea tuvo que ocurrir una vez bajo ciertas “condiciones especiales termales”. Virchow rehusa hasta discutir la cuestión; debió haber tenido lugar en algún tiempo de la historia de nuestro planeta, y punto concluido. Esto parece más natural que la antes citada hipótesis de Sir William Thompson, de que los gérmenes de la vida orgánica cayeron en nuestra Tierra en algún meteoro; o que la otra hipótesis “científica” apareada con la creencia recientemente adoptada, de que no existe “principio vital” alguno, sino solamente fenómenos vitales que pueden atribuirse a las fuerzas moleculares del protoplasma original. Pero esto no ayuda a la Ciencia a resolver el problema, aún mayor, del origen y descendencia del hombre, pues he aquí una queja y un lamento aún peores:

    Al paso que podemos seguir los esqueletos de los mamíferos eocenos a través de diferentes direcciones de especialización en sucesivos tiempos terciarios, el hombre presenta el fenómeno de un esqueleto no especializado, que no puede relacionarse en justicia con ninguna de estas líneas (67).

    El secreto pudiera decirse pronto, no sólo desde el punto de vista esotérico, sino desde el de todas las religiones del mundo, sin mencionar a los ocultistas. Al “esqueleto especializado” se lo busca en el sitio indebido, donde nunca puede encontrarse. Los hombres de ciencia esperan descubrirlo en los restos físicos del hombre, en algún “eslabón perdido” pitecoide, con un cráneo mayor que el del mono, y con una capacidad craneal menor que la del hombre, en lugar de buscar esa especialización en la esencia suprafísica de su constitución etérea interna, que no puede ser desenterrada de ninguna capa geológica. Semejante apego tenaz a una teoría degradante del ser es el rasgo más sorprendente del día.
    En todo caso, el anterior bosquejo es un ejemplar de uno de los grabados hechos por un “salvaje” paleolítico: paleolítico significando el hombre de la “edad de piedra primitiva”, que se supone fue tan salvaje y bestial como los brutos con quienes vivía.
     Dejando a un lado al insular moderno del Mar del Sur, y hasta toda la raza asiática, desafiamos a cualquier escolar crecido y hasta al jovenzuelo europeo que no haya estudiado dibujo  a hacer un grabado semejante o un bosquejo al lápiz tan bueno. Aquí tenemos el verdadero raccourci artístico, y luces y sombras correctas sin ningún modelo plano ante el artista, que copió directamente de la naturaleza, mostrando así un conocimiento de la anatomía y de la proporción. Se nos quiere hacer creer que al artista que grabó este rengífero perteneció a los salvajes “semianimales” primitivos (contemporáneos del mamut y del rinoceronte lanudo) que algunos evolucionistas, demasiado celosos, quisieron una  vez describirnos como una clara aproximación al tipo de su hipotético “hombre pitecoide”.
    Este cuerno grabado prueba, tan elocuentemente como puede hacerlo un hecho, que la evolución de las Razas ha procedido siempre por una serie de elevaciones y caídas; que el hombre es, quizá, tan antiguo como la Tierra incrustada; y que si podemos llamar “hombre” a su antecesor divino, entonces es aún mucho más antiguo.
    Hasta el mismo De Mortillet parece experimentar una vaga desconfianza de las conclusiones de los arqueólogos modernos, cuando escribe:

    Lo prehistórico es una nueva ciencia que está lejos, muy lejos de haber dicho su última palabra (69).

    Según Lyell, que es una de las principales autoridades sobre el asunto y el “padre” de la Geología:

    La constante expectación de llegar a encontrar un tipo inferior de cráneo humano, mientras más antigua sea la formación en que el hecho ocurra, está basada en la teoría del desarrollo progresivo, la cual puede resultar cierta; sin embargo, debemos recordar que hasta hoy no tenemos ninguna prueba geológica clara de que la aparición de lo que se llaman las razas inferiores de la humanidad haya precedido siempre en el orden cronológico a la de las razas superiores (70).

    Ni semejante prueba ha sido encontrada hasta hoy. De este modo la Ciencia pone a la venta la piel de un oso que ningún ojo mortal ha visto nunca.
    Esta concesión de Lyell armoniza del modo más sugestivo con lo que dice el profesor Max Müller, cuyo ataque a la Antropología darwinista, desde el punto de vista del LENGUAJE, nunca ha sido, dicho sea de paso, satisfactoriamente contestado.
    ¿Qué sabemos nosotros de las tribus salvajes fuera del último capítulo de su historia? (Compárese esto con la opinión esotérica acerca de los australianos, de los bosquimanos, así como del hombre paleolítico europeo, reteniendo estos retoños Atlantes, restos de una cultura perdida que prosperaba cuando la Raza-Raíz padre estaba en su apogeo.) ¿Podremos penetrar nunca sus antecedentes? ¿Podremos  saber nunca lo que, después de todo, es en todas partes la lección más importante y más instructiva que hay que aprender: cómo han llegado a ser lo que son?... Su lenguaje prueba, en verdad, que estos llamados paganos, con sus complicados sistemas de mitología, sus costumbres artificiales, sus ininteligibles fantasías y salvajismos, no son criaturas de hoy ni de ayer. A menos que admitamos una creación especial para estos salvajes, tienen que ser tan antiguos como los indos, los griegos y los romanos (mucho más antiguos)... Pueden haber pasado por tantas vicisitudes como aquéllos, y lo que consideramos como primitivo, pudiera ser, por lo que sabemos, una recaída en el estado salvaje, o una corrupción de algo que era más racional e inteligible en estados anteriores (71).

    El Profesor Jorge Rawlinson M. A., observa que:

    “El salvaje primitivo” es un término familiar en la literatura moderna, pero no hay prueba alguna de que haya existido jamás. Más bien todo prueba lo  contrario (72).

    En su Origen of Nations, añade él justamente:

    Las tradiciones míticas de casi todas las naciones colocan al principio de la historia de la humanidad un tiempo de dicha y perfección, una “edad de oro” que no tiene rasgo alguno de salvajismo o barbarie, sino muchos de civilización y refinamiento (73).

    ¿Cómo contesta el evolucionista moderno a esta conformidad de pruebas?
    Repetimos la pregunta hecha en Isis sin Velo:

    ¿Prueban los restos encontrados en la cueva de Devon que no hubiera entonces razas contemporáneas altamente civilizadas? Cuando la población presente de la Tierra haya desaparecido, y algunos arqueólogos de la “raza futura” del lejano porvenir desentierren los utensilios domésticos de una de nuestras tribus de la India o de la Isla Adaman, ¿estará justificado que saquen la conclusión de que la humanidad del siglo XIX estaba “saliendo precisamente de la edad de piedra”? (74).

