Una vez que el estudiante sagaz se apodera del hilo conductor puede encontrar por sí mismo tales testimonios. Presentamos hechos y mostramos señales; que el viajero las siga. Lo que aquí se aduce es muy suficiente para este siglo.
En una carta a Voltaire, Bailly encuentra muy natural que las simpatías del “gran viejo inválido de Ferney” fuesen atraídas por los representantes del “conocimiento y sabiduría”, de los antiguos brahmanes. Luego añade una curiosa declaración. Dice así:
Pero vuestros brahmanes son muy jóvenes en comparación de sus instructores arcaicos (1).
Bailly, que no sabía nada de las enseñanzas esotéricas, ni de la Lemuria, creía, sin embargo, sin reservas, en la perdida Atlántida, así como también en varias naciones prehistóricas y civilizadas, que habían desaparecido sin dejar rastro alguno innegable. Había estudiado extensamente los antiguos clásicos y las tradiciones, y había visto que las artes y las ciencias conocidas de los que hoy llamamos los “antiguos”, no eran:
las obras de ninguna de las naciones hoy existentes o que entonces existían, ni de ninguno de los pueblos históricos del Asia...
y que, a pesar de la sabiduría de los indos, su innegable prioridad en los principios de su raza tenía que referirse a un pueblo o a una raza aún más antigua y más instruida que los mismos brahmanes (2).
Voltaire, el mayor escéptico de su tiempo, el materialista por excelencia, compartía la crencia de Bailly. Creía él muy probable que:
Mucho antes de los imperios de China y de la India, hubiera habido naciones cultas, instruidas y poderosas, las cuales fueron dominadas por una gran invasión de bárbaros y sumergidas de nuevo en su estado primitivo de ignorancia y de salvajismo, o lo que llaman el estado de naturaleza pura (3).
Lo que en Voltaire era la conjetura sagaz de una gran inteligencia, era en Bailly una “cuestión de hechos históricos”. Pues, he aquí lo que escribía:
Doy gran importancia a las antiguas tradiciones conservadas a través de una larga serie de generaciones.
Era posible, pensaba él, que una nación extranjera, después de instruir a otra nación, desapareciese de modo que no dejara rastro. Cuando se le preguntaba cómo podía suceder que esta nación antigua, o más bien arcaica, no hubiese dejado, por lo menos, algún recuerdo en la mente humana, contestaba que el tiempo devora sin compasión los hechos y sucesos. Pero la historia del pasado no se perdió enteramente nunca, pues los sabios del antiguo Egipto la habían conservado “y así se conserva hasta hoy en otra parte”. Los sacerdotes de Saîs dijeron a Solón, según Platón:
No conocéis esa nobílisima y excelente raza de hombres que habitó una vez vuestro país, de quien vos descendéis, así como todos vuestros actuales estados (4), aunque sólo un pequeño resto de esta gente admirable es la que ahora queda... Estos escritos relatan la fuerza prodigiosa que dominó una vez vuestra ciudad, cuando un potente poder guerrero, precipitándose desde el mar Atlántico, se extendió con furia hostil sobre toda Europa y Asia (5).
Los griegos no eran sino los restos empequeñecidos y debilitados de esa nación en un tiempo gloriosa (6).
¿Qué era esta nación? La Doctrina Secreta enseña que fue la última parte de la séptima subraza de los atlantes, que entonces estaba ya englobada en una de las primeras subrazas del tronco Ario, que se había ido extendiendo gradualmente sobre el continente e islas de Europa, tan pronto como éstas principiaron a surgir de los mares. Descendiendo de las altas mesetas del Asia, en donde las dos razas se habían refugiado en los días de la agonía de la Atlántida, se habían ido estableciendo y colonizando las nuevas tierras surgidas. La subraza inmigradora había aumentado y se multiplicó rápidamente en aquel suelo virgen; se había dividido en muchas razas de familia, las cuales a su vez se dividieron en naciones: Egipto y Grecia, los fenicios y los troncos del Norte, procedieron así de esta subraza. Miles de años después, otras razas (restos de los atlantes), “amarillas y rojas, morenas y negras”, principiaron a invadir el nuevo continente. Hubo guerras en que los recién llegados fueron vencidos, y huyeron, unos al África, otros a países remotos. Algunas de estas tierras se convirtieron en islas en el curso del tiempo, debido a nuevas convulsiones geológicas. Separadas así de modo forzoso de los continentes, el resultado fue que las tribus y familias no desarrolladas del linaje atlante cayeron gradualmente en una condición aún más abyecta y salvaje.
¿No encontraron los españoles en las expediciones de Cibola jefes blancos salvajes, y no ha sido confirmada ahora la presencia de tipos negros africanos en Europa, en las edades prehistóricas? Esta presencia de un tipo extranjero asociado con el del negro, y también con el mogol, es lo que constituye la gran dificultad con que tropieza la antropología. El individuo que vivió en un período de incalculable antigüedad en La Naulette, en Bélgica, es un ejemplo. Dice un antropólogo:
Las cuevas de las orillas del Lasse, en el Sudeste de Bélgica, presentan pruebas del que es, quizá, el hombre más inferior, como lo demuestra la mandíbula de La Naulette. Semejante hombre, sin embargo, tenía amuletos de piedra, perforados a fin de que sirvieran de adorno; estos están hechos de psammita que se encuentra ahora en la cuenca de la Gironda (7).
De modo que el hombre belga era sumamente antiguo. El hombre que antecedió a la gran inundación de aguas -que cubrieron las alturas de Bélgica con un depósito de lehm o altiplanicies de casquijo, de treinta metros sobre el nivel de los ríos actuales- debió de haber combinado en sí los caracteres del turanio y del negro. El hombre de Canstadt, o de La Naulette, puede haber sido negro, y nada tuvo que ver con el tipo ario cuyos restos son contemporáneos con los del oso de las cavernas en Engis. Los habitantes de las cuevas de huesos de Aquitania pertenecen a un período muy posterior de la historia, y pueden no ser tan antiguos como los primeros.
Si se objetase a esta declaración que la Ciencia no niega la presencia del hombre sobre la Tierra desde una antigüedad enorme, aunque esta antigüedad no pueda determinarse, dado que tal presencia está condicionada por la duración de los períodos geológicos, cuya edad no se ha podido determinar; si se arguye, por ejemplo, que los hombres de ciencia se oponen terminantemente a la pretensión de que el hombre precedió a los animales; o a que la civilización date de los primeros tiempos del período Eoceno, o también a que hayan existido jamás gigantes, hombres de tres ojos y cuatro brazos y cuatro piernas, andróginos, etc. -entonces preguntaremos a nuestra vez a los objetantes: “¿Cómo lo sabéis? ¿Qué pruebas tenéis fuera de vuestras hipótesis personales, cada una de las cuales puede ser destruida cualquier día por nuevos descubrimientos?” Y estos descubrimientos futuros es seguro que probarán que, cualquiera que haya sido la complexión del tipo más antiguo del hombre que los antropólogos conocen, no era en modo alguno simiesco. El hombre de Canstadt y el hombre de Engis poseían igualmente atributos humanos (8). La gente ha buscado el eslabón perdido en el extremo equivocado de la cadena; y el hombre de Neanderthal hace mucho tiempo que ha sido relegado al “limbo de todos los desatinos precoces”. Disraeli dividía a los hombres en asociados de los monos y de los ángeles. Aquí se dan razones a favor de una “teoría angélica” (como la llamarían los cristianos), aplicable, por lo menos, a algunas razas de hombres. En todo caso, si se sostiene que el hombre existe sólo desde el período Mioceno, la misma humanidad en su totalidad no podía estar constituida por los salvajes abyectos de la edad paleolítica, según quieren representarlos ahora los hombres de ciencia. Todo lo que dicen son meras conjeturas especulativas arbitrarias, inventadas por ellos para responder y adaptarse a sus propias hipótesis imaginativas.
Nosotros hablamos de sucesos de hace cientos de miles de años, más aún, de millones de años -si el hombre data de los períodos geológicos (9)-, no de ninguno de esos sucesos que han ocurrido durante los pocos miles de años del margen prehistórico concedido por la tímida y siempre prudente historia. Sin embargo, hay hombres de ciencia que casi son de nuestra manera de pensar. Desde la valiente confesión del Abate Brasseur de Bourbourg, que dice que:
Las tradiciones, cuyos vestigios se presentan en Méjico, en la América Central, en el Perú y en Bolivia, sugieren la idea de que el hombre existió en esos diferentes países en el tiempo de la gigantesca elevación de los Andes, y que ha retenido el recuerdo de ello-
hasta los últimos paleontólogos, y antropólogos, la mayor parte de los hombres científicos está en favor de tal antigüedad. A propósito del Perú, ¿se ha hecho alguna tentativa satisfactoria para determinar las afinidades y características etnológicas de la raza que levantó esas construcciones ciclópeas, cuyas ruinas ponen de manifiesto los restos de una gran civilización? En Cuelap, por ejemplo, se encuentran unas que consisten:
en una pared de piedras labradas, de 3.600 pies de largo, 560 de ancho y 150 de alto, constituyendo una masa sólida con una cima a nivel. Sobre esta masa se hallaba otra de 600 pies de largo, 500 de ancho y 150 de alto, que hacen en junto una altura de 300 pies. En ella había cuartos y celdas (10).
Un hecho muy sugestivo es el parecido sorprendente entre la arquitectura de estas construcciones colosales y la de las naciones arcaicas europeas. Mr. Fergusson considera las analogías entre las ruinas de la civilización “Inca” y los restos ciclópeos de los pelasgos en Italia y Grecia como una coincidencia-
de las más notables en la historia de la arquitectura... Es difícil resistir a la conclusión de que puede haber alguna relación entre ellas.
La “relación” se explica sencillamente por la derivación de los linajes que idearon estas construcciones, de un centro común en un continente Atlántico. La aceptación de este último es lo único que puede auxiliarnos en la solución de este problema, y otros semejantes, en casi todas las ramas de la Ciencia Moderna.
El doctor Latert, tratando del asunto, arregla la cuestión declarando que:
La verdad, por tanto tiempo discutida, de la coexistencia del hombre con las grandes especies extinguidas (elephas primigenius, rhinoceros tichorrhinus, hyaena spelaea, ursus spelaeus, etc.), me parece en lo sucesivo inatacable y definitivamente conquistada por la ciencia (11).
En otra parte se muestra que ésta es también la opinión De Quatrefages; dice él:
El hombre ha visto, según toda probabilidad, los tiempos Miocenos (12), y por consiguiente toda la época Pliocena. ¿Hay razones para creer que sus vestigios se encontrarán en tiempos aun más remotos?... Entonces puede haber sido contemporáneo de los primeros mamíferos, y remontarse hasta el período Secundario (13).
El Egipto es mucho más antiguo que Europa según está ahora trazada en el mapa. Las tribus Ario-atlantes principiaron a establecerse en él cuando las Islas Británicas (14) y Francia ni siquiera existían. Es bien sabido que “la lengua del Mar Egipcio” o el Delta del Egipto inferior se convirtió en tierra firme muy gradualmente, y siguió a las montañas de Abisinia; al contrario de estas últimas, que se levantaron de repente, relativamente hablando, se formó de un modo muy gradual en dilatadas edades por capas sucesivas de fango marino y de lodo, depositado anualmente por los arrastres de un gran río, el Nilo actual. Sin embargo, hasta el mismo Delta ha sido habitado, como tierra firme y fértil, desde hace más de 100.000 años. Tribus posteriores, con más sangre aria que sus predecesoras, llegaron del Oriente y conquistaron a un pueblo cuyo nombre mismo se ha perdido para la posteridad, excepto en los Libros Secretos. Esta barrera natural de fango, que se tragaba lenta y seguramente todo barco que se aproximase a aquellas costas inhospitalarias, fue, hasta pocos miles de años antes de Cristo, la mejor salvaguardia de los egipcios posteriores, quienes se habían arreglado para llegar allí a través de la Arabia, la Abisinia y la Nubia, conducidos por Manu Vinâ en los tiempos de Vishâmitra (15).
Tan evidente se hace cada día la antigüedad del hombre, que hasta la misma Iglesia se está preparando para una honrosa rendición y retirada. El sabio Abate Fabre, profesor de la Sorbona, ha declarado categóricamente que la Paleontología y Arqueología prehistóricas pueden descubrir en las capas terciarias, sin ningún daño para las Escrituras, tantos vestigios como quieran del hombre pre-Adámico.
Puesto que ella no tiene en cuenta ninguna creación anterior al último diluvio, salvo una (la que produjo el diluvium, según el Abate), la revelación de la Biblia nos deja en libertad para admitir la existencia del hombre en el diluvium gris, en las capas pliocenas, y hasta en las eocenas. Por otra parte, además, los geólogos no están de acuerdo en considerar a los hombres que habitaron el globo en esas edades primitivas como nuestros antecesores (16).
El día en que la Iglesia vea que su único medio de salvación está en la interpretación oculta de la Biblia, no está tan lejos como algunos imaginan. Muchos abates y eclesiásticos se han convertido ya en kabalistas fervientes, y no pocos aparecen públicamente en la arena, rompiendo lanzas con los teósofos y ocultistas, en apoyo de la interpretación metafísica de la Biblia. Pero, desgraciadamente para ellos, comienzan por el extremo erróneo. Se les aconseja que, antes de principiar a especular sobre lo metafísico de sus Escrituras, estudien y dominen lo que se relaciona con lo puramente físico, esto es, sus indicaciones sobre Geología y Etnología. Pues alusiones a la constitución septenaria de la Tierra y del Hombre, a las siete Rondas y Razas, abundan tanto en el Nuevo Testamento como en el Antiguo, y son tan visibles como el Sol en el firmamento para el que lea ambos simbólicamente. ¿A qué se aplican las leyes del capítulo XXIII del Levítico? ¿Cuál es la filosofía de la razón de todas esas ofrendas y cálculos simbólicos hebdómados? cómo:
Contaréis.. desde la mañana después del Sábado... que trajisteis la gavilla de las primicias; siete Sábados se completarán... Y ofreceréis con el pan siete corderos sin mancha, etc. (17).
Se nos rechazará, sin duda alguna, cuando digamos que todas estas primicias y ofrendas de “paz” eran en conmemoración de los siete “Sábados” de los Misterios. Estos Sábados son siete Pralayas entre siete Manvántaras, o lo que llamamos Rondas; pues “Sábado” es una palabra elástica, que significa un período de reposo de cualquier naturaleza, como se ha explicado en otra parte. Y si esto no fuese bastante concluyente, entonces podemos dirigirnos al versículo que añade:
Aun desde la mañana después del séptimo Sábado, contaréis cincuenta días (cuarenta y nueve, 7 x 7, estados de actividad y cuarenta y nueve estados de reposo, en los siete Globos de la Cadena, y luego viene el reposo del Sábado, el día cincuenta); y presentaréis una nueva ofrenda de carne al Señor (18).
Esto es, haréis una ofrenda de vuestra carne o “vestidos de piel”, y desechando vuestros cuerpos, permaneceréis espíritus puros. Esta ley de la ofrenda, degradada y materializada con las edades, era una institución que databa de los primeros atlantes; vino ella a los hebreos por la vía de los “caldeos”, que eran los “hombres sabios” de una casta, no de una nación, una comunidad de grandes Adeptos salidos de sus “Agujeros de Serpiente”, que se había establecido en Babilonia edades antes. Y si esta interpretación del Levítico (lleno de Leyes de Manu desfiguradas) se encontrase demasiado traída por los cabellos, entonces dirigíos al Apocalipsis. Cualquiera que sea la interpretación que los místicos profanos den al famoso capítulo XVII, con su enigma de la mujer vestida de púrpura y escarlata; ya hagan gestos los protestantes a los católicos romanos, cuando leen “Misterio, Babilonia la Grande, la Madre de las Rameras y Abominaciones de la Tierra”, o los católicos romanos lancen miradas de indignación a los protestantes, los ocultistas declaran, en su imparcialidad, que estas palabras se han aplicado desde el principio a todos y a cada exotérico Eclesiasticismo - “magia ceremonial” antigua, con sus terribles efectos y actualmente culto ritualista inocente, por estar desfigurado. El “misterio” de la mujer y de la bestia son símbolos del Eclesiasticismo matador del alma, y de la SUPERSTICIÓN.
La bestia que... fue, y no es... y sin embargo existe. Y aquí está la mente que es sabia. Las siete cabezas son siete montañas (siete Continentes y siete Razas) en que se asentaba la mujer.
símbolo de todas las creencias exotéricas, bárbaras, idólatras, que han cubierto ese símbolo “con la sangre de los santos y con la sangre de los mártires” que protestaban y que protestan.
