miércoles, 11 de junio de 2014

SECCIÓN XI LOS MISTERIOS DE LA HEBDÓMADA

    No debemos terminar esta parte sobre el Simbolismo de la Historia Arcaica sin tratar de explicar la repetición perpetua de este número, verdaderamente místico, la Hebdómada, en todas las escrituras conocidas de los orientalistas. Como cada religión, desde la más antigua a la más reciente, revela su presencia y la explica en su propio terreno, de acuerdo con sus propios dogmas  especiales, no es ésta una tarea fácil. Por tanto, no podemos hacer cosa mejor, ni un trabajo más explicatorio, que presentarlas todas a vista de pájaro. Los números 3, 4, 7, son los números sagrados de la Luz, Vida y Unión - especialmente en este presente Manvántara, nuestro Ciclo de Vida del cual el número siete es el representante especial, o el factor numérico. Esto hay que demostrarlo ahora.
    Si se preguntase a un brahman versado en los Upanishads, que tan llenos están de la antigua Sabiduría Secreta, por qué “aquél, de quien siete antepasados han bebido el jugo de la planta de la Luna”, es Trisuparna, dicho que se atribuye a Bopaveda (1); y por qué los Pitris Somapa han de ser adorados por el brahman Trisuparna - muy pocos podrían contestar; o si lo sabían, satisfarían aún menos la curiosidad de uno. Así, pues, atengámonos a lo que enseña la antigua Doctrina Esotérica. Según dice el Comentario:
    Cuando los primeros Siete aparecieron sobre la Tierra, arrojaron al suelo la semilla de todas las cosas que crecen en ella. Primeramente vinieron Tres, y Cuatro fueron agregados a estos, tan pronto como la piedra se transformó en planta. Luego vinieron los segundos Siete, quienes, guiando a los Jivas de las plantas, produjeron las naturalezas intermedias entre la planta y el animal vivo que se mueve. Los terceros Siete desenvolvieron sus Chhâyâs... los quintos Siete aprisionaron su ESENCIA... Así se convirtió el hombre en un Saptaparna.

A
SAPTAPARNA

    Tal es el nombre que se da en la fraseología Oculta al hombre. Significa, como se ha indicado en otra parte, una planta de siete hojas, y el nombre tiene una gran significación en las leyendas buddhistas. Lo mismo sucedía, bajo un disfraz, en los mitos griegos. La T, o Tau, formada por la  figura 7 y la letra griega I’ (Gamma), era, como se ha dicho en la Sección anterior, el símbolo de la vida y de la Vida Eterna; de la vida terrestre, porque I’ (Gamma) es el símbolo de la Tierra (Gaia) (2) y de la vida Eterna; porque la cifra 7 es el símbolo de la misma vida enlazada con la Vida Divina, siendo el doble signo expresado en figuras geométricas:

- un Triángulo  y un Cuaternario, símbolo del  HOMBRE Septenario.
    Ahora bien; el número seis ha sido considerado en los Antiguos Misterios como un emblema de la Naturaleza física. Porque el seis es la representación de las seis dimensiones de todos los cuerpos - las seis direcciones que componen su forma, a saber: las cuatro direcciones extendiéndose hacia los cuatro puntos cardinales, Norte, Sur, Este y Oeste, y las dos direcciones de altura y profundidad que corresponden al Cenit y al Nadir. Así, pues, mientras el Senario era aplicado por los Sabios al hombre físico, el Septenario era para ellos el símbolo de este hombre, más su Alma inmortal (3).
    J. M. Ragón presenta una ilustración muy buena del “senario jeroglífico”, como él llama a nuestro doble triángulo equilátero.

    El senario jeroglífico es el símbolo de la mezcla de los tres fuegos filosóficos y las tres aguas, de donde resulta la procreación de los elementos de todas las cosas (4).

    La misma idea se encuentra en el doble triángulo equilátero indo. Pues, aunque en este país se le llama el signo de Vishnu, sin embargo, en verdad, es el símbolo de la Tríada, o Tri-mûrti. Porque, aun en la interpretación exotérica, el triángulo inferior, ......con el vértice hacia abajo, es el símbolo de Vishnu, el Dios del Principio Húmedo y el agua, siendo Nàrâyana el Principio Moviente en el Nârâ, o las Aguas (5); mientras que el triángulo con su vértice hacia arriba, .......es Shiva, el Principio del Fuego, simbolizado por la triple llama en su mano (6). Estos dos triángulos entrelazados, llamados erróneamente “Sello de Salomón” -que forman también el emblema de nuestra Sociedad- son los que producen a la vez el Septenario y la Tríada, y son la década. De cualquier modo que éste .......... se examine, todos los diez números están contenidos en él. Porque, con un punto en medio o en el centro, ........es un signo séptuple o Septenario; sus triángulos denotan el número tres (o la Tríada); los dos triángulos muestran la presencia del Binario; los triángulos, con el punto central común a ambos, producen el Cuaternario; las seis puntas hacen el Senario, y el punto central, la Unidad; el Quinario está trazado por combinación, como un compuesto de dos triángulos, el número par, y de tres lados en cada triángulo, el primer número impar. Ésta es la razón por qué Pitágoras y los antiguos consagraban el número seis a Venus, pues:

    La unión de los dos sexos y la espagirización de la materia por tríadas son necesarias para desarrollar la fuerza generadora, esa virtud prolífica y tendencia a la reproducción que es inherente a todos los cuerpos (7).

    La creencia en “Creadores”, o Poderes personificados de la Naturaleza, no es, en verdad, politeísmo alguno, sino una necesidad filosófica. Como todos los otros Planetas de nuestro sistema, la Tierra tiene siete Logos -los Rayos emanados del “Rayo-Padre”- el PROTOGONOS, o Logos Manifestado, el que sacrifica su Esse (o “Carne”, el Universo), para que el Mundo pueda vivir, y que todas las criaturas que en él existen, tengan conciencia.
    Los números 3 y 4  son respectivamente masculino y femenino, Espíritu y Materia, y su unión es el emblema de la Vida Eterna en Espíritu, en su arco ascendente, y en la Materia como el Elemento que siempre resucita, por procreación y reproducción. La línea masculina espiritual es vertical ..... ; la línea de la materia diferenciada es horizontal __ ; y las dos forman la cruz o +. El 3 es invisible; el 4 está en el plano de la percepción objetiva. Ésta es la razón por la que toda la Materia del Universo, si se analizase hasta sus confines por la Ciencia, podría reducirse a cuatro elementos solamente: Carbono, Oxígeno, Nitrógeno e Hidrógeno; y por la que los tres primarios, los nóumenos de los cuatro o el Espíritu o Fuerza graduados, han permanecido una terra incognita y meras especulaciones, simples nombres, para la Ciencia exacta. Sus servidores tienen que creer y estudiar primeramente las causas primarias antes de que puedan esperar profundizar la naturaleza y conocer las potencialidades de los efectos. Así, mientras que los hombres del saber occidental tenían, y tienen aún, el 4, o la Materia, con que entretenerse, los ocultistas orientales, y sus discípulos, los grandes Alquimistas de todo el mundo, tienen todo el septenario en que estudiar (8). Según esos alquimistas:
    Cuando el Tres y el Cuatro se besan, el Cuaternario junta su naturaleza media con la del Triángulo (o Tríada, esto es, la faz de una de sus superficies planas se torna en la cara media del otro), y se transforma en un Cubo; sólo entonces se convierte (el Cubo desarrollado) en el vehículo y el número de la VIDA, el Padre-Madre SIETE.
    El siguiente diagrama quizás ayudará al estudiante a comprender estos paralelismos.
                 

     4 Kâma Rûpa; el principio del                             El más ligero de todos los gases; arde
       deseo animal, que arde                                     en el Oxígeno despidiendo un calor más
       furiosamente durante la vida                             intenso que cualquier substancia en
       en la Materia, produciendo          Hidrógeno      combustión, y forma el agua, el más    
       la saciedad; es inseparable                               estable de los compuestos; el Hidrógeno
       de la existencia animal.                                    entra ampliamente en todos los
                                                                                compuestos orgánicos.

    3 Linga Sharira, el vehículo                                 Gas inerte; el vehículo con que se
       inerte o forma, sobre la cual                             mezcla el Oxígeno, para adaptar este
       se moldea el cuerpo; el                                    último a la respiración animal. Entra
       vehículo de la Vida. Se disipa     Nitrógeno       también en gran proporción en todas
       muy poco después de la                                   las substancia orgánicas.
       desintegración del cuerpo.

   2  Prâna; la Vida, el poder                                     El que mantiene la combustión; el gas
       activo que produce todos           Oxígeno          dador de la vida, el agente químico
       los fenómenos vitales.                                       activo en toda vida organizada.

   1  La materia grosera del                                      El combustible por excelencia; la base
       cuerpo; la substancia que se                             de todas las substancias orgánicas; el
       forma y moldea sobre el            Carbono          elemento (químico) que forma la mayor
       Linga Sharira (Chhâyâ)  por                              variedad de compuestos.
       la acción de Prâna.

    Ahora bien; se nos enseña que todas estas primeras formas de la vida orgánica aparecen también en grupos de números septenarios. desde los minerales o “piedras blandas que se endurecieron”, usando la fraseología de las Estancias, seguidos por las “plantas duras que se ablandaron”, producto del mineral; pues “la vegetación nace del seno de la piedra” (9); y luego por el hombre - todos los modelos primitivos, en todos los reinos de la Naturaleza, principian por ser películas transparentes etéreas. Esto, por supuesto, sólo sucede en el primer comienzo de la vida. En el siguiente período se consolidan, y en el séptimo principian a ramificarse en especies, todos excepto los hombres, primeros de los animales mamíferos (10) en la Cuarta Ronda.
    Virgilio, versado como lo estaba todo poeta antiguo, más o menos, en la Filosofía Esotérica, cantaba la evolución en los siguientes versos:

            Principio coelum ac terras camposque liquentes
    Lucentenque globum Lunae, Titaniaque astra
    Spiritus intus alit, totamque infusa per artus
    Mens agitar molem et magno se corpore miscet.
    In de hominum pecudumque genus vitaeque volantum
    Et quae marmoreo fert mosntra sub aequore pontus (11)
    “Primero vino el tres, o el Triángulo”. Esta expresión tiene un significado profundo en Ocultismo, y el hecho es corroborado en Mineralogía, Botánica y hasta en Geología -como se ha demostrado en la Sección sobre “La Cronología de los Brahmanes”- por el número compuesto siete, estando contenido en él, el tres y el cuatro. La sal en disolución lo prueba. Pues cuando sus moléculas, agrupándose, principian a depositarse en sólidos, la primera forma que toman es la de triángulos de pequeñas pirámides, y de conos. Es la figura del Fuego, y de aquí la palabra “Pyramis”; mientras que la segunda figura geométrica en la Naturaleza manifestada es un Cuadrado o un Cubo, 4 y 6 , pues, como dice Enfield, “siendo cúbicas las partículas de la tierra, las del fuego son piramidales”; y es verdad. La forma piramidal es la que asumen los pinos, que es el árbol más primitivo después del período de los helechos. De este modo, los dos opuestos de la Naturaleza cósmica -el fuego y el agua, el calor y el frío- principian sus manifestaciones metrográficas, el uno por un sistema trimétrico, y el otro por un sistema hexagonal. Pues los cristales estrellados de la nieve, mirados con un microscopio, son todos y cada uno de ellos una estrella doble o triple de seis puntas, con un núcleo central, como una estrella en miniatura dentro de la mayor. Mr. Darwin, al mostrar que los habitantes de las costas son grandemente afectados por las mareas, dice:

    Los progenitores más antiguos en el reino de los  vertebrados... consistían, aparentemente, en un grupo de animales marinos... Los animales que viven ya sea en la pleamar media, o en la baja mar media, pasan por un ciclo completo de cambios de mareas en quince días... Ahora bien; es un hecho misterioso que en los vertebrados superiores hoy terrestres... muchos procesos normales y anormales tienen una o más semanas (septenarios) como períodos... tales como la gestación de los mamíferos, la duración de las fiebres (12).
    Los huevos de la paloma se empollan en dos semanas (o 14 días); los de la gallina en tres; los de patos en cuatro; los de ganso en cinco, y los de avestruz en siete (13).

    Este número está estrechamente relacionado con la Luna, cuya influencia Oculta se manifiesta siempre en períodos septenarios. La Luna es el guía del lado Oculto de la Naturaleza terrestre, mientras que el Sol es el regulador y factor de la vida manifestada. Esta verdad siempre ha sido clara para los Videntes y Adeptos. Jacobo Boheme, al insistir sobre la doctrina fundamental de las siete propiedades de la eterna Madre Naturaleza, probó con ello ser un gran Ocultista.
    Pero volvamos a la consideración del septenario en el simbolismo religioso antiguo. A la clave metrológica del simbolismo de los hebreos, que revela numéricamente las relaciones geométricas del Círculo (el Todo-Deidad), con el Cuadrado, el Cubo, el Triángulo, y todas las emanaciones integrales del área divina, puede añadirse la clave teogónica. Esta clave explica que Noé, el Patriarca del Diluvio, es, en un aspecto, la permutación de la Deidad (La Ley Creadora Universal), con el fin de la formación de nuestra Tierra, su población y la propagación en ella de la vida en general.
    Ahora bien; teniendo presente la división septenaria en las Divinas Jerarquías, así como en la constitución cósmica y en la humana, el estudiante comprenderá fácilmente que Jah-Noah esté a la cabeza y sea la síntesis del Cuaternario inferior. La Tríada Sephirothal superior, ......... -de la cual Jehovah-Binah (la Inteligencia) es el ángulo izquierdo femenino- emana al Cuaternario, ....... Este último, que simboliza por sí al Hombre Celeste, el Adam Kadmon sin sexo, considerado como la Naturaleza en lo abstracto, se convierte también en un septenario, emanando así los otros tres principios adicionales, la Naturaleza inferior terrestre o Naturaleza física manifestada, la Materia y nuestra Tierra -siendo el séptimo Malkuth, la “Esposa del Hombre Celeste”-, y formando así, con la Tríada superior, o Kether, la Corona, el número completo del Árbol Sephirothal: el 10, el total en la Unidad, o el Universo. Aparte de la Tríada superior, los Sephiroth creadores inferiores son siete.
    Lo anterior no se relaciona directamente con nuestro objeto, pero es un recuerdo necesario para facilitar la comprensión de lo que sigue. La cuestión está en mostrar que Jah-Noah, o el Jehovah de la Biblia hebrea, el supuesto Creador de nuestra Tierra, del hombre y de todo lo que hay en ella, es:
    a)  El Septenario inferior, los Elohim Creadores, en su aspecto cósmico.
    b) El Tetragrammaton o el Adam Kadmon, el “Hombre Celeste” de las cuatro letras - en sus aspectos teogónico y kabalístico.
    c) El Noé -idéntico al Shista indo, la Semilla humana, dejada para poblar la Tierra de una creación o Manvántara anterior, como lo expresan los Purânas; o el período prediluviano, como lo expresa alegóricamente la Biblia- en su carácter cósmico.
    Pero ya sea un Cuaternario (Tetragrammaton) o una Tríada, el Dios Creador bíblico no es el 10 Universal, a menos de confundirse con Ain Soph (como Brahmâ con Parabrahman) sino un septenario, uno de los muchos septenarios del Septenario Universal. En esta explicación del asunto que estamos tratando, su posición y estado como Noé puede mostrarse mejor colocando el 3, ...., y el 4, ...., en líneas paralelas con los principios cósmicos y humanos. Para estos últimos, emplearemos la antigua clasificación familiar. Como sigue:
        
        1 Espíritu Universal (Âtmâ).    Triple aspecto  1 El Logos No manifestado. 
        2 Alma Espiritual (Buddhi).      de la Deidad   2  Ideación Univesal Latente (14).
        3 Alma Humana, Mente                                 3  Inteligencia Universal (o Cósmica)
           (Manas)                                                          Activa (15)

                                                          
     4 Alma Animal (Kâma Rûpa).   Espíritu de la     4 Energía Cósmica (Caótica).
                                                     Tierra Jehovah  
                                                      (16)

     5 Cuerpo Astral (Linga                      Noé           5 Ideación Astral, reflejando las
        (Sharira).                                                           cosas terrestres.