    Otra inconsecuencia extraña de las teorías científicas es que al hombre neolítico se le muestre como un salvaje mucho más primitivo que el paleolítico. O el Prehistoric Man de Lubbock, o el Ancient Stone Implement de Evan, tienen que estar en el error, o lo están ambos. Pues he aquí lo que se nos dice en estas y otras obras:

    1º A medida que pasamos del hombre neolítico al paleolítico, los utensilios de piedra se convierten en toscas y pesadas herramientas, en lugar de instrumentos pulimentados de formas primorosas. La alfarería y otras artes útiles desaparecen a medida que descendemos en la escala. ¡Y sin embargo, los últimos podían grabar semejante rengífero!
    2º El hombre paleolítico vivía en cuevas que compartía con hienas y leones (75), mientras que el hombre neolítico vivía en aldeas y edificios lacustres.
    Todos los que han seguido, aunque no sea sino superficialmente, los descubrimientos geológicos de nuestros días, saben que se encuentra un progreso gradual en las obras de arte, desde el tosco lascado y grosera labra de las primeras hachas paleolíticas, a las relativamente primorosas celts de piedra de aquella parte del período Neolítico que precedió inmediatamente al uso de los metales. Pero esto es en Europa, de la cual sólo unas pocas porciones se acababan de levantar sobre las aguas en los días de la civilización culminante de los Atlantes. Entonces, lo mismo que ahora, había salvajes rudos y pueblos altamente civilizados. Si dentro de 50.000 años se desenterrasen bosquimanos pigmeos, en alguna caverna del África, juntamente con elefante pigmeos mucho más antiguos, tales como los que se encontraron en las cuevas depósitos de Malta por Milne Edwards, ¿sería esa una razón para sostener que en nuestra edad todos los hombres y todos los elefantes eran pigmeos? O si se encontrasen las armas de los Veddhas de Ceilán, ¿estarán justificados nuestros descendientes en clasificarnos a todos como salvajes paleolíticos? Todos los artículos que los geólogos desentierran ahora en Europa pueden seguramente no ser anteriores al período Eoceno, puesto que las tierras de Europa no estaban siquiera sobre las aguas antes de aquel período. Ni lo que hemos dicho puede ser invalidado por los teóricos que nos digan que estos esmerados bosquejos de animales y hombres fueron hechos por el hombre paleolítico hacia el final del período rengífero; pues esta explicación sería verdaderamente muy deficiente, dada la ignorancia de los geólogos de la duración, siquiera aproximada, de los períodos.
    La Doctrina Esotérica enseña claramente el dogma de las elevaciones y caídas de la civilización; y ahora se nos dice que:

    Es un hecho notable que el canibalismo parece haber sido más frecuente a medida que el hombre avanzaba en civilización, y que, al paso que su rastro abunda en los tiempos neolíticos, es más escaso, y hasta desaparece por completo, en la edad del mamut y del rengífero... (76).

    Otra prueba de la ley cíclica y de la verdad de nuestras enseñanzas. La historia esotérica enseña que los ídolos y su culto desaparecieron con la Cuarta Raza, hasta que los supervivientes de las razas híbridas de esta última (chinos, negros africanos, etc.) volvieron gradualmente a resucitar el culto. Los Vedas no amparan a ídolo alguno, pero sí todos los escritos indos modernos.

    En  las primeras tumbas de Egipto, y en los restos de las ciudades prehistóricas desenterradas por el doctor Schliemann, se encuentran en abundancia imágenes de diosas con cabezas de lechuzas y de bueyes, y otras figuras simbólicas o ídolos. Pero cuando nos remontamos a los tiempos neolíticos, ya no se encuentran tales ídolos, o, si se encuentran, es tan raramente, que los arqueólogos disputan todavía acerca de su existencia...; los únicos que puede decirse, con alguna certeza, que han sido ídolos, son uno o dos descubiertos por M. de Braye en algunas cuevas artificiales del período Neolítico... que parecían representar figuras de mujer de tamaño natural (77).

    Y éstas pueden haber sido sencillamente estatuas. De todos modos, todo esto es una de las muchas pruebas de la elevación y caída cíclicas de la civilización y de la religión. El hecho de que no se hayan encontrado hasta ahora vestigios de restos humanos o esqueletos más allá de los tiempos Posterciario o Cuaternario -aun cuando los pedernales del Abate Bourgeois puedan servir de aviso (78)- parece indicar la verdad de la siguiente declaración esotérica:
    Busca los restos de sus antepasados en los sitios elevados. Los valles se han convertido en montañas, y las montañas se han hundido en el fondo de los mares.
    La humanidad de la Cuarta Raza, reducida a una tercera parte de su población después del último cataclismo, en lugar de establecerse en los nuevos continentes e islas que volvían a aparecer -mientras que sus predecesores formaban los lechos de nuevos océanos-, abandonaron lo que hoy es Europa y partes del Asia y África, por las cúspides de montañas gigantescas, habiéndose “retirado” desde entonces los mares que rodeaban algunas de éstas, dando lugar a las planicies del Asia Central.
    El ejemplo más interesante de esta marcha progresiva lo proporciona quizá la célebre caverna de Kent en Torquay. En aquel extraño retiro, socavado por el agua en la piedra caliza devoniana, vemos uno de los anales más curiosos conservados para nosotros en las memorias geológicas de la Tierra. Bajo los bloques calizos amontonados en el suelo de la caverna, se descubrieron, enterrados en un depósito de tierra negra, muchos utensilios del período Neolítico de una ejecución excelente, con unos cuantos fragmentos de alfarería - que posiblemente podían atribuirse a la era de la colonización romana. No existe allí rastro alguno del hombre paleolítico; ningún pedernal ni rastro de los animales extinguidos del período Cuaternario. Sin embargo, cuando se profundiza a través de la densa capa de estalagmitas en la tierra roja que se halla bajo la negra, y que, por supuesto, constituyó una vez el piso de aquel retiro, las cosas toman un aspecto muy distinto. No se ve ningún utensilio capaz de sufrir comparación con las armas finamente cortadas que se encuentran en las capas superiores; sólo una porción de pequeñas hachas toscas amontonadas (¿con las cuales los monstruosos gigantes del mundo animal eran domados y muertos por el hombre pigmeo, según hemos de creer?) y de raspadores de la edad Paleolítica, mezclados confusamente con huesos de especies que, o bien se han extinguido, o emigraron, impulsadas por el cambio de clima. ¡El artífice de estas feas hachuelas que vemos, es el que esculpió el rengífero sobre el arroyo, en el cuerno, según se ha dicho ya! En todos los casos nos encontramos con el mismo testimonio; que desde el hombre histórico al neolítico y del neolítico al paleolítico, el estado de cosas se desliza en retroceso sobre un plano inclinado desde los rudimentos de la civilización a la barbarie más abyecta -siempre en Europa. Se nos presenta igualmente la “edad del mamut” -el extremo de la primera división de la edad Paleolítica-, en la cual la extremada tosquedad de los instrumentos llega a su máximum, y en que la apariencia brutal (?) de los cráneos contemporáneos, tales como el de Neanderthal, señala un tipo muy inferior de la humanidad. Pero ellos pueden señalar algunas veces otra cosa: una especie de hombres completamente distinta de nuestra Humanidad (de la Quinta Raza o especie).
    Según se expresa un antropólogo en Modern Thought:

    La teoría de Peyrère, ya esté o no científicamente basada, puede considerarse equivalente a la que dividía al hombre en dos especies. Broca, Virey y cierto número de antropólogos franceses han reconocido que la especie inferior del hombre, comprendiendo la raza australiana, la tasmania y la negra, excluyendo los hotentotes y los africanos del Norte, debe ponerse aparte. El hecho de que en esta especie, o más bien subespecie, los molares terceros inferiores sean generalmente más grandes que los segundos, y los huesos escamosal y frontal estén por regla general unidos por sutura, coloca al Homo afer en el nivel de una especie distinta, como en muchas de las clases de pinzones. En la presente ocasión me abstendré de mencionar los hechos de la hibridación, los cuales ha comentado tan extensamente el difunto profesor Broca. La historia de esta especie, en las edades pasadas del mundo, es peculiar. Ella no originó jamás un sistema de arquitectura ni una religión suya propia (79).