Y hay siete reyes (siete Razas); cinco han caído (incluida nuestra Quinta Raza), y uno existe (la Quinta continúa), y el otro (las Razas Sexta y Séptima) no han venido aún, y cuando él (la Raza “rey”) venga, continuará por un corto espacio (19).
Hay muchas de estas alusiones apocalípticas, pero el estudiante tiene que encontrarlas por sí mismo. Estos cinco reyes fueron ya antes mencionados.
Si la Biblia se une a la Arqueología y Geología para demostrar que la civilización humana ha pasado por tres etapas más o menos determinadas, a lo menos en Europa; y si el hombre, en América y en Europa, lo mismo que en Asia, data de épocas geológicas, ¿por qué, entonces, no han de tomarse en consideración las manifestación de La Doctrina Secreta? ¿Es más filosófico, o más lógico y científico, no creer, como Mr. Albert Gaudry, en el hombre mioceno, y creer que los famosos pedernales de Thenay (20) “fueron labrados por el mono driopiteco”; o creer, como los ocultistas, que el mono anropomorfo vino edades después que el hombre? Pues si se concede y hasta se demuestra científicamente que:
No hubo en la mitad del período Mioceno una sola especie de mamíferos idéntica a las especies que hoy existen (21).
y que el hombre era entonces exactamente lo que es ahora, sólo que más alto y más atlético que nosotros (22), ¿dónde está entonces la dificultad? Que ellos no podían ser descendientes de los monos, de los cuales no se ven vestigios antes del período Mioceno (23) está, por otra parte, atestiguado por varios naturalistas eminentes:
Así, en el salvaje de las edades cuaternarias, que tenía que luchar contra el mamut con armas de piedra, encontramos todos aquellos caracteres craneológicos considerados generalmente como signo de gran desarrollo intelectual (24).
A menos que el hombre surgiera espontáneamente, dotado de toda su inteligencia y sabiduría, de su antecesor catarrino sin cerebro, no podía haber adquirido semejante órgano dentro de los límites del período Mioceno, si hemos de creer al sabio Abate Bourgeois.
En cuanto al asunto de los gigantes, aunque el hombre más alto que se ha encontrado hasta ahora en Europa entre los fósiles es el “hombre de Mentone” (6 pies, 8 pulgadas), todavía puede que se exhumen otros, Nilsson, citado por Lubbock, manifiesta que:
En una tumba de la edad Neolítica... se encontró un esqueleto de tamaño extraordinario, en 1807.
Se atribuyó a un rey de Escocia, Albus McGaldus.
Y si en nuestros mismos días se ven a veces hombres y mujeres de siete y hasta de nueve y once pies, esto tan sólo prueba -según la ley de atavismo, o la reaparición de rasgos y caracteres de los antecesores- que hubo un tiempo en que el término medio de la altura de la humanidad era de nueve y de diez pies, hasta en nuestra última raza Indoeuropea.
Pero como el asunto ha sido suficientemente tratado en otra parte, podemos pasar a los lemures y atlantes, y ver lo que los antiguos griegos sabían de estas primitivas razas, y lo que ahora saben los modernos.
La gran nación mencionada por los sacerdotes egipcios, de la cual descendieron los antepasados de los griegos de la época de Troya, y que, según se asegura, había luchado con la raza Atlante, no era, pues, seguramente, por lo que vemos, una raza de salvajes paleolíticos. Sin embargo, aun en los días de Platón, exceptuando los sacerdotes e iniciados, nadie parece haber conservado ningún recuerdo claro de las razas precedentes. Los primeros egipcios se habían separado de los últimos atlantes hacía edades y edades; ellos mismos descendían de una raza extranjera, y se habían establecido en Egipto unos 400.000 años antes (25), pero sus Iniciados habían conservado todos sus anales. Hasta en una fecha tan posterior como la época de Herodoto, tenían todavía en su poder las estatuas de 341 reyes que habían reinado sobre su pequeña subraza Atlante Aria (26). Concediendo sólo veinte años, como término medio, a cada reinado, la duración del imperio egipcio hay que remontarla a 17.000 años antes del tiempo de Herodoto.
Bunsen concedía a la gran Pirámide una antigüedad de 20.000 años. La Arqueología moderna no quiere concederle más de 5.000 o cuanto más 6.000, y generalmente concede a Tebas, con sus cien puertas, 7.000 años desde la época de su fundación. Y, sin embargo, existen anales que muestran a sacerdotes egipcios -Iniciados- viajando en dirección Noroeste por tierra, vía que más adelante se convirtió en el Estrecho de Gibraltar; volviendo hacia el Norte, y viajando por los establecimientos fenicios de la Galia meridional; luego aún más adelante hacia el Norte, hasta llegar a Carnac (Morbihan), volvieron de nuevo a Occidente y llegaron, siempre viajando por tierra, al promontorio Noroeste del Nuevo Continente (27).
¿Cuál era el objeto de su largo viaje, y en qué época debemos colocar la fecha de tales visitas? Los Anales Arcaicos muestran a los Iniciados de la segunda subraza de la familia aria marchando de un país a otro, con objeto de inspeccionar la construcción de menhires y dólmenes, de zodíacos colosales de piedra, y sitios sepulcrales para servir de receptáculos para las cenizas de futuras generaciones. ¿Cuándo ocurrió esto? El hecho de que cruzaron desde Francia a la Gran Bretaña por tierra puede dar una idea de la fecha en que pudo efectuarse semejante viaje por tierra firme.
Era cuando:
El nivel de los mares Báltico y del Norte era 400 pies más alto que hoy día. El valle de Somme no estaba a la profundidad que ahora alcanza; Sicilia se hallaba unida al África, y Berberia a España. Cartago, las Pirámides de Egipto, los palacios de Uxmal y de Palenque no existían todavía, y los osados navegantes de Tiro y Sidón, que más tarde habían de emprender sus peligrosos viajes a lo largo de las costas de África, aún no habían nacido. Lo que sabemos con certeza es que el hombre europeo fue contemporáneo de las especies extinguidas de la época Cuaternaria... que presenció el levantamiento de los Alpes (28) y la extensión de los ventisqueros; en una palabra, que vivió miles de años antes de que asomaran los albores de las tradiciones históricas más remotas. Es también posible que el hombre sea contemporáneo de mamíferos extinguidos de especies aún más antiguas..., del elephas meridionalis de las arenas de Saint Prest, o al menos del elephas antiquus, que se supone anterior al elephas primigenius, puesto que sus huesos se encuentran en compañía de pedernales labrados en varias cuevas de Inglaterra, y asociados con los del rhinoceros haemitechus, y hasta con los del machairodus latidens, de fecha aun anterior. M. Ed. Lartet es también de opinión de que la existencia del hombre en el período terciario no tiene, en realidad, nada de imposible (29).
Si científicamente “no hay nada de imposible” en la idea, y puede admitirse que el hombre existía ya en época tan remota como el período Terciario, entonces es conveniente recordar al lector que Mr. Croll coloca el principio de este período en una época de hace 2.500.000 años; pero hubo un tiempo en que le asignaba 15.000.000.
Y si puede decirse todo esto del hombre europeo ¡cuán grande será la antigüedad del hombre lemuro-atlante y del atlante-ario! Toda persona ilustrada que sigue el progreso de la Ciencia sabe cómo se reciben todos los vestigios del hombre del período Terciario. Las calumnias que cayeron sobre Desnoyers en 1863, cuando anunció al Instituto de Francia que había hecho un descubrimiento
en las no removidas arenas de Saint Prest, cerca de Chartres, que probaba la coexistencia del hombre y del elephas meridionalis,
estuvieron a la altura del suceso. El descubrimiento posterior, en 1867, del abate Bourgeois, de que el hombre vivió en el período Mioceno, y el recibimiento que tuvo en el Congreso Prehistórico de Bruselas en 1872 prueban que la generalidad de los hombres de ciencia sólo ven lo que quieren ver (30).
El arqueólogo moderno, aunque especula ad infinitum sobre los dólmenes y sus constructores, no sabe, en efecto, nada de ellos, ni de su origen. Sin embargo, estos monumentos extraños, a veces colosales, de piedras sin labrar -que por regla general constan de cuatro o de siete bloques gigantescos colocados juntos- están esparcidos por Asia, Europa, América y África, en grupos o hileras. Se encuentran piedras de enorme tamaño colocadas horizontal y diversamente sobre dos, tres y cuatro bloques, y también sobre seis y siete, como en el Poitou. La gente los llama “altares del diablo”, piedras druídicas, y tumbas de gigantes. Las piedras de Carnac en Morbihan, Bretaña -que ocupan cerca de una milla de largo, en número de 11.000, puestas en once hileras-, son hermanas gemelas de las de Stonehenge. El menhir cónico de Loch-maria-ked, en el Morbihan, mide veinte yardas de largo y cerca de dos de grueso. El menhir de Champ Dolent (cerca de Saint Malo) se eleva a treinta pies del suelo y tiene quince pies de profundidad en la tierra. Estos dólmenes y monumentos prehistóricos se ven en casi todas las latitudes. Se encuentran en la cuenca del Mediterráneo; en Dinamarca (entre los túmulos locales, de veintisiete a treinta y cinco pies de alto); en Shetland; en Suecia, en donde los llaman Ganggriften (o tumbas con corredores); en Alemania, en donde se les conoce por tumbas de gigantes (Hünengräben); en España, en donde se encuentra el dolmen de Antequera, cerca de Málaga; en África; en Palestina y Argelia, en Cerdeña, con los Nuraghi y Sepolture dei Giganti, o tumbas de gigantes; en Malabar; en la India, en donde se les llama las tumbas de los Daityas (Gigantes) y de los Râkshasas, los Hombres-demonios de Lankâ; en Rusia y Siberia, en donde se les conoce por los Koorgan; en el Perú y Bolivia, en donde se les llama Chulpa o sepulcros, etc.
No hay país que no los tenga. ¿Quién los construyó? ¿Por qué están todos relacionados con serpientes y dragones, con aligatores y cocodrilos? Porque, según se cree, se han encontrado en ellos restos del “hombre paleolítico”, y porque en los túmulos funerarios de América se han descubierto cuerpos de razas posteriores con los usuales ornamentos de collares de hueso, armas, urnas de piedra y de cobre, etc., se los considera, por tanto, tumbas antiguas. Pero ciertamente los dos túmulos famosos, uno en el valle del Mississipi y el otro en Ohio, conocidos respectivamente por “Túmulo del Aligator” y “Túmulo de la Gran Serpiente”, nunca fueron destinados a tumbas (31). Sin embargo, se nos dice de modo autoritario que los túmulos y sus constructores, o constructores de dólmenes, son todos “pelasgos” en Europa; anteriores a los Incas en América; pero, sin embargo, no de “tiempos excesivamente remotos”. No han sido construidos por “raza alguna de constructores de dólmenes”, que nunca ha existido, salvo en la fantasía arqueológica primitiva (opinión de De Mortillet, Bastian y Westropp). Finalmente, la opinión de Virchow sobre las tumbas de gigantes en Alemania, se acepta ahora como axioma. Este biólogo alemán dice:
Las tumbas solas son las gigantescas y nos huesos que contienen.
Y la Arqueología sólo tiene que inclinarse y someterse a la decisión (32).
El no haberse encontrado hasta ahora ningún esqueleto gigantesco en las “tumbas” no es razón para decir que nunca contuvieran restos de gigantes. La cremación era universal hasta una época relativamente reciente; - hace unos 80.000 ó 100.000 años. Los verdaderos gigantes, además, se ahogaron casi todos en la sumersión de la Atlántida. Sin embargo, algunos escritores clásicos hablan a menudo de esqueletos gigantescos desenterrados en su tiempo, según hemos dicho en otro lugar. Por otra parte, los fósiles humanos pueden contarse por los dedos hasta hoy. De los esqueletos que se han encontrado, ninguno pasa de 50.000 a 60.000 años (33), y el tamaño del hombre se redujo desde 15 a 10 ó 12 pies, desde el tiempo de la tercera subraza del tronco Ario, cuya subraza -nacida y desarrollada en Europa y Asia Menor, bajo nuevos climas y condiciones- se había hecho europea. Desde entonces, como hemos dicho, ha venido disminuyendo constantemente. Por tanto, se acerca más a la verdad decir que sólo las tumbas son arcaicas, y no necesariamente los cuerpos de los hombres que se han encontrado en ellas algunas veces; y que esas tumbas, puesto que son gigantescas, han debido contener gigantes (34), o más bien las cenizas de generaciones de gigantes.
Tampoco estaban dedicadas a sepulcros todas esas construcciones ciclópeas. Con los llamados restos druídicos, tales como Carnac en Bretaña, Stonéhenge en la Gran Bretaña, es con lo que tuvieron que ver los Iniciados viajeros a que antes hemos aludido. Y estos monumentos gigantescos son todos anales simbólicos de la historia del Mundo. No son druídicos, sino universales. No los construyeron los druidas; pues ellos sólo fueron los poseedores de la herencia ciclópea que les legaron generaciones de poderosos constructores, y “magos”, tanto buenos como malos.
Siempre será de lamentar que la Historia, rechazando a priori la existencia real de los gigantes, nos haya conservado tan poco de los anales de la antigüedad respecto de ellos. Sin embargo, en casi todas las mitologías -las cuales son, después de todo, Historia- los gigantes representan un papel importante. En la antigua mitología Norse, los gigantes Skrymir y sus hermanos, contra quienes lucharon los hijos de los Dioses, eran factores poderosos en las historias de las deidades y los hombres. Las exégesis modernas que hacen a estos gigantes hermanos de los enanos, y reducen los combates de los Dioses a la historia del desarrollo de la Raza Aria, sólo tendrán crédito entre los creyentes de la teoría aria, según la interpreta Max Müller. Admitiendo que las razas turanias estuvieran representadas por los enanos (Dwergar), y que una raza obscura, enana y de cabeza redonda, fuese echada hacia el Norte por los rubios escandinavos, O AEsir -pues los Dioses eran semejantes a los hombres-, no existe aún ni en la historia ni en ninguna otra obra científica prueba antropológica alguna de la existencia en el Tiempo ni en el Espacio de una raza de gigantes. Sin embargo, que han existido estos (relativamente y de hecho al lado de enanos) puede atestiguarlo Schweinfurth. Los Nyam-Nyam de África son enanos, mientras que sus vecinos más próximos, varias tribus africanas de color comparativamente claro, son gigantes comparados con los Nyam-Nyam, y muy altos hasta entre los europeos, pues sus mujeres tienen todas sobre seis pies y medio de estatura.
En Cornwall y en la antigua Bretaña, las tradiciones acerca de los gigantes son, por otra parte, muy comunes; se dice que vivieron hasta en los tiempos del rey Arthur. Todo esto indica que los gigantes vivieron entre los pueblos Celtas en una época posterior a entre los teutónicos.
Si consideramos ahora el Nuevo Mundo, vemos tradiciones de una raza de gigantes de Tarija, en las vertientes orientales de los Andes y en el Ecuador, que lucharon contra los Dioses y los hombres. Esas antiguas creencias, que dan a ciertas localidades el nombre de “Los Campos de los Gigantes”, van siempre acompañadas de la existencia de mamíferos pliocenos y de riberas de época pliocena. “Todos los gigantes no están bajo el Monte Ossa”, y pobre sería, en verdad, la Antropología si limitase las tradiciones de los gigantes a las mitologías griega y de la Biblia. Los países eslavos, especialmente Rusia, rebosan de leyendas sobre los Bogaterey (gigantes poderosos) de antaño; y las tradiciones eslavas, la mayor parte de las cuales han servido de fundamento a historias nacionales, las canciones más antiguas, y las tradiciones más arcaicas, hablan de los gigantes de la antigüedad. Así, pues, podemos rechazar sin temor la teoría moderna que trata de hacer de los Titanes meros símbolos representantes de fuerzas cósmicas. Fueron ellos hombres que realmente vivieron, ya tuviesen veinte pies o sólo doce. Hasta los héroes de Homero, que, por supuesto, pertenecían a un período mucho más reciente en la historia de las razas, parece ser que manejaban armas de un tamaño y peso por encima de la fuerza de los hombres más fuertes de los tiempos modernos.
Ni dos veces diez hombres podían levantar la potente maza.
Hombres como existen en estos tiempos degenerados.