   
     6 Esencia de la Vida (Prâna)   El Espacio,         6 Esencia de la Vida o Energía.
                                                    conteniendo la
                                                    Vida de las aguas
                                                    del Diluvio.

     7 Cuerpo (Sthûla Sharira)       Monte Ararat (17) 7 La Tierra.

    Como demostración adicional de estas declaraciones, puede el lector dirigirse a obras kabalísticas.

    “Ararat = el monte de descenso = .........., Hor-Jared. Hatho lo menciona como compuesto por Arath = ....... El editor de Moisés Cherenensis, dice: “Por esto, dicen, se significa el primer sitio de descenso (del arca)”. (Anal., de Bryant, volumen IV, págs. 5, 6, 15). Bajo “Berge” montaña, Nork dice de Ararat: “....., por ..... (esto es, Ararat por Arath) la tierra, reduplicación Aramaica”. Aquí se ve que Nork y Hatho hacen uso el mismo equivalente, en Arath, ......, con el significado de tierra (18).
    Simbolizando así Noé, tanto el Manu-Raíz como el Manu-Simiente, o el Poder que desenvolvió nuestra Cadena Planetaria, y nuestra Tierra, así como la Raza-Simiente, la Quinta, que se salvó (mientras que perecieron las últimas subrazas de la Cuarta), el Manu Vaivasvata, se verá que el número siete se presenta a cada paso. Noé, como permutación de Jehovah, es el que representa la hueste septenaria de los Elohim, y es por esto el Padre o Creador (el Preservador) de toda la vida animal. De aquí los versículos del Génesis: “De cada animal puro tomarás por sietes, el macho (3) y la hembra (4); de las aves del aire también por sietes (19), etc., seguido por todos los períodos de siete días, y lo demás.


B
LA TETRAKTYS EN RELACIÓN CON EL HEPTÁGONO

    De modo que el número siete, como un compuesto del 3 y del 4, es el factor común de toda religión antigua, porque es el común factor en la Naturaleza. Hay que justificar su adopción, y mostrar que es el número por excelencia, pues desde la aparición del Buddhismo Esotérico se han hecho muchas veces objeciones, y se han manifestado dudas respecto de la exactitud de estos asertos.
    Y en este punto digamos desde luego al estudiante que en todas estas divisiones numéricas nunca entra en los cálculos el Principio Universal ÚNICO, aunque se le ha mencionado como (el) uno, por ser el Único Uno. En su carácter de Absoluto, Infinito, y Abstracción Universal, es ÚNICO e independiente de todo otro Poder, ya sea noumenal o fenomenal. He aquí lo que dice el autor del artículo “Dios Personal e Impersonal”:

    Esta entidad no es ni materia ni espíritu; no es Ego ni no Ego; ni es sujeto ni objeto.
    En el lenguaje de los filósofos indos es la combinación original y eterna de Purusha (el Espíritu) y de Prakriti (la Materia). Como los Advaitis sostienen que un objeto externo es meramente el producto de nuestros estados mentales, Prakriti no es más que una ilusión y Purusha la única realidad; es él la existencia única,  que permanece en el universo de las Ideas. Esto... pues, es el Parabrahman de los Advaitis. Aun cuando hubiese un Dios personal con un Upâdhi material cualquiera (base física de cualquier forma), desde el punto de vista de un Advaiti, habría tanta razón para dudar de su existencia noumenal como en el caso de cualquier otro objeto. En su opinión, un Dios consciente no puede ser el origen del universo, toda vez que su Ego sería el efecto de una causa anterior, si se da a la palabra consciente su significado ordinario. No pueden ellos admitir que el gran total de todos los estados de conciencia del universo sea su deidad, porque estos estados están constantemente cambiando, y que el idealismo cósmico cesa durante el Pralaya. Sólo hay un estado permanente en el Universo, que es el estado de inconsciencia perfecta, mero Chidâkâsham (el campo de la conciencia) de hecho.
    Cuando mis lectores se hagan cargo del hecho de que este gran universo no es en realidad más que una enorme agregación de varios estados de conciencia, no se sorprenderán de encontrar que el último estado de inconsciencia sea considerado como Parabrahman por los Advaitis (20).

     Aunque completamente fuera de toda cuenta o cálculo humano, esta “enorme agregación de varios estados de conciencia” es un septenario, compuesto en su totalidad de grupos septenarios; sencillamente, porque “la capacidad de percepción existe en siete diferentes aspectos correspondientes a las siete condiciones de la materia” (21), o las siete propiedades o estados de la materia. Por lo tanto, la serie de uno a siete principia en los cálculos esotéricos con el primer principio manifestado, el cual es el número uno si principiamos a contar por arriba, y el número siete si lo hacemos desde abajo, o sea desde el principio más inferior.
    La Tétrada se considera en la Kabalah, como lo hacía Pitágoras, el número más perfecto, o más bien sagrado, porque emanaba del Uno, la primera Unidad manifestada, o más bien los Tres en Uno. Y este último ha sido siempre impersonal, sin sexo, incomprensible, aun cuando dentro de la posibilidad de las percepciones mentales superiores no hubo jamás intención de que la primera manifestación de la Mónada eterna representase el símbolo de otro símbolo, lo No-Nato por el Elemento-nacido, o el LOGOS uno por el Hombre Celeste. El Tetragrammaton, o la Tetraktys de los griegos, es el segundo logos, el Demiurgo.

    La Tétrada, según piensa Thomas Taylor, es, en todo caso, el animal mismo de Platón, quien, como Siriano observa justamente, fue el mejor de los Pitagóricos; subsiste en la extremidad de la tríada inteligible, como ha mostrado muy satisfactoriamente Proclo en el libro III de su tratado sobre la teología de Platón. Y entre estas dos tríadas (el doble triángulo), una inteligible y la otra intelectual, existe otro orden de dioses que participa de ambos extremos...(22).

    El mundo Pitagórico, según Plutarco (23), consistía en un cuaternario doble.
    Este aserto corrobora lo que se dice acerca de la preferencia dada por las teologías exotéricas a la Tetraktys inferior. Pues:

    El cuaternario del mundo intelectual (el mundo de Mahat) es T’Agathon, Nous, Psyche, Hyle; mientras que el del mundo sensible (de la Materia), el cual es propiamente lo que Pitágoras significaba por la palabra Kosmos, es el Fuego, el Aire, el Agua y la Tierra. Los cuatro elementos son denominados rhizomata, las raíces o principios de todos los cuerpos compuestos (24).

    Esto es; la Tetraktys inferior es la raíz de la ilusión, del Mundo de la Materia; y éste es el Tetragrammaton de los judíos, y la “deidad misteriosa”, sobre la cual meten tanto ruido los kabalistas.

    Este número (el cuatro) forma el medio aritmético entre la mónada y la heptada; y comprende todos los poderes, tanto de los números productores como de los producidos; pues éste, entre todos los números bajo diez, es hecho de cierto número; la duada doble forma una tétrada, y la tétrada doblada (o desarrollada) hace la hebdómada (el septenario). Dos multiplicado por sí mismo da cuatro; y multiplicado de nuevo por sí mismo produce el primer cubo. Este primer cubo es un número fértil, el campo de la multitud y de la variedad, constituido por dos y cuatro (dependiendo de la mónada, el séptimo). De modo que los dos principios de las cosas temporales, la pirámide y el cubo, la forma y la materia, fluyen de una fuente, el tetrágono (en la tierra; la mónada, en el cielo) (25).

    Aquí, Reuchlin, la gran autoridad en la Kabalah, muestra que el cubo es la “materia”, al paso que la pirámide o la tríada es la “forma”. Para los Hermesianos, el número cuatro se convierte en el símbolo de la verdad sólo cuando es amplificado en un cubo, el cual desarrollado, hace siete, como simbolizando los elementos masculino y femenino y el elemento de la vida (26).
    Algunos estudiantes se han encontrado embarazados para explicarse por qué la línea vertical (27), que es masculina, se convierte en la cruz en una línea partida en cuatro (siendo cuatro un número femenino), al paso que la horizontal (la línea de la materia) se divide en tres. Pero esto es fácil de explicar. Dado que la cara media del “cubo desarrollado” es común, tanto a la barra vertical como a la horizontal, siendo así doble, se convierte en espacio neutro, por decirlo así, y no pertenece a ninguna. La línea del espíritu permanece triádica, y la línea de la materia doble, siendo el dos un número par, y por tanto también femenino. Por otra parte, según Theon, en su Mathematica, los Pitagóricos que dieron el nombre de Armonía a la Tetraktys, “porque es un diatesaron en sesquitercia”, eran de opinión  que:

    La división del canon del monocordio era hecho por la tetraktys en la duada, tríada y tétrada; pues comprendía una proporción sesquitercia, una sesquialtera, una duple, una triple y una cuádruple, cuya sección es 27. En la anotación musical antigua, el tetracordio consistía en tres grados o intervalos, y cuatro términos de sonidos llamados por los griegos diatesaron, y por nosotros un cuarto (28).

    Por otra parte, el cuaternario, aunque número par, y por tanto número femenino (“infernal”), variaba según su forma. esto lo indica Stanley (29). El cuatro era llamado por los Pitagóricos el guardián de la clave de la Naturaleza; pero en unión del tres, que lo convertía en siete, se transformaba en el más perfecto y armonioso de los números; en la naturaleza misma. El cuatro era “lo masculino de la forma femenina” cuando formaba la cruz; y el siete es el “Amo de la Luna”, pues este planeta tiene que alterar su apariencia cada siete días. Sobre el número siete, Pitágoras compuso su doctrina de la Armonía y de la Música de las Esferas, llamando un “tono” a la distancia de la Luna a la Tierra; de la Luna a Mercurio medio tono, y desde éste a Venus lo mismo; de Venus al Sol uno y medio tono; desde el Sol a Marte un tono; de allí a Júpiter medio tono; desde éste a Saturno medio tono; y desde allí al Zodíaco un tono; constituyendo así siete tonos - el diapasón armónico (30). Toda la melodía de la Naturaleza está en estos siete tonos, y por esto se llama la “Voz de la Naturaleza”.
    Plutarco explica (31) que los griegos más antiguos consideraban la Tétrada como la raíz y principio de todas las cosas, dado que era el número de los elementos que producían todas las cosas  creadas, visibles e invisibles (32).
    Para los hermanos de la Rosa Cruz, la figura de la cruz, o el cubo desarrollado, constituía el tema de discusión en uno de los grados teosóficos de Peuvret, y era tratado con arreglo a los principios fundamentales de la luz y las tinieblas o el bien y el mal (33).

     El mundo inteligible surge de la mente divina (o unidad) de este modo. La Tetraktys, reflejándose en su propia esencia, la primera unidad, productora de todas las cosas, y en su propio principio, se muestra así: Una vez uno, dos veces dos, inmediatamente surge una tétrada, teniendo en su ápice la unidad más elevada, y se convierte en una Pirámide, cuya base es una simple tétrada, correspondiendo a una superficie, sobre la cual la luz radiante de la unidad divina produce la forma del fuego incorpóreo, por razón del descenso de Juno (la materia) a las cosas inferiores. De aquí se produce la luz esencial, que no quema, sino que ilumina. Ésta es la creación del mundo medio, que los hebreos llaman lo Supremo, el mundo de la deidad (de ellos). Es denominado el Olimpo, la luz completa, y está lleno de formas separadas, en donde está la sede de los dioses inmortales, deûm domus alta, cuya cúspide es la unidad, su muro la trinidad y su superficie el cuaternario (34).

     La “superficie” tiene así que permanecer un área sin significación, si se la abandona a sí misma. Sola la UNIDAD, “iluminado” el cuaternario, el famoso cuatro inferior tiene también que construir para sí un muro procedente de la trinidad, para poder manifestarse. Por otra parte, el Tetragrammaton, o Microposopus, es “Jehovah” arrogándose muy indebidamente el “Era, Es y Será”, que ahora se traduce por “Yo soy lo que soy”, y se interpreta como refiriéndose a la Deidad abstracta más elevada; mientras que esotéricamente y en estricta verdad, sólo significa la MATERIA eterna, periódicamente caótica y turbulenta, con todas sus potencialidades. Pues el Tetragrammaton es uno con la Naturaleza, o Isis, y es la serie exotérica de Dioses andróginos tales como Osiris-Isis, Jove-Juno, Brahmâ-Vâch, o el Jah-Hovah kabalístico; todos macho-hembras. Todos los dioses antropomórficos, de las naciones antiguas, tienen su nombre escrito con cuatro letras, como observó muy bien Marcelo Ficino. Así, para los egipcios, era Teut; entre los árabes Alah; para los persas, Sire; entre los magos, Orsi; para los mahometanos, Abdi; entre los griegos, Teos; para los antiguos turcos, Esar; para los latinos, Deus; a los cuales Juan Lorenzo Anania añade el Gott alemán; el Bouh sarmaciano, etc. (35).
    Siendo la Mónada una, y un número impar, los Antiguos decían por esto que los números impares eran los solos perfectos; y -quizás egoístamente, aunque siendo, sin embargo, un hecho- los consideraban a todos como masculinos y perfectos, aplicables a los Dioses celestes; mientras que los números pares, tales como dos, cuatro, seis, y especialmente ocho, siendo femeninos, eran considerados imperfectos, y aplicados solamente a las Deidades terrestres e infernales. Virgilio anota el hecho diciendo: “Numero deus impare gaudet”. “Al Dios le satisface un número impar” (36).
    Pero al número siete, o Heptágono, lo consideraban los Pitagóricos como un número religioso y perfecto. Era llamado Telesphoros, porque por su medio todo en el Universo y la humanidad es llevado a su fin, esto es, a su culminación (37). La doctrina de las Esferas gobernadas por los siete Planetas Sagrados (38) muestra, desde la Lemuria a Pitágoras, a los siete Poderes de la Naturaleza terrestre y sublunar, así como a las siete grandes Fuerzas del Universo, procediendo y desenvolviéndose en siete tonos, que son las siete notas de la escala musical.
    La Héptada (nuestro Septenario) era consideerado como número de una virgen, porque es no-nacida (lo mismo que el Logos o el Aja de los Vedantinos):

    Sin padre... ni madre... sino procediendo directamente de la mónada, que es el origen y corona de todas las cosas (39).

    Y puesto que la Héptada procede directamente de la Mónada, de aquí que sea, como se enseña en la Doctrina Secreta de las escuelas más antiguas, el número perfecto y sagrado de este nuestro Mahâmanvantara.
    El Septenario, o Héptada, estaba consagrado verdaderamente a varios Dioses y Diosas; a Marte, con sus siete servidores; a Osiris, cuyo cuerpo estaba dividido en siete y dos veces siete partes; a Apolo, el Sol, entre sus siete planetas, tocando el himno al de los siete rayos, en su arpa de siete cuerdas; a Minerva, la sin padre ni madre, y a otros (40).
    El Ocultismo cishimaláyico con su división septenaria, y por causa de la misma, debe ser considerado como el más antiguo, origen de todos. Le son contrarios algunos fragmentos dejados por neoplatónicos; y los admiradores de estos, que apenas saben lo que defienden, nos dicen: Ved,  vuestros precursores creían solamente en un hombre triple, compuesto de Espíritu, Alma y Cuerpo. Mirad, el Târaka Râja Yoga de la India limita esta división a 3, nosotros a 4, y los Vedantinos a 5 (Koshas). A esto, nosotros, los de la  escuela Arcaica, preguntamos:
    ¿Por qué, pues, dice el poeta griego que no son cuatro sino siete los que cantan alabanza al Sol Espiritual?

          ‘............................
          Siete letras sonoras cantan alabanzas de mí.
          Al Dios inmortal, la Deidad todopoderosa.

    ¿Por qué además es el triuno Iao, el Dios del Misterio, llamado el “cuádruple”, y también los símbolos triádicos y tetrádicos se hallan bajo un nombre unificado entre los cristianos - el Jehovah de las siete letras? ¿Por qué en el Shebâ hebreo es el Juramento (la Tetraktys Pitagórica) idéntico al número 7? O, como dice Mr. Gerald Massey:
   
    El tomar un juramento era sinónimo de “septear”, y el 10 expresado por la letra (Jod) era el número completo de Iao-Sabath (el Dios de diez letras) (41).