    Es peculiar, en efecto,  como hemos mostrado en el caso de los tasmanios. Como quiera que sea, el hombre fósil de Europa no puede probar ni impugnar la antigüedad del hombre en esta Tierra, ni la edad de sus primeras civilizaciones.
    Tiempo es ya de que los Ocultistas no se preocupen de la burla que se les haga, despreciando los cañonazos de la sátira de los hombres de ciencia, así como los tiros más insignificantes del profano, puesto que es imposible, hoy por hoy, obtener prueba alguna en pro ni en contra; al paso que sus teorías pueden sostenerse mejor, en todo caso, que las hipótesis de los científicos. En cuanto a la prueba de la antigüedad que ellos asignan al hombre, tienen de su parte al mismo Darwin y a Lyell. Este último confiesa que los naturalistas:

    Han obtenido ya pruebas de la existencia del hombre en un período tan remoto, que ha habido tiempo de que muchos mamíferos principales, que fueron sus contemporáneos, se hayan extinguido, y esto aun antes de la era de los primeros anales históricos (80).

    Ésta es una declaración hecha por una de las más grandes autoridades de Inglaterra sobre la cuestión. Las dos frases que siguen son igualmente sugestivas, y pueden bien tenerse en cuenta por los estudiantes de Ocultismo, pues como todos los demás, dice que:

    A pesar del largo transcurso de las edades prehistóricas, durante las cuales ha debido él (el hombre) florecer en la tierra, no hay pruebas de cambio alguno perceptible en su estructura corporal. Por lo tanto, si ha divergido alguna vez de un sucesor bruto irracional, tenemos que suponer que ha existido en una época mucho más distante, probablemente en algunos continentes o islas sumergidos ahora bajo el Océano.

    Así, pues, se sospecha oficialmente la desaparición de continentes. Que los mundos y también las razas o especies son destruidos periódicamente por el fuego (volcanes y terremotos) y el agua, por turno, y se renuevan periódicamente, es una doctrina tan vieja como el hombre. Manu, Hermes, los caldeos, la antigüedad toda, creían en esto. Por dos veces ha cambiado ya por el fuego la faz del Globo, y dos por el agua, desde que el hombre apareció en ella. Así como la tierra necesita reposo y renovación, nuevas fuerzas y un cambio de su suelo, lo mismo sucede con el agua. De aquí se origina una nueva distribución periódica de la tierra y del agua, cambio de climas, etc., acarreado todo por revoluciones geológicas, y terminando por un cambio final en el eje de la tierra. Los astrónomos pueden encogerse de hombros ante la idea de un cambio periódico en el eje del Globo, y reírse de la conversación que se lee en el Libro de Enoch, entre Noé y su “abuelo” Enoch; la alegoría es, sin embargo, un hecho astronómico y geológico. Existe un cambio secular en la inclinación del eje de la Tierra, y su época determinada se halla registrada en uno de los grandes Ciclos Secretos. Lo mismo que en muchas otras cuestiones, la Ciencia marcha gradualmente hacia nuestro modo de pensar. El doctor Henry Wodwaord, F. R. S., F. G. S., escribe en Popular Science Review:

    Si fuera necesario recurrir a causas extramundanas para explicar el gran aumento del hielo en este período glacial, preferiría la teoría expuesta por el doctor Robert Hooke, en 1688; después por Sir Richard Phillips y otros; y últimamente por Mr. Thomas Belt, C. E., F. G. S.; a saber: un ligero aumento en la presente oblicuidad de la eclíptica, proposición que está en perfecto acuerdo con otros hechos astronómicos conocidos, y cuya introducción no envuelve perturbación alguna de la armonía esencial a nuestro estado cósmico, como unidad en el gran sistema solar (81).

    Lo que sigue, citado de una conferencia de W. Pengelly, F.R. S., F. G. S., dada en marzo de 1885, sobre “El Lago Extinguido de Bovery tracey”, muestra la vacilación, frente a todos los testimonios en favor de la Atlántida, para aceptar el hecho.

    Higueras siempre verdes, laureles, palmeras y helechos con gigantescos rizomas, tienen sus existentes congéneres en un clima subtropical, semejante indudablemente al que había en el Devonshire en los tiempos Miocenos, y por tanto, deben ponernos en guardia, siempre que el clima actual de alguna región se considere normal.
    Por otra parte, cuando se encuentran plantas miocenas en la Isla Disco, costa occidental de la Groenlandia, entre los 69º 20’ y 70º 30’ lat. N.; cuando sabemos que entre ellas había dos especies que se encuentran también en Bovey (Sequoia couttsiae, Quercus lyelli); cuando citando al profesor Heer, vemos que “la espléndida siempreviva” (Magnolia inglefieldi) maduraba sus frutos tan lejos hacia el Norte como el paralelo de 70 º” (Phil. trans., CLIX, 457, 1869); cuando vemos también que el número, variedad y exuberancia de las plantas miocenas de la Groenlandia han sido tales, que si la tierra hubiese llegado al Polo hubieran florecido allí mismo algunas de ellas, según toda probabilidad; el problema de los cambios de clima se presenta claramente a la vista, aunque sólo para ser desechado, al parecer, con el sentimiento de que el tiempo de su solución no ha llegado aún.
    Parece ser que todos admiten que las plantas miocenas de Europa tienen sus análogas, las más parecidas y más numerosas que existen, en la América del Norte; y de aquí se origina la pregunta: ¿cómo se efectuó la emigración desde un área a la otra? ¿Hubo una Atlántida, como algunos creen (un continente o un archipiélago de grandes islas, que ocupaba el área del Atlántico del Norte)? No hay, quizá, nada antifilosófico en esta hipótesis; pues dado, como declaran los geólogos, que “los Alpes han adquirido 4.000 pies y en algunos sitios más de 10.000’ de su presente altitud desde el principio del período Eoceno” (Principles, de Lyell, 11ª edición, págs. 256, 1872), una depresión Postmiocena (?), pudo haber hundido la hipotética Atlántida en profundidades casi insondables. Pero una Atlántida es aparentemente innecesaria y fuera de lugar. Según el profesor Oliver: “Subsiste una estrecha y curiosa analogía entre la Flora de la Europa Central Terciaria y las Floras recientes de los Estados de América y de la región japonesa; analogía mucho más estrecha e íntima que la que se encuentra entre la Flora Terciaria y la reciente en Europa. Vemos que el elemento terciario del Antiguo Mundo es más preponderante hacia su margen oriental extrema, si no en la preponderancia numérica de géneros, sí en rasgos que dan especialmente un carácter a la Flora fósil... Este acceso del elemento terciario es más bien gradual y no repentino, sólo en las islas del Japón. Aunque allí alcanza un máximum, podemos seguir su huella en el Mediterráneo, Levante, Cáucaso y Persia...; luego a lo largo del Himalaya y a través de la China... Se nos dice también que durante la época Terciaria crecían ciertamente en el Noroeste de América duplicados de los géneros miocenos de la Europa Central... Observamos además que la Flora presente de las islas atlánticas no presenta pruebas substanciales de una comunicación directa anterior con el continente del Nuevo Mundo... La consideración de estos hechos me hace suponer que las pruebas de la Botánica no favorecen la hipótesis de una Atlántida. Por otra parte, apoya ella mucho la opinión de que en algún período de la época Terciaria el Nordeste de Asia estaba unido al Noroeste de América, quizá por la línea que marca en la actualidad la cadena de las islas Aleutianas” (82).