Si las huellas fósiles de pisadas en Carson, Nevada (Estados Unidos de América), son humanas, indican hombres gigantescos, y de que son genuinas no cabe duda. Es de lamentar que las pruebas modernas científicas de los hombres gigantescos, estén reducidas a huellas de pisadas. Una y otra vez, los esqueletos de gigantes hipotéticos han sido identificados con los de elefantes y mastodontes. pero todos estos errores antes de los días de la Geología, y hasta los cuentos de viaje de Sir John Mandeville, que dice vio gigantes de cincuenta y seis pies de altura, en la India, sólo demuestran que la creencia en la existencia de los gigantes no se ha extinguido, en ningún tiempo, en la mente humana.
Lo que se sabe y se admite es que han existido varias razas de gigantes y han dejado rastros precisos. En el Journal of the Anthropological Institute (35), se manifiesta que una raza así existió en Palmira, y probablemente en Midian, que exhibía formas de cráneo completamente distintas de las de los judíos. No es improbable que otra raza semejante existiera en Samaria, y que el pueblo misterioso, que construyó los círculos de piedra en Galilea, que labró piedras neolíticas en el valle del Jordán, y que conservó un lenguaje semítico antiguo muy diferente de los caracteres cuadrados hebreos, fuese de gran estatura. Las traducciones inglesas de la Biblia no pueden inspirar nunca confianza, ni aun en su forma moderna revisada. Nos hablan ellas de los Neiphilim, traduciendo la palabra por “gigantes” y añadiendo, además, que eran hombres “velludos” probablemente los grandes y poderosos prototipos de los sátiros posteriores, tan elocuentemente descritos por la fantasía patrística; pues algunos Padres de la Iglesia aseguran a sus admirdores y partidarios que ellos mismos habían visto a estos “sátiros”, algunos vivos, otros “adobados” y “conservados”. Por la palabra “gigante”, que había sido adoptada como sinónima de Nephilim, los comentadores los han identificado desde entonces con los hijos de Anak. Los filibusteros que se apoderaron de la Tierra Prometida encontraron una población preexistente que excedía en mucho a su estatura, y la llamaron raza de gigantes. Pero las razas de verdaderos gigantes habían desaparecido edades antes del nacimiento de Moisés. Esas gentes de gran estatura existieron en Canaán y hasta en Bashan, y pueden haber tenido representantes en los Nabateos de Midián. Eran ellos mucho más altos que los pequeños judíos. Hace cuatro mil años la formación de sus cráneos y alta estatura los separaba de los hijos de Heber. Hace cuarenta mil años sus antecesores pueden haber sido aún más gigantescos, y cuatrocientos mil años antes, deben de haber sido, comparados con los hombres de hoy, como los Brobdingnagians eran a los liliputienses. Los atlantes del período medio fueron llamados los “Grandes Dragones”; y el primer símbolo de sus deidades de tribu, cuando los “Dioses” y las Dinastías Divinas los habían abandonado, fue el de una serpiente gigantesca.
El misterio que vela el origen y la religión de los druidas es tan grande como el de sus supuestos templos, para el simbologista moderno; pero no para los ocultistas iniciados. Sus sacerdotes eran descendientes de los últimos atlantes, y lo que se sabe de ellos basta para deducir que eran sacerdotes orientales, parientes de los caldeos e indos, aunque algo más. Puede suponerse que simbolizaban su deidad, como los hindúes su Vishnu, como los egipcios su Dios del Misterio, y como los constructores del Túmulo de la Gran Serpiente del Ohio adoraban el suyo; esto es, bajo la forma de la “Poderosa Serpiente”, emblema de la eterna deidad, el Tiempo - el Kâla indo. Plinio los llama ba los “Magos de los galos y bretones”. Pero eran más que eso. El autor de Indian Antiquities encuentra mucha afinidad entre los druidas y los brahmanes de la India. El doctor Borlase señala una estrecha analogía entre ellos y los magos de Persia (36); otros pretenden ver una identidad entre ellos y el sacerdocio Órfico de Tracia; sencillamente porque estaban relacionados, en sus Enseñanzas Esotéricas, con la Religión de la Sabiduría universal, y presentaban así afinidades con el culto exotérico de todos.
Lo mismo que los hindúes, griegos y romanos -hablamos de los Iniciados-, los caldeos y los egipcios, los druidas creían en la doctrina de la sucesión de los “mundos”, así como también en la de siete “creaciones” (de nuevos continentes) y transformaciones de la faz de la Tierra, y en una noche y día séptuple para cada Tierra o Globo. Dondequiera que se encuentre la serpiente con el huevo, esta doctrina existía seguramente. Sus Draconcia son una prueba de ello. Esta creencia era tan universal, que si la buscamos en el esoterismo de las diversas religiones, la descubriremos en todas. La encontraremos entre los arios indos y los mazdeístas, los griegos, los latinos, y hasta entre los antiguos judíos y cristianos primitivos, cuyos linajes modernos apenas comprenden ahora lo que leen en sus Escrituras. En el Book of God leemos:
El mundo, dice Séneca, habiéndose derretido y vuelto a entrar en el seno de Júpiter, este Dios sigue por algún tiempo concentrado en sí mismo, y permanece oculto, por decirlo así, completamente sumergido en la contemplación de sus propias ideas. Después vemos un nuevo mundo surgir de él, perfecto en todas sus partes. Los animales son producidos nuevamente. Fórmase una raza inocente de hombres... Y además, hablando de una disolución del mundo, que envolvía la destrucción o muerte de todo, nos enseña que cuando las leyes de la naturaleza sean enterradas bajo ruinas, y venga el último día del mundo, el Polo Sur se hundirá, y al caer, todas las regiones del África y el Polo Norte abatirán todos los países bajo su eje. El Sol espantado perderá su luz; el palacio del cielo, arruinándose, producirá a la vez la vida y la muerte, y una especie de disolución se apoderará igualmente de todas las deidades, que de este modo tornarán a su caos original (37).
Podría uno imaginarse que leía la relación Puránica del gran Pralaya por Parâshara. Es casi lo mismo, pensamiento por pensamiento. ¿No tiene el Cristianismo nada por el estilo? Sí lo tiene, decimos nosotros. Que el lector abra cualquier Biblia inglesa y que lea el cap. III de la Segunda Epístola de Pedro, y encontrará allí las mismas ideas:
En los últimos días vendrán burlones... diciendo: ¿Dónde está la promesa de su venida? Pues desde que los padres se durmieron, todas las cosas continúan como estaban desde el principio de la creación. Por esto ignoran voluntariamente que por la palabra de Dios los cielos existían anteriormente, y la tierra surgió del agua y en el agua; por lo cual, el mundo que existía entonces, siendo inundado por el agua, pereció; pero los cielos y la tierra que ahora existen, son conservados por la misma palabra, reservados para el fuego..., los cielos, ardiendo, serán disueltos y los elementos se derretirán con calor ardiente. Sin embargo, nosotros... buscamos nuevos cielos y nueva tierra (38).
Si a los intérpretes se les antoja ver en esto una referencia a la creación, al diluvio y a la venida prometida de Cristo, cuando vivan en una Nueva Jerusalén en el Cielo, esto no es culpa de “Pedro”. Lo que el escritor de la epístola significaba era la destrucción de esta nuestra Quinta Raza por fuegos subterráneos e inundaciones, y la aparición de nuevos continentes para la Sexta Raza-Raíz; pues los escritores de las Epístolas estaban todos versados en simbología, ya que no en ciencia.
Hemos dicho en otra parte de esta obra que la creencia en la constitución septenaria de nuestra Cadena era la doctrina más antigua de los primitivos iranios, que la obtuvieron del primer Zarathushtra. Tiempo es ya de probar esto a los parsis, que han perdido la clave del significado de sus Escrituras. En el Avesta se considera a la tierra a la vez séptuple y triple. Esto lo considera el doctor Geiger como una incongruencia, por las siguientes razones, que llama discrepancias. El Avesta habla de las tres terceras partes de la tierra porque el Rig Veda menciona:
Tres tierras... Se dice que esto significa, tres lechos o capas una sobre otra (39).
Pero está completamente equivocado, como le sucede a todos los traductores exotéricos profanos. El Avesta no ha tomado la idea del Rig Veda, sino que sencillamente repite la Enseñanza Esotérica. Los “tres lechos o capas” no se refieren sólo a nuestro Globo, sino a las tres capas de los Globos de nuestra Cadena Terrestre - dos a dos, en cada plano, una en el arco descendente, y otra en el ascendente. así, pues, respecto a las seis esferas o Globos sobre nuestra Tierra, que es el séptimo y el cuarto, la Tierra es séptuple; mientras que respecto a los planos sobre nuestro plano, es triple. Este sentido está demostrado y corroborado por el texto del Avesta, y basta por las especulaciones - trabajo de adivinación de los más laboriosos y poco satisfactorios - de los traductores y comentadores. Se ve, pues, por esto, que la división de la Tierra, o más bien de la Cadena de la Tierra, en siete Karshvars no está en contradicción con las tres “zonas”, si esta palabra se lee “planos”. Según observa Geiger, esta división septenaria es muy antigua (la más antigua de todas), puesto que los Gâthas hablan ya de la “tierra septenaria” (40). Pues:
Según las manifestaciones de las Escrituras parsis posteriores, las siete Kêrshvars deben considerarse como partes de la tierra sin relación alguna (como seguramente lo son. Pues) entre ellas corre un océano, de modo que es imposible, según se afirma en varios pasajes, pasar de un Kêrshvar a otro (41).
El “Océano” es el Espacio, por supuesto, pues el último era llamado “Aguas del Espacio” antes de que fuese conocido por Éter. Además la palabra Karshvar es propiamente traducida Dvipa, y Hvaniratha por Jambudvipa (Neryosangh, el traductor del Yasna) (42). Pero este hecho no lo toman en consideración los orientalistas; y así vemos que hasta para un mazdeísta y parsi de nacimiento, tan instruído como el traductor de la obra del doctor Geiger, pasen inadvertidas y sin una palabra de comentario varias observaciones de éste sobre las “incongruencias” de esta clase que abundan en las Escrituras Mazdeístas. Una de tales “incongruencias” y “coincidencias” se refiere a la semejanza de la doctrina mazdeísta y la inda respecto de los siete Dvipas -más bien islas, o continentes- que se encuentran en los Purânas, a saber:
Los Dvipas forman anillos concéntricos, los cuales, separados por el Océano, rodean a Jambudvipa, que está situado en el centro (y), según la opinión irania, el Kêrshvar Qaniratha está igualmente situado en el centro de los demás; ellos no forman círculos concéntricos, sino que cada uno de ellos (los otros seis Karshvaras) es un espacio peculiar e individual, y así se agrupan alrededor (encima) de Qaniratha (43).
Ahora bien; Qaniratha -mejor Hvaniratha- no es, como cree Geiger y su traductor, “el país habitado por las tribus iranias”; y “los otros nombres” no significan “los territorios adyacentes de naciones extranjeras al Norte, Sur, Este y Oeste”, sino que significan nuestro Globo o Tierra. Pues el significado de la sentencia que sigue a la últimamente citada, a saber, que:
Dos, Vourubarshti y Vouruzarshti, están en el Norte; dos, Vidadhafsha y Fradadhafsha, en el Sur; Savahi y Arzahi en el Este y Oeste
- es sencillamente la descripción muy gráfica y exacta de la Cadena de nuestro Planeta, la Tierra, representada en el Libro de Dzyan (II) del modo siguiente:
Sólo hay que reemplazar estos nombres mazdeístas por los usados en la Doctrina Secreta, para presentarnos la doctrina Esotérica. La “Tierra” (nuestro mundo) es triple, porque la Cadena de los Mundos está situada en tres diferentes planos sobre nuestro Globo; y es séptuple a causa de los siete Globos o Esferas que componen la Cadena. de aquí el otro significado que se da en el Vendidâd (XIX, 39) mostrando que:
Sólo Qaniratha está combinada con imat, “esta” (tierra), mientras que todos los demás Karshvaras están combinados con la palabra “avat”, “aquella” o aquellas - tierras superiores.
Nada puede ser más claro. Lo mismo puede decirse de la interpretación moderna de todas las demás creencias antiguas.
Los druidas, pues, comprendían el significado del Sol en Tauro cuando, extinguidos todos los fuegos en el primero de noviembre, sólo sus fuegos sagrados e inextinguibles permanecían iluminando el horizonte, como los de los Magos y los de los mazdeístas modernos. Y lo mismo que la primitiva Quinta Raza y que los caldeos posteriores, igualmente que los griegos y hasta que los cristianos -que hacen lo mismo hasta hoy día sin sospechar el verdadero significado- saludaban a la Estrella de la Mañana, la hermosa Venus-Lucifer (44). Strabón habla de una isla cerca de Bretaña:
En donde a Ceres y Perséfona se les rendía culto con los mismos ritos que en Samotracia, esta isla era la Iarna Sagrada (45) -
donde estaba encendido un fuego perpetuo. Los druidas creían en el renacimiento del hombre, no como lo explica Luciano:
Que el mismo espíritu animará un nuevo cuerpo, no aquí, sino en un mundo di
sino en una serie de reencarnaciones en este mismo mundo; pues, como dice Diodoro, declaraban que las almas de los hombres, después de determinados períodos, pasarían a otros cuerpos (46).
Esta doctrina vino a los arios de la Quinta Raza desde sus predecesores de la Cuarta, los atlantes. Conservaron ellos piadosamente las enseñanzas, que les decían cómo su Raza-Raíz padre, haciéndose más arrogante con cada generación, debido a la adquisición de poderes sobrehumanos, se había deslizado gradualmente hacia su fin. Esos anales les recuerdan el intelecto gigante de las razas precedentes, así como su gigantesca estatura. En todas las edades de la historia, en casi todos los fragmentos arcaicos que han llegado a nosotros de la antigüedad, encontramos la repetición de esos anales.
AElian conservaba un extracto de Teofrasto escrito durante los días de Alejandro el Grande. Es un diálogo entre Midas, el frigio, y Sileno. Éste hablaba al primero de un continente que había existido en tiempos antiguos, tan inmenso, que Asia, Europa y África parecían islas insignificantes comparadas con él. Fue el último que produjo animales y plantas de magnitudes gigantescas. Allí, decía Sileno, los hombres alcanzaban doble estatura que el hombre más alto de su tiempo (el del narrador) y vivían doble tiempo. Tenían ciudades suntuosas con templos, y una de aquellas ciudades tenía más de un millón de habitantes, encontrándose en ella en gran abundancia el oro y la plata.
La idea de Grote, de que la Atlántida sólo fue un mito originado de un espejismo -nubes en un cielo deslumbrante tomando la apariencia de islas sobre un mar de oro- es demasiado increíble para tenerla en cuenta.
A
ALGUNAS DECLARACIONES DE LOS CLÁSICOS ACERCA DE LOS CONTINENTES E ISLAS SAGRADAS, EXPLICADAS ESOTÉRICAMENTE
Todo lo que precede fue conocido por Platón y por muchos otros. Pero como ningún Iniciado podía decir todo lo que sabía, la posteridad sólo obtuvo alusiones. Siendo el objeto del filósofo griego instruir como moralista más que como geógrafo y etnólogo o historiador, resumió la historia de la Atlántida, que abarcaba varios millones de años, en un suceso que colocó en una isla comparativamente pequeña, de 3.000 estadios de largo por 2.000 de ancho (o próximamente 350 millas por 200, que es poco más o menos el tamaño de Irlanda); mientras que los sacerdotes hablaron de la Atlántida como de un continente tan vasto como “toda el Asia y la Libia” juntas (47). Pero el relato de Platón, aunque alterado en su aspecto general, tiene el sello de la verdad (48). No fue él quien lo inventó, en todo caso, pues Homero, que le precedió muchos siglos, habla también de los atlantes en su Odisea (nuestros atlantes), y de su isla. Por tanto, la tradición es más antigua que el bardo de Ulises. Los atlantes y las Atlántidas de la Mitología están basados en los atlantes y las Atlántidas de la Historia. Tanto Sanchoniathon como Diodoro han preservado las historias de aquellos héroes y heroínas, por mucho que se hayan mezclado sus relatos con el elemento mítico.
En nuestros propios días observamos el hecho extraordinario de que la existencia de personajes relativamente tan recientes como Shakespeare y Guillermo Tell haya sido negada, habiéndose tratado de demostrar que uno era un nom de plume, y el otro una persona que nunca existió. No hay, pues, que admirarse de que las dos poderosas razas (los lemures y los atlantes) hayan sido resumidas e identificadas, en el tiempo, con unos pocos pueblos míticos que llevaron el mismo nombre de familia.