    En Auction de Luciano:

    Pitágoras pregunta: “¿Cómo contáis vosotros?” La respuesta es: “Uno, Dos, tres, Cuatro”. Entonces Pitágoras dice: “¿Veis? en  lo que vosotros concebis Cuatro, hay Diez, un Triángulo perfecto y nuestro Juramento (¡la Tetraktys, el Cuatro! - o Siete en junto)” (42).

    ¿Por qué? -dice también Proclo-.
    El Padre de los Versos Dorados celebra la Tetraktys como fuente  de la naturaleza perenne? (43).

    Sencillamente porque los kabalistas occidentales que citan las pruebas exotéricas contra nosotros, no tienen idea del verdadero significado esotérico. Todas las Cosmologías antiguas -las Cosmografías más antiguas de los dos pueblos más remotos de la Quinta Raza-Raíz, los indo-arios y los egipcios, juntamente con las primeras razas chinas, restos de la Raza Cuarta o Atlante- basaban todos sus misterios en el número 10; representando el Triángulo superior el Mundo invisible y metafísico, y el tres y cuatro inferiores, o -Septenario, el Reino  físico. No es la Biblia judía la que hizo notable el número 7. Hesiodo usó las palabras “el séptimo es el día sagrado” antes de que se hubiese oído hablar de Sábado de “Moisés”. El uso del número 7 nunca estuvo limitado a una sola nación. Esto está bien probado por los siete vasos del templo del Sol, cerca de las ruinas de Babian en el Alto Egipto; por los siete fuegos ardiendo constantemente durante siglos ante los altares de Mithra; por los siete templos santos de los Árabes; por las siete penínsulas, las siete islas, siete mares, siete montañas y ríos de la India, y del Zohar (véase Ibn Gebirol); los Sephiroth judíos de los siete esplendores; las siete deidades góticas; los siete mundos de los caldeos y sus siete Espíritus; las siete constelaciones mencionadas por Hesiodo y Homero; y todos los sietes interminables que los orientalistas encuentran en todos los manuscritos que descubren (44).
    Lo que finalmente tenemos que decir es lo siguiente: Ya se ha dicho bastante para mostrar por qué los principios humanos fueron y son divididos en siete en las Escuelas Esotéricas. Háganse cuatro, y el hombre, o bien se quedará sin sus elementos terrestres inferiores, o bien, considerado desde el punto de vista físico, se le convertirá en un animal sin alma. El cuaternario tiene que ser la Tetraktys superior o la inferior - la celeste o la terrestre; para ser comprensible según las enseñanzas de la antigua Escuela Esotérica, el hombre tiene que ser considerado como un septenario. Esto era tan bien comprendido, que hasta los llamados gnósticos cristianos adoptaron este venerable sistema (45). Éste permaneció secreto durante largo tiempo, pues aunque se sospechaba, ningún manuscrito de aquella época habla de él lo suficientemente claro para satisfacer al escéptico. Pero en nuestra ayuda ha venido la curiosidad literaria de nuestros días: el Evangelio más antiguo y mejor conservado de los gnósticos, Pistis Sophia. Para que la prueba sea absolutamente completa, citaremos de una autoridad, C. W. King, el único arqueólogo que ha tenido una ligera vislumbre de esta acabada doctrina, y el mejor escritor de nuestro tiempo, sobre los gnósticos y sus joyas.         
    Según este extraordinario tratado de literatura religiosa -verdadero fósil gnóstico- la Entidad humana es el Rayo Septenario del Uno (46) , precisamente como nuestra Escuela lo enseña. Está ella compuesta de siete elementos, cuatro de los cuales son tomados de los cuatro mundos manifestados kabalísticos. Véase:

    De Asiah alcanza el Nephesh, o sede de los apetitos físicos (también el aliento vital); de Jezirah, el Ruach, o sede de las pasiones (?¡); de Briah, el Neshamah o razón; y de Aziluth obtiene el Chaiah, o principio de la vida espiritual. Esto parece una adaptación de la teoría Platónica del Alma, obteniendo sus facultades respectivas de los Planetas, en su progreso descendente a través de sus esferas. Pero el Pistis Sophia, con su acostumbrado atrevimiento, presenta esta teoría bajo una forma mucho más poética (párrafo 282). El Hombre Interno es, de un modo semejante, formado por cuatro constituyentes, pero estos son suplidos por los AEons rebeldes de las Esferas, quedando, sin embargo, en ellos el Poder - una partícula de la luz Divina (“Diviniae particula aurae”); el Alma (el quinto) “ formada con las lágrimas de sus ojos y del sudor de sus tormentos”; el “.............., Falsificación del Espíritu (correspondiente al parecer a nuestra Conciencia) (el sexto); y últimamente el Moloa, Hado (47) (el Ego kármico), cuyos deberes son conducir al hombre al fin que le está destinado; si tiene que morir por el fuego, conducirlo al fuego;  si tiene que morir por una fiera, conducirle a la fiera - (el séptimo) !  (48).

C
EL ELEMENTO SEPTENARIO EN LOS VEDAS CORROBORA LA ENSEÑANZA OCULTA REFERENTE A LOS SIETE GLOBOS Y LAS SIETE RAZAS

    Tenemos que recurrir a la fuente misma de la historia si queremos presentar nuestras mejores pruebas para atestiguar los hechos enunciados. Pues, aunque por completo alegóricos, los himnos del Rig Veda no son por eso menos sugestivos. Los siete Rayos de Sûrya, el Sol, se exponen allí como paralelos a los siete Mundos de cada Cadena Planetaria, a los siete ríos del Cielo y siete de la Tierra, siendo los primeros las siete Huestes creadoras, y los últimos los siete Hombres, o grupos humanos primitivos. Los siete antiguos Rishis -los progenitores de todo lo que vive y alienta en la Tierra- son los siete amigos de Agni, sus siete “Caballos” o siete “CABEZAS”. Alegóricamente se declara que la raza humana ha surgido del Fuego y del Agua; modelada por los PADRES o Antecesores-sacrificadores de Agni; pues Agni, los Ashivins, los Âdityas (49) , son todos sinónimos de estos “Sacrificadores”, o Padres, diversamente llamados Pitaras (o Pitris), Angirasas (50) y Sâdhyas, “Sacrificadores Divinos”, los más ocultos de todos. Son ellos llamados Deva-putra Rishayah o los “Hijos de Dios” (51). Los “Sacrificadores”, además, son colectivamente el Sacrificador UNO, el Padre de los Dioses, Vishvakarman, que ejecutó la gran ceremonia Sarva-medha, y concluyó sacrificándose a sí mismo.
     En estos Himnos, el “Hombre Celeste” es llamado Purusha, el “Hombre” (52), de quien nació Virâj (53); y de Virâj, el hombre (mortal). Es Varuna quien - rebajado de su sublime posición para ser el jefe de los Señores-Dhyânis o Devas- regula todos los fenómenos naturales, y quien “marca el camino que tiene que seguir el Sol”. Los siete Ríos del Cielo (los Dioses Creadores descendentes) y los siete Ríos de la Tierra (las siete Humanidades primitivas) están bajo su dominio, como se verá. El que viola las leyes de Varuna (Vratâni, o los “cursos de la acción natural”, las leyes activas), es castigado por Indra (54), el poderoso Dios Védico, cuyo Vrata, ley o poder es mayor que el Vratâni de cualquier otro Dios.
    Así, pues, el Rig Veda, el más antiguo de todos los anales antiguos conocidos, puede verse que corrobora las Enseñanzas Antiguas casi en todos los conceptos. Sus Himnos, que son los anales escritos por los primeros Iniciados de la Quinta Raza (la nuestra) acerca de las enseñanzas Primordiales, hablan de las Siete Razas (dos aún por venir), alegorizándolas por las siete “Corrientes” (55); y de las Cinco Razas (Panchakrishtayah) que han habitado ya este mundo (56) en las cinco Regiones (Panchapradishah) (57; así como de los tres continentes que fueron (58).
    Únicamente los eruditos que lleguen a dominar el significado secreto del Purusha Sûkta (un himno del Rig Veda -en el cual la intuición de los orientalistas modernos ha querido ver “uno de los últimos himnos del Rig Veda”- son los que pueden esperar comprender cuán armoniosas son sus enseñanzas, y cómo corroboran las Doctrinas Esotéricas. Tienen ellos que estudiar, dentro de todo lo abstruso de su sentido metafísico, la revelación que allí hay entre el (Purusha) Hombre (Celeste), sacrificado para la producción del Universo y todo lo que hay en él (59), y el hombre mortal terrestre (60), antes de que comprendan la oculta filosofía del versículo:

    15. El (el “Hombre”, Purusha, o Vishvakarman) tenía siete cercos de leña y tres veces siete capas de combustible; cuando los Dioses ejecutaron el sacrificio, ataron al Hombre como víctima.

    Esto se relaciona con las tres Razas septenarias primordiales, y muestra la antigüedad de los Vedas, que no conocían ningún otro sacrificio, probablemente, en estas primeras enseñanzas orales; y también con los siete grupos primarios de la Humanidad, pues Vishvakarman representa a la Humanidad divina colectivamente (61).
    La misma doctrina se ve reflejada en las otras religiones antiguas. A nosotros debe haber llegado desfigurada y mal interpretada, como sucede con los Parsis que la leen en su Vendidâd y en otras obras, aunque sin comprender las alusiones que contiene mejor que los orientalistas; sin embargo, la doctrina está claramente mencionada en sus obras antiguas (62).
     Comparando la Enseñanza esotérica con las interpretaciones del profesor James Darmesteter, se puede ver, desde luego, dónde radica el error y la causa que lo produjo. El pasaje dice así:

    El Asura (Ahura) indo-iranio era concebido muchas veces como séptuple; por el juego de ciertas fórmulas míticas (?) y la fuerza de ciertos números míticos (?), los antecesores de los indo-iranios habían sido inducidos a hablar de siete mundos (68), y el dios supremo era muchas veces concebido como séptuple, así como los mundos que gobernaba... Los siete mundos se convirtieron en Persia en los siete Karshvare de la tierra; la t ierra está dividida en siete carshvare, uno solo de los cuales es conocido y accesible al hombre, aquél en que vivimos, a saber: Hvaniratha; lo cual equivale a decir que hay siete tierras (64). La mitología Parsi conoce también siete cielos. El Hvaniratha mismo está dividido en siete climas (Orm. Ahr., párrafo 72) (65).

    La misma división y doctrina puede verse en la más antigua y más reverenciada de las escrituras indas, el Rig Veda. En él se mencionan seis Mundos, además de nuestra Tierra; los seis Rajamsi sobre Prithivi, la Tierra, o “este” (Idam) opuesto a “aquél que está más allá” (esto es, los seis Globos en los otros tres planos o Mundos) (66).

    Las itálicas son nuestras para señalar la identidad de las doctrinas con las de la Enseñanza Esotérica, y acentuar el error que se comete. Los Magos o mazdeístas sólo creían en lo que otros pueblos creían, a saber: en siete “Mundos” o Globos de nuestra Cadena Planetaria, de los cuales sólo uno es accesible al hombre, en el tiempo presente, nuestra Tierra; y en la sucesiva aparición y destrucción de siete Continentes o Tierras sobre este nuestro Globo, hallándose cada Continente dividido, en conmemoración de los siete Globos (uno visible y seis invisibles), en siete islas o continentes, siete “climas, etc. Ésta era una creencia común en aquellos días en que la ahora Doctrina Secreta estaba al alcance de todos. Esta multiplicidad de localidades en divisiones septenarias es la que ha hecho que los orientalistas -que se extraviaron aún más por el olvido de las doctrinas primitivas, tanto de los indos no iniciados como de los parsis- se sientan tan confundidos por este número séptuple siempre recurrente, que consideran como “mítico”. Ese olvido de los primeros principios es lo que ha hecho perder a los orientalistas la verdadera pista, y cometer las mayores equivocaciones. El mismo fracaso se ve en la definición de los Dioses. Los que no conocen la Doctrina Esotérica de los primeros arios no pueden asimilarse nunca, ni aun comprender correctamente, el significado metafísico contenido en estos Seres.
    Ahura Mazda (Ormuzd) era la cabeza y síntesis de los siete Amesha Spentas, o Amshaspends, y por tanto, era él mismo un Amesha Spenta. Así como Jehovah-Binah-Elohim era la cabeza y síntesis de los Elohim, y no más, así Agni-Vishnu-Sûrya era la síntesis y cabeza, o el foco de donde emanaban en lo físico y también en lo metafísico, del Sol espiritual, así como del físico, los siete Rayos, las siete Lenguas de Fuego, los Siete Planetas o Dioses. Todos estos se convirtieron en Dioses supremos y en el DIOS UNO, pero sólo después de la pérdida de los secretos primitivos; esto es, después del hundimiento de la Atlántida, o del “Diluvio”, y de la ocupación de la India por los brahmanes, que buscaron la salvación en las cúspides de los Himalayas, pues hasta las altas llanuras de lo que es ahora el Tibet quedaron sumergidas durante cierto tiempo. Ahura Mazda sólo es llamado en el Vendidâd el “Espíritu Benditísimo, Creador del Mundo Corpóreo”. Ahura Mazda, en su traducción literal, significa el “Señor Sabio” (Ahura “señor” y Mazda “sabio”). Además, este nombre de Ahura, Asura en sánscrito, lo relaciona con los Mânasaputras, los Hijos de la Sabiduría que informaron al hombre sin mente y le dotaron con la suya (Manas). Ahura (Asura) puede derivarse de la raíz ah “ser”; pero su primitivo significado es el que indica la Doctrina Secreta.
    Cuando la Geología averigüe cuántos miles de años hace que las perturbadas aguas del Océano Índico llegaron a alcanzar las más altas mesetas del Asia Central, formando un solo mar con el Mar Caspio y el Golfo Pérsico, únicamente entonces conocerán la edad de la nación aria brahmánica existente, así como el tiempo de su descenso a las llanuras del Indostán, que no tuvo lugar hasta miles de años más tarde.
    Yima, el “primer hombre”, así llamado en el Vendidâd, así como su hermano gemelo Yama, el hijo del Manu Vaivasvata, pertenecen a dos épocas de la Historia Universal. Es el Progenitor de la Segunda Raza humana, y por tanto, la personificación de las sombras de los Pitris y el Padre de la Humanidad Postdiluviana. Los Magos decían “Yima” como nosotros decimos el “hombre”, al hablar de la humanidad. El “hermoso Yima”, el primer mortal que conversa con Ahura Mazda, es el primer “hombre” que muere o desaparece, no  el primero que nace. El “hijo de Vivanghat” (67) era, como el hijo de Vaivasvata, el hombre simbólico, que aparecía en el esoterismo como representante de las tres primeras Razas y Progenitor colectivo de las mismas. De estas Razas, las dos primeras nunca murieron (68), sino que sólo desaparecieron, absorbidas en su progenie, y la Tercera conoció la muerte sólo hacia su fin, después de la separación de los sexos y de su “Caída” en la generación. Esto se halla claramente indicado en el Fargard II, del Vendidâd. Yima rehusa ser el portador de la ley de Ahura Mazda, diciendo:

    “Yo no he nacido, yo no he sido enseñado a ser el predicador y portador de tu ley” (69).

    Y entonces Ahura Mazda le pide que haga aumentar sus hombres y que “vele” por su mundo.
    Rehusa ser sacerdote de Ahura Mazda, porque él es su propio sacerdote y sacrificador, pero acepta la segunda proposición. Se le representa contestando:

     “-Sí!... Sí, yo criaré, gobernaré y velaré por tu mundo. Mientras yo sea rey no habrá viento frío, ni viento caliente, ni enfermedades, ni muerte”.

    Entonces Ahura Mazda le trae un anillo de oro y un puñal, emblemas de soberanía.

    Así,  bajo el dominio de Yima, pasaron trescientos inviernos, y la tierra se volvió a llenar de rebaños y ganados, de hombres y perros y pájaros, y de fuegos rojos ardientes.