    Sobre estos particulares, véanse, sin embargo, “Pruebas Científicas y Geológicas de la Realidad de Varios Continentes Sumergidos”.
    Pero nada que no sea un hombre pitecoide satisfará nunca a los poco afortunados buscadores del tres veces hipotético “eslabón perdido”. Sin embargo, si bajo los vastos lechos del Atlántico, desde el Pico de Tenerife a Gibraltar, antiguo emplazamiento de la perdida Atlántida, se registrasen a millas de profundidad todas las capas submarinas, no se encontraría un cráneo tal que satisficiese a los darwinistas. Según observa el doctor C. R. Bree, no habiéndose descubierto ningún eslabón perdido entre el hombre y el mono, en varios arrastres y formaciones sobre las capas terciarias, si estas formas se han hundido con los continentes cubiertos hoy por el mar, podrían todavía encontrarse-

    en aquellos lechos de capas geológicas contemporáneas que no se han hundido en el fondo del mar (83).

    Sin embargo, están fatalmente ausentes, tanto en estas últimas como en las primeras. Si los prejuicios no se aferrasen como vampiros a la mente del hombre, el autor de The Antiquity of Man hubiera encontrado la clave de la dificultad en esa misma obra suya, retrocediendo diez páginas (a la página 530), y leyendo una cita suya de la obra del profesor G. Rolleston. Este fisiólogo, dice él, sugiere que como hay una plasticidad considerable en la constitución humana, no sólo en la juventud y durante el desarrollo, sino hasta en el adulto, no debemos considerar como un hecho, como hacen algunos defensores de la teoría del desarrollo, que cada adelanto del poder físico dependa de un progreso en la estructura corporal; pues ¿por qué no han de representar el alma o la intelectualidad superior y las facultades morales el papel principal, en lugar del secundario, en el esquema del progreso?    
      Esta hipótesis se presenta respecto de que la evolución no se debe enteramente a la selección natural”; pero se aplica igualmente al caso que nos ocupa. Porque nosotros también pretendemos que el “Alma”, o el Hombre Interno, es lo que desciende primero a la tierra, lo Astral psíquico, el molde sobre el cual se construye gradualmente el hombre físico, despertándose más tarde su Espíritu, sus facultades morales e intelectuales a medida que la estatura física crece y se desarrolla.
    “Así los espíritus incorpóreos redujeron sus inmensas formas a estructuras más pequeñas”, y se convirtieron en los hombres de la Tercera o Cuarta Raza.
    Más tarde aún, edades después, aparecieron los hombres de la Quinta Raza, reducidos ahora a cosa de la mitad de la estatura, que aún llamaríamos gigantesca, de sus primeros antepasados.
    El hombre no es, ciertamente, una creación especial. Es el producto de la obra gradual progresiva de la Naturaleza, como cualquiera otra mitad viviente de esta Tierra. Pero esto es sólo respecto del tabernáculo humano. Lo que vive y piensa en el hombre y sobrevive a esa estructura, obra maestra de la evolución, es el “Eterno Peregrino”, la diferenciación Protea, en el Espacio y en el Tiempo, del Uno Absoluto “Ignoto”.
    En su Antiquity of Man (84), Sir Charles Lylle cita -quizás con espíritu un tanto burlón- lo que dice Hallam en su Introduction to the Literature of Europe:

    Si el hombre fue hecho a la imagen de Dios, fue hecho también a la imagen de un mono. La Constitución del cuerpo de aquel que ha pesado las estrellas y ha hecho esclavo suyo al rayo, se aproxima a la del bruto mudo que vaga por los bosques de Sumatra. Hallándose, pues, en la frontera entre la naturaleza animal y la angélica, ¿qué milagro es que participe de ambas? (85).

    Un Ocultista lo hubiera expresado de otro modo. Diría que el hombre fue hecho, verdaderamente, a la imagen de un tipo proyectado por su progenitor, la creadora Fuerza-Ángel, o Dhyân Chohan; mientras que el vagabundo de los bosques de Sumatra fue hecho a imagen del hombre, puesto que la constitución del mono, repetimos, es el restablecimiento, la resurrección por medios anormales, de la forma que existió del hombre de la Tercera Ronda, así como más adelante de la Cuarta. Nada se pierde en la Naturaleza, ni un átomo; esto es cierto, por lo menos con arreglo a la Ciencia. La Analogía parece debería exigir que la forma estuviese igualmente dotada de estabilidad.
    Y, sin embargo, ¿qué es lo que vemos? Sir William Dawson, F. R. S., dice:

    Es además significativo que el profesor Huxley, en sus conferencias en Nueva York, al paso que apoyaba su opinión respecto de los animales inferiores en la supuesta genealogía del caballo, la cual se ha demostrado muchas veces que no llega a ser una prueba cierta, evitaba por completo la discusión sobre que el hombre descienda de los monos, actualmente tan complicada con muchas dificultades, que lo mismo Wallace que Mivart se encuentran confundidos. El profesor Thomas, en sus recientes conferencias (Nature, 1876) admite que no se conoce hombre inferior al australiano, y que no existe eslabón alguno de unión conocido con los monos; y Haeckel tiene que admitir que el eslabón penúltimo en su filogenia, el hombre semejante al mono, es absolutamente desconocido (History of Creation)... Las llamadas “muescas” encontradas con los huesos de hombres paleocósmicos en cuevas europeas, e ilustradas en las admirables obras de Christy y de Lartet, muestran que hasta los rudimentos de la escritura estaban ya en poder de la raza más antigua de hombres conocida de la arqueología o geología (86).
   
    También leemos en Fallacies of Darwinism, del doctor C. R. Bree:

    Mr. Darwin dice justamente que la diferencia física, y más especialmente la mental, entre la forma más ínfima del hombre y el mono antropomorfo superior, es enorme. Por tanto, el tiempo -que en la evolución darwinista debe ser casi inconcebiblemente lento- tuvo que haber sido enorme también durante el desenvolvimiento del hombre desde el mono (87). Así, pues, las probabilidades de que se hallen algunas de estas variedades en los diversos acarreos o formaciones de aguas dulces sobre las capas terciarias, deben ser muchas. ¡Y, sin embargo, ni una sola variedad, ni un solo ejemplar de un ser intermedio entre el hombre y el mono, se ha encontrado jamás! Ni en los acarreos, ni en los bancos de arcilla, ni en los lechos de las aguas dulces, ni en sus arenas y bancos, ni en las capas terciarias debajo de ellos, se han descubierto jamás restos de individuos de las familias que faltan entre el hombre y el mono, según Mr. Darwin supone que han existido. ¿Es que se han hundido con la depresión de la superficie de la tierra, y se hallan ahora cubiertos por el mar? Si es así, hay toda probabilidad de que se encuentren también en aquellos lechos de capas geológicas contemporáneas, que no se han hundido en el fondo del mar; siendo aún más improbable que algunas porciones no sean extraídas de los lechos del Océano, como los restos del mamut y del rinoceronte, que se encuentra también en los lechos de aguas dulces y en los acarreos y bancos... El famoso cráneo de Neanderthal, acerca del cual se ha hablado tanto, pertenece, según se ha dicho, a este remoto período (edades del bronce y de piedra) y, sin embargo, presenta, aunque puede haber sido el cráneo de un idiota, inmensas diferencias con el mono antropomorfo más elevado conocido (88).