Herodoto habla de los atlantes, pueblo del África Occidental, que dieron su nombre al Monte Atlas; los cuales eran vegetarianos, y “cuyo sueño nunca era turbado por sueños”; y que, sin embargo,
Maldecían diariamente al sol cuando salía y se ponía, porque su calor excesivo los abrasaba y atormentaba.
Estas manifestaciones están basadas sobre hechos morales y psíquicos y no sobre disturbios fisiológicos. La historia de Atlas da la clave de esto. Si los atlantes no tenían nunca turbado su sueño por ensueños, es porque esa tradición particular se refiere a los atlantes primitivos, cuya constitución y cerebro físico no estaban aún lo suficientemente consolidados en el sentido fisiológico para permitir actuar a los centros nerviosos durante el sueño. Respecto de la otra declaración, de que “maldecían diariamente al sol”, esto tampoco tiene que ver con el calor, sino con la degeneración moral que creció a la par que la Raza. Esto está explicado en nuestros Comentarios:
Ellos (la sexta subraza de los atlantes) usaban encantos mágicos hasta en contra del sol,
y al fracasar en su intento, le maldecían. Se atribuía a los brujos de Tesalia el poder de hacer descender a la Luna, según nos lo asegura la historia griega. Los atlantes de los últimos tiempos eran famosos por sus poderes mágicos y su perversidad, por su ambición y su desprecio de los dioses. De aquí las mismas tradiciones que tomaron forma en la Biblia, acerca de los gigantes antediluvianos y la Torre de Babel, y que se encuentran también en el Libro de Enoch.
Diodoro presenta uno o dos hechos más: los atlantes se alababan de poseer la tierra en que todos los Dioses habían nacido; así como también de haber tenido a Urano por primer Rey, el cual fue también el primero que les enseñó la Astronomía. Muy poco más de esto ha llegado a nosotros de la antigüedad.
El mito de Atlas es una alegoría fácil de comprender. Atlas es los antiguos Continentes de la Lemuria y la Atlántida, combinados y personificados en un símbolo. Los poetas atribuyen a Atlas, lo mismo que a Proteo, una sabiduría superior y un conocimiento universal, y especialmente un conocimiento completo de las profundidades del océano; pues en ambos Continentes hubo razas instruidas por Maestros divinos, y ambas fueron arrojadas al fondo de los mares, en donde ahora dormitan hasta su próxima reaparición sobre las aguas. Atlas es el hijo de una ninfa del océano, y su hija es Calipso, el “abismo acuoso”. La Atlántida fue sumergida bajo las aguas del océano y su progenie duerme ahora el eterno sueño en los lechos oceánicos. La Odisea hace de él el guardián y “sostenedor” de las enormes columnas que separan los Cielos de la Tierra. Él es su “soportador”. Y como tanto la Lemuria, destruida por fuegos submarinos, como la Atlántida, sumergida por las ondas, perecieron en los abismos del océano (49), se dice que Atlas se vio obligado a dejar la superficie de la Tierra y reunirse a su hermano Iapetus en las profundidades del Tártaro (50). Sir Theodore Martin tiene razón al interpretar esta alegoría como significando:
(Atlas) de pie en el suelo sólido del hemisferio inferior del universo, sosteniendo así al mismo tiempo el disco de la tierra y la bóveda celeste - la envoltura sólida del hemisferio superior (51).
Porque Atlas es la Atlántida, que sostiene sobre sus “hombros” los nuevos continentes y sus horizontes.
Decharme, en su Mythologie de la Grèce Antique, expresa duda sobre la exactitud de la traducción de Pierrón de la palabra homérica Exel por sustinet, pues no es posible comprender:
Cómo Atlas puede sostener a la vez diversas columnas situadas en varias localidades.
Si Atlas fuera un individuo, la traducción sería torpe, pero como personifica un Continente en Occidente, que se dice sostiene la Tierra y el Cielo a la vez (52), esto es, los pies del gigante pisan la tierra, mientras que sus hombros sostienen la bóveda celeste -una alusión a los picos gigantescos de los Continentes Lemuro y Atlante-, el epíteto de “sostenedor” resulta muy exacto. El término conservador, por la palabra griega Exel, que Decharme, siguiendo a Sir Theodore Martin, entiende significa .......... y ............, no equivale al mismo sentido.
El concepto se debió seguramente a la gigantesca cordillera que corría a lo largo del borde o disco terrestre. Estas montañas hundían sus estribaciones en el fondo mismo de los mares, al paso que elevaban sus crestas hacia el cielo, perdiéndose su cima en las nubes. Los antiguos continentes tenían más montañas que valles. Atlas y el Pico de Tenerife, actualmente dos restos empequeñecidos de los dos perdidos Continentes, eran tres veces más elevados en tiempo de la Lemuria, y dos veces más altos en el de la Atlántida. Así, los libios llamaban al Monte Atlas la “Columna del Cielo”, según Herodoto (53), y Píndaro calificó al posterior Etna como “Columna Celeste” (54). Atlas era un pico inaccesible de una isla, en los días de la Lemuria, cuando el continente africano no se había aún levantado. Es la única reliquia Occidental que sobrevive, independiente, que pertenece al Continente en que la Tercera Raza nació, se desarrolló y cayó (55), pues Australia es ahora parte del Continente Oriental. El orgulloso Atlas, según la tradición Esotérica, habiéndose hundido una tercera parte en las aguas, las otras dos quedaron como herencia de la Atlántida.
Esto era también conocido de los sacerdotes egipcios y del mismo Platón; impidiendo que fuese conocida toda la verdad el juramento solemne de guardar el secreto, que se extendió hasta a los misterios del Neoplatonismo (56). Tan secreto era el conocimiento de la última isla de la Atlántida, en verdad - a causa de los poderes sobrehumanos que poseían sus habitantes, los últimos descendientes directos de los Dioses o Reyes Divinos, según se creía - que el divulgar su situación y existencia era castigado con la muerte. Teopompos dice otro tanto en su siempre sospechada Meropis, cuando habla de los fenicios como los únicos navegantes de los mares que bañan la costa occidental del África; quienes se revestían de tal misterio, que muchas veces echaban a pique sus propios barcos para hacer perder todo rastro de ellos a los extranjeros demasiado curiosos.
Hay orientalistas e historiadores (y constituyen la mayoría) que, mientras permanecen impasibles ante el lenguaje más bien crudo de la Biblia y ante algunos de los sucesos que en ella se relatan, muestran gran disgusto ante la “inmoralidad” de los Panteones de la India y de Grecia (57). Se nos puede decir que antes que ellos, Eurípides, Píndaro y hasta el mismo Platón expresaron el mismo disgusto; que ellos también se sintieron irritados ante los cuentos que se inventaban - “esos cuentos miserables de los poetas”, según la frase de Eurípides (58).
Pero quizá hubiera otra causa para esto. Para los que sabían que había más de una clave para el Simbolismo Teogónico, era un error el haberlo expresado en un lenguaje tan crudo y engañoso. Pues si el filósofo ilustrado y sabio podía discernir el meollo de la sabiduría bajo la grosera corteza del fruto, y sabía que este último escondía las más grandes leyes y verdades de la naturaleza psíquica y física, así como del origen de todas las cosas; no así el profano no iniciado. Para éste la letra muerta era la religión; la interpretación, sacrilegio. Y esta letra muerta no podía edificarle, ni hacerle más perfecto, al ver que semejante ejemplo le era dado por sus Dioses. Pero para el filósofo (especialmente el Iniciado), la Teogonía de Hesiodo es tan histórica como pueda serlo cualquier historia. Platón la acepta como tal, y expone tantas de sus verdades como sus juramentos se lo permitían.
El hecho de que los atlantes pretendisen que Urano fue su primer rey, y que Platón principie su historia de la Atlántida por la división del gran Continente por Neptuno, el nieto de Urano, muestra que hubo otros continentes antes que la Atlántida, y reyes antes que Urano. Pues Neptuno, a quien tocó en suerte el gran Continente caído, encuentra en una pequeña isla sólo una pareja humana hecha de barro, esto es, el primer hombre físico humano, cuyo origen principió con las últimas subrazas de la Tercera Raza-Raíz. El Dios se casa con su hija Clito, y su hijo mayor Atlas es el que recibe como herencia la montaña y el continente llamados por su nombre (59).
Ahora bien; todos los Dioses del Olimpo, así como todos los del Panteón Hindú y los Rishis, eran las personificaciones septiformes: 1º, de los Nóumenos de los Poderes Inteligentes de la Naturaleza; 2º, de las Fuerzas Cósmicas; 3º, de los Cuerpos Celestes; 4º, de los Dioses o Dhyân Chohans; 5º, de los Poderes Psíquicos y Espirituales; 6º, de los Reyes Divinos de la Tierra, o encarnaciones de los Dioses, y 7º, de los Héroes u Hombres Terrestres. El saber distinguir entre estas siete formas la que se pretendía, es cosa que perteneció en todo tiempo a los Iniciados, cuyos primeros predecesores habían creado este sistema simbólico y alegórico.
Así, mientras que Urano, o la Hueste que representaba este grupo celeste, reinó y gobernó en la Segunda Raza y su continente; Cronos o Saturno gobernó a los Lemures; y Júpiter, Neptuno (60) y otros lucharon en la alegoría por la Atlántida, que era toda la Tierra en los días de la Cuarta Raza. Poseidonis, o la última isla de la Atlántida - el “tercer paso” de Idas-pati, o Vishnu, en el lenguaje místico de los Libros Secretos-, duró hasta hace unos 12.000 años (61). Los atlantes de Diodoro tenían razón en sostener que en su país, en la región que rodeaba el Monte Atlas, fue donde “nacieron los Dioses”, esto es, “encarnaron”. Pero sólo después de su cuarta encarnación fue cuando se convirtieron en reyes humanos y gobernantes, por la primera vez.
Diodoro habla de Urano como primer rey de la Atlántida, confundiendo los Continentes, ya fuese conscientemente o de otro modo; pero, como hemos indicado, Platón corrige indirectamente el aserto. El primer instructor de astronomía de los hombres fue Urano, porque es uno de los siete Dhyân Chohans del Segundo Período o Raza. Así, también, en el segundo Manvántara, el de Svârochisha, entre los siete hijos del Manu, los Dioses o Rishis que presidían aquella raza, vemos a Jyotis (62), el maestro de astronomía (Jyotisha), uno de los nombres de Brahmâ. Y así también los chinos reverencian a Tien (o el Firmamento, Ouranos) y le dan el nombre de su primer maestro en astronomía. Urano dio origen a los Titanes de la Tercera Raza, y ellos fueron los que le mutilaron personificados por Saturno-Cronos. Porque, como los Titanes cayeron en la generación, cuando “la creación por medio de la voluntad fue reemplazada por la procreación física”, no necesitaban más a Urano.
Y aquí debe permitírsenos y perdonársenos una corta digresión. A consecuencia de la última producción erudita de Mr. Gladstone en el Nineteenth Century, “Los Dioses Mayores del Olimpo”, las ideas del público en general acerca de la mitología griega han sido aún más pervertidas y extraviadas. A Homero se le atribuye un pensamiento íntimo, que Mr. Gladstone considera como “la verdadera clave de la concepción Homérica”, mientras que esta “clave” es meramente un velo.
(Poseidón) es en verdad esencialmente un mundano de la tierra..., fuerte e imperioso, sensual y sumamente celoso y vengativo -
pero esto es porque simboliza el Espíritu de la Cuarta Raza-Raíz, el Regente de los Mares, esa Raza que vive sobre la superficie de los mares (63), compuesta de gigantes; los hijos de Eurimedón, la raza padre de Polifemo, el Titán y Cíclope de un ojo. Aunque Zeus reina sobre la Cuarta Raza, Poseidón es quien gobierna y el que es la verdadera clave de la tríada de los Hermanos Cronid y de nuestras razas humanas. Poseidón y Nereus son uno; el primero es el Gobernante o Espíritu de la Atlántida antes del principio de su sumersión; el último, después. Neptuno es la fuerza titánica de la Raza viviente; Nereus, su Espíritu reencarnado en la Raza Aria subsiguiente, o Quinta; y esto es lo que el sabio helenista de Inglaterra no ha descubierto aún, ni siquiera vislumbrado. ¡Y sin embargo, hace muchas observaciones sobre la “habilidad” de Homero, el cual no nombra nunca a Nereus, a cuya designación sólo se llega por el patronímico de Nereidas!
Así, la tendencia aun de los más eruditos helenistas es limitar sus especulaciones a las imágenes exotéricas de la Mitología, y perder de vista su sentido íntimo, y esto se ve de un modo notable en el caso de Mr. Gladstone, como hemos señalado. Al paso que es casi la figura más conspicua de nuestra época, como hombre de Estado, es, al propio tiempo, uno de los sabios más ilustrados que Inglaterra ha producido. La literatura griega ha sido el estudio preferido de su vida, y ha encontrado tiempo, en medio de la baraúnda de los negocios públicos, para enriquecer la literatura contemporánea con producciones de erudición griega, que harán su nombre famoso en las generaciones futuras. Al mismo tiempo, como admiradora sincera suya, la escritora de estas líneas no puede menos de sentir grandemente que la posteridad, al paso que reconozca su profunda erudición y vasta cultura, juzgue, sin embargo, a la luz más clara que tiene que alumbrar entonces toda la cuestión del Simbolismo y de la Mitología, que no pudo penetrar en el espíritu del sistema religioso, que tanto ha criticado desde el punto de visa dogmático cristiano. En ese futuro se verá que la clave esotérica de la Teogonía cristiana, así como de la Teogonía y ciencias griegas, es la Doctrina Secreta de las naciones prehistóricas, que, juntamente con otros, ha negado. Sólo esta doctrina es la que puede señalar el parentesco de todas las especulaciones humanas religiosas, y hasta de las llamadas “revelaciones”; y ésta es la enseñanza que infunde el espíritu de la vida en los símbolos seculares de los Montes de Meru, Olimpo, Walhalla o Sinaí. Si Mr. Gladstone fuera un hombre más joven, sus admiradores podrían tener la esperanza de que sus estudios escolásticos fuesen coronados con el descubrimiento de esta verdad subyacente. Dadas las circunstancias, sólo está malgastando las preciosas horas de sus últimos años en disputas fútiles con el gigante librepensador Coronel Ingersoll, luchando cada cual con armas de temple exotérico sacadas de los arsenales del Literalismo ignorante. Estos dos grandes discutidores están igualmente ciegos respecto del verdadero significado esotérico de los textos, que mutuamente se tiran a la cabeza como balas de hierro, al paso que sólo sufre el mundo con tales controversias; porque el uno trabaja para fortalecer las filas del materialismo y el otro las del sectarismo ciego de la letra muerta. Y ahora volvamos otra vez a nuestro asunto inmediato.
Muchas veces, se menciona a la Atlántida bajo otro nombre, desconocido de nuestros comentadores. El poder de los nombres es grande y ha sido conocido desde que los Maestros divinos instruyeron a los primeros hombres. Y como Solón lo había estudiado, tradujo los nombres “Atlantes” por nombres inventados por él mismo. Relacionado con el continente de la Atlántida, conviene tener presente que los relatos de los antiguos escritores griegos que han llegado hasta nosotros contienen una confusión de declaraciones, de las cuales algunas se refieren al gran Continente, y otras a la pequeña isla última de Poseidonis. Ha sido costumbre aplicarlas todos a la última solamente; pero que esto es inexacto, se desprende de la incompatibilidad de las diferentes manifestaciones acerca del tamaño, etcétera de la Atlántida”.
Así, en el Critias, dice Platón que la llanura que rodeaba la ciudad estaba a su vez rodeada por cordilleras de montañas, y que la llanura era suave, y a nivel y de figura oblonga, extendiéndose al Norte y al Sur, tres mil estadios en una dirección y dos mil en la otra; la llanura hallábase rodeada por un enorme canal o dique, de 101 pies de profundidad, 606 de ancho y 1.250 millas de largo (64).
Ahora bien; en otros sitios se expone el tamaño total de la isla de Poseidonis poco más o menos como el asignado sólo a la “llanura alrededor de la ciudad”. Es evidente que una parte de lo que se dice se refiere al gran Continente, y la otra al último resto, o sea la isla de Platón.
Por otra parte, el ejército activo de la Atlántida se declara como de más de un millón de hombres; su armada de 1200 barcos y 240.000 hombres. ¡Semejantes afirmaciones son por completo inaplicables al Estado de una pequeña isla del tamaño de Irlanda!