    Trescientos inviernos significa trescientos períodos o ciclos.
    “Se volvió a llenar”, nótese bien; esto es, todo esto había existido antes en ella;  así queda probado el conocimiento de la doctrina de las sucesivas destrucciones del Mundo y de sus Ciclos de Vida. Concluidos que fueron los “trescientos inviernos”, Ahura Mazda advierte a Yima que la Tierra se está llenando demasiado, y que los hombres no tienen donde vivir. entonces Yima se adelanta, y con ayuda de Spenta Ârmaita, el Genio femenino, o Espíritu de la tierra, hace que esa tierra se extienda y se agrande en un tercio, después de lo cual “aparecieron en ella nuevos rebaños y ganados y hombres”. Ahora Mazda le vuelve a avisar, y Yima, por medio del mismo poder mágico, hace que la Tierra aumente dos terceras partes en tamaño. Pasaron “novecientos inviernos”, y Yima tuvo que ejecutar la ceremonia por tercera vez. Todo es alegórico. Los tres procesos de agrandar la Tierra, se refieren a los tres sucesivos Continentes y Razas, surgiendo una después de otra de sí mismas, como se ha explicado más extensamente en otra parte. Después de la tercera vez, Ahura Mazda advierte a Yima en una asamblea de “dioses celestes” y de “mortales excelentes”, que sobre el mundo material iban a caer los inviernos fatales, y a perecer toda vida. Éste es el antiguo simbolismo mazdeísta del “Diluvio”, y el próximo cataclismo de la Atlántida, que barre todas las razas a su vez. Lo mismo que el Manu Vaivasvata y que Noé, Yima hace un Vara -un encerramiento, un arca- bajo la dirección de Dios, y pone dentro la semilla de todos los seres  vivos, animales y “Fuegos”.
    De esta “Tierra” o nuevo Continente fue Zarathushtra el legislador y gobernante. Ésta fue la Cuarta Raza en sus principios, después que los hombres de la Tercera Raza principiaron a desaparecer. Hasta entonces, como se dijo antes, no había habido muerte regular, sino sólo una transformación, pues los hombres no tenían todavía personalidad. Tenían Mónadas -”Soplos” del Aliento Uno, tan impersonales como la fuente de donde procedían. Tenían cuerpos, o más bien sombras de cuerpos, que eran impecables, y por tanto sin Karma. Así, como no había Kâma Loka - y mucho menos Nirvâna, ni siquiera Devachan -, pues las “almas” de los hombres no tenían Egos personales, no podía haber períodos intermedios entre las encarnaciones. Lo mismo que el Fénix, el hombre primordial resucitaba pasando de su cuerpo viejo a uno nuevo. Cada vez, y con cada nueva generación, se hacía más sólido, más perfecto físicamente, con arreglo a la ley de la evolución que es la Ley de la Naturaleza. La muerte vino con el organismo físico completo, y con él, la decadencia moral.
    Esta explicación muestra una vez más a la antigua religión de acuerdo, en su simbología, con la Doctrina Universal.
    En otra parte exponemos las tradiciones persas más antiguas, las reliquias del mazdeísmo de los Magos más antiguos aún, explicando algunas de ellas. La Humanidad no procedió de una sola pareja solitaria. Ni nunca hubo un primer hombre (ya fuese Adán o Yima), sino una primera humanidad.
    Puede esto ser o no, “poligenismo atenuado”. Dado que tanto la Creación ex nihilo (un absurdo), como un Creador o Creadores sobrehumanos (un hecho) son rechazados por la Ciencia, el poligenismo no presenta más dificultades ni inconvenientes (sino más bien menos, desde un punto de vista científico) que el monogenismo.
    De hecho, ello es tan científico como otro cualquier aserto. Pues en su introducción a Types of Manfind, de Nott y Gliddon, Agassiz declara su creencia en un número indefinido de “razas primordiales de hombres creados separadamente”; y observa que, “mientras que en cada departamento zoológico los animales son de diferentes especies, el hombre, a pesar de la diversidad de sus razas, siempre es uno y el mismo ser humano”.
    El Ocultismo define y limita el número de las razas primordiales a siete, a causa de los Siete “Progenitores” o Prajâpatis, los desarrolladores de seres. Estos no son Dioses, ni seres sobrenaturales, sino espíritus adelantados de otro Planeta inferior, renacidos en este Planeta,  que dieron a su vez nacimiento, en la Ronda presente, a la humanidad actual. Esta doctrina es también corroborada por los gnósticos, uno de sus ecos. En su antropología y génesis del hombre, enseñaban estos que “cierto grupo de siete Ángeles” formó los primeros hombres, que no eran más que formas, como sombras gigantescas y sin sentido, “un mero gusano que se retorcía” (!) escribe Irineo (70), quien, como siempre, toma la metáfora por realidad.

D
EL SEPTENARIO EN LAS OBRAS EXOTÉRICAS

    Podemos examinar ahora otras antiguas escrituras, y ver si contienen la clasificación septenaria; y de ser así, hasta qué punto.
    Esparcidos en miles de otros textos sánscritos, unos aún sin abrir, otros todavía desconocidos, así como en todos los Purânas, tanto, si no mucho más, que en la misma Biblia judía, los números siete y cuarenta y nueve (7 x 7)  representan un papel de lo más prominente. En los Purânas se les encuentra desde en las siete Creaciones de los primeros capítulos, hasta en los siete Rayos del Sol en el Pralaya final, que se dilatan convirtiéndose en siete Soles y absorben el material de todo el Universo. He aquí cómo se expresa el Matsya Purâna:

    A fin de promulgar los Vedas, Vishnu, en el principio de un Kalpa, refirió a Manu la historia de Narisimha y los sucesos de siete Kalpas (71).
   
    Luego dice también el mismo Purâna que:

    En todos los Manvántaras, las clases de Rishis (72) aparecen por siete y siete, y después de establecer un código de ley y de moralidad, parten para la dicha (73).

    Los Rishis, además, representan muchas otras cosas, aparte de ser sabios vivientes.
    En la traducción del Atharva Veda del doctor Muir, leemos:

    1. El Tiempo nos lleva adelante; corcel con siete rayos, mil ojos, infatigable, lleno de fecundidad. Sobre él montan los sabios inteligentes; sus ruedas son todos los mundos.
    2. Así el Tiempo marcha sobre siete ruedas; tiene siete naves; la inmortalidad es su eje. Él es ahora todos estos mundos. El Tiempo apresura hacia adelante al primer Dios.
    3. El Tiempo contiene un recipiente lleno. Lo vemos existiendo en muchas formas. Él es todos estos mundos en el futuro. ellos le llaman “el Tiempo en los más elevados Cielos” (74).

    Ahora añádase a esto el siguiente versículo de los Libros Esotéricos:
    El Espacio y el Tiempo son uno. El Espacio y el Tiempo no tienen nombre, pues son el AQUELLO incognoscible que sólo puede percibirse por medio de sus siete Rayos - los cuales son las siete Creaciones, los siete Mundos, las siete Leyes, etc.
    Teniendo presente que los Purânas insisten sobre la identidad de Vishnu con el Tiempo y el Espacio (75), y que hasta el símbolo rabínico de Dios es MAQOM, el “Espacio” se ve claro por qué, para los fines de una Deidad manifestada -Espacio, Materia y Espíritu- el Punto central uno se convirtió en el Triángulo y en el Cuaternario -el Cubo perfecto-, por tanto, en siete. Hasta el Viento Pravaha -la fuerza mística y oculta que impulsa y regula el curso de las estrellas y planetas- es septenario. Los Purânas Kûrma y Linga enumeran siete vientos principales de ese nombre, vientos que son los principios del Espacio Cósmico (76). Están ellos íntimamente relacionados con Dhruva (77) (ahora Alfa), la Estrella Polar, la que a su vez está relacionada con la producción de varios fenómenos, por medio de las fuerzas cósmicas.
    Así, pues, desde las siete creaciones, siete Rishis, Zonas, Continentes, Principios, etc., de las Escrituras arias, el número ha pasado a través del pensamiento místico indo, egipcio, caldeo, griego, judío, romano y finalmente cristiano, hasta que se fijó, y permaneció indeleblemente impreso, en todas las teologías exotéricas. Los siete libros antiguos robados del Arca de Noé por Cam y dados a Cush, su hijo; y las siete Columnas de Bronce de Cam y Cheiron, son un reflejo y un recuerdo de los siete Misterios primordiales instituidos con arreglo a las “siete Emanaciones secretas”, los siete Sonidos y siete Rayos - los modelos espirituales y siderales de las siete mil veces siete copias de ellos en evos posteriores.
    El número misterioso es también prominente en los no menos misteriosos Maruts. El Vâyu Purâna muestra, y el Harivamsha lo corrobora, respecto de los Maruts - los más antiguos, así como los más incomprensibles de todos los Dioses inferiores o secundarios del Rig Veda:

    Que ellos nacen en cada Manvántara (Ronda), siete veces siete (o cuarenta y nueve); que en cada Manvántara, cuatro veces siete (o veintiocho) obtienen la emancipación; pero que sus sitios son ocupados por personas que renacen con este carácter (78).

    ¿Qué son los Maruts en su significado esotérico, y quiénes esas personas “renacidas con tal carácter?” En el Rig y en otros Vedas se representa a los Maruts como los Dioses de la Tempestad y los amigos y aliados de Indra; son ellos los “Hijos del Cielo y de la Tierra”. Esto indujo a una alegoría que los hace hijos de Shiva, el gran patrón de los Yogis:

    El Mahâ Yogi, el gran asceta, en quien está concentrada la perfección más elevada de austera penitencia y meditación abstracta, por cuyo medio se alcanzan los poderes más ilimitados, y se producen maravillas y milagros, se adquieren los conocimientos espirituales más elevados, y se alcanza eventualmente la unión con el gran espíritu del universo (79).

    En el Rig Veda el nombre Shiva es desconocido; pero el Dios correspondiente es llamado Rudra, nombre empleado para Agni, el Dios del Fuego, y los Maruts son llamados sus hijos. En el Râmâyana y en los Purânas, su madre, Diti - la hermana o complemento, y una forma de Aditi -, deseando tener un hijo que destruyese a Indra, Kashyapa, el Sabio, le dijo que si llevaba en su seno a la criatura, “con pensamientos por completo piadosos y persona absolutamente pura, durante cien años” (80), tendría al hijo. Pero Indra la hace fracasar en su designio. Con su tonante rayo divide al embrión en su seno en siete partes, y luego divide cada una de éstas en siete pedazos, los cuales se convierten en las veloces deidades, los Maruts (81).Estas deidades sólo son otro aspecto, o un desarrollo, de los Kumâras, los cuales son patronímicamente Rudras, lo mismo que muchos otros (82).
    Diti, siendo Aditi -a menos que se nos pruebe lo contrario-; Aditi, decimos, o el Âkâsha en su forma más elevada, es el séptuple Cielo egipcio. Todo verdadero Ocultista comprenderá lo que esto significa. Diti, repetimos, es el sexto principio de la Naturaleza metafísica, el Buddhi del Âkâsha. Diti, la Madre de los Maruts, es una de sus formas terrestres, hecha para representar a la vez el Alma Divina en el asceta y las aspiraciones divinas de la humanidad mística hacia la liberación de las redes de Mâyâ, y la consiguiente dicha eterna. Indra está ahora degradado por razón del Kali Yuga, cuando tales aspiraciones no son ya generales; sino que se han hecho anormales a causa de la difusión general de Ahamkâra, el sentimiento del Egoísmo o “I-am-ness” y de la ignorancia; pero en el principio, Indra era uno de los Dioses más grandes del Panteón indo, como lo demuestra el Rig Veda. Surâdhipa, el “Jefe de los dioses”, ha caído desde Jishnu, el “Jefe de la Hueste Celeste” -el San Miguel indo- al papel de adversario del ascetismo, enemigo de toda aspiración santa. Se le muestra casado con Aindri (Indrâni), la personificación de Aindriyaka, la evolución del elemento de los sentidos, con quien se casó “a causa de sus atractivos voluptuosos”; después de lo cual, principió a enviar demonios femeninos celestes para que excitasen las pasiones de los hombres santos, Yogis, y “los distrajesen de las grandes penitencias que temía”. Por lo tanto, Indra, caracterizado ahora como “dios del firmamento, la atmósfera personificada” -es en realidad el principio cósmico Mahat, y el quinto principio humano, Manas en su aspecto dual-, relacionado con Buddhi y arrastrado por el principio Kâma, el cuerpo de pasiones y deseos. Esto es demostrado al decir Brahmâ al Dios vencido que sus frecuentes derrotas eran debidas a Karma, y eran un castigo por su licencia y la seducción de varias ninfas. Con este último carácter es como trata de salvarse, destruyendo la futura “criatura” destinada a vencerlo: la criatura, por supuesto, que alegoriza la voluntad firme y divina del Yogi, determinado a resistir todas estas tentaciones y a destruir así las pasiones en su personalidad terrestre. Indra triunfa también, porque la carne vence al espíritu (83). Divide él al “embrión” (del nuevo Adeptado divino, engendrado por los Ascetas de la Quinta Raza Aria) en siete partes (lo cual es una alusión, no sólo a las siete subrazas de la nueva Raza-Raíz, en cada una de las cuales habrá un Manu (84), sino también a los siete grados del Adeptado), y luego cada parte en siete pedazos - refiriéndose a los Manu-Rishis de cada Raza-Raíz, y hasta de las subrazas.
    No parece difícil percibir lo que significan los Maruts que obtienen “cuatro veces siete” emancipaciones en cada Manvántara, y esas personas que renacen con ese carácter, esto es con el de los Maruts, en su significado esotérico, y que “ocupan su sitio”. Los Maruts representan: a) las pasiones tempestuosas desencadenadas en el pecho de cada candidato, cuando se prepara para la vida ascética -esto místicamente; b) las potencias Ocultas, escondidas en los múltiples aspectos de los principios inferiores del Âkâsha- representando su cuerpo, o sthûla sharîra, la atmósfera inferior terrestre de todo Globo habitado - esto mística y sideralmente; c) existencias conscientes, seres de una naturaleza cósmica y física.
    Por otra parte, Maruts, en el lenguaje oculto, es uno de los nombres que se dan a los EGOS de los grandes Adeptos que han partido y que son conocidos como Nirmânakâyas; de esos Egos para quienes -desde el momento en que se hallan fuera de toda ilusión- no hay Devachan, los cuales, habiendo renunciado voluntariamente al Nirvâna en bien de la humanidad, o que no habiéndole alcanzado todavía, permanecen invisibles en la Tierra. Por tanto, se muestra a los Maruts (85), primero, como hijos de Shiva-Rudra, el Yogi Patrón, cuyo tercer Ojo (místicamente) tiene que ser adquirido por el Asceta antes de convertirse en Adepto; luego en su carácter cósmico, como subordinados de Indra y adversarios suyos, bajo diversos caracteres. Las “cuatro veces siete” emancipaciones aluden a las cuatro Rondas, así como a las cuatro Razas que precedieron a la nuestra, en cada una de las cuales han renacido Maruta-Jivas (Mónadas), que hubieran obtenido la liberación final si hubiesen querido aprovecharse de ella. Pero en lugar de esto, por amor al bien de la humanidad, que lucharía aún desamparada, en las redes de la ignorancia y de la desgracia si no fuera por esta ayuda extraordinaria, renacen una y otra vez “con aquel carácter”, ocupando así sus propios sitios”. Quiénes son ellos “en la Tierra, lo sabe todo estudiante de la Ciencia Oculta. Así como sabe que los Maruts son Rudras, entre los cuales está también incluida la familia de Tvashtri, un sinónimo de Vishvakarman, el gran Patrón de los Iniciados. esto nos da un amplio conocimiento acerca de su verdadera naturaleza.
    Lo mismo acontece con la división septenaria del Kosmos y los principios humanos. Los Purânas, juntamente con otros textos sagrados, están llenos de alusiones sobre esto. En primer término, el Huevo del Mundo que contenía a Brahmâ, o al Universo, estaba revestido externamente con siete elementos naturales, al principio enumerados vagamente como agua, Aire, Fuego, Éter y tres elementos secretos; luego el “Mundo” se dice que está “cercado por todos lados” por siete elementos, también dentro del Huevo - como se ha explicado:

    El mundo está cercado por todos lados y arriba y abajo, por la cáscara del huevo (de Brahmâ) (Andakatâha) (86).