    Pasando nuestro Globo por convulsiones, cada vez que vuelve a despertar para un nuevo período de actividad, lo mismo que un campo tiene que ser arado y surcado antes de sembrar la semilla de la nueva cosecha, parece completamente imposible que se encuentren fósiles pertenecientes a sus rondas anteriores, ni en sus capas geológicas más antiguas, ni en las más recientes. Cada nuevo Manvántara trae consigo la renovación de las formas, tipos y especies; todos los tipos de las formas orgánicas precedentes -vegetales, animales y humanos- cambian y se perfeccionan en la siguiente, hasta el mineral mismo, que ha recibido en esta Ronda su opacidad y dureza últimas; sus partes más blandas formaron la vegetación presente; y los restos astrales de la vegetación y fauna anteriores fueron utilizados en la formación de los animales inferiores y en determinar la estructura de los Tipos-Raíces primitivos de los mamíferos más elevados. Y, finalmente, la forma del hombre-mono gigantesco de la Ronda anterior ha sido reproducida en ésta por bestialidad humana, y transformada en la forma padre el antropoide moderno.
    Esta doctrina, aunque imperfectamente bosquejada como está bajo nuestra deficiente pluma, es seguramente más lógica, más consecuente con los hechos, y mucho más probable, que muchas teorías “científicas”; como por ejemplo, aquella del primer germen orgánico descendiendo a nuestra Tierra sobre un meteoro - lo mismo que Ain Soph sobre su Vehículo, Adam Kadmon. Sólo que este último descenso es alegórico, como todos saben, y los kabalistas nunca han presentado esta figura del lenguaje para que se acepte en su apariencia de la letra muerta. Pero la teoría del germen en el meteoro, proviniendo de tan elevado origen científico, es un candidato a la verdad y ley axiomáticas; una teoría que la gente se ve en el caso de admitir si quiere estar en armonía con la Ciencia moderna. Lo que será la próxima teoría requerida por las premisas materialistas, nadie puede decirlo. Mientras tanto, las actuales teorías, como todos pueden observar, chocan entre sí de un modo mucho más discordante que con las mismas teorías de los ocultistas, fuera de los sagrados recintos del saber. Porque, ¿qué es lo que queda después que la Ciencia exacta ha hecho hasta del principio de la vida, una palabra vacía, un término sin sentido, e insiste en que la vida es un efecto debido a la acción molecular del protoplasma primordial? La nueva doctrina de los darwinistas puede definirse y resumirse en unas cuantas palabras, de Herbert Spencer:

    La hipótesis de las creaciones especiales resulta sin ningún valor: sin valor, por su derivación; sin valor, en su incoherencia intrínseca; sin valor, como careciendo en absoluto de pruebas; sin valor, porque no satisface a una necesidad intelectual; sin valor, porque no llena necesidad moral alguna. Por tanto, debemos considerarla sin ninguna importancia frente a cualquier otra hipótesis respecto del origen de los seres orgánicos (89).

SECCIÓN  V
EVOLUCIÓN ORGÁNICA Y CENTROS CREADORES

    Se arguye que la Evolución Universal, o, de otro modo, el desarrollo gradual de las especies en todos los reinos de la naturaleza, obra por medio de leyes uniformes. Esto se admite, y la ley se impone mucho más estrictamente en la Ciencia Esotérica que en la Moderna. Pero también se nos dice que es ello igualmente una ley que:

    Opera el desenvolvimiento desde lo menos perfecto a lo más perfecto, y desde lo sencillo a lo más complicado, por cambios incesantes, pequeños en sí, pero que se acumulan constantemente en la dirección requerida (1).

    De las especies infinitamente pequeñas es de lo que se forman las comparativamente gigantescas.
     La Ciencia Esotérica está de acuerdo con esto, pero añade que esta ley se aplica solamente a lo que ella conoce como Creación Primaria: la evolución de los Mundos partiendo de los Átomos Primordiales, y del ÁTOMO preprimordial, en la primera diferenciación de los primeros; y que durante el período de la evolución cíclica en el Espacio y en el Tiempo, esta ley está limitada y opera solamente en los reinos inferiores. Así actuó en los primeros períodos geológicos, desde lo simple a lo complejo, sobre los toscos materiales que sobrevivieron de los restos de la Tercera Ronda, cuyos restos son proyectados a la objetividad, cuando vuelve a principiar la actividad terrestre.
    Lo mismo que la Ciencia, la Filosofía Esotérica no admite “designio” ni “creación especial”. Rechaza toda pretensión a lo “milagroso”, y no acepta nada fuera de las leyes uniformes e inmutables de la Naturaleza. Pero ella enseña una ley cíclica, una doble corriente de la Fuerza (o Espíritu) y de la Materia que, partiendo del Centro Neutral del Ser, se desarrolla por su progreso cíclico y transformaciones incesantes. Siendo el germen primitivo del que se ha desenvuelto toda la vida vertebrada a través de las edades, distinto del germen primitivo del cual ha evolucionado la vida vegetal y animal, hay leyes secundarias cuya obra está determinada por las condiciones en que se encuentran los materiales sobre que operan, y de las cuales parece saber poco la Ciencia, especialmente la fisiología y la antropología. Sus partidarios hablan de este “germen primitivo”, y sostienen que está demostrado fuera de toda duda que:

    El designio (y el designador), si es que hay alguno (en el caso del hombre, con la maravillosa estructura de sus miembros, y de su mano especialmente), tiene que ser colocado en un tiempo mucho más lejano, y está contenido, realmente, en el germen primitivo, del cual con certeza se ha desarrollado lentamente toda vida vertebrada y, probablemente, toda la vida animal o vegetal (2).
   