Las alegorías griegas dan a Atlas, o la Atlántida, siete hijas -siete subrazas-, cuyos nombres respectivos son: Maia, Electra, Taygeta, Asterope, Merope, Alcyone y Calaeno. Esto, etnológicamente; pues se les atribuye que se casaron con Dioses, y que fueron madres de héroes famosos, fundadores de muchas naciones y ciudades. Astronómicamente, las Atlántidas se han convertido en las siete Pléyades (?). En la Ciencia Oculta las dos se hallan relacionadas con los destinos de las naciones, destinos que están trazados por los sucesos de sus vidas anteriores con arreglo a la Ley Kármica.
Tres grandes naciones pretendían en la antigüedad una descendencia directa del reino de Saturno, o Lemuria, confundido con la Atlántida algunos miles de años antes de nuestra era; y éstas eran los egipcios, los fenicios (Sanchoniathon) y los antiguos griegos (Diodoro, después Platón). Pero puede también demostrarse que el país civilizado más antiguo del Asia, la India, pretende la misma descendencia. Las subrazas, guiadas por la Ley Kármica o destino, repiten inconscientemente los primeros pasos de sus respectivas razas-madres. Así como los brahmanes relativamente blancos -cuando invadieron la India poblada de Dravidianos de color obscuro- vinieron del Norte, así también la Quinta Raza Aria debe atribuir su origen a las regiones del Norte. Las Ciencias Ocultas muestran que los fundadores, los grupos respectivos de los siete Prajâpatis, de las Razas-Raíces, han estado todos relacionados con la Estrella Polar. En el Comentario vemos:
Aquel que entiende la edad de Dhruva (65), que mide 9090 años mortales, comprenderá los tiempos de los Pralayas, el destino final de las naciones. ¡Oh, Lanú!
Por otra parte, ha debido haber muy buenas razones para que una nación asiática colocase a sus grandes Progenitores y Santos en la Osa Mayor, constelación del Norte. Hace 70.000 años, a lo menos, que el Polo de la Tierra apuntaba al extremo final de la cola de la Osa Menor; y muchos miles de años más que los siete Rishis podían haber sido identificados con la constelación de la Osa Mayor.
La raza Aria nació y se desarrolló en el lejano Norte, aunque después del hundimiento del Continente de la Atlántida sus tribus emigraron más hacia el Sur de Asia. De aquí que Prometeo sea el hijo de Asia; y Deucalión, su hijo, el Noé griego -el que creó hombres de las piedras de la madre Tierra-, sea llamado escita del Norte, por Luciano; y a Prometeo le hacen hermano de Atlas, y es encadenado al Cáucaso en medio de las nieves (66).
Grecia tenía su Apolo Hiperbóreo, así como su Apolo Meridional. De igual modo, casi todos los Dioses de Egipto, Grecia y Fenicia, así como los de otros Panteones, son de origen septentrional, y nacidos en la Lemuria, hacia el final de la Tercera Raza, después que se hubo completado toda su evolución física y fisiológica (67). Todas las “fábulas” de Grecia, podría verse que están fundadas en hechos históricos, si esta historia hubiera pasado a la posteridad sin ser adulterada por los mitos. Los cíclopes de “un solo ojo”, los gigantes presentados en la fábula como hijos de Coelus y Terra -en número de tres, según Hesiodo-, fueron las tres últimas subrazas de los Lemures, refiriéndose el “ojo único” al ojo de la sabiduría (68); pues los dos ojos frontales sólo estuvieron completamente desarrollados como órganos físicos en el principio de la Cuarta Raza. La alegoría de Ulises, cuyos compañeros fueron devorados, mientras que el rey de Itaca se salvó sacando el ojo de Polifemo con un tizón de fuego, está basada en la atrofia psicofisiológica del “tercer ojo”. Ulises pertenece al ciclo de los héroes de la Cuarta Raza, y aun cuando era un “Sabio” respecto de esta última, debió haber sido un libertino en opinión de los cíclopes pastoriles (69). Su aventura con estos últimos -raza salvaje gigantesca, antítesis de la culta civilización de la Odisea- es una representación alegórica del paso gradual de la civilización ciclópea de construcciones colosales de piedra, a la cultura más sensual y física de los Atlantes, que fue causa de que la última parte de la Tercera Raza perdiese su ojo espiritual, que todo lo penetraba. La otra alegoría, que representa a Apolo matando a los Cíclopes para vengar la muerte de su hijo Asclepio, no se refiere a las tres subrazas representadas por los tres hijos del Cielo y de la Tierra, sino a los Cíclopes hiperbóreos Arimaspianos, último resto de la raza dotada con el “ojo de la sabiduría”. Los primeros han dejado vestigios de sus construcciones en todas partes, tanto en el Sur como en el Norte; los otros estaban confinados solamente al Norte. Así, Apolo - que es principalmente el Dios de los Videntes-, cuyo deber es castigar la profanación, los mató (representando sus flechas las pasiones humanas fieras y letales); y ocultó su flecha detrás de una montaña en las regiones hiperbóreas (70). Cósmica y astronómicamente, este Dios hiperbóreo es el Sol personificado, el cual, durante el curso del año Sideral -25.868 años- cambia los climas de la superficie de la Tierra, haciendo regiones frígidas de las tropicales y viceversa. Psíquica y espiritualmente su significación es mucho más importante. Como observa muy pertinentemente Mr. Gladstone en su “Dioses Mayores del Olimpo”:
Las cualidades de Apolo (juntamente con Athene) son imposibles de comprender sin acudir a fuentes que se encuentran más allá del límite de las tradiciones más comúnmente exploradas para la elucidación de la mitología griega (71).
La historia de Latona (Leto), madre de Apolo, está llena de significados diversos. Astronómicamente, Latona es la región polar, y la noche, que da nacimiento al Sol, a Apolo, a Febo, etc. Nació ella en los países hiperbóreos, en donde todos los habitantes eran sacerdotes de su hijo, que celebraban su resurrección y descenso en su país cada diecinueve años, a la renovación del ciclo lunar (72). Latona es el Continente hiperbóreo y su Raza, geológicamente (73).
Cuando el sentido astronómico cede su lugar al espiritual y divino - Apolo y Athene transformándose en “aves”, símbolo y emblema de las divinidades y ángeles superiores - entonces el brillante Dios asume poderes divinos creadores. Apolo se convierte en la personificación de la videncia, cuando envía el doble Astral de Eneas al campo de batalla (74), y tiene el don de aparecer a sus videntes sin ser visible a otras personas presentes (75), don del que, en todo caso, participa todo Adepto elevado.
El rey de los hiperbóreos era por esa razón hijo de Bóreas, el Viento Norte, y el Sacerdote Superior de Apolo. La contienda de Latona y Niobe -la Raza Atlante-, madre de siete hijos y siete hijas, que personifican las siete subrazas de la Cuarta Raza y sus siete Ramas (76), alegoriza la historia de los dos Continentes. La cólera de los “Hijos de Dios” o de la “Voluntad y Yoga”, al ver la constante degradación de los atlantes, era grande (77); y el significado de la destrucción de los hijos de Niobe por los hijos de Latona - Apolo y Diana, las deidades de la luz, la sabiduría y la pureza, o el Sol y la Luna astronómicamente, cuya influencia ocasiona cambios en el eje de la Tierra, diluvios y otros cataclismos cósmicos - es, así, muy claro (78). La fábula acerca de las lágrimas incesantes de Niobe, cuyo dolor hace que Zeus la transforme en una fuente - la Atlántida cubierta por las aguas -, no es un símbolo menos gráfico. Niobe, téngase presente, es hija de una de las Pléyades, o Atlántidas; por tanto es nieta de Atlas (79), porque representa las últimas generaciones del Continente condenado.
Una observación verdadera es la de Bailly, cuando dice que la Atlántida tuvo una influencia enorme en la antigüedad. añade él:
Un gran Dragón rojo se hallaba ante la mujer pronto a devorar al niño. Da ella a luz el hombre-niño que debía gobernar a todas las naciones con un cetro de hierro, y que fue acogido en el trono de Dios - el Sol. La mujer huye al desierto, siempre perseguida por el dragón, que vuela otra vez, y echa agua por la boca como un río, cuando la Tierra favoreció a la mujer y se tragó al río; y el Dragón marchó a hacer la guerra con el resto de la semilla de ella que guardó los mandamientos de Dios (Véase Apocalipsis, XII, I, 17). Cualquiera que lea la alegoría de Latona perseguida por la venganza del celoso Juno, reconocerá la identidad de las dos versiones. Juno envía a Pitón, el Dragón, a perseguir y destruir a Latona y devorar a su recién nacido. este último es Apolo, el Sol, pues el hombre-niño del Apocalipsis, “que debía gobernar a todas las naciones con un cetro de hierro”, no es seguramente el apacible “Hijo de Dios”, Jesús, sino el Sol físico, “que gobierna a todas las naciones”; siendo el Dragón el Polo Norte, gradualmente persiguiendo a los lemures primitivos en las tierras que se hacían más y más hiperbóreas, e impropias para ser habitadas por los que rápidamente se estaban convirtiendo en hombres físicos, pues entonces tenían que habérselas con las variaciones de clima. El Dragón no quería permitir a Latona “dar a luz” - el Sol que iba a aparecer. “Ella es echada del Cielo y no encuentra lugar donde poder dar a luz”, hasta que Neptuno, el Océano, lleno de compasión, hace inmóvil la isla flotante de Delos -la ninfa Asteria, ocultándose hasta entonces de Júpiter bajo las olas del Océano-, en la cual se refugia Latona, y en donde nace el brillante Dios Delio, el Dios que tan pronto aparece mata a Pitón, el frío y hielo de la región ártica, en cuyos anillos mortales toda vida se extingue. En otras palabras: Latona-Lemuria se transforma en Niobe-Atlántida, sobre la cual reina su hijo Apolo, o el Sol - con un cetro de hierro, verdaderamente, puesto que Herodoto hace a los atlantes maldecir su calor demasiado grande. Esta alegoría está reproducida en su otro sentido místico (otra de las siete claves) en el capítulo antes citado del Apocalipsis. Latona se convierte en Diosa poderosa, en verdad, y ve que se le rinde culto a su hijo (culto solar) en casi todos los templos de la antigüedad. en su aspecto oculto, Apolo es el patrón del número siete. Nació en el día siete del mes, y los cisnes de Myorica nadan siete veces alrededor de Delos cantando el suceso; le dan siete cuerdas a su Lira - los siete rayos del Sol y las siete fuerzas de la Naturaleza. Pero esto es sólo en el sentido astronómico, mientras que lo anterior es puramente geológico.
Si estos nombres míticos son meras alegorías, entonces todo lo que tienen de verdad viene de la Atlántida; si la fábula es una tradición real -aunque alterada-, entonces la historia antigua es por completo su historia (80).
Tan es así que todos los antiguos escritos - prosa y poesía - están llenos de reminiscencias de los lemuro-atlantes, las primeras Razas físicas, aunque Tercera y Cuarta en número, en la evolución de la Humanidad de la Cuarta Ronda en nuestro Globo. Hesiodo anota la tradición acerca de los hombres de la Edad de Bronce, a quienes Júpiter había formado de madera de fresno y que tenían corazones más duros que el diamante. Revestidos de bronce de pies a cabeza, pasaban sus vidas peleando. De tamaño monstruoso, dotados de una fuerza terrible, de sus hombros salían brazos y manos invencibles, dice el poeta (81). Tales eran los gigantes de las primeras Razas físicas.
Los iranios tienen en el Yasna, IX, 15, una referencia a los últimos atlantes. La tradición sostiene que los “Hijos de Dios”, o grandes Iniciados de la Isla Sagrada, se aprovecharon del Diluvio para libertar a la Tierra de todos los Brujos que había entre los atlantes. El referido versículo se dirige a Zarathushtra, como uno de los “Hijos de Dios”. Dice:
Tú, ¡oh Zarathushtra! hiciste que todos los demonios (Brujos) que antes vagaban por el mundo en formas humanas, se escondiesen en la tierra (ayudó a sumergirlos).
Los lemures, así como también los atlantes primitivos, estaban divididos en dos clases distintas: los “Hijos de la Noche” o de las Tinieblas, y los “Hijos del Sol” o de la Luz. Los libros antiguos nos hablan de terribles batallas entre los dos, cuando los primeros, abandonando su país de Tinieblas, de donde el Sol había partido hacía varios meses, descendieron de sus regiones inhospitalarias y “trataron de arrancar el Dios de la Luz” de sus hermanos más favorecidos de las regiones ecuatoriales. Se nos podrá decir que los antiguos no sabían nada de la larga noche de seis meses de duración en las regiones polares. Hasta el mismo Herodoto, más instruido que los demás, sólo menciona un pueblo que dormía durante seis meses del año y estaba despierto la otra mitad. Sin embargo, los griegos sabían muy bien que había un país en el Norte donde el año estaba dividido en un día y una noche de seis meses de duración cada una, pues Plinio dice esto claramente (82). Hablan ellos de los cimerianos y de los hiperbóreos, y establecen una diferencia entre los dos. Los primeros habitaban el Palus Maeotis, entre los 45º y 50º de latitud. Plutarco explica que ellos eran sólo una pequeña parte de una gran nación expulsada por los escitas, nación que se detuvo cerca del Tanais, después de haber cruzado el Asia.
Aquellas multitudes guerreras vivían primeramente en las costas del Océano, en bosques densos y bajo un cielo tenebroso. Allí es casi la cabeza del polo; allí largas noches y días dividen el año (83).
En cuanto a los hiperbóreos, estos pueblos, según se expresa Solino Polyhistor:
Sembraban por la mañana, recogían al mediodía; reunían sus frutos por la tarde, y los almacenaban por la noche en sus cuevas (84).
Hasta los escritores del Zohar conocían este hecho, pues está escrito:
En el Libro de Hammannunah, el Viejo (o el Anciano), leemos... que hay algunos países de la tierra que están alumbrados, mientras otros están en la obscuridad; estos tienen el día, cuando para los otros es de noche; y hay países en los cuales es constantemente de día, o en los que la noche sólo dura unos instantes (85).
La isla de Delos, la Asteria de la mitología griega, nunca estuvo en Grecia; pues este país no existía en aquel tiempo, ni siquiera en su forma molecular. Algunos escritores han indicado que representaba un país o una isla mucho mayor que los pequeños trozos de tierra que se convirtieron en Grecia. tanto Plinio como Diodoro de Sicilia la colocan en los mares del Norte. Uno la llama Basilea, o “Real” (86); y el otro, Plinio, la llama Osericta (87), palabra que, según Rudbeck (88), tenía
Un significado, en las lenguas septentrionales, equivalente a la Isla de los Reyes Divinos o Dioses-Reyes-
o también “Isla Real de los Dioses”, porque los Dioses nacieron allí, esto es, las Dinastías Divinas de los Reyes de la Atlántida procedían de aquel lugar. Que los geógrafos y geólogos la busquen entre el grupo de islas descubierto por Nordenskiöld en su viaje del “Vega” a las regiones árticas (89). Los Libros Secretos nos informan que el clima ha cambiado en aquellas regiones más de una vez, desde que los primeros hombres habitaron aquellas ahora casi inaccesibles latitudes. Eran un Paraíso antes de que se convirtieran en Infierno; el Hades tenebroso de los griegos, y el frío Reino de las sombras donde la Hel escandinava, la Diosa-Reina del país de los muertos, “tiene su dominio en lo profundo de Helheim y Niflheim”. Sin embargo, fue el lugar donde nació Apolo, que era el Dios más resplandeciente del Cielo - astronómicamente -, así como era el más iluminado de los Reyes Divinos que gobernaron en las naciones primitivas, en su sentido humano. Este último hecho está en la Ilíada, donde se dice que Apolo se apareció cuatro veces en su propia forma (como Dios de las Cuatro Razas), y seis veces en forma humana (90), esto es, relacionado con las Dinastías Divinas de los primitivos lemures no separados.
Esos pueblos primitivos misteriosos, sus países (que ahora son inhabitables), así como el nombre dado al “hombre”, tanto vivo como muerto, son los que han proporcionado oportunidad a los ignorantes Padres de la Iglesia para inventar un Infierno, que han transformado en una localidad ardiente en lugar de frígida (91).