    Alrededor de la cáscara fluye el Agua, la cual está rodeada de Fuego; el Fuego por el Aire; el Aire por el Éter; el Éter por el Origen de los Elementos (Ahamkâra); este último por la Mente Universal, o “Inteligencia”, según traduce Wilson. Se refiere ello tanto a las Esferas del Ser como a los Principios. Prithivi no es nuestra Tierra, sino el Mundo, el Sistema Solar, y significa “vasto”, el “anchuroso”. En los Vedas -la más grande de todas las autoridades, aunque es necesaria una clave para poder leerlos correctamente- se mencionan tres Tierras celestes que fueron llamadas a la existencia simultáneamente con Bhûmi, nuestra Tierra. Se nos ha dicho muchas veces que  es seis, y no siete, el número de esferas, principios, etc. Contestamos que, efectivamente, sólo hay seis principios en el hombre; toda vez que su cuerpo no es principio alguno, sino la cubierta, o corteza, de un principio. Lo mismo sucede con la Cadena Planetaria; en esta Cadena, esotéricamente hablando, la Tierra -así como también el séptimo, o más bien el cuarto plano, que se presenta como el séptimo, si contamos desde el primer triple reino de los Elementales que principian su formación- puede no ser tomada en cuenta, aunque es (para nosotros) el único cuerpo visible de los siete. El lenguaje del Ocultismo es variado. Pero suponiendo que sólo son tres, en lugar de siete, las Tierras que se mencionan en los Vedas, ¿qué son estas tres, cuando nosotros no conocemos más que una? Es evidente que debe de haber un significado Oculto en este punto. Veámosle. La “Tierra que flota” en el Océano Universal del Espacio, y que Brahmâ en los Purânas divide en siete Zonas, es Prithivi, el Mundo dividido en siete principios - una división cósmica que parece bastante metafísica en sus efectos Ocultos, pero que es física en realidad. Muchos Kalpas después, se nombra a nuestra Tierra, la cual es también, a su vez, dividida en siete Zonas con arreglo a la ley de analogía que guiaba a los antiguos filósofos. Después de esto vemos en ella siete Continentes, siete Islas, siete Océanos, siete Mares y Ríos, siete Montañas, siete Climas, etc. (87).
    Además, no es sólo en las escrituras y filosofías indas donde se encuentran referencias a las siete Tierras,  sino también en las cosmogonías persa, fenicia, caldea y egipcia, y hasta en la misma literatura rabínica. El Fénix (88) -llamado por los hebreos Onech  á tá , de Phenoch, Enoch, símbolo de un ciclo secreto e iniciación, y por los turcos, Kerkes- vive mil años, después de los cuales enciende una llama y se consum e a sí propio; y luego, renacido de sí mismo, vive otros mil años, hasta siete veces siete (89), en que llega el Día del Juicio. Las “siete veces siete”, o cuarenta y nueve, son una alegoría transparente, y una alusión a los cuarenta y nueve Manus, las siete Rondas y las siete veces siete Ciclos humanos en cada Ronda sobre cada Globo. El Kerkes y el Onech representan un  Ciclo de Raza, y el Árbol místico Ababel, el “Árbol Padre” de Qurán, produce nuevas ramas y vegetación a cada resurrección del Kerkes o Fénix; significando el “Día del Juicio” un Pralaya menor. El autor de Book of God y del Apocalipsis cree que:

    El Fénix es... muy claramente lo mismo que la Simorgh de los romances persas; y lo que refieren de esta última ave establece aún más decisivamente la opinión de que la muerte y resurrección del Fénix indica la destrucción y reproducción sucesiva del mundo, que muchos creen tiene lugar por medio de un diluvio de fuego (y también uno de agua por turno). Cuando preguntaron a Simorgh su edad, participó a Caherman que este mundo es muy antiguo, pues ha sido ya vuelto a poblar siete veces, con seres distintos de los hombres, y otras siete veces despoblado (90); que la edad de la especie humana en que ahora nos encontramos tiene que durar siete mil años, y que por su parte ha visto doce de estas revoluciones, y no sabía cuántas más tenía que ver (91).

    Lo anterior, sin embargo, no es nada nuevo. Desde Bailly, en el siglo pasado, hasta el doctor Kenealy en el presente, estos hechos han sido observados por un cierto número de escritores; pero ahora puede establecerse una relación entre el oráculo persa y el profeta Nazareno. El autor del Book of God dice:

    Simorgh es en realidad lo mismo que el Singh alado de los indos y que la Esfinge de los egipcios. Se dice que la primera aparecerá al fin del mundo... (como un) león-Ave monstruoso... De estos han tomado los rabinos sus mitos de una enorme Ave, que algunas veces está en tierra y otras veces anda en el Océano... al paso que su cabeza sostiene el firmamento; y con el símbolo, han adoptado también la doctrina a que se relaciona. Enseñan ellos que habrá siete renovaciones sucesivas del globo; que cada sistema reproducido durará siete mil años (?) y que la duración total del Universo será de 40.000 años. Esta opinión, que envuelve la doctrina de la preexistencia de cada criatura renovada, pueden haberla aprendido durante la cautividad babilónica, o puede haber sido una parte de la religión primordial que sus sacerdotes habían conservado desde tiempos remotos (92).

    Ella muestra más bien que los judíos iniciados tomaron de otros el significado, que después perdieron sus sucesores no iniciados, los talmudistas, los cuales aplicaron las siete Rondas, y las cuarenta y nueve Razas, etc., erróneamente.
    No sólo sus sacerdotes, sino los de todos los demás países. Los gnósticos, cuyas diversas enseñanzas son los múltiples ecos de la doctrina universal y primitiva, pusieron los mismos números, bajo otra forma, en boca de Jesús, en la muy oculta Pistis Sophia. Decimos más: hasta el mismo editor o autor cristiano del Apocalipsis ha conservado esta tradición, y habla de las siete RAZAS, cuatro de las cuales, con parte de la quinta, han pasado, y dos están por venir. Esto está dicho tan claro como es posible. He aquí cómo se expresa el Ángel:

    He aquí la mente que tiene sabiduría. Las siete cabezas son siete montañas, sobre las cuales la mujer se asienta. Y hay siete reyes; cinco han caído y uno existe, y el otro no ha llegado aún (93).

    ¿Quién no ve, por poco que conozca el lenguaje simbólico de antaño, en los cinco Reyes que han caído, a las cuatro Razas-Raíces que han existido, y parte de la Quinta en el que existe; y en el otro, que “no ha llegado aún”, a las Razas-Raíces Sexta y Séptima futuras, así como también a las subrazas de esta nuestra Raza presente? En otro lugar de la Parte III (94) se verá otra alusión aún más patente a las siete Rondas y a las cuarenta y nueve Razas-Raíces , en el Levítico.


E


EL SIETE EN LA ASTRONOMÍA, LA CIENCIA Y LA MAGIA


    También está el número siete íntimamente relacionado con el significado Oculto de las Pléyades, esas siete hijas de Atlas, “las seis presentes, la séptima oculta”. En la India están relacionadas con su criatura, el Dios de la Guerra, Kârtikeya. Las pléyades (en sánscrito, Kreittikâs) son las que dieron este nombre al Dios, siendo Kârtikeya el planeta Marte, astronómicamente. Como Dios, es el hijo de Rudra, nacido sin intervención de mujer. Es él también Kumâra, un “joven virgen” generado en el fuego de la semilla de Shiva -el espíritu Santo- y por eso llamado Agni-bhú. El difunto doctor Kenealy creía que, en la India, era Kârtikeya el símbolo secreto del Ciclo de los Naros,  compuesto de 600, 666 y 777 años, según los que se contaran fueran años solares o lunares, divinos o mortales; y que las seis hermanas visibles, o las siete efectivas, las Pléyades, son necesarias para el complemento de este símbolo, el más secreto y misterioso de todos los símbolos astronómicos y religiosos. Por tanto, cuando se proponían conmemorar un suceso particular, mostrábase antiguamente a Kârtikeya como un Kumâra, un Asceta, con seis cabezas - una por cada uno de los siglos del Naros. Cuando se aplicaba el simbolismo a otro suceso, entonces, en conjunción con las siete hermanas siderales, vese a Kârtikeya acompañada por Kaumâri, o Senâ, su aspecto femenino. Entonces va él montado en un pavo real, el ave de la Sabiduría y del Conocimiento Oculto, y el Fénix hindú, cuya relación griega con los 600 años de los Naros es bien conocida. Sobre su frente hállase una estrella de seis líneas (el doble triángulo), una Svastika, una corona de seis puntas y a veces de siete; la cola del pavo real representa los ciclos siderales; y los doce signos del Zodíaco están ocultos en su cuerpo; por lo cual se le llama también Dvâdashakara, el de “doce manos”, y Dvâdashâksha, el de “doce ojos”. Sin embargo, alcanza mayor fama bajo el aspecto de Shakti-dhara, el “lancero” y conquistador de Târaka, Târaka-jit.
    Como los años de los Naros se cuentan en la India de dos maneras: por cien “años de los dioses” (años divinos) o por cien “años mortales”, se ve la inmensa dificultad que tienen los no iniciados para llegar a la comprensión exacta de este ciclo, que representa un papel tan importante en el Apocalipsis de San Juan. Es el verdadero ciclo apocalíptico, porque es de diversas duraciones y se relaciona con varios sucesos prehistóricos. En ninguna de las muchas especulaciones acerca de él hemos visto más que unas pocas aproximaciones a la verdad.
    Contra la duración pretendida por los babilonios para sus edades divinas, se ha argüido que Suidas muestra a los antiguos contando los días como años, en sus computaciones cronológicas. El doctor Sepp apela a Suidas y a su autoridad en su ingenioso plagio, que ya hemos expuesto, de los números indos 432. Ellos dan estos en miles y millones de años, la duración de sus Yugas; pero Sepp los empequeñece a 4.320 años lunares (95), “antes del nacimiento de Cristo”, como “preordenados” en los cielos siderales, además de en los invisibles y probados “con la aparición de la Estrella de Belén”. Pero Suidas no tenía otra garantía de sus asertos que sus propias especulaciones, y él no era un Iniciado. Cita él como una prueba a Vulcano, y lo presenta reinando 4.477 años, o 4.477 días, según él cree, o también convertidos en años, 12 años, 3 meses y 7 días; sin embargo, en su original tiene 5 días, cometiendo así un error aún en este cálculo tan fácil (96). Es verdad que hay otros escritores antiguos, culpables de parecidas engañosas especulaciones; Calistenes, por ejemplo, que asigna a las observaciones astronómicas de los caldeos sólo 1.903 años, mientras Epigenes les reconoce 720.000 años (97). Todas estas hipótesis hechas por escritores profanos son debidas a una mala inteligencia. La cronología de los pueblos occidentales, los antiguos griegos y romanos, fue tomada de la India. Ahora bien; en la edición tamil del Bhagavadam se dice que 15 días solares hacen un Paccham; dos Pacchams, o 30 días, hacen un mes de los mortales, el cual sólo es un día de los Pitara Devatâ o Pitris. además, 2 de estos meses constituyen un Rûdû, 3 Rûdûs un Ayanam, y 2 Ayanams un año de los mortales, el cual es sólo un día de los Dioses. De estas enseñanzas mal comprendidas, han imaginado algunos griegos que todos los sacerdotes iniciados habían transformado los días en años.
    Este terror de los antiguos escritores griegos y latinos produjo sus resultados en Europa. A fines del siglo pasado y principios del presente, Bailly, Dupuis y otros, confiando en los relatos intencionalmente mutilados de la cronología inda, traída de la India por ciertos misioneros poco delicados y demasiado fogosos, construyeron una teoría, por completo fantástica, sobre el asunto. Porque los hindúes habían hecho una medida de tiempo de la media revolución de la luna; y porque en la literatura inda se menciona un mes compuesto de sólo quince días, del cual habla Quinto Curcio (98), se convierte por ello en hecho comprobado, que su año fuera sólo medio año, ¡cuando no se le llamaba un día! Los chinos dividían también su Zodíaco en veinticuatro partes, y por tanto, su año en veinticuatro quincenas; pero tales computaciones no les impedía ni les impide tener un año astronómico exactamente como el nuestro. Aún hoy tienen ellos también en algunas provincias un período de 60 días - el Rûdû de la India del Sur. Por otra parte, Diodoro de Sicilia (99) cita los “treinta días del año egipcio”, o el período en que la luna ejecuta una revolución completa. Plinio y Plutarco (100) hablan ambos de ello; pero, ¿es razonable sostener que los egipcios, que conocían la Astronomía tan bien como cualquier otra nación, hicieran consistir el mes lunar de 30 días, cuando sólo tiene 28 días y fracciones? Este período lunar tenía seguramente un significado oculto, lo mismo que lo tenían el Ayanam y el Rûdû de los indos. El año de 2 meses de duración, y también el período de 60 días, eran una medida universal de tiempo en la antigüedad, según el mismo Bailly muestra en su Traité de l’Astronomie Indienne et Orientale. Los chinos, según sus propios libros, dividían su año en dos partes, de un equinoccio al otro (101); los árabes dividían antiguamente el año en seis estaciones, compuesta cada una de dos meses; en la obra astronómica china llamada Kioo-tche se dice que dos lunas constituyen una medida de tiempo, y seis medidas un año; y hasta hoy día los aborígenes de Kamschatka tienen sus años de seis meses, como los tenían cuando los visitó el Abate Chappe (102). Pero ¿es todo esto una razón para pretender que cuando los Purânas indos dicen un año solar, signifique ello un solo día solar?
    El conocimiento de las leyes naturales que hacían del siete el número fundamental de la naturaleza, por decirlo así, en el mundo manifestado, o en todo caso, en nuestro presente ciclo de vida terrestre, y la maravillosa comprensión de su funcionamiento, era lo que descubría a los antiguos tantos misterios de la Naturaleza. Estas leyes y sus procesos en los planos sideral, terrestre y moral son también los que permitían a los antiguos astrónomos  calcular exactamente la duración de los ciclos y sus efectos respectivos sobre la marcha de los sucesos: el anotar de antemano -profetizar, según se dice- la influencia que tendrían en el curso y desarrollo de las razas humanas. El Sol, la Luna y los Planetas, siendo los medidores infalibles del tiempo, cuya potencia y periodicidad eran bien conocidas, se convirtieron así, respectivamente, en el gran regente y gobernantes de nuestro pequeño sistema, en todos sus siete dominios o “esferas de acción” (103).
    Esto ha sido tan evidente y notable, que aun a muchos de los hombres de ciencia modernos, tanto materialistas como místicos, les ha llamado la atención esta ley. Físicos y teólogos, matemáticos y psicólogos, han llamado repetidamente la atención del mundo hacia este hecho de la periodicidad en la conducta de la “Naturaleza”. Los Comentarios explican estos números en los términos siguientes:

    El Círculo no es el “Uno” sino el TODO.
    En el (Cielo) superior, el Rajah (104) impenetrable (el Círculo) se convierte en Uno, porque (es) lo indivisible, y no puede haber Tau en él.
    En el segundo (de los tres Rajâmsi, o los tres “Mundos”), el Uno se convierte en Dos (macho y hembra) y Tres (con el Hijo o Logos), y los Cuatro Sagrados (la Tetraktys o Tetragrammaton).
    En el tercero (el Mundo inferior o nuestra Tierra), el número se convierte en Cuatro, y Tres, y Dos. Toma los dos primeros y obtendrás Siete, el número sagrado de la vida; mezcla (el último) con el Rajah medio, y tendrás Nueve, el número sagrado del SER y del DEVENIR (105).
    Cuando los orientalistas occidentales hayan dominado el verdadero significado de las divisiones del Mundo del Rig Veda -la división doble, la triple, la séxtuple y séptuple, y especialmente la novenaria- el misterio de las divisiones cíclicas aplicadas al Cielo y a la Tierra, a los Dioses y a los Hombres, será para ellos más claro que lo que es ahora. Porque:

    Hay una armonía de los números en toda la naturaleza; en la fuerza de la gravedad; en los movimientos planetarios; en las leyes del calor, de la luz, de la electricidad y de la afinidad química; en las formas de los animales y plantas; en las percepciones de la mente. La dirección, en efecto, de la ciencia natural y física moderna, va hacia una generalización que exprese las leyes fundamentales de todo, por medio de una simple razón numérica. Nos referimos a Philosophy of the Inductive Sciences, del profesor Whewell, y a las investigaciones de Mr. Hay, en las leyes del colorido y de la forma armoniosos. De éstas se desprende que el número siete se distingue en las leyes que regulan la percepción armónica de las formas, colores y sonidos, y probablemente también del gusto, si pudiésemos analizar nuestras sensaciones de esta clase con exactitud matemática (106).