    Es esto tan verdad en cuanto al “germen primitivo”, como es falso que el “germen” sea solamente “mucho más remoto” que el hombre; pues se halla a una distancia inconmensurable e inconcebible, en el Tiempo, aunque no en el Espacio, del origen mismo de nuestro Sistema Solar. Como enseña muy justamente la filosofía hindú, el “Aniyâmsam Aniyasâm” sólo puede ser conocido por falsas nociones. Los “Muchos” han procedido del UNO -los gérmenes vivos espirituales o centros de fuerzas- cada uno en una forma septenaria, que genera primeramente, y da luego el IMPULSO PRIMORDIAL a la ley de evolución y de desenvolvimiento lento gradual.
    Limitando la enseñanza estrictamente a esta nuestra Tierra, puede indicarse que, así como las formas etéreas de nuestros primeros hombres son primeramente proyectadas en siete zonas por siete Centros de Fuerza Dhyân Chohánicos, asimismo hay centros de poder creador para cada especie fundamental o padre, de la hueste de formas de la vida vegetal y animal. Ésta no es tampoco una “creación especial”, ni hay “designio” alguno, excepto en el “plano de proyección” general, señalado por la Ley Universal. Pero hay seguramente “designadores”, aunque no sean omnipotentes ni omniscientes, en el sentido absoluto del término. Ellos son simplemente Constructores, o Masones, que obran bajo el impulso que les da el Maestro Masón siempre desconocido (en nuestro plano): la VIDA y LEY ÚNICAS. Perteneciendo a esta esfera, no tienen ellos, por tanto, intervención ni posibilidad de actuar en ninguna otra, por lo menos en el presente Manvántara. Que obran ellos por ciclos y en una escala de proyección estrictamente geométrica y matemática, es lo que demuestra ampliamente el instinto de las especies animales; y que actúan con un fin en los detalles de las vidas menores (resultantes secundarias, animales, etc.), es suficientemente probado por la historia natural. En la “creación” de especies nuevas que se apartan algunas veces mucho del tronco padre, según acontece en la gran variedad del género felino (como el lince, el tigre, el gato, etc.), los “designadores” son los que dirigen la nueva evolución, añadiendo a las especies ciertos apéndices o privándoles de ellos, porque sean necesarios, o porque dejan de serlo, en el nuevo medio ambiente. Así, cuando decimos que la Naturaleza provee a todos los animales y plantas de lo que necesitan, ya sean grandes o pequeños, hablamos correctamente. Porque estos espíritus terrestres de la Naturaleza son los que  forman la Naturaleza integral; la cual, si falla algunas veces en su designio, no se debe considerar ciega, ni culparse del fracaso; puesto que, perteneciendo a una suma diferenciada de cualidades y atributos, es, en virtud de esto, sólo condicionada e imperfecta.
    Si no hubiese ciclos evolucionarios, como un progreso eterno en espiral en la Materia con una oscuración proporcionada del Espíritu (aunque los dos son uno), seguido por un ascenso inverso en el Espíritu y la anulación de la Materia -activa y pasiva por turno-, ¿cómo podrían explicarse los descubrimientos de la Zoología y la Geología? ¿Cómo es que, según lo dicta la autoridad de la Ciencia, puede seguirse el rastro de la vida animal desde el molusco al gran dragón marino, desde el más pequeño gusano de tierra a los animales gigantescos del período Terciario? Y que estos últimos se han dejado atrás, se demuestra por el hecho de que todas aquellas especies decrecieron, menguaron y se empequeñecieron. Si el aparente proceso de desenvolvimiento, obrando desde lo menos a lo más perfecto, y desde lo simple a lo más complejo, fuera verdaderamente una ley universal, en lugar de ser una generalización muy imperfecta de naturaleza meramente secundaria en el gran proceso cósmico, y si no hubiese otros ciclos que los que se pretende, entonces la fauna y flora mesozoicas deberían cambiar de sitio con las últimas neolíticas. Los plesiosauros y los ictiosauros son los que debiéramos encontrar desenvolviéndose de los actuales reptiles de mares y ríos, en lugar de haber sido reemplazados por sus empequeñecidas semejanzas modernas. También nuestro antiguo amigo, el bondadoso elefante, debiera ser el antecesor antediluviano fósil, y el mamut de la edad Pliocena debiera estar en la menagerie; se vería al megalonix y al gigantesco megaterio en lugar de los perezosos, en los bosques del Sur de América, en donde los helechos colosales de los períodos carboníferos ocuparían el lugar de los musgos; y los árboles actuales, hasta los gigantes de California, son enanos en comparación de los árboles titanes de pasados períodos geológicos. Seguramente los organismos del mundo megasteniano de las edades Terciaria y Mesozoica debieron haber sido más complejos y perfectos que los de las plantas y animales microstenianos de la edad presente. El driopiteco, por ejemplo, es más perfecto anatómicamente, es más apto para un desenvolvimiento mayor del poder cerebral, que el gorila o gibón modernos. ¿Cómo es, pues, esto? ¿Hemos de creer que la constitución de todos esos colosales dragones de mar y tierra, de los gigantescos reptiles voladores, no fuera mucho más desarrollada y compleja que la anatomía de los lagartos, tortugas, cocodrilos, y hasta de las ballenas; en una palabra, de todos los animales que conocemos?
    Admitamos en gracia del argumento, sin embargo, que todos esos ciclos, razas, formas septenarias de evolución, y el tutti quanti de la doctrina Esotérica, no sean más que una ilusión engañosa y un lazo. Pongámonos de acuerdo con la Ciencia y digamos que el hombre -en lugar de ser un “espíritu” aprisionado, y su vehículo, la concha o cuerpo, un mecanismo gradualmente perfeccionado y ahora completo para usos materiales y terrestres, según pretenden los ocultistas- es simplemente un animal más desarrollado, cuya forma primitiva surgió del mismo germen primitivo en esta Tierra, que el dragón volador y el mosquito, la ballena y la amoeba, el cocodrilo y la rana, etc. En este caso, ha debido pasar por los mismos desarrollos y por idéntico proceso de crecimiento que todos los demás mamíferos. Si el hombre es un animal y nada más, un “ex bruto” altamente intelectual, debe concedérsele, por lo menos, que fue un mamífero gigantesco en su género, un “megántropo” en su época. Esto es exactamente lo que la Ciencia Esotérica indica que ocurrió en las primeras tres Rondas, y en esto, como en la mayor parte de las cosas, es más lógica y consecuente que la Ciencia Moderna. Clasifica ella al cuerpo humano con la creación animal, y lo sostiene en la senda de la evolución animal, desde el principio al fin; mientras que la Ciencia deja al hombre huérfano de padres, nacido de antepasados desconocidos, un “esqueleto no especializado” verdaderamente. Y este terror es debido a que se rechaza de un modo pertinaz la doctrina de los ciclos.

A
ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE LOS MAMÍFEROS: LA CIENCIA Y LA FILOGÉNESIS ESOTÉRICA

    Habiendo tratado  casi exclusivamente la cuestión del origen del hombre en la precedente crítica del Evolucionismo occidental, no estará de más el definir la posición de los ocultistas respecto de la diferenciación de las especies. La fauna y flora prehumanas han sido ya tratadas de un modo general en los comentarios sobre las Estancias, habiéndose admitido la verdad de muchas especulaciones biológicas modernas, verbigracia, la derivación de las aves de los reptiles, la verdad parcial de la “selección natural”, y en general de la teoría de la transformación. Falta ahora por aclarar el misterio del origen de aquellas primeras faunas mamíferas, que M. de Quatrefages trata tan brillantemente de probar que son contemporáneas del Homo primigenius de la Edad Secundaria.
    El problema, algún tanto complicado, que se relaciona con el “Origen de las Especies” -y más especialmente de los diversos grupos de faunas mamíferas fósiles o existentes- se puede aclarar algún tanto con la ayuda de un diagrama. Entonces se verá hasta qué punto los “factores de la evolución orgánica”, en que se apoyan los biólogos occidentales (3), pueden considerarse adecuados para hacer frente a los hechos. La línea de demarcación entre la evolución etéreoespiritual y la astral y física hay que trazarla. Quizá, si los darwinistas se dignasen considerar la posibilidad del segundo proceso, no tendrían que lamentar por más tiempo el hecho de que:

    Nos vemos completamente reducidos a conjeturas y deducciones respecto del origen de los mamíferos (4).

    En el presente, el vacío admitido entre los sistemas de reproducción de los vertebrados ovíparos y de los mamíferos constituye una dificultad desesperante para los pensadores que, como los Evolucionistas, tratan de enlazar todas las formas orgánicas en una línea continua de descendencia.
    Tomemos por ejemplo, el caso de los mamíferos ungulados, puesto que se dice que en ninguna otra división poseemos un material fósil tan abundante. Se han hecho tantos progresos en esta dirección, que en algunos casos se han desenterrado eslabones intermedios entre los ungulados modernos y los eocenos; siendo un ejemplar notable el que proporcionó la prueba completa de la derivación del actual caballo de un solo casco, del anchitherium de tres cascos del remoto Terciario. Este módulo de comparación entre la Biología Occidental y la Doctrina Secreta no podía, por tanto, ser mejor. La genealogía que aquí presentamos como encarnando las opiniones de los hombres científicos en general, es la de Schmidt, basada en las investigaciones minuciosas de Rütimeyer. Su exactitud aproximada, desde el punto de vista del evolucionismo, deja poco que desear:


MAMÍFEROS  UNGULADOS



    En este punto medio de la evolución, la Ciencia se detiene.