Es, por supuesto, evidente, que ni los hiperbóreos ni los cimerianos, ni los arimaspes, ni aun los escitas -conocidos de los griegos y comunicándose con ellos- son nuestros atlantes. Pero todos ellos eran descendientes de sus últimas subrazas. Los pelasgos fueron ciertamente uina de las razas-raíces de la futura Grecia, y resto de una subraza de la Atlántida. Platón indica mucho al hablar de los últimos, cuyo nombre se ha averiguado, procedía de pelagus, el “gran mar”. El Diluvio de Noé es astronómico y alegórico, pero no mítico; pues el relato se basa en la misma tradición arcaica de los hombres (o más bien de las naciones) que se salvaron, durante los cataclismos, en canoas, arcas y barcos. Nadie se aventurará a decir que el Xisuthro caldeo, el Vaivasvata indo, el Peirun chino -el “Amado de los Dioses”, que se salvó de la inundación en una canoa- o el Belgamer sueco, por quien los Dioses hicieron lo mismo en el Norte, sean todos idénticos como personajes. Pero sus leyendas han salido todas de la catástrofe que abarcó tanto al Continente como a la Isla Atlántida.
La alegoría acerca de los gigantes antediluvianos, y sus proezas en brujería, no es un mito. Los sucesos bíblicos son revelados verdaderamente. Pero no es por la voz de Dios entre truenos y relámpagos en el Monte Sinaí, ni por un dedo divino trazando los anales en tablas de piedra, sino simplemente por medio de la tradición vía fuentes paganas. No era seguramente el Pentateuco lo que Diodoro repetía, cuando escribió acerca de los Titanes; los gigantes nacidos del Cielo y de la Tierra, o más bien, nacidos de los Hijos de Dios, que tomaron por esposas a las hijas de los hombres que eran hermosas. Ni tampoco Perecides citaba del Génesis cuando daba detalles de aquellos gigantes, que no se encuentran en las Escrituras judías. Dice él que los hiperbóreos eran de la raza de los Titanes, raza que descendía de los primeros gigantes, y que esa región hiperbórea fue la cuna de los primitivos gigantes. Los Comentarios de los Libros Sagrados explican que la referida región era el lejano Norte, ahora las Tierras Polares, el primer Continente Prelemuro, que abarcó una vez la Groenlandia presente, Spitzberg, Suecia, Noruega, etc.
Pero ¿quiénes fueron los nephilim del Génesis (VI, 4 )? Hubo hombres paleolíticos y neolíticos en Palestina, edades antes de los sucesos registrados en el Libro de los Principios. La tradición teológica identifica a estos nephilim con hombres velludos o sátiros, siendo estos últimos míticos en la Quinta Raza, y los primeros históricos, tanto en la Cuarta como en la Quinta Raza. Hemos dicho en otra parte lo que fueron los prototipos de estos sátiros, y hemos hablado de la bestialidad de la Raza Atlante primitiva y de la posterior. ¿Cuál es el significado de los amores de Poseidón bajo tal variedad de formas animales? Se convirtió en un delfín para conquistar a Anfítrite; en un caballo para seducir a Ceres; en un morueco para engañar a Teofane, etc. Poseidón no es sólo la personificación del Espíritu y Raza de la Atlántida, sino también de los vicios de estos gigantes. Gesenio y otros dedican grandísimo espacio al significado de la palabra nephilim, y explican muy poco. Pero los Anales Esotéricos muestran a estas criaturas velludas como los últimos descendientes de aquellas Razas Lemuro-Atlantes, que engendraron hijos con animales hembras, de especies extinguidas hace largo tiempo; produciendo así hombres mudos, “monstruos”, como dicen las Estancias.
Ahora bien; la Mitología, construida sobre la Teogonía de Hesiodo, que no es más que los anales poetizados de tradiciones reales, o historia oral, habla de tres gigantes llamados Briareus, Cottus y Gyges, que vivían en un país tenebroso en donde fueron aprisionados por Cronos, por su rebelión contra él. Todos los tres están dotados en el mito con cien brazos y cincuenta cabezas, representando estas últimas las razas, y los primeros las subrazas y tribus. Teniendo presente que en la Mitología todos los personajes son casi Dioses o Semidioses, y también reyes o simples mortales en su segundo aspecto (92), y que ambos representan símbolos de países, islas, poderes de la naturaleza, elementos, naciones, razas y subrazas, se comprenderá el Comentario Esotérico. Dice él que los tres gigantes son tres tierras polares que han cambiado de forma varias veces, a cada nuevo cataclismo o desaparición de un continente para dar lugar a otro. El Globo entero entra periódicamente en convulsiones, habiéndolas sufrido cuatro veces desde la aparición de la Primera Raza. Sin embargo, aunque toda la faz de la Tierra fue transformada por ello cada vez, la conformación de los Polos ártico y antártico ha cambiado poco. Las tierras polares se unen y se separan convirtiéndose en islas y penínsulas, aunque permanecen siempre las mismas. Por tanto, el Asia Septentrional es llamada la “Tierra Eterna o Perpetua”, y el Antártico, el “Siempre Viviente” y el “Escondido”; mientras que el Mediterráneo, el Atlántico, el Pacífico y otras regiones, desaparecen y reaparecen por turno, debajo y encima de las Grandes Aguas.
Desde la primera aparición del gran Continente de la Lemuria, los tres gigantes polares han sido aprisionados en su círculo por Cronos. Su cárcel está rodeada por una pared de bronce, y la salida es por puertas fabricadas por Poseidón -o Neptuno-; por tanto, por mares que no pueden atravesar; y en esta triste región, donde reinan tinieblas eternas, es donde languidecen los tres hermanos. La Ilíada hace de ella el Tártaro (93). Cuando los Dioses y Titanes se rebelaron a su vez contra Zeus -la deidad de la Cuarta Raza-, el Padre de los Dioses recapacitó acerca de los g igantes aprisionados que le podían ayudar a vencer a los Dioses y Titanes, y precipitar a estos en el Hades; o en palabras más claras, hundir a la Lemuria, en medio de truenos y relámpagos, en el fondo de los mares, a fin de hacer lugar a la Atlántida, que estaba destinada a sumergirse y desaparecer a su vez (94). El levantamiento geológico y el diluvio de Tesalia fueron una repetición en pequeña escala del gran cataclismo; y, quedando impreso en la memoria de los griegos, lo mezclaron y confundieron con el destino general de la Atlántida. Así también, la guerra entre los Râkshasas de Lankâ, y los Bhârateans, la mêlée de los atlantes y arios en su lucha suprema, o el conflicto entre los Devs e Yzeds, o Peris, se convirtió edades después en la lucha de los Titanes, separados en dos campos enemigos, y más tarde aún en la guerra entre los Ángeles de Dios y los Ángeles de Satán. Los hechos históricos se convirtieron en dogmas teológicos. Escoliadores ambiciosos, hombres de una pequeña subraza nacida ayer, y uno de los últimos retoños del linaje ario, emprendieron la tarea de echar por tierra el pensamiento religioso del mundo, y lo consiguieron. Por cerca de dos mil años ellos han impreso en la humanidad pensante la creencia en la existencia de Satán.
Pero como ahora es convicción de más de un helenista erudito -como era la de Bailly y Voltaire- que la Teogonía de Hesiodo está basada en hechos históricos (95), se hace más fácil para las Enseñanzas Ocultas abrirse camino en las mentes de los hombres pensadores, y por esto se presentan estos pasajes de la Mitología en nuestra discusión sobre el saber moderno, en esta Addenda.
Los símbolos que se encuentran en todos los credos exotéricos son otras tantas huellas de verdades prehistóricas. La soleada y dichosa tierra, cuna primitiva de las primeras razas humanas, se ha convertido varias veces desde entonces en hiperbórea y saturnina (96); mostrando así la Edad de Oro y Reino de Saturno bajo aspectos multiformes. Fue de muchos aspectos en su carácter, verdaderamente; climática, etnológica y moralmente. Porque la Tercera, la Raza Lemuria, debe ser dividida fisiológicamente en la raza andrógina primera y la bisexual posterior; y el clima de sus residencias y continentes en el de una eterna primavera y un eterno invierno, en la vida y la muerte, la pureza e impureza. El ciclo de las leyendas es siempre transformado en su marcha por la fantasía popular. Sin embargo, puede quitársele la escoria que ha reunido en su camino a través de muchas naciones, y de las innumerables mentes que han añadido sus propios aditamentos exuberantes a los hechos originales. Abandonando por un instante las interpretaciones griegas, podemos buscar más corroboraciones en las pruebas científicas y geológicas.
SECCIÓN VII
PRUEBAS CIENTÍFICAS Y GEOLÓGICAS DE VARIOS CONTINENTES SUMERGIDOS
No estará de más (en beneficio de los que convierten la tradición de una Atlántida miocena perdida, en un “mito anticuado”) añadir unas pocas admisiones científicas sobre este punto. La Ciencia, en verdad, es indiferente a tales cuestiones. Pero hay hombres científicos prontos a admitir que, en todo caso, es más filosófico un agnosticismo prudente, respecto de los problemas geológicos que se refieren al remoto pasado, que una negativa a priori, o hasta que generalizaciones precipitadas fundadas en datos incompletos.
Mientras tanto pueden señalarse dos casos muy interesantes, que “confirman” algunos pasajes de la carta de un Maestro, publicada en Buddhismo Esotérico. La eminencia de las autoridades no será puesta en duda (subrayamos los pasajes que se corresponden):
Extracto del Buddhismo esotérico, página Extracto de una Conferencia por W. Penge-
73, 8ª edición Inglesa. lly, F. R. S., F. G. S.
I I
El hundimiento de la Atlántida (el grupo de ¿Ha existido, como algunos han supuesto,
continentes e islas) principió durante el pe- una Atlántida, un continente o archipiélago de
ríodo Mioceno... y alcanzó su punto culmi- grandes islas, que ocupó el área del Atlántico
nante primeramente en la desaparición final del Norte? No hay, quizá, nada antifilosófico en
del continente más grande, suceso que la hipótesis. Pues desde el momento en que los
coincidió con el alzamiento de los Alpes, y geólogos declaran que “los Alpes han ganado
después con la desaparición de la última de 4.000 pies, y en algunos sitios 10.000 de su al-
las hermosas islas mencionadas por Platón tura actual desde el principio del período Eoce-
(Véase también The Mahâtmâ Letters no” (Principles, de Lyell, página 256, 2ª ed.);
to A. P. Sinnett, pág. 155). una depresión postumiocena pudo haber preci-
pitado a la hipotética Atlántida en profundida-
des casi como abismos (1).
Extracto de Buddhismo Esotérico, página Extracto de un artículo en la Popular Science
67, octava edión inglesa. Review, V, 18, por el profesor Seemann, Ph.
D., F. L. S., V. - P. A. S.
II II
La Lemuria... no puede confundirse con Sería prematuro decir, porque ninguna prueba
el continente Atlántida, como Europa no se ha presentado todavía, que no han existido
se confunde con América. Ambas se su- hombres en la edad Eocena, especialmente,
mergieron y ahogaron con su gran civi- dado que puede señalarse que una raza de hom-
lización y “dioses”, aunque entre las dos bres, la más ínfima que conocemos, coexiste
catástrofes transcurrió un período de con ese resto de la flora Eocena que aún so-
700.000 años, floreciendo la Lemuria y brevive en el continente e islas de Australia.
terminando su carrera precisamente en el
período de tiempo Eoceno, puesto que su Extracto del Pedigree of Man, pág. 81.
raza fue la tercera. Contemplad las reli-
quias de la que fue una vez gran nación, Haeckel, que acepta por completo la realidad
en algunos de los aborígenes de cabeza de una anterior Lemuria, considera también a
achatada de vuestra Australia. (Véase los australianos como descendientes directos
también The Mahâtmâ Letters to A. P. de los Lemures. “Formas persistentes de ambos
Sinnett, página 151). vástagos (sus Lemures) sobreviven todavía,
según toda probabilidad, del primero en los
papuanos y hotentotes; del último en los
australianos y en una división de los malayos.
Respecto de una civilización anterior, de la cual son el último retoño superviviente, una parte de estos australianos degradados, la opinión de Gerland es sumamente sugestiva. Comentando la religión y mitología de las tribus, escribe:
El aserto de que la civilización (?) australiana indica un grado más alto no se prueba en ninguna parte más claramente que aquí (en la cuestión religiosa), donde todo resuena como las voces expirantes de una edad anterior más rica... La idea de que los australianos no tienen rastro de religión o mitología es completamente falsa. Pero esta religión está cierta y totalmente desnaturalizada (2).
En cuanto a la opinión de Haeckel respecto de la relación entre los australianos y los malayos, como dos ramas de un mismo tronco, está en un error cuando clasifica a los australianos con los demás. Los malayos y papuanos son un linaje mezclado, resultante del cruce de las subrazas inferiores atlantes con la séptima subraza de la Tercera Raza-Raíz. Lo mismo que los hotentotes, descienden ellos directamente de los Lemuro-Atlantes. Es un hecho de lo más sugestivo -para aquellos pensadores concretos que exigen una prueba física del Karma- que las razas más inferiores se están extinguiendo rápidamente; fenómeno debido en gran parte a la extraordinaria esterilidad que se apodera de las mujeres desde que por primera vez se ponen en relaciones con los europeos. Un proceso diezmador tiene lugar en todo el Globo entre las razas “cuyo tiempo ha terminado”; entre esos linajes, obsérvese bien, que la Filosofía Esotérica considera como representantes seniles de naciones arcaicas desaparecidas. Es inexacto sostener que la extinción de una raza inferior sea invariablemente debida a las crueldades y abusos perpetrados por los colonos. El cambio de alimentación, la embriaguez, etc., han hecho mucho; pero los que toman semejantes causas como una explicación por completo suficiente del problema no pueden hacer frente al cúmulo de hechos que tan compactos se presentan ahora. Hasta el mismo materialista Lefèvre dice:
Nada puede salvar a aquellos que han terminado su carrera. Sería necesario prolongar su ciclo de destino... Los pueblos que relativamente se han conservado más, los que se han defendido más valerosamente, Hawaianos o Maoríes, no han sido menos diezmados que las tribus destruidas o corrompidas por la intrusión europea (3).
Cierto; ¿pero no es el fenómeno, aquí confirmado, un ejemplo de la operación de la Ley Cíclica, difícil de explicar en sentido materialista? ¿De dónde procede el “ciclo de destino” y el orden que aquí se atestigua? ¿Por qué esta esterilidad (Kármica) ataca y hace desaparecer a ciertas razas a su “hora debida”? La contestación de que es debido a una “desproporción mental” entre las razas colonizadoras y las aborígenes, es claramente evasiva, puesto que no explica la “interrupción repentina de la fertilidad” que tan frecuentemente acontece. La extinción de los hawaianos, por ejemplo, es uno de los problemas más misteriosos del día. La Etnología tendrá que reconocer, más tarde o más temprano, con los ocultistas, que la verdadera solución hay que buscarla en una comprensión del modo de obrar del Karma. Según observa Lefèvre:
Se acerca el tiempo en que no quedarán más que tres grandes tipos humanos.
El tiempo es antes de que alboree la Sexta Raza-Raíz; los tres tipos son el blanco (Quinta Raza-Raíz; Ario), el amarillo y el negro africano -con sus cruzamientos (divisiones Atlanto-Europeas). Los pieles rojas, los esquimales, papuanos, ausralianos, polinesios, etc., se están extinguiendo. Los que saben que cada Raza-Raíz corre por una escala de siete subrazas con siete ramas, etc., comprenderán el porqué. La marea creciente de Egos que reencarnan los ha dejado atrás para cosechar experiencias en linajes más desarrollados y menos seniles, y su extinción es, por tanto, una necesidad Kármica. De Quatrefages presenta algunas extraordinarias y no explicadas estadísticas acerca de la extinción de razas (4). Ninguna solución, que no sea en sentido ocultista, puede explicarlas.
Pero nos hemos separado de nuestro verdadero asunto. Oigamos ahora lo que el profesor Huxley tiene que decir sobre la cuestión de los Continentes anteriores, Atlánticos y Pacíficos.
He aquí lo que escribe en Nature:
No hay nada, que yo sepa, en las pruebas biológicas o geológicas hoy asequibles, que haga improbable la hipótesis de que un arca del fondo del mar Atlántico medio o del Pacífico, tan grande como Europa, haya sido levantada a la altura del Mont Blanc, para hundirse de nuevo desde la época Paleozoica, si hubiese algún fundamento para suponerla (5).