    Tan es así, en verdad, que más de un médico se ha encontrado azorado ante la repetición periódica septenaria de los ciclos en la subida y descenso de varias dolencias, y los naturalistas se han sentido completamente desconcertados para explicarse esta ley.

    El nacimiento, desarrollo, madurez, funciones vitales, revoluciones saludables del cambio, enfermedades, decaimiento y muerte de los insectos, reptiles, peces, aves, mamíferos y hasta del hombre están más o menos regidos por una ley de cumplimiento en  semanas (o siete días) (107).

    El doctor Laycock, escribiendo sobre la “Periodicidad de los Fenómenos Vitales” (108), anota un “notabilísimo ejemplo y confirmación de la ley, en los insectos” (109).
    A todo lo cual Mr. Grattan Guinness observa muy oportunamente, al defender la cronología bíblica:

    Y la vida del hombre... es una semana, una semana de décadas. “El número de nuestros años son tres veintenas más diez”. Combinando el testimonio de todos estos hechos, nos vemos obligados a admitir que en la naturaleza orgánica prevalece una ley de periodicidad septiforme, una ley de cumplimiento en semanas (110).

    Sin aceptar las conclusiones, y especialmente las premisas del sabio fundador de “The East London Institute for Home and Foreing Mission”, la escritora acepta y da la bienvenida a sus investigaciones en la cronología Oculta de la Biblia; precisamente como,  al paso que rechazamos las teorías, hipótesis y generalizaciones de la Ciencia Moderna, nos inclinamos ante sus grandes conquistas en el mundo de lo físico, o en todos los detalles menores de la naturaleza material.
    Segurísimamente hay en “la escritura hebrea un sistema cronológico” oculto que la Kabalah garantiza; además hay en ella “un sistema de semanas”, basado en el sistema indo arcaico, que puede encontrarse aún en el antiguo Jotisha (111). Y hay en ella ciclos de la “semana de días”, de la “semana de meses”, de años, de siglos y hasta de milenios, y aun más, de la “semana de años de años” (112). Pero todo esto puede encontrarse en la Doctrina Arcaica. Y si el origen común de la cronología de todas las escrituras, por más velado que esté, se niega en el caso de la Biblia; entonces tendrá que indicarse cómo, ante los seis días y el séptimo (un Sábado), puede eludirse el relacionar la cosmogonía genética con las puránicas. Porque la primera “semana de la creación” muestra lo septiforme de su cronología y la relaciona así con las “siete creaciones” de Brahmâ. El hábil libro debido a la pluma de Mr. Grattan Guinness, en el cual ha reunido en unas 760 páginas todas las pruebas de este cálculo septiforme, es una buena prueba. Pues si la cronología bíblica está, como él dice, “regulada por la ley de semanas”, y si es septenaria, cualesquiera que sean las medidas de la semana de la  creación y la duración de sus días; y si, finalmente, “el sistema de la Biblia incluye semanas en una gran variedad de escalas”, entonces se prueba que ese sistema es idéntico a todos los sistemas paganos. Además, el haber querido mostrar que transcurrieron 4.320 años en meses lunares entre la “Creación” y la “Natividad”, es una relación clara e inequívoca con los 4.320.000 años de los Yugas indos. de otro modo, ¿por qué esforzarse tanto en probar que estas cifras, que son eminentemente caldeas e indo-arias, representan el mismo papel en el Nuevo Testamento? Esto lo probaremos de un modo aún más concluyente.
    Que el crítico imparcial compare los dos relatos -el Vishnu Purâna y la Biblia- y verá que las “siete creaciones” de Brahmâ son el fundamento de la “semana de la creación” del Génesis. Las dos alegorías son distintas, pero los dos sistemas están construidos sobre la misma piedra fundamental. La Biblia sólo puede comprenderse a la luz de la Kabalah. Véase el Zohar, el “Libro del Misterio Oculto”, por más desfigurado que ahora se halle, y compárese. Los siete Rishis y los catorce Manus, de los siete Manvántaras, salen de la cabeza de Brahmâ; son ellos sus “Hijos nacidos de la Mente”, y con ellos principia la división de la humanidad en sus Razas que vienen del Hombre Celeste, el Logos manifestado, que es Brahmâ Prajâpati. Hablando del “Cráneo” (la Cabeza) del Macroprosopus, el Anciano (113) (en sánscrito Sanat es un nombre de Brahmâ), el Ha Idra Babba Quadisha, o “Santa Asamblea Mayor” dice que en cada uno de sus cabellos “está escondida una fuente que brota del cerebro oculto”.

    Y  ella brilla y pasa por ese cabello al cabello del Microprosopus, y de éste (que es el Cuaternario manifestado, el Tetragrammaton) se forma su cerebro; y de aquí ese cerebro parte en treinta y en dos senderos (o la Tríada y la Duada, o también 432).

    Y además:

    Existen trece rizos de pelo en uno y otro lado de la cabeza (esto es, seis en un lado y seis en otro, siendo el trece también el catorce, por ser macho-hembra);... y por ellos principia la división del cabello (la división de las cosas, de la humanidad y de las razas) (114).

    “Nosotros seis somos luces que brillan desde una séptima (luz)”, dice Rabi Abba; “tú eres la séptima luz” -la síntesis de todos nosotros- añade hablando del Tetragrammaton y de sus siete “compañeros”, a quienes llama los “ojos del Tetragrammaton” (115).
    El TETRAGRAMMATON es Brahmâ Prajâpati, que asumió cuatro formas a fin de crear cuatro clases de criaturas supremas, esto es, se hizo cuádruple, o el Cuaternario manifestado (116) ; después de lo cual renació en los siete Rishis, sus Mânasaputras, “Hijos nacidos de la Mente”, que más tarde se convirtieron en nueve, veintiuno y así sucesivamente, y todos los cuales se dice que nacieron de varias partes de Brahmâ (117).
    Hay dos Tetragrammatons: el Macroprosopus y el Microprosopus. El primero es el Cuadrado perfecto absoluto, o la Tetraktys dentro del Círculo, ambos conceptos abstractos, y por tanto, se le llama Ain -No ser, esto es, la “deidad” ilimitada o absoluta. Pero cuando se le considera como Microprosopus, o el Hombre Celeste, el Logos Manifestado, es el Triángulo en el Cuadrado - el Cubo séptuple, no el cuádruple o el Cuadrado plano. Porque en “La Santa Asamblea Mayor” está escrito:

    Y respecto de esto, los hijos de Israel deseaban inquirir en sus corazones (conocer en sus mentes) lo mismo que está escrito en el Éxodo, XVII, 7: “¿Está el Tetragrammaton en medio de nosotros, o el Uno Existente negativamente?” (118).

    ¿En dónde distinguían entre el Microprosopus, llamado Tetragrammaton, y el Macroprosopus, llamado Ain, el Existente negativamente? (119).
    Por tanto, el Tetragrammaton es el TRES hecho cuatro y el CUATRO hecho tres, y está representado en esta Tierra por sus siete “Compañeros”, u “Ojos” - los “siete ojos del Señor”. El Microprosopus es, a lo más sólo una Deidad secundaria manifestada. Pues “La Santa Asamblea Mayor” dice en otra parte:

    Hemos aprendido que había diez Rabinos (Compañeros) que entraron en (la Asamblea) (el Sol, “asamblea misteriosa o misterio”) y que siete salieron (120) (esto es, diez para el Universo no manifestado, siete para el manifestados).
     Y cuando Rabi Schimeon reveló los Arcanos, no había presentes allí sino aquellos (siete( (compañeros). Y Rabi Schimeon los llamó los siete ojos del Tetragrammaton, lo mismo que está escrito en Zacarías, III, 9: “Estos son los siete ojos (o principios) del Tetragrammaton” (esto es, el Hombre Celeste cuádruple, o espíritu puro, se resuelve en hombre septenario, Materia y Espíritu puros) (121).

    De modo que la Tétrada es el Microprosopus, y este último es el Chokmak-Binah macho-hembra, el segundo y tercer Sephiroth. El Tetragrammaton es la esencia misma del número siete, en su significado terrestre. El siete está entre el cuatro y el nueve - la base y fundamento, astralmente, de nuestro mundo físico y del hombre, en el reino de Malkurth.
    Para los cristianos y creyentes, esta referencia a Zacarías y especialmente a la Epístola de Pedro (122) debiera ser concluyente. En el antiguo simbolismo, el “hombre”, principalmente el Hombre Espiritual Interno, es llamado “piedra”. Cristo es la piedra fundamental, y Pedro se refiere a todos los hombres como a piedras “vigorosas” (vivas. Por lo tanto, una “piedra con siete ojos” sólo puede significar un hombre cuya constitución (esto es, sus “principios”) es septenaria.
     Para demostrar más claramente el siete en la naturaleza, podemos añadir que no sólo gobierna el número siete la periodicidad de los fenómenos de la vida, sino que también se le ve dominando las series de los elementos químicos, e igualmente reina en el mundo del sonido y del color, como nos lo revela el espectroscopio. Este número es el factor, sine qua non, en la producción de fanómenos astrales ocultos.
    Así se ve que, si los elementos químicos son ordenados en grupos con arreglo a sus pesos atómicos, forman una serie de siete filas; teniendo los miembros primero, segundo, etc., de cada fila una estrecha analogía, en todas sus propiedades, con los miembros correspondientes de la fila próxima. La siguiente tabla copiada de Magie der Zahlen de Hellenbach, y corregida, exhibe esta ley y garantiza por completo la conclusión que él saca, en las siguientes palabras:

    Vemos que la variedad química, en lo que podemos penetrar en su naturaleza interna, depende de relaciones numéricas, y hemos encontrado además en esta variedad una ley directora, a la cual no podemos asignar causa alguna; vemos una ley de periodicidad regida por el número siete.



Líneas    GRUPO    GRUPO    GRUPO    GRUPO    GRUPO    GRUPO    GRUPO
                     I              II              III              IV              V             VI             VII

                  H 1

   1       Li 7            Be 9’3        B11            C12           N14         O 16          F 19                   -- 
    
   2       Na 23        Mg 24        Al 27’3        Si 28          P 31        S 32          Cl 35’4

   3       K 39           Ca 40       Sc 44          Ti 48          V 51        Cr 52,4      Mn 54’8   Fe 56.  Co 58’6
                                                                                                                                  Ni 58. (Cu  63’3)  
   4       Cu 63’3      Zn 65        Ga 68’2       Ge 72        As 75      Se 78         Br 79’5               --

   5       Rb 85’2      Sr 87’2      Y 89’5         Zr 90         Nb 94       Mo 96        -100       Ru 103  Rh 104
                                                                                                                                  Pd106 (Ag107’6
   6       A 107’6      Cd 111’6    In 113’4      Sn 118      Sb 122     Te 125       [ 126’5               --

   7      Cs 132’5     Ba 136’8    La 139        Ce 140      Di 144          --                --                  --

   8           --               --                   --            --               --              --                --                  --

   9           --               --           Er 170            --            Ta 182     W 184            --     Os 196  Ir 196’7
                                                                                                                                 Pt 196’7  (Au 197
  10     Au 197       Hg 200      Tl 204          Ph 206       Bi 206          - -               --



    El octavo elemento de esta lista es, por decirlo así, la octava de la primera y el noveno de la segunda, y así sucesivamente; siendo cada elemento casi idéntico en sus propiedades al elemento correspondiente de cada una de las filas septenarias; fenómeno que acentúa la ley septenaria de periodicidad. Para más detalle, enviamos al lector a la obra de Hellenbach, en donde se muestra también que esta clasificación es confirmada por las peculiaridades espectroscópicas de los elementos.
    Es inútil referirse en detalle al número de vibraciones que constituyen las notas de la escala musical; son ellas estrictamente análogas a la escala de los elementos químicos, así como a la escala de los colores según los desarrolla el espectroscopio, aun cuando en el último caso sólo tratamos con una octava, al paso que tanto en la música como en la química vemos una serie de siete octavas representadas teóricamente, de las cuales seis están bien completas y en uso ordinario en ambas ciencias. Así que, citando a Hellenbach:

    Ha quedado establecido, desde el punto de vista de la ley fenomenal, sobre la cual se fundan nuestros conocimientos, que las vibraciones del sonido y de la luz aumentan regularmente; que se dividen en siete columnas, y que los números sucesivos de cada columna están estrechamente relacionados; esto es, que muestran una íntima relación, no sólo expresada en las cifras mismas, sino también prácticamente verificada tanto en la química como en la música, confirmando el oído, en esta última, el veredicto de los números... El hecho de que esta periodicidad y variedad están gobernadas por el número siete es innegable, y sobrepuja en mucho los límites de la mera casualidad, debiendo suponerse que tiene una causa adecuada, la cual hay que descubrir.

    Verdaderamente, pues como decía Rabi Abba:

    Somos seis luces que brillan procedentes de una séptima (luz); tú (el Tetragrammaton) eres la séptima luz (el origen de) todos nosotros.
    Porque seguramente no hay estabilidad en estas seis, salvo (lo que ellas derivan) de la séptima. Pues todas las cosas dependen de la séptima (123).

    Los Zuñi, indios americanos orientales, antiguos y modernos, parece que han profesado opiniones semejantes. Sus costumbres de hoy, sus tradiciones y anales, señalan el hecho de que, deste tiempo inmemorial, sus instituciones políticas, sociales y religiosas estaban, y están todavía, moldeadas con arreglo al principio septenario. Así es que todas sus antiguas ciudades y aldeas estaban construidas en grupos de seis, alrededor de una séptima. Siempre es un grupo de siete o de trece, y siempre el seis alrededor del séptimo. También su jerarquía sacerdotal está compuesta de seis “Sacerdotes de la Casa” aparentemente sintetizados en el séptimo, que es una mujer, la “Sacerdotisa-Madre”. Compárase esto con los “siete grandes sacerdotes oficiantes” de que habla el Anugîtâ, nombre dado a los “siete sentidos”, exotéricamente y a los siete principios humanos, esotéricamente. ¿De dónde viene esta identidad de simbolismo? ¿Dudaremos aún del hecho de que fuese Arjuna a Pâtâla, los Antípodas, América, y se casase allí con Ulûpi, la hija del Nâga, o más bien del Nargal, el rey? Pero volvamos a los sacerdotes Zuñi.
    Estos reciben hasta hoy un tributo anual de grano de siete colores. No se distinguen de los demás indos durante el resto del año, pero cierto día salen -seis sacerdotes y una sacerdotisa- revestidos de sus vestiduras sacerdotales, cada una de un color consagrado a un Dios particular, a quien el sacerdote sirve y personifica; representando cada uno de ellos una de las siete regiones, y recibiendo cada cual grano del color que corresponde a esa región. Así, el blanco representa el  Este, porque del Oriente viene la primera luz del Sol; el amarillo corresponde al Norte, a causa del color de las llamas producidas por las auroras boreales; el encarnado, el Sur, por venir de este lado el calor; el azul representa el Oeste, el color del Océano Pacífico, que se encuentra al Oeste; negro es el color de la región inferior subterránea - la oscuridad; el grano, con granos de todos los colores en una espiga, representa los colores de la región superior - del firmamento con sus nubes rosadas y amarillas, estrellas resplandecientes, etc. El grano “abigarrado”, conteniendo cada grano todos los colores, es el de la “Sacerdotisa-Madre” - la mujer, que contiene en sí la semilla de todas las razas pasadas, presentes y futuras; pues Eva es la madre de todo lo que vive.
    Aparte de estos, estaba el Sol, la Gran Deidad, cuyo sacerdote era la cabeza espiritual de la nación. Estos hechos fueron verificados por Mr. F. Hamilton Cushing, quien, como muchos saben, se hizo Zuñi, vivió con ellos, fue iniciado en los misterios de su religión y ha aprendido acerca de ellos más que ningún otro hombre existente.
    El siete es también el gran número mágico. En los Anales Ocultos, el arma que mencionan los Purânas y el Mahâbhârata -el Âgneyâstra, o “arma de fuego” concedida por Aurva a su chelâ Sagara- se dice que está construida con siete elementos. Esta arma, que algunos orientalistas ingeniosos suponen que ha sido un “cohete” (!) es una de las muchas espinas clavadas en el costado de nuestros sanscritistas modernos. Wilson ejercita su penetración en este punto, en varias páginas de su Specimens of the Hindu Theatre, y finalmente no llega a explicarlo. No puede él poner nada en claro acerca del Âgneyâstra, pues dice:

    Estas armas son de un carácter completamente ininteligible. Algunas de ellas son a veces manejadas como arrojadizas; pero, en general, parecen ser poderes místicos ejercitados por el individuo - tales como los de paralizar a un enemigo, o de sumergir sus sentidos en sueño profundo, o de atraer la tempestad, la lluvia y el fuego, del cielo... (124). Se supone que toman formas celestes, dotadas de facultades humanas... El Râmâyana las llama los hijos de Drishâshva (125).