    La raíz, a la que se retrotraen estas dos familias, es desconocida (5).


LA “RAÍZ” SEGÚN EL OCULTISMO



Uno de los Siete

    Tipos-Raíces primarios físicoastrales y bisexuales del reino animal mamífero. Estos fueron
              contemporáneos de las primeras razas lemuras-  ”LAS RAÍCES DESCONOCIDAS” de la
                         Ciencia.


    El diagrama del profesor Schmidt representa el reino explorado por los Evolucionistas occidentales, el área en que están presentes las influencias climáticas, la “selección natural” y todas las demás causas físicas de la diferenciación orgánica. La Biología y la Paleontología se encuentran aquí en su terreno al investigar los muchos agentes físicos que en tan gran parte contribuyen, como lo han demostrado Darwin, Spencer y otros, a la segregación de las especies. Pero aun en este dominio los trabajos subconscientes de la sabiduría Dhyân-Chohánica se encuentran en el fondo de todo “incesante esfuerzo hacia la perfección”, aunque su influencia esté muy modificada por esas causas puramente materiales, que De Quatrefages denomina el “milieu”, y Spencer el “medio ambiente”.
    El “punto medio de la evolución” es aquel grado en que los prototipos astrales principian definidamente a pasar a lo físico, y llegan a quedar así sujetos a los agentes diferenciadores que ahora operan a nuestro alrededor. La causación física sobreviene inmediatamente al revestimiento de los “vestidos de piel” -o sea al equipo fisiológico en general. Las formas de los hombres y de otros mamíferos anteriores a la separación de los sexos (6) son entretejidas de materia etérea, y poseen una estructura completamente distinta a la de los organismos físicos que comen, beben, digieren, etc. Los conocidos recursos fisiológicos necesarios para estas funciones fueron evolucionados casi por completo después de la materialización incipiente de los siete Tipos-Raíces de lo astral, durante la “parada en el punto medio” entre los dos estados de existencia. Apenas había sido dibujado en estos tipos antecesores el “plano de proyección” de la evolución, cuando sobrevino la influencia de las leyes terrestres accesorias, que nos son familiares, produciendo la totalidad de las especies mamíferas. Evos de lenta diferenciación se necesitaron, sin embargo, para llevar a efecto este fin.
    El segundo diagrama representa el dominio de los prototipos puramente etéreos antes de su descenso en la materia grosera. La materia etérea, debe observarse, es el cuarto estado de la materia, que tiene, como nuestra materia grosera, su “protilo” propio. Hay varios protilos en la Naturaleza, correspondientes a los diversos planos de la materia. Los dos reinos elementales suprafísicos, el plano de la mente, Manas, o quinto estado de la materia, así como también el de Buddhi, sexto estado de la materia, se han desenvuelto todos de uno de los seis protilos que constituyen la base del Universo-Objeto. Los llamados tres “estados”  de nuestra materia terrestre, conocidos como “sólido”, “líquido” y “gaseoso”, son tan sólo, en estricta verdad, sub-estados. En cuanto a la primera realidad del descenso en lo físico que culminó en el hombre y en el animal fisiológico, tenemos una prueba palpable en el hecho de las llamadas “materializaciones” espiritistas.
     En todos estos ejemplos tiene lugar una completa inmersión temporal de lo astral en lo físico. La evolución del hombre fisiológico desde las razas etéreas del primer período de la edad Lemuria -el período Jurásico de la Geología- es exactamente el paralelo de la “materialización” de los “espíritus” (?) en las sesiones espiritistas. en el caso de la “Katie King” del profesor Crookes, ¡se demostró de modo indubitable la presencia de un mecanismo fisiológico: corazón, pulmones, etc.!
    Tal es, en cierto modo, el Arquetipo de Goethe. He aquí sus palabras:

    Esto habríamos ganado... todos los nueve seres orgánicos perfectos... (son) formados con arreglo a un arquetipo que fluctúa meramente más o menos en sus mismas partes persistentes, y que, además, se completa y transforma día por día mediante la reproducción.

    Éste es un pronóstico bastante imperfecto del hecho oculto de la diferenciación de las especies desde los Tipos-Raíces astrales primarios. Sea lo qaue quiera lo que todo el posses comitatus de la “selección natural”, etc., pueda efectuar, la unidad fundamental del plan de estructura, permanece prácticamente inalterada por todas las modificaciones subsiguientes. La “unidad de tipo” común, en un sentido, a todo el reino animal y humano, no es, como Spencer y otros parecen sostener, una prueba de la consanguinidad de todas las formas orgánicas, sino un testimonio de la unidad esencial del “plano de proyección” que la Naturaleza ha seguido en la formación de sus criaturas.
    Para resumir el caso, podemos también utilizar un cuadro de los factores verdaderos que intervienen en la diferenciación de las especies. Las etapas del proceso en sí no necesitan aquí de más comentarios, pues siguen los principios fundamentales subyacentes en el fondo del desarrollo orgánico, y no necesitamos entrar en el dominio del biólogo especialista.

FACTORES QUE INTERVIENEN EN EL ORIGEN DE LAS ESPECIES
ANIMALES Y VEGETALES

Los prototipos etéreos básicos pasan a lo Físico

                                                                                       1 Variación transmitida por herencia.
                                                                                       2 Selección natural.
El Impulso Dhyân-Choânico constituye la ley de             3 Selección sexual.
    desarrollo “inherente y necesaria” de Lamarck,           4 Selección fisiológica.
    y se halla detrás de todos los agentes                         5 Aislamiento
    menores.                                                                    6 Correlación de desarrollo.
                                                                       7 Adaptación al medio. (Causación
                                                                                 inteligente opuesta a la mecánica).


                                                                                                 
                                                                                                      Especies


B
LAS RAZAS PALEOLÍTICAS EUROPEAS: DE DÓNDE PROVIENEN Y CÓMO ESTÁN DISTRIBUIDAS

    ¿Es la Ciencia contraria a los que sostienen que, remontándonos al período Cuaternario, la distribución de las razas humanas era muy diferente de lo que es ahora? ¿Está la Ciencia en contra de aquellos que sostienen, además, que los hombres fósiles encontrados en Europa -aun cuando casi han alcanzado un plano de semejanza y unidad que continúa hasta hoy, considerado desde los aspectos fundamentales fisiológicos y antropológicos- difieren sin embargo algunas veces mucho del tipo de la población hoy existente? El difunto M.  Littré admitía esto en un artículo publicado por él en la Revue des Deux Mondes (1º de marzo 1859) sobre la  Memoria llamada Antiquités Celtiques et Antédiluviennes, por Boucher de Perthes (1849). Littré declara allí que: (a) en estos períodos en que los mamuts exhumados en Picardía juntamente con hachas construidas por el hombre, vivieron en esta última región, debió de haber una primavera eterna reinando en todo el globo terrestre (7); la naturaleza era lo contrario de lo que es ahora, y de este modo queda un margen enorme para la antigüedad de esos “períodos”. Luego añade (b):

    Spring, profesor de la Facultad de Medicina de Lieja, encontró en una gruta cerca de Namur, en la montaña de Chauvaux, nuevos huesos humanos “de una raza completamente distinta de la nuestra”.