Esto es, que no hay nada que milite contra la prueba positiva del hecho; y por lo tanto, nada en contra del postulado geológico de la Filosofía Esotérica. El doctor Berthold Seemann nos asegura en Popular Science Review, que:
Los hechos que los botánicos han reunido para volver a construir los mapas perdidos del globo son bastante comprensibles; y no se han quedado atrás en demostrar la existencia anterior de grandes extensiones de tierra firme en partes ocupadas ahora por vastos océanos. Los muchos puntos de contacto sorprendentes entre la flora presente de los Estados Unidos y la del Asia Oriental les inducen a suponer que, durante el orden actual de cosas, existió una comunicación continental entre el Asia Oriental del Sur y la América Occidental. La correspondencia singular de la flora actual de los Estados Unidos del Sur con la flora lignita de Europa les induce a creer que, en el período Mioceno, Europa y América estaban en relación por un paso de tierra de que son restos Islandia, la de Madera y las otras islas Atlánticas; que efectivamente, la historia de una Atlántida referida por un sacerdote egipcio a Solón no es pura fábula, sino que se apoya en una base histórica sólida... La Europa del período Eoceno recibió las plantas que se extendieron sobre montañas y llanuras, valles y orillas de los ríos (generalmente de Asia), no exclusivamente del Sur ni del Este. El Occidente proporcionó también aditamentos, y si en aquel período fueron más bien de poca monta, muestran, en todo caso, que se estaba construyendo el puente que, en una época posterior, debía facilitar la comunicación entre los dos continentes de un modo tan notable. En aquel tiempo, algunas plantas del Continente Occidental principiaron a llegar a Europa por medio de la isla de la Atlántida, que entonces acababa (?) probablemente de aparecer sobre el Océano (6).
Y en otro número de la misma Revista (7) Mr. W. Duppa Crotch, M. A., F. L. S., en un artículo titulado “The Norwergian Lemming and its Migrations” (El conejo noruego y sus emigraciones), alude al mismo asunto:
¿Es probable que haya existido tierra donde ahora se mueve el vasto Atlántico? Todas las tradiciones lo afirman; los antiguos anales egipcios hablan de la Atlántida, como Strabon y otros nos han dicho. El mismo desierto de Sahara es la arena de un antiguo mar, y las conchas que se encuentran en su superficie prueban que, en una época no más remota que el período Mioceno, se agitaba un mar sobre lo que ahora es un desierto. El viaje del “Challenger” ha probado la existencia de tres grandes cordilleras (8) en el Océano Atlántico (9) , una que se extiende por más de tres mil millas y los brazos laterales; relacionando estas cumbres, pudieran explicar la maravillosa semejanza de la fauna de las islas del Atlántico... (10)
El continente sumergido de Lemuria, en lo que ahora es el Océano Índico, se considera que presenta una explicación de las muchas dificultades en la distribución de la vida orgánica; y creo que la existencia de una Atlántida Miocena se verá que tiene una gran fuerza elucidadora en sus asuntos de mayor interés (¡eso es, verdaderamente!) que la emigración del conejo. En todo caso, si se puede demostrar que existió tierra, en edades anteriores, donde ahora se agita el Atlántico del Norte, no solamente se vería el motivo de estas emigraciones, en apariencia suicidas, sino también una gran prueba colateral de que lo que llamamos instintos no son más que la herencia ciega, y algunas veces hasta perjudicial, de experiencias previamente adquiridas.
Se nos dice que, en ciertas épocas, multitudes de estos animales nadan hacia el mar y perecen. Viniendo, como vienen, de todas partes de Noruega, el poderoso instinto que sobrevive a través de las edades como una herencia de sus progenitores, los impulsa a buscar un continente que existió en un tiempo, pero que se halla ahora sumergido bajo el Océano, y encontrar una tumba en el agua.
En un artículo conteniendo una crítica sobre Island Life, de Mr. A. R. Wallace, obra dedicada en gran parte a la cuestión de la distribución de los animales, etc., Mr. Starkie Gardiner escribe:
Por un proceso de razonamiento fundado en una extensa exposición de hechos de diferentes clases, llega él a la conclusión de que la distribución de la vida sobre la tierra, como ahora la vemos, se ha verificado sin la ayuda de cambios importantes en la posición relativa de los continentes y mares, Sin embargo, si aceptamos su opinión, deberemos creer que Asia y África, Madagascar y África, Nueva Zelanda y Australia, Europa y América, han estado unidas en alguna época no muy remota geológicamente, y que hubo puentes sobre mares de una profundidad de 1.000 brazas; pero debemos tratar como “completamente gratuito y del todo opuesto a todos los testimonios de que disponemos (!!), la suposición de que la templada Europa y la templada América, Australia y el África del Sur hayan estado jamás en relación, excepto por la vía del Círculo Ártico o Antártico, y que tierras que ahora están separadas por mares de más de 1.000 brazas de profundidad hayan estado jamás unidas.
Hay que admitir que Mr. Wallace ha conseguido explicar los rasgos principales de la distribución de la vida actual sin echar un puente sobre el Atlántico, ni sobre el Pacífico, excepto hacia los Polos; sin embargo, no puedo menos de pensar que algunos de los hechos pudieran explicarse más fácilmente admitiendo la existencia anterior de una unión entre la costa de Chile y la Polinesia (11), y Gran Bretaña y la Florida, obscuramente representada por los bancos submarinos que se extienden entre ellas. Nada se arguye que haga imposible estas relaciones más directas, y no se presenta ninguna razón física que se oponga a que el suelo del Océano no pueda ser levantado desde cualquier profundidad. La ruta por la cual (según las hipótesis Anti-Atlantea y Anti-Lemurea de Wallace) se supone que se mezclaron las floras de la América del Sur y de la Australia, está llena de dificultades casi insuperables; y la aparentemente repentina llegada de un número de plantas subtropicales americanas en nuestros eocenos necesita una relación más hacia el Sur que la presente línea de 1.000 brazas. Las fuerzas están constantemente actuando, y no hay razón para que una vez puesta en acción una fuerza elevadora en el centro de un Océano, cese de actuar hasta que se forme un continente. Ellas han actuado y han levantado fuera del mar, en un tiempo geológico relativamente reciente, las montañas más elevadas de la tierra. El mismo Mr. Wallace admite repetidamente que los lechos de los mares se han elevado 1.000 brazas, y que se han levantado islas desde profundidades de 3.000; y suponer que las fuerzas elevadoras tienen poder limitado, me parece a mí que es, citando de nuevo de Island Life, “completamente gratuito y por completo opuesto a todos los testimonios de que disponemos” (12).
El “padre” de la Geología inglesa, Sir Charles Lyell, era un partidario de la uniformidad en sus opiniones sobre la formación de los Continentes. Le vemos diciendo:
Los profesores Unger (Die Versunkene Insel Atlantis) y Heer (Flora Tertiaria Helvetiae) han defendido con fundamentos botánicos la existencia anterior de un Continente Atlántico durante una parte del período Terciario, por proporcionar la única explicación plausible que puede imaginarse de la analogía entre la flora miocena de la Europa Central y la flora actual de la América Oriental. El profesor Oliver, por otra parte, después de mostrar cuántos de los tipos americanos, encontrados fósiles en Europa, son comunes al Japón, se inclina a la teoría, presentada primeramente por el doctor Asa Gray, de que la emigración de las especies, a la cual se debe la comunidad de tipos en los Estados Orientales de la América del Norte y la flora miocena de Europa, tuvo lugar cuando había una comunicación por tierra desde América al Asia Oriental, entre los paralelos quince y dieciséis de latitud, o al Sur del Estrecho de Behring, siguiendo la dirección de las islas Aleucianas. Siguiendo este curso pudieron haber hecho su camino, en cualquier época, Miocena, Pliocena o Postpliocena, antes de la época Glacial, a la región del río Amour, en la costa oriental del Asia del Norte (13).
Las dificultades y complicaciones innecesarias en que aquí se incurre, a fin de evitar la hipótesis de un Continente Atlántico, son demasiado aparentes para pasar inadvertidas. Si las pruebas botánicas estuviesen solas, el escepticismo sería en parte razonable; pero en este caso todas las ramas de la Ciencia convergen hacia un punto. La Ciencia ha cometido errores y se ha expuesto a otros mayores de los que se expondría con la admisión de nuestros dos Continentes ahora invisibles. Ha negado hasta lo innegable, desde los días del matemático Laplace hasta los nuestros, y esto sólo hace unos pocos años (14). Tenemos la autoridad del profesor Huxley, que dice que no hay ninguna improbabilidad a priori contra pruebas posibles que apoyen la creencia. Pero ahora que se presenta la prueba positiva, ¿querrá este eminente hombre de ciencia admitir el corolario?
Tocando el problema en otro punto, Sir Charles Lyell nos dice:
Respecto de la cosmogonía de los sacerdotes egipcios, reunimos muchas noticias de escritores de las sectas griegas, que tomaron casi todas sus doctrinas de Egipto, y entre otras la de la destrucción y renovación sucesivas del mundo (catástrofes continentales, no cósmicas). Sabemos por Plutarco que éste era el tema de uno de los himnos de Orfeo, tan celebrado en las edades fabulosas de Grecia. Lo trajo de las orillas del Nilo; y hasta encontramos en sus versos, lo mismo que en los sistemas indos, un período definido asignado a la duración de cada mundo sucesivo. Las vueltas de las grandes catástrofes estaban determinadas por el período del Annus Magnus, o gran año, ciclo compuesto de la revolucón del Sol, de la Luna y de los planetas, y que termina cuando estos vuelven juntos al mismo signo de donde se supone que partieron en alguna época remota... Sabemos, particularmente por el Timeus de Platón, que los egipcios creían que el mundo estaba sujeto a conflagraciones y diluvios ocasionales. La secta de los estoicos adoptó por completo el sistema de las catástrofes destinadas en determinados intervalos a destruir el mundo. Éstas, decían, eran de dos clases: el cataclismo o destrucción por el diluvio, que barre por completo la raza humana y aniquila toda la producción animal y vegetal de la naturaleza, y la ecpyrosis o conflagración, que destruye el globo mismo (volcanes submarinos). De los egipcios derivaron la doctrina de la degeneración gradual del hombre desde un estado de inocencia (sencillez naciente de las primeras subrazas de cada Raza-Raíz). Hacia la terminación de cada era, los dioses no podían sufrir más tiempo la perversidad de los hombres (degeneración en prácticas mágicas y animalidad grosera de los Atlantes), y un choque de los elementos, o un diluvio, los anonadaba; después de cuya calamidad, volvía Astraea a descender a la tierra para renovar la edad de oro (aurora de una nueva Raza-Raíz) (15).
Astraea, la Diosa de la Justicia, es la última de las deidades que abandonan la Tierra, cuando se dice que los Dioses la abandonan y son llevados de nuevo a los cielos por Júpiter. Pero tan pronto como Zeus se lleva de la Tierra a Ganymedes -el objeto de la concupiscencia, personificado-, el Padre de los Dioses lanza otra vez a Astraea a la Tierra, en la cual cae de cabeza. Astraea es Virgo, la constelación del Zodíaco. Astronómicamente tiene un significado muy claro, y que da la clave del sentido oculto. Pero es inseparable de Leo, el signo que la precede; y de las Pléyades y sus hermanas las Hyadas, de las cuales es Aldebarán el brillante jefe. Todas éstas se hallan relacionadas con las renovaciones periódicas de la Tierra, respecto de sus continentes, hasta el mismo Ganymedes, que en Astronomía es Acuario. Se ha dicho ya que mientras el Polo Sur es el Abismo (o las regiones infernales, figurada y cosmológicamente), el Polo Norte es, en sentido geográfico, el Primer Continente; mientras que en sentido astronómico y metafórico el Polo celeste, con su Estrella Polar en el Cielo, es Meru, o la Sede de Brahmâ, el Trono de Júpiter, etc. Pues en la época en que los Dioses abandonaron la Tierra, y se dice ascendieron al Cielo, la eclíptica se había hecho paralela al meridiano, y parte del Zodíaco parecía descender desde el Polo Norte al horizonte del mismo nombre. Aldebarán estaba entonces en conjunción con el Sol, como estaba hace 40.000 años, en la gran festividad en conmemoración de ese Annus Magnus de que hablaba Plutarco. Desde aquel año -hace 40.000 años- ha habido un movimiento retrógrado del Ecuador, y hace cosa de 31.000 años Aldebarán estaba en conjunción con el punto vernal equinoccial. La parte asignada a Tauro, hasta en el Misticismo Cristiano, es demasiado conocida para que se necesite repetirla. El famoso Himno de Orfeo, sobre el gran cataclismo periódico, pone de manifiesto todo el esoterismo del suceso. Plutón, en el abismo, se lleva a Eurídice mordida por la Serpiente Polar. Entonces Leo, el León, es vencido. Ahora bien; cuando el León está “en el Abismo”, o bajo el Polo Sur, entonces Virgo, como signo próximo, le sigue, y cuando su cabeza, hasta la cintura, se halla debajo del horizonte del Sur, está ella invertida. Por otra parte, las Hyadas son la lluvia o constelaciones del Diluvio; y Aldebarán -el que sigue, o sucede a las hijas de Atlas, o las Pléyades- mira hacia abajo desde el ojo de Tauro. Desde este punto de la eclíptica es de donde comenzaron los cálculos del nuevo ciclo. El estudiante debe también tener presente que cuando Ganymedes, Acuario, se eleva en el cielo (o encima del horizonte del Polo Norte), Virgo o Astraea, que es Venus-Lucifer, desciende cabeza abajo, por debajo del horizonte del Polo Sur, o el Abismo; cuyo Abismo, o el Polo, es también el Gran Dragón, o el Diluvio. Que el estudiante ejercite su intuición uniendo estos hechos; no puede decirse más. Lyell observa:
La relación entre la doctrina de las catástrofes sucesivas y las repetidas degeneraciones del carácter moral de la raza humana es más íntima y natural de lo que puede imaginarse a primera vista. Pues, en un estado social rudo, todas las grandes calamidades son consideradas por las gentes como juicios de Dios por la perversidad del hombre... Del mismo modo, en el relato hecho a Solón por los sacerdotes egipcios, sobre la sumersión de la isla Atlántida bajo las aguas de Océano, después de repetidas sacudidas de un terremoto, vemos que el suceso acaeció cuando Júpiter hubo visto la depravación moral de los habitantes (16).
Cierto; pero ¿no fue esto debido al hecho de que todas las verdades Esotéricas se daban al público por los Iniciados de los templos, bajo el disfraz de las alegorías? “Júpiter” es meramente la personificación de aquella Ley Cíclica inmutable, que detiene la tendencia hacia abajo de cada Raza-Raíz después de alcanzar el cenit de su gloria (17). Tenemos que admitir la enseñanza alegórica, a menos que tengamos la misma opinión singularmente dogmática del profesor John Fiske, de que un mito:
Es una expli cación, por la mente incivilizada, de algún fenómeno natural; no una alegoría ni un símbolo esotérico, pues se gasta en vano el ingenio (!!) que trata de encontrar en los mitos los restos de una ciencia refinada primitiva: es sólo una explicación. Los hombrees primitivos no tenían ciencia alguna profunda que perpetuar por medio de la alegoría (¿cómo lo sabe Mr. Fiske?), ni tampoco eran tan funestos pedantes que hablasen en enigmas, cuando el lenguaje claro servía para su objeto (18).
Nos atrevemos a decir que el lenguaje de los pocos iniciados era mucho más “claro” y su Ciencia-Filosofía mucho más comprensible y satisfactoria, tanto para las necesidades físicas como para las espirituales del hombre, que la misma terminología y sistema elaborados por el maestro de Mr. Fiske, Herbert Spencer. ¿Cuál es, en todo caso, la “explicación” de Sir Charles Lyell acerca del “mito”? Ciertamente que él no defiende en modo alguno la idea de su origen “astronómico”, según aseguran algunos escritores.
Los dos intérpretes difieren por completo entre sí. La solución de Lyell es como sigue: Incrédulo en los cambios originados por cataclismos, por falta (?) de datos históricos de confianza sobre el particular, así como por una gran inclinación hacia el concepto de uniformidad en los cambios geológicos (19), trata de atribuir la “tradición” de la Atlántida al siguiente origen:
1º Las tribus bárbaras relacionan las catástrofes con un Dios vengador, a quien de este modo se le atribuye que castiga a las razas inmorales.
2º De aquí que el principio de una nueva raza sea lógicamente virtuoso.
3º El origen primario del fundamento geológico de la tradición fue Asia, continente sujeto a violentos terremotos. De este modo traspasaban las edades relatos exagerados.
4º Egipto, aunque libre de estos terremotos, basó, sin embargo, sus considerables conocimientos geológicos en estas tradiciones de cataclismos.