    Los Shastra-devatâs, “los Dioses de las armas divinas”, no son Âgneyâstras, como los artilleros modernos no son el cañón que manejan. Pero esta sencilla solución parece que no se le ocurrió al eminente sanscritista. Sin embargo, según él mismo dice de la progenie armiforme de Krishâshva, “el origen alegórico de las armas (Âgneyâstra) es, indudablemente, el más antiguo” (126). Es la jabalina de fuego de Brahmâ.
    El Âgneyâstra séptuple, así como los siete sentidos y los siete principios, simbolizados por los siete sacerdotes, son de antigüedad indecible. Cuán antigua es la doctrina en que  creen los Teósofos, lo dirá la siguiente Sección.
F
LAS SIETE ALMAS DE LOS EGIPTÓLOGOS

    Si se vuelve uno a esos pozos de información, The Natural Genesis y las Lectures de Mr. Gerald Massey, las pruebas de la antigüedad de la doctrina que analizamos se hacen abrumadoras. Que la creencia del autor difiera de la nuestra no quita validez a los hechos. Él considera el símbolo desde un punto de vista puramente natural, quizás un poco materialista, por ser un ardiente Evolucionista y partidario de los dogmas modernos darwinistas. Por eso declara él que:

    El estudiante de los libros de Boheme encuentra en ellos mucho que se refiere a los Siete “Espíritus Fuentes”, y poderes primarios, considerados como siete propiedades de la Naturaleza en la fase alquimista y astrológica de los misterios medievales...
    Los partidarios de Boheme consideran este punto como revelación divina de su inspirada videncia. No saben nada del génesis natural, de la historia y persistencia de la “Sabiduría” (127) del pasado (o de los eslabones perdidos), y no pueden reconocer los rasgos físicos de los “Siete Espíritus” antiguos bajo su máscara moderna metafísica o alquimista. Un segundo eslabón entre la teosofía de Boheme y los orígenes físicos del pensamiento egipcio existe en los fragmentos de Hermes Trismegistus (128). No importa que estas enseñanzas se llamen Iluministas, Kabalistas, Buddhistas, Gnósticas, Masónicas o Cristianas; los tipos elementales sólo pueden ser verdaderamente conocidos en sus comienzos (129). Cuando los profetas o expositores visionarios de la región nebulosa se nos presentan pretendiendo inspiración original, y decir algo nuevo, juzgamos su valor por lo que ello es en sí. Pero si vemos que nos traen la cuestión antigua que ellos no pueden explicar, pero que nosotros sí nos explicamos, es natural que la juzguemos por su primitiva significación más bien que por las últimas pretensiones (130). Es inútil que leamos nuestro pensamiento ulterior en los primeros tipos de expresión, y digamos luego que los antiguos querían decir esto (131). Las interpretaciones sutilizadas que se han convertido en doctrinas y dogmas en teosofía, tienen ahora que ser puestas a prueba por su génesis en los fenómenos físicos, a fin de que podamos poner de manifiesto sus falsas pretensiones a un origen o conocimientos sobrenaturales (132).  

    Pero el capaz autor de The Book of the Beginnings y The Natural Genesis hace -muy afortunadamente para nosotros- precisamente lo contrario. Él demuestra del modo más triunfante nuestras enseñanzas esotéricas (buddhistas), mostrándolas idénticas a las de Egipto. Que el lector juzgue por su sabia conferencia sobre “Las Siete Almas del Hombre” (133). Dice el autor:

    La primera forma del Siete místico se veía figurada en el cielo por las siete grandes estrellas de la Osa Mayor, la constelación asignada por los egipcios a la Madre del Tiempo, y de los siete Poderes Elementales (134).

    Eso mismo; como los hindúes colocan sus siete Rishis primitivos en la Osa Mayor, y llaman a esta constelación la mansión de los Saptarshi, Riksha y Chitrashikhandinas. Y sus Adeptos pretenden conocer si sólo se trata de un mito astronómico o de un misterio primordial, con un significado más profundo que el que presenta a la superficie. También se nos dice que:

    Los egipcios dividían la faz del cielo, por la noche, en siete partes. El cielo primitivo era séptuple (135).

    Lo mismo ocurría entre los arios. No hay más que leer los Purânas acerca de los comienzos de Brahmâ y su Huevo, para ver esto ¿Han tomado, pues, los arios la idea de los egipcios? Pero, según sigue diciendo el conferenciante:

    Las  primeras fuerzas reconocidas de la naturaleza se estimaron en número de siete. Éstas se convirtieron en Siete Elementales, demonios (?), o divinidades ulteriores. Se asignaron siete propiedades a la naturaleza -como materia, cohesión, fluxión, coagulación, acumulación, estación y división- y siete elementos o almas al hombre (136).

    Todo esto se enseñaba en la Doctrina Esotérica, pero se interpretaba, y sus misterios se revelaban, como antes se ha dicho, con siete claves, no con dos, ni a lo más con tres; de aquí que las causas y sus efectos obraban en la Naturaleza invisible o mística lo mismo que en la psíquica, y se aplicaban a la Metafísica y la Psicología, así como a la Fisiología. Según dice el autor:

     Se introdujo un sistema de sietes, por decirlo así, y el número siete suplía a un módulo sagrado que podía usarse para múltiples objetos (127).

    Y así se usaba. Pues:

    Las siete almas del Faraón se mencionan a menudo en los textos egipcios... Siete almas o principios fueron identificados en el hombre por nuestros Druidas británicos ... Los Rabinos también hacían subir el número de almas a siete; lo mismo hacen los Karens de la India (138).

    Y luego el autor, con algunos errores en los nombres, forma una tabla de ambas enseñanzas (la esotérica y la egipcia), y muestra que la última tenía la misma serie y en el mismo orden.

                          (ESOTÉRICA) INDIA                                                 EGIPCIA

             1 Rûpa, cuerpo o elemento de la forma.                     1 Kha, el cuerpo.
             2 Prâna, el aliento de la vida.                                     2 Ba, el alma del aliento.
             3 Cuerpo astral.                                                         3 Khaba, la sombra.
             4 Manas, o la inteligencia (139).                                 4 Akhu, la inteligencia o percepción.
             5 Kâma Rûpa, o el alma animal.                                5 Seb, el alma hereditaria.
             6 Buddhi, o el Alma espiritual.                                    6 Putah, el primer padre intelectual.
             7 Âtma , o el espíritu puro.                                         7 Atmu, el alma divina o eterna (140).


    Más adelante, el conferenciante formula estas siete Almas (egipcias), así: (1.)  El Alma de la Sangre - la formativa; (2.) El alma del Aliento - lo que respira; (3.) La Sombra o Cubierta del Alma - lo que envuelve; (4.) El Alma de la Percepción - lo que percibe; (5.) El Alma de la Pubescencia - lo que procrea; (6.) El alma Intelectual - la que reproduce intelectualmente; y (7.) El Alma Espiritual - lo que se perpetúa permanentemente.
    Desde el punto de vista exotérico y fisiológico, esto puede se muy exacto; pero desde el esotérico no lo es tanto. El sostener esto no significa en modo alguno que los “Buddhistas Esotéricos” resuelvan a los hombres en cierto número de espíritus elementales, como Mr. G. Massey, en la misma conferencia, les acusa de sostener. Ningún “Buddhista Esotérico” se ha hecho jamás culpable de semejante absurdo. Ni tampoco se ha imaginado nunca que estas sombras “se conviertan en seres espirituales en otro mundo” o en “siete espíritus o elementarios potenciales en otra vida”. Lo que se sostiene es sencillamente que cada vez que el Ego inmortal encarna se convierte, como un todo, en una unidad compuesta de Materia y Espíritu, los cuales actúan juntos en siete planos distintos de ser y de conciencia. En otra parte, Mr. Gerald Massey añade:

    Las siete almas (nuestros “principios”)... se mencionan muchas veces en los textos egipcios. El dios lunar Taht-Esmun, o el ulterior dios solar, expresaba los siete poderes de la naturaleza que eran anteriores a él, y estaban resumidos en él como sus siete almas (nosotros decimos “principios”)... Las siete estrellas en la mano del Cristo, en el Apocalipsis, tienen la misma significación (141).

    Y aun una mayor, pues estas estrellas representan también, kabalísticamente, las siete llaves de las Siete Iglesias, o los MISTERIOS SODALIANOS. Sin embargo, no nos detendremos a discutir; pero añadiremos que otros egiptólogos han descubierto también que la constitución septenaria del hombre era una  doctrina cardinal para los antiguos egipcios. En una serie de artículos notables en el Sphinx, de Munich, Herr Franz Lambert presenta pruebas incontrovertibles de sus conclusiones sobre el Libro de los Muertos y otros anales egipcios. Para detalles enviamos al lector a los artículos mismos; pero el siguiente diagrama, que resume las conclusiones del autor, es una evidencia demostrativa de la identidad de la Psicología egipcia con la división septenaria del Buddhismo Esotérico.
     Al lado izquierdo están colocados los nombres kabalísticos de los correspondientes principios humanos, y al derecho los nombres jeroglíficos con sus traducciones, como en el diagrama de Franz Lambert.

                   KABALAH                                                                   JEROGLÍFICOS

                                Yechida                           VII                       Shu - Espíritu Divino.
   Círculo
   superior Tzelem     Shayah                           VI                        Cheybi - Alma Espiritual
   de N eshamah
                                Neshamah                        V                        Bai { Alma Intelectual, la
                                                                                                            inteligencia.

 Círculo medio:        Ruach (142)                     IV                        Ab    { El Corazón,
Tzelem de Ruach                                                                        Hati  { Sentimiento,
                                                                                                           { Alma Animal.
                                                                                                           { El Cuerpo Astral,
                               Nephesh                           III                        Ka    { Evestrum,
Círculo inferior:                                                                                   { El Hombre Sideral.
Tzelem de               Kuch                                 II                                 { Fuerza Vital,
Nephesh                 ha Guf                                                         Anch { Archaeus,
                                                                                                           { Momia.
                              Guf                                    I                         Chat - El Cuerpo Elemental.


    Ésta es una buena representación del número de los “principios” del Ocultismo, aunque muy embrollada; y esto es lo que nosotros llamamos los siete “principios” del hombre, y lo que Mr. Massey llama las “almas”, dando el mismo nombre al Ego o Mónada que reencarna y “resucita”, por decirlo así, en cada renacimiento, que el de los egipcios, a saber: el “Renovado”. Pero ¿cómo puede Ruach (el Espíritu) alojarse en el Kâma Rûpa? ¿Qué dice Boheme, el príncipe de todos los videntes medievales?

    Encontramos siete propiedades especiales en la naturaleza, por cuyo medio esta única Madre ejecuta todas las cosas (las cuales él llama fuego, luz, sonido (las tres superiores) y deseo, amargura, angustia y substanciabilidad, analizando así las inferiores en su propio sentido místico). Lo que las seis formas son espiritualmente, la séptima (el cuerpo o substanciabilidad) lo es esencialmente. Éstas son las siete formas de la Madre de todos los Seres, de donde se genera todo lo que existe en este mundo (143).

    Y además:

    El creador se ha generado a sí mismo, en el cuerpo de este mundo,  criaturamente, por decirlo así, en sus Espíritus calificadores o Fundamentales; y todas las estrellas son... poderes de Dios y todo el cuerpo del mundo se compone de siete espíritus calificadores o fundamentales (144).

    Esto es verter al lenguaje místico nuestra doctrina teosófica. Pero, no podemos estar de acuerdo con Mr. Gerald Massey cuando dice que:

     Las siete Razas de Hombres que han sido sublimadas y hechas Planetarias (?) por el Buddhismo Esotérico (145), pueden encontrarse en el Bundahismo como: (1.), los hombres terrestres; (2.), los hombres acuáticos; (3.), los hombres con oídos en el pecho; (4.), los hombres con ojos en el pecho; (5.), los hombres de una pierna;  (6.), los hombres con alas de murciélago; (7.), los hombres con colas (146).

    Cada una de estas descripciones, aunque alegóricas y hasta pervertidas en su última forma, es, sin embargo, un eco de la enseñanza de la Doctrina Secreta. Todas se refieren a la evolución prehumana de los “Hombres acuáticos terribles y malos”, por la Naturaleza sin ayuda, durante millones de años, como ya se ha  descrito. Pero negamos rotundamente la afirmación de que “éstas no fueran nunca razas reales” , y señalamos las Estancias Arcaicas como contestación. Es fácil inferir y decir que nuestros “instructores han confundido estas sombras del Pasado, con cosas humanas y espirituales”;  pero que “no son ni lo uno ni lo otro, y que nunca lo fueron”, es menos fácil de probar. Este aserto debe hacer pareja con la pretensión darwinista de que el hombre y el mono tuvieron un antecesor pitecoide común. Lo que el conferenciante toma por “un modo de expresión” y nada más, en el Ritual egipcio, lo tomamos nosotros como teniendo otro significado muy distinto e importante. He aquí un ejemplo. Dice el Ritual, el Libro de los Muertos:

    “Yo soy el ratón”. “Yo soy el halcón”. “Yo soy el mono...” “Soy el cocodrilo cuya lama viene de los HOMBRES...” “Soy el alma de los dioses” (147).