    Ciertos cráneos, exhumados en Australia, presentan una gran analogía con los de las razas negras del África, según Littré; mientras que otros, descubiertos en las orillas del Danubio y del Rhin, se parecen a los cráneos de los caribes y de los antiguos habitantes del Perú y Chile. Sin embargo, se niega el Diluvio, ya sea el Bíblico o el Atlántico. Pero otros descubrimientos geológicos han hecho que Gaudry escribiese concluyentemente:

    Nuestros antepasados eran positivamente contemporáneos del rhinoceros tichorrhinus, el hippopotamus major.

    Y añadía que el suelo llamado diluvial en Geología

    Se había formado, al menos parcialmente, después de la aparición del hombre sobre la tierra.

    Sobre este punto se pronunció finalmente Littré. Luego demostró él la necesidad, en vista de la “resurreción de tantos testimonios antiguos”, de revisar todos los orígenes, todas las épocas, y añadía que hubo una edad hasta ahora no estudiada.

    Ya sea en los albores de la época actual, o, según creo, al principio de la época que la precedió.

    Los tipos de los cráneos encontrados en Europa son de dos clases, como se sabe muy bien: el orthognatos y el prognatos, o los tipos caucásico y negro, tales como los que se encuentran ahora tan sólo entre las tribus africanas y las tribus salvajes inferiores. El profesor Heer, arguyendo que los hechos de la Botánica necesitan la hipótesis de una Atlántida, ha demostrado que las plantas de las aldeas lacustres, neolíticas, son principalmente de origen africano. ¿Cómo aparecieron estas plantas en Europa, si no había ningún punto de unión entre Europa y África? ¿Cuántos miles de años hace que vivieron los diecisiete hombres cuyos esqueletos fueron exhumados en el departamento de la Haute Garonne, en una postura como en cuclillas, cerca de los restos de un fuego de carbón, con algunos amuletos, y loza rota alrededor de ellos, y en compañía del ursus spelaeus, el elephas primigenius, el aurochs (considerado por Cuvier como una especie determinada), el megaceros hibernicus, todos mamíferos antediluvianos? Seguramente debieron de haber vivido en una época de las más remotas, pero no en una que nos remonte más allá de la  Cuaternaria. Hay que probar una antigüedad del hombre aún mayor. El doctor James Hunt, el difunto presidente de la Sociedad Antropológica, la calcula en unos nueve millones de años. Este hombre de ciencia, por lo menos, se aproxima algo a nuestros cómputos esotéricos, si dejamos fuera de cálculo las dos primeras Razas etéreas semihumanas, y la primera parte de la Tercera.
    Sin embargo, surge la pregunta de quiénes eran estos hombres paleolíticos de la época Cuaternaria europea. ¿Eran aborígenes o eran producto de alguna inmigración que se remontara en el pasado desconocido? Esto último es la única hipótesis sostenible, ya que todos los hombres de ciencia están de acuerdo en eliminar a Europa de la categoría de “cuna posible de la humanidad” ¿De dónde, pues, irradiaron las diversas corrientes sucesivas de hombres “primitivos”?
    Los primeros hombres paleolíticos de Europa -acerca de cuyo origen nada dice la Etnología, y cuyas características son sólo imperfectamente conocidas, aunque difundidas como “semejantes al mono” por escritores imaginativos como Mr. Grant Allen- eran de estirpes puramente atlantes y “áfrico-atlantes” (8). (Hay que tener presente que en este tiempo el continente Atlante propiamente dicho era un sueño del pasado.) La Europa en la época Cuaternaria era muy diferente de la Europa de hoy, estando entonces sólo en proceso de formación. Estaba unida al África del Norte, o más bien a lo que es ahora el África del Norte, por una lengua de tierra que se extendía a través del presente Estrecho de Gibraltar, constituyendo el África del Norte una prolongación, por decirlo así, de la España actual, al paso que un vasto mar llenaba la gran cuenca el Sahara. De la gran Atlántida, cuya masa principal se hundió en la edad Miocena, sólo quedaban Ruta y Daitya, con alguna que otra isla perdida. La conexión que con los atlantes tenían los antepasados (9) de los hombres que habitaron las cavernas paleolíticas se atestigua por la exhumación de cráneos fósiles en Europa, que se parecen mucho al tipo del caribe de las Indias Occidentales y del antiguo peruano; un misterio verdaderamente para los que rehusan sancionar la “hipótesis” de un continente Atlante anterior, que formase un puente sobre lo que es ahora un océano. ¿Qué debemos pensar también del hecho de que, mientras De Quatrefages señala esa “raza magnífica”, los corpulentos hombres de las cavernas Cro-Magnon, y los guanches de las Islas Canarias, como representantes del mismo tipo; Virchow relaciona de un modo semejante a los vascos con los últimos? El profesor Retzius prueba independientemente la relación de las tribus aborígenes americanas dolicocéfalas con estos mismos guanches. De este modo se enlazan seguramente los diversos eslabones en la cadena de las pruebas. Pudieran aducirse una multitud de hechos semejantes. En cuanto a las tribus africanas -que son retoños divergentes de los atlantes, modificados por el clima y demás condiciones-, penetraron en Europa por la península que hizo del Mediterráneo un mar interior. Muchos de estos hombres de las cavernas europeos, eran razas hermosas como los Cro-Magnon, por ejemplo. Pero, como era de esperar, el progreso casi no existió en todo el vasto período atribuido por la Ciencia a la edad de la piedra lascada (10). El impulso cíclico hacia abajo pesa mucho sobre los linajes así trasplantados - el íncubo del Karma Atlante está sobre ellos. Finalmente, el hombre paleolítico deja el sitio a su sucesor, y desaparece casi por completo de la escena. El profesor André Lefèvre pregunta con relación a esto:

    ¿Sucedió la edad de la Piedra Pulimentada a la de la Piedra Lascada por una transición imperceptible, o fue debida a una invasión de Celtas braquicéfalos? Pero ya sea que la degradación producida en las poblaciones de La Vézère fuera el resultado de cruzamientos violentos, o de una retirada general hacia el Norte en la estela del rengífero, es de poca importancia para nosotros.

    Luego dice:   

    Mientras tanto, el lecho del océano se ha levantado; Europa está ahora completamente formada, y su flora y fauna, fijas. Con la domesticidad del perro, comienza la vida pastoral. Entramos en aquellos períodos de la piedra pulimentada y del bronce, que se sucedieron con intervalos irregulares, que hasta se enlazaron en medio de las emigraciones y fusiones étnicas, tanto más confusos y de más corta duración cuanto las edades eran menos avanzadas y más rudimentarias. Las primitivas poblaciones europeas se interrumpen en su evolución especial, y sin perecer, son absorbidas por otras razas; tragadas, por decirlo así, por las olas sucesivas de emigración que venían del África, posiblemente de una Atlántida perdida (? muy demasiado tarde por evos de años) y de la prolífica Asia. Por una parte vinieron los íberos, por la otra pelasgos, ligurios, sicanianos, etruscos -todos precursores de la gran invasión aria (Quinta Raza) (11).