¡Una “explicación” ingeniosa, como lo son todas éstas! Pero el probar una negativa es proverbialmente una tarea difícil. Los estudiantes de la ciencia Esotérica, que saben lo que realmente eran los recursos del sacerdocio egipcio, no necesitan estas laboriosas hipótesis. Además, al paso que un teórico de imaginación siempre puede encontrar una solución razonable a problemas que, en una rama de la Ciencia, parecen necesitar la hipótesis de cambios periódicos causados por cataclismos sobre la superficie de nuestro planeta, el crítico imparcial, que no es especialista, reconocerá la inmensa dificultad de desechar fundadamente las pruebas acumuladas, a saber: las arqueológicas, etnológicas, geológicas, tradicionales, botánicas y hasta biológicas, en favor de continentes anteriores ahora sumergidos. Cuando cada ciencia lucha por su lado, la fuerza acumulada de la prueba se pierde casi invariablemente de vista.
En The Theosophist, hemos escrito:
Tenemos como testimonio las más antiguas tradiciones de diversos y muy distanciados pueblos; leyendas de la India, de la antigua Grecia, Madagascar, Sumatra, Java y todas las principales islas de la Polinesia, así como las leyendas de ambas Américas. Entre los salvajes, y en las tradiciones de la literatura más rica del mundo (la literatura Sánscrita de la India), hay acuerdo en decir que, hace edades, existía en el Océano Pacífico un gran Continente que una vez fue tragado por el mar en un levantamiento geológico (20) (Lemuria). Y es nuestra firme creencia... que la mayor parte, si no todas las islas, desde el archipiélago malayo a la Polinesia, son fragmentos de aquel inmenso Continente sumergido. tanto Malaca como la Polinesia, que se hallan a los dos extremos del Océano, y que, desde que existe memoria de hombre, no han tenido ni han podido tener nunca relación entre sí, ni siquiera conocimiento de su respectiva existencia, tienen, sin embargo, la tradición común a todas las islas e islotes, de que sus respectivos países se extendían lejos, muy lejos en el Mar; que en el mundo no había más que dos inmensos continentes, uno habitado por hombres amarillos, y otro por hombres morenos; y que el Océano, por orden de los Dioses, para castigarlos por sus luchas incesantes, los tragó. A pesar del hecho geográfico de que Nueva Zelanda, las islas Sandwich y las de Pascua se hallan entre sí a una distancia de 800 a 1.000 leguas, y que, según todos los testimonios, ni éstas, ni ninguna isla intermedia, como por ejemplo, las islas Marquesas, las de la Sociedad, Fiji, Tahitianas, Samoanas y otras, podían, desde que se convirtieron en islas, e ignorantes de la brújula como eran sus pobladores, haberse comunicado entre sí antes de la llegada de los europeos; sin embargo, cada una y todas sostienen que sus respectivos países se extendían a lo lejos hacia Occidente, por el lado del Asia. Además, con cortas diferencias, todas hablan dialectos que provienen evidentemente del mismo idioma, y se entienden con poca dificultad, tienen las mismas creencias religiosas y supersticiones, y casi las mismas costumbres. Y como pocas de las islas Polinesas fueron descubiertas antes de hace un siglo, y el mismo Océano Pacífico era desconocido para Europa hasta los días de Colón; y estos isleños no han cesado nunca de repetir las mismas antiguas tradiciones desde que los europeos pisaron por primera vez sus costas, nos parece una deducción lógica que nuestra teoría se aproxima más a la verdad que otra cualquiera. La casualidad tendría que cambiar de nombre y de significado, si todo esto fuera debido sólo a la casualidad (21).
El profesor Schmidt, escribiendo en defensa de la hipótesis de una Lemuria anterior, declara:
Una gran serie de hechos geográfico-animales se explica sólo por la hipótesis de la existencia anterior de un Continente Meridional, del cual es la Australia un resto... (La distribución de especies) señala la tierra desaparecida del Sur, como el paraje donde quizá deba buscarse también la morada de los progenitores de los Maki de Madagascar (22).
Mr. A. R. Wallace, en su Malay Archipelago, llega a la conclusión siguiente, después de revisar la suma de pruebas disponibles:
La deducción que debemos sacar de estos hechos es, indudablemente, que todas las islas hacia el Este, más allá de Java y Borneo, forman esencialmente parte de un Continente Australiano o Pacífico anterior, aunque algunas de ellas puede que no hayan estado unidas a él. Este continente debió de hacerse pedazos, no sólo antes de que las Islas Occidentales se separaran del Asia, sino probablemente antes de que la parte extrema oriental del Sur de Asia se elevase sobre las aguas del Océano, pues una gran parte de la tierra de Borneo y Java se sabe que es geológicamente de formación por completo reciente (23).
Según Haeckel:
Probablemente el Asia Meridional misma no fue la primera cuna de la raza humana, sino la Lemuria, un continente que existió al Sur de Asia y que se hundió más tarde bajo la superficie del Océano Índico (24).
En un sentido, Haeckel tiene razón respecto de la Lemuria, la “cuna de la raza humana”. Ese continente fue la morada del primer tronco humano físico, la Tercera Raza posterior de Hombres. Antes de esa época, las Razas estaban mucho menos consolidadas y eran fisiológicamente muy distintas. Haeckel extiende la Lemuria desde la Isla de la Sonda al África y Madagascar, y hacia el Este a la India superior.
El profesor Rütimeyer, el eminente paleontólogo, dice:
¿Es necesario que la conjetura de que los marsupiales casi exclusivamente graminívoros e insectívoros, perezosos, armadillos, hormigueros y avestruces, poseyeran una vez un verdadero punto de unión en un Continente Meridional, del cual fuesen restos la flora presente de la Tierra del Fuego y la de Australia; es necesario que esta conjetura presente dificultades en el momento en que Heer restablece a nuestra vista, de sus restos fósiles, los antiguos bosques Sound de Smith, y Spitzbergen? (25).
Habiendo ya tratado de un modo general de la situación científica principal sobre las dos cuestiones, sería quizá de una brevedad conveniente que reuniésemos los hechos aislados más culminantes en favor de ese debate fundamental de los etnólogos esoteristas: la realidad de la Atlántida. La Lemuria es tan generalmente aceptada, que consideramos inútiles más demostraciones. Sin embargo, respecto de la primera se ve que:
1º Las floras miocenas de Europa tienen sus más numerosas y sorprendentes analogías con las floras de los Estados Unidos. En los bosques de Virginia y de la Florida se encuentran magnolias, tulipanes, encinas, siemprevivas, plátanos, etc., que corresponden con la flora Terciaria europea, punto por punto. ¿Cómo se efectuó esta emigración, si excluimos la teoría de un Continente Atlántico formando puente entre América y Europa? La supuesta “explicación” de que la transición fue por medio de Asia e Islas Aleutianas es una teoría gratuita que claramente cae por tierra ante el hecho de que muchas de estas floras sólo aparecen al Este de las Montañas Rocosas. Esto hace rechazar también la idea de una emigración a través del Pacífico. Actualmente están reemplazadas en los continentes europeos e islas hacia el Norte.
2º Los cráneos exhumados en las orillas del Danubio y del Rhin tienen una semejanza sorprendente con los de los caribes y antiguos peruanos (Littré). Se han desenterrado monumentos en la América Central que tienen representaciones de cabezas y caras indudablemente de negros. ¿Cómo pueden explicarse estos hechos si no es por la hipótesis de una Atlántida? Lo que ahora es NO. de África, estuvo una vez relacionado con la Atlántida por una red de islas, de las cuales quedan hoy pocas.
3º Según Farrar, el “lenguaje aislado” de los vascos no tiene afinidad con las demás lenguas de Europa (26), sino con:
Las lenguas aborígenes del vasto continente opuesto, (América) y sólo con éstas (27.
El profesor Broca es también de la misma opinión.
El hombre paleolítico europeo de los tiempos mioceno y pioceno fue un atlante puro, como hemos manifestado anteriormente. Los vascos son por supuesto, de una época muy posterior a ésta; pero sus afinidades, según hemos indicado, contribuyen grandemente a probar la procedencia original de sus remotos antecesores. La “misteriosa” afinidad entre su lenguaje y el de las razas dravidianas de la India la comprenderán los que han seguido nuestro bosquejo de las formaciones y cambios continentales.
4º En las Islas Canarias se han encontrado piedras con signos esculpidos semejantes a los encontrados en las orillas del Lago Superior. Este testimonio indujo a Berthollet a presuponer la unidad de raza de los hombres primitivos de las Islas Canarias y de América (28).
Los guanches de las Islas Canarias eran descendientes en línea recta de los atlantes. Este hecho explicará la gran estatura que manifiestan sus antiguos esqueletos, así como los de sus congéneres europeos, los hombres Cro-Magnon paleolíticos.
5º Cualquier marino experimentado que navegue en el insondable Océano a lo largo de las Islas Canarias se hará la pregunta de cuándo o cómo ha sido formado ese grupo de pequeñas islas, volcánicas y rocosas, rodeadas por todas partes por aquella vasta extensión de agua. Muchas preguntas de este género condujeron finalmente a la expedición del famoso Leopoldo von Buch, que se verificó en el primer cuarto del presente siglo. Algunos geólogos sostienen que las islas volcánicas se han levantado directamente del fondo del Océano, cuya profundidad en la inmediata proximidad de las islas varía de 6.000 a 18.000 pies. Otros se inclinaban a ver en estos grupos -incluyendo la Madera, las Azores y las islas de Cabo Verde- los restos de un continente gigantesco sumergido, que había unido una vez el África con América. Estos últimos hombres de ciencia apoyaban su hipótesis en una suma de pruebas en su favor, sacadas de los antiguos “mitos”. “Supersticiones” rancias, tales como la Atlántida de Platón, semejante a un cuento de hadas; el Jardín de las Hespérides, Atlas sosteniendo al mundo sobre sus hombros, todos ellos mitos relacionados con el Pico de Tenerife, no hicieron mucho camino con la escéptica Ciencia. La identidad de las especies animales y vegetales, mostrando una relación anterior entre América y los grupos restantes de las islas, se tomó más en consideración; pues la hipótesis de haber sido arrastradas por las olas desde el Nuevo al Antiguo Mundo era demasiado absurda para sostenerse mucho tiempo. Pero sólo ha sido recientemente, después que el libro de Donnelly hacía varios años que se había publicado, que la teoría ha tenido más probabilidades que nunca de convertirse en un hecho aceptado. Los fósiles encontrados en la costa oriental de la América del Sur, se ha probado ahora que pertenecen a formaciones jurásicas, y son casi idénticos a los fósiles jurásicos de la Europa occidental y del África del Norte. La estructura geológica de ambas costas es también casi idéntica; siendo muy grande la semejanza entre los pequeños animales marinos que moran en las aguas más superficiales de la América del Sur, el África Occidental y las costas del Sur de Europa. Todos estos hechos se reúnen para llevar a los naturalistas a la conclusión de que hubo, en épocas remotas prehistóricas, un continente que se extendía desde la costa de Venezuela, a través del Océano Atlántico, a las Islas Canarias y África del Norte, y desde Terranova hasta cerca de la costa de Francia.
6º La gran semejanza entre los fósiles jurásicos de la América del Sur, del África del Norte y de la Europa Occidental es un hecho bastante sorprendente en sí mismo, y no admite explicación alguna, a menos que se ponga una Atlántida en el Océano a modo de puente. Pero ¿por qué, además, hay una semejanza tan marcada entre la fauna de las (ahora) solitarias islas del Atlántico? ¿Por qué los ejemplares de la fauna brasileña capturados por Sir C. Wyville Thompson se parecen a los de la Europa Occidental? ¿Por qué existe semejanza entre muchos grupos animales del África Occidental y de las Indias Occidentales? Por otra parte:
Cuando los animales y plantas del Antiguo y Nuevo Mundo se comparan, no puede uno menos de sorprenderse de la identidad que presentan; todos, o casi todos, pertenecen a los mismos géneros, mientras que muchos, aun en sus especies, son comunes a ambos continentes... indicando que proceden de un centro común (la Atlántida) (29).
El caballo, según la Ciencia, tuvo su origen en América. Por lo menos una gran parte de los que fueron “eslabones perdidos” que lo relacionaban con las formas inferiores, han sido exhumados en las capas americanas. ¿Cómo penetró el caballo en Europa y Asia, si no había comunicación por tierra que formara puente sobre los vacíos oceánicos? Y si se asegura que el caballo es originario del Antiguo Mundo, ¿cómo pasaron a América formas como las del hipparion, etc., en la hipótesis de la emigración?
Además:
Buffon había... notado la repetición de la fauna africana en la americana; como, por ejemplo, la llama es una juvenil y débil copia del camello, y el puma del Nuevo Mundo representa al león del Viejo (30).
7º La cita que sigue pertenece al núm. 2, pero su significación es tal, y el escritor citado tiene tal autoridad, que merece un sitio aparte:
Respecto de los dolicocéfalos primitivos de América, tengo una hipótesis aún más atrevida, a saber: que están estrechamente relacionados con los guanches de las Islas Canarias, y con las poblaciones atlánticas del África, los moros, tuaregs, coptos; los cuales comprende Latham bajo el nombre de egipcio-atlantes. Encontramos la misma forma de cráneo en las Islas Canarias, frente a la costa africana, que en las Islas Caribes, en la costa opuesta frente al África. El color de la piel en ambos lados del Atlántico está representado en estas poblaciones por un moreno rojizo (31).
Si, pues, los vascos y los hombres de las cavernas Cro-Magnon son de la misma raza que los guanches canarios, se sigue de esto que los primeros están también relacionados con los aborígenes de América. Ésta es la conclusión requerida por las investigaciones independientes de Retzius, Virchow y De Quatrefages. Las afinidades atlantes de estos tres tipos son patentes.
8º Los sondeos verificados por los H. M. S. “Challenger” y “Dolphin” han establecido el hecho de que una enorme elevación de unas 3.000 millas de largo, que arranca hacia lo alto desde los profundos abismos del Atlántico, se extiende desde un punto cerca de las Islas Británicas hacia el Sur, haciendo una curva cerca de Cabo Verde y corriendo en dirección Sudeste a lo largo de la costa occidental africana. Esta elevación tiene una altura media de 9.000 pies, y se levanta sobre las aguas en las Azores, la Ascensión y otros sitios. en las profundidades del Océano, en la proximidad de las primeras, se ha descubierto la osatura de lo que fue una vez un trozo macizo de tierra (32).
Las desigualdades, las montañas y valles de su superficie, no han podido producirse con arreglo a ninguna ley conocida para la aglomeración del sedimento, ni por elevación submarina; sino que, al contrario, tienen que haber sido hechas por agentes actuando sobre nivel del agua (33).
Es muy probable que existiesen anteriormente lenguas de tierra que unieran la Atlántida a la América del Sur, sobre la desembocadura del Amazonas, y al África cerca de Cabo Verde, al paso que un punto semejante de unión con España no es improbable, según Donnelly presupone (34). Que existiera o no este último, importa poco, en vista del hecho de que lo que es ahora el Noroeste de África era -antes de la elevación del Sahara y la ruptura de la conexión de Gibraltar- una extensión de España. Por consiguiente, no se presenta dificultad alguna para deducir cómo se verificó la emigración de la fauna europea, etc.
Se ha dicho bastante desde el punto de vista puramente científico, y es inútil, dado como hemos desarrollado ya el asunto en las líneas de los Conocimientos Esotéricos, el aumentar más la cantidad de pruebas. en conclusión, pueden citarse las palabras de uno de los escritores más intuitivos de la época como admirablemente esclarecedoras de las opiniones de los ocultistas, que aguardan pacientemente la aurora del próximo día:
Sólo empezamos ahora a comprender el pasado; hace cien años el mundo no sabía nada de Pompeya o Herculano; nada del lazo lingüístico que une las naciones indoeruropeas; nada de la significación del vasto número de inscripciones sobre las tumbas y templos de Egipto; nada del significado de los textos cuneiformes de Babilonia; nada de las civilizaciones maravillosas reveladas en los restos del Yucatán, Méjico y Perú. Estamos en el vestíbulo. La investigación científica avanza con pasos de gigante. ¿Quién puede asegurar que dentro de cien años los grandes museos del mundo no estén adornados con joyas, estatuas, armas e instrumentos de la Atlántida, mientras que las bibliotecas contengan la traducción de sus inscripciones, arrojando una nueva luz sobre toda la pasada historia de la especie humana, y sobre todos los grandes problemas que actualmente tienen perplejos a los pensadores? (35).
Y ahora como conclusión.