    La penúltima frase la explica el conferenciante, que dice entre paréntesis, “esto es, como tipo de la inteligencia”, y la última como significando “el Horus, o Cristo, como la resultante de todo”.
    La enseñanza Oculta contesta: Significa mucho más.
    En primer término corrobora ello la enseñanza de que, mientras que la Mónada humana ha pasado en el Globo A y demás, en la Primera Ronda, a través de todos los tres reinos -el mineral, el vegetal y el animal-, en esta nuestra Cuarta Ronda, todos los mamíferos han surgido del Hombre, si la criatura semietérea, multiforme, que encerraba la Mónada humana, de las dos primeras Razas, puede ser considerada como Hombre. Pero tiene que llamársele así; pues en el lenguaje esotérico no es la forma de carne, sangre y huesos que ahora se llama hombre, el HOMBRE verdadero, sino la MÓNADA divina interna, con sus múltiples principios o aspectos.
    La conferencia mencionada, sin embargo, aunque se opone mucho al Buddhismo Esotérico y sus enseñanzas, es una elocuente contestación a aquellos que han tratado de presentar el todo como una doctrina de nuevo cuño. Y de estos hay muchos en Europa, en América y hasta en la India. Sin embargo, entre el Esoterismo de los antiguos Arhats y el que ha sobrevivido hasta ahora en la India entre los pocos brahmanes que han estudiado seriamente su Filosofía Oculta, la diferencia no parece tan grande. Parece ella concentrada y limitada en la cuestión del orden de la evolución de los principios, cósmico y otros, más que ninguna otra cosa. En todo caso, no es una divergencia mayor que la eterna cuestión del dogma filioque, que desde el siglo VIII ha separado el Catolicismo Romano de la Iglesia Griega Oriental más antigua. Empero, cualesquiera que sean las diferencias de forma en que se presente el dogma septenario, la substancia está allí; y su presencia e importancia en el sistema brahmánico puede juzgarse por lo que dice uno de los sabios metafísicos y eruditos vedantinos de la India:
    La clasificación séptuple verdaderamente esotérica, es una de las clasificaciones más importantes, si no la más importante, que ha recibido su ordenación de la constitución misteriosa de este tipo eterno. Relacionado con esto puedo también decir que la clasificación cuádruple pretende el mismo origen. La luz de la  vida, por decirlo así, parece estar refractada por el prisma de tres caras de Prakriti, teniendo los tres Gunams por sus tres caras, y dividida en siete rayos, que en el curso del tiempo desenvuelven los siete principios de esta clasificación. El progreso del desenvolvimiento presenta algunos puntos de semejanza con el desarrollo gradual de los rayos del espectro. Al paso que la clasificación cuádruple es ampliamente suficiente para todo objeto práctico, esta verdadera clasificación séptuple es de gran importancia teórica  científica. Es necesario adoptarla para explicar cierta clase de fenómenos observados por los ocultistas, y es quizás más a propósito para ser la base de un sistema perfecto de psicología. No es ella propiedad peculiar de la “Doctrina Esotérica transhimaláyica”. En efecto, tiene mayor relación con el Logos brahmánico que con el Logos buddhista. A fin de aclarar el sentido de lo que expongo, puedo decir aquí que el Logos tiene siete formas. En otras palabras, hay siete clases de Logos en el Cosmos. Cada uno de estos se ha convertido en la figura central de una de las siete ramas principales de la antigua Religión de la Sabiduría. Esta clasificación es la clasificación séptuple que hemos adoptado. Hago este aserto sin el menor temor a la contradicción. La clasificación real tiene todos los requisitos de una clasificación científica. Tiene ella siete principios distintos, que corresponden a siete estados distintos de Prajnâ o conciencia. Echa ella un puente entre lo objetivo y lo subjetivo, e indica el circuito misterioso por el que pasa la ideación. Los siete principios están aliados a siete estados de materia, y a siete modos de fuerza. Estos principios están armoniosamente ordenados entre dos polos, los cuales definen los límites de la conciencia humana (148).

    Lo anterior es perfectamente exacto, excepto quizás en un punto. La “clasificación septenaria” en el sistema Esotérico, no se ha pretendido nunca (al menos que la escritora sepa) por ninguno de los que a él pertenecen que sea “propiedad peculiar de la “Doctrina Esotérica transhimaláyica”, sino sólo que ha sobrevivido en aquella antigua Escuela únicamente. No es propiedad de la Doctrina transhimaláyica, lo mismo que no lo es de la cishimaláyica, sino que es simplemente la herencia común de todas estas escuelas dejadas a los Sabios de la Quinta Raza-Raíz por los grandes Siddhas (149) de la Cuarta. Recordemos que los Atlantes se convirtieron en los terribles hechiceros, ahora célebres en tantos de los manuscritos más antiguos de la India, sólo cuando estaban próximos a su “Caída”, en que acaeció la sumersión de su Continente. Lo que se pretende es sencillamente que la Sabiduría comunicada por “Los Divinos” -nacidos por los poderes de Kriyâshakti de la Tercera Raza, antes de su caída y separación de sexos- a los Adeptos del principio de la Cuarta Raza, ha permanecido en toda su prístina pureza en cierta Fraternidad. Estando la mencionada Escuela o Fraternidad estrechamente relacionada con cierta isla de un mar interior -en que creen tanto los indos como los buddhistas, pero llamada “mítica” por geógrafos y orientalistas- cuanto menos se hable de ello más prudente será. Tampoco puede aceptarse la mencionada “clasificación séptuple” como teniendo “una relación mas estrecha con el Logos brahmánico que con el buddhista”, puesto que ambos son idénticos, ya se llame el Logos Îshvara o Avalokiteshvara, Brahmâ o Padmapâni. Éstas son, sin embargo, diferencias muy pequeñas, más imaginarias que reales, después de todo. El brahmanismo y el buddhismo, considerados en sus aspectos ortodoxos, son tan opuestos e irreconciliables como el agua y el aceite. Cada una de estas dos grandes corporaciones, sin embargo, tiene un sitio vulnerable en su constitución. Al paso que, hasta en su interpretación esotérica, ambos concuerdan sólo para ponerse en desacuerdo; una vez confrontados sus respectivos puntos vulnerables, todo desacuerdo tiene que desaparecer, pues ambos se encontrarán en terreno común. El “talón de Aquiles” del brahmanismo ortodoxo es la filosofía Advaita, cuyos partidarios son llamados por los piadosos, “buddhistas disfrazados”; así como el del buddhismo ortodoxo es el Misticismo del Norte, según lo representan los discípulos de las filosofías de la Escuela Yogâchârya de Âryânsga y la Mahâyâna, los cuales son tildados a su vez por sus correligionarios, de “Vedantinos disfrazados”. La filosofía Esotérica de ambos sólo puede ser una misma,  si se analiza y compara atentamente, puesto que Gautama Buddha y Shankarâchârya están estrechamente relacionados, si ha de creerse la tradición y ciertas Enseñanzas Esotéricas. Así, pues, se verá que todas las diferencias entre las dos son de forma, más bien que de substancia.
    En el Ânugîta puede verse un discurso de los más místicos, lleno de simbología septenaria (150). Allí el brahman relata la dicha de haber pasado más allá de las regiones de la ilusión:

    En la cual las fantasías son los tábanos y mosquitos, en donde el pesar y la alegría son frío y calor, en la cual el engaño es la oscuridad que ciega, en la cual la avaricia son las fieras y reptiles, en donde el deseo y la cólera son los obstáculos.





    El Sabio describe la entrada en el bosque y la salida del mismo -un símbolo del tiempo de vida del hombre- y también ese bosque mismo (151).

    En ese bosque hay siete grandes árboles (los sentidos incluyendo la mente y el entendimiento, o Manas y Buddhi), siete frutos y siete huéspedes; siete ermitas, siete (formas de) concentración y siete (formas de) iniciación. Esa es la descripción del bosque. Ese bosque está lleno de árboles que producen espléndidas flores y frutos de cinco colores.

    Los sentidos, dice el comentador:

    Son llamados árboles, como productores de los frutos... placeres y dolores...; los huéspedes son los poderes de cada sentido personificado - ellos reciben los frutos referidos; las ermitas son los árboles... bajo los cuales se cobijan los huéspedes; las siete formas de concentración son el apartamiento del yo de las siete funciones de los siete sentidos, etc., que ya se han mencionado; las siete formas de iniciación se refieren a la iniciación en la vida superior, repudiando como no propias de uno las acciones de cada miembro del grupo de siete (152).

    La explicación, si bien no es satisfactoria, es inocente. El brahman , continuando su descripción, dice:

    Ese bosque está lleno de árboles que producen flores y frutos de cuatro colores. Ese bosque está lleno de árboles que producen flores y frutos de tres colores, y mezclados. Ese bosque está lleno de árboles que producen flores y frutos de dos colores y de hermosos matices. Ese bosque está lleno de árboles que producen flores y frutos de un color, y fragantes. Ese bosque está lleno (en lugar de con siete) con dos grandes árboles que producen numerosas flores y  frutos de colores indistinguibles (la mente y el entendimiento - los dos sentidos superior es; o teosóficamente, Manas y Buddhi). Hay aquí un fuego (el Yo) relacionado con Brahman (153), y que posee una buena mente (o verdadero conocimiento, según Arjuna Mishra. Y allí hay combustible (a sbaer) los cinco sentidos (o pasiones humanas). Las siete (formas de) emancipación de ellas son las siete (formas de) iniciación. Las cualidades son los frutos... Allí... los grandes sabios reciben hospitalidad. Y cuando han sido adorados y han desaparecido, brilla otro bosque en el cual la inteligencia es el árbol y la emancipación el fruto, y el cual posee sombre (en la forma de) tranquilidad, la cual depende del conocimiento, que tiene la satisfacción como su agua, y que tiene el Kshetrajna (154) dentro como sol.   

    Ahora bien; todo lo anterior es muy claro, y ningún teósofo, aun entre los menos instruidos, puede dejar de comprender la alegoría. Y, sin embargo, vemos a grandes orientalistas haciendo un perfecto enredo de ello en sus interpretaciones. Los “grandes sabios” que “reciben hospitalidad” los explican como significando los sentidos, “los cuales, habiendo funcionado sin estar relacionados con el yo, son finalmente absorbidos en él”. Pero lo que no se llega a comprender es cómo los sentidos, “sin estar relacionados”, con el “Yo Supremo”, pueden ser “absorbidos en él”. Se creería, por el contrario, que precisamente porque los sentidos personales gravitan y se esfuerzan para relacionar con el Yo impersonal, este último, que es FUEGO, quema los cinco inferiores y purifica por tanto los dos superiores, “mente y entendimiento”, o los aspectos superiores de Manas (155) y Buddhi. Esto resulta evidente del texto. Los “grandes sabios” desaparecen después de haber “sido adorados”. Adorados ¿por quién, si (los supuestos sentidos) “no están relacionados con el yo?” Por la MENTE, por supuesto; por Manas (en este caso sumergido en el sexto sentido), el cual no es ni puede ser el Brahman, el Yo, o Kshetrajna - el Sol Espiritual del Alma. A su vez debe ser absorbido el Manas mismo, en este último. “Grandes sabios” han sido adorados, dándosele hospitalidad a su sabiduría terrestre; pero una vez que “otro bosque brilla” sobre ello entonces es la Inteligencia (Buddhi, el séptimo sentido, pero sexto principio) la que se transforma en el Árbol -el Árbol cuyo fruto es la emancipación- que destruye finalmente las raíces mismas del árbol Ashvattha, símbolo de la vida y de sus goces y placeres ilusorios. Y por lo tanto, los que alcanzan ese estado de emancipación no tienen, según las palabras del Sabio antes citado, “miedo alguno después”. En este estado “no puede percibirse el fin, porque se extiende por todos lados”.
    “Allí moran siempre siete hembras”, sigue diciendo, continuando la imagen. estas hembras que, según Arjuna Mishra, son Mahat, Ahamkâra y cinco Tanmâtras - tienen siempre sus caras vueltas hacia abajo, porque son obstáculos en el camino de la ascensión espiritual.

    En ese mismo (Brahman, el YO) moran los siete sabios perfectos, juntamente con sus jefes... y de nuevo surgen del mismo. Gloria, brillo y grandeza, iluminación, victoria, perfección y poder - estos siete rayos siguen a este mismo sol (Kshetrajna, el Yo Supremo)... Aquellos cuyos deseos están reducidos (los no egoístas);... cuyos pecados (pasiones) son consumidos por la penitencia, sumergiendo el yo en el Yo  (156), se dedican a Brahman. Las gentes que comprenden el bosque del conocimiento (Brahman, o el YO), alaban la tranquilidad. Y aspirando a este bosque vuelven a (re)nacer para no perder ánimo. Tal es, verdaderamente, este santo bosque... Y comprendiéndolo, ellos (los sabios) obran (con arreglo a ello), siendo dirigidos por el Kshetrajna (157).

    Ningún traductor, entre los orientalistas occidentales, ha percibido aún en la anterior alegoría nada más elevado que misterios relacionados con el ritualismo de los sacrificios, penitencias, o ceremonias ascéticas, y Hatha Yoga. Pero el que comprende las imágenes simbólicas, y oye la voz del YO DENTRO DEL YO, verá en esto algo muy superior al mero ritualismo, por mucho que pueda errar en los detalles menores de la Filosofía.
    Y  en este punto se nos permitirá una última observación. Ningún verdadero teósofo, desde el más ignorante hasta el más instruido, debe pretender la infalibilidad en lo que pueda decir o escribir sobre materias Ocultas. Es punto capital admitir que en muchos conceptos, al clasificar los principios cósmicos o humanos, además de errores en el orden de la evolución, y especialmente en cuestiones metafísicas, aquellos de entre nosotros que pretenden enseñar a otros más ignorantes, pueden todos equivocarse. de modo que se han cometido errores en Isis sin Velo, en Budhismo Esotérico, en El Hombre, en Magia Blanca y Negra, etc.; y más de un error se encontrará probablemente en esta obra. Esto no puede evitarse. Para que una obra extensa, y hasta una pequeña, sobre semejantes abstrusos asuntos, esté por completo exenta de todo error y equivocación, tendría que ser escrita desde la primera a la última página por un gran Adepto, si no por un Avatâra. Sólo entonces podríamos decir: “¡Ésta es verdaderamente una obra sin pecado ni tacha alguna!” Pero mientras el artista sea imperfecto, ¿cómo puede ser perfecta su obra? “La investigación de la verdad no tiene fin”. Amémosla y aspiremos a ella por sí misma, y no por la gloria o beneficio que la revelación de una pequeñísima parte de ella pueda proporcionarnos. Pues, ¿quién de nosotros puede pretender que tiene toda la verdad en la punta de los dedos, ni aun siquiera por lo que respecta a una de las enseñanzas menores del Ocultismo?
    Nuestro principal objeto en la cuestión presente, por lo tanto, ha sido mostrar que la doctrina septenaria, o división de la constitución del hombre, era muy antigua, y no inventada por nosotros. Esto ha sido realizado con éxito, porque estamos apoyados en este punto, consciente e inconscientemente, por un crecido número de escritores antiguos, medievales y modernos. Lo que los primeros decían estaba bien dicho; lo que los últimos repitieron ha sido generalmente desfigurado. Un ejemplo: léanse los fragmentos de Pitágoras, y estúdiese el hombre septenario según lo expone el Reverendo G. Oliver, el sabio masón, en su Pythagorean Tringle, que dice lo que sigue:

    La Filosofía Teosófica... contaba siete propiedades (o principios) en el hombre, a saber:

    1. El hombre divino áureo.
    2. El cuerpo santo interno de fuego y luz, como plata pura.
    3. El hombre elemental.
    4. El hombre mercurial... paradisíaco.
    5. El hombre como alma marcial.
    6. El venerino, ascendiendo al deseo externo.
    7. El hombre solar (testigo de) inspector de las maravillas de Dios (el Universo).
    Ellos tenían también siete espíritus o poderes fundamentales de la naturaleza (158).

    Compárese este embrollado relato y distribución de la Teosofía occidental con las últimas explicaciones teosóficas de la Escuela Oriental de Teosofía, y luego decídase cuál es la más exacta. Verdaderamente:

    La Sabiduría ha construido su casa, ella ha labrado sus siete columnas (159).

    En cuanto al cargo de que nuestra Escuela no ha adoptado la clasificación septenaria de los brahmanes, sino que la ha confundido, es por completo injusto. En primer término, la “Escuela” es una cosa, y sus intérpretes (para los europeos) completamente otra. Estos últimos tienen primeramente que aprender el abecé del Ocultismo Oriental práctico, antes de que puedan comprender correctamente la clasificación tremendamente abstrusa, basada en los siete distintos estados de Prajnâ o la Conciencia; y, sobre todo, penetrarse por completo de lo que es Prajnâ, en las metafísicas orientales. El dar a un estudiante occidental esa clasificación, es tratar de hacerle suponer que puede explicarse el origen de la conciencia explicándose el proceso por medio del cual vino a él cierto conocimiento, aunque sólo de uno de los estados de esa conciencia; en otras palabras: es hacerle explicar algo que conoce en este plano por algo que desconoce por completo en los otros planos; esto es, llevarlo de lo espiritual y psicológico, directamente a lo ontológico. Ésta es la razón por qué fue adoptada por los Teósofos la clasificación antigua, primitiva, de cuyas clasificaciones hay ciertamente muchas.
    El ocuparnos de dar una enumeración adicional de las fuentes teológicas, después de que se ha presentado al público una cantidad tan grande de testigos y de pruebas independientes, sería completamente inútil. Los siete pecados capitales y las siete virtudes del esquema cristiano son mucho menos filosóficos hasta que las siete ciencias liberales y las siete ciencias malditas - o las siete artes de encantamiento de los gnósticos. Pues una de estas últimas está ahora ante el público, preñada de peligros en el presente, así como para el futuro. Su nombre moderno es Hipnotismo; usado como lo están usando materialistas científicos e ignorantes, con la ignorancia general de los siete principios, pronto se convertirá en Satanismo en toda la acepción de la palabra